Libro Filosofía ante la crisis ecológica, de Marta Tafalla @TafallaMarta (resumen), Ed. @plazayvaldes

Libro Filosofía ante la crisis ecológica, de Marta Tafalla (reseña)Un libro lleno de ciencia asequible y de inspiración desbordante. Esencial, de lectura cómoda y también urgente (Plaza y Valdés, 2022).

Marta Tafalla —autora también del magnífico Ecoanimal— aporta soluciones ineludibles ante los graves problemas ambientales a los que nos enfrentamos (y sus implicaciones climáticas, sanitarias, humanitarias, energéticas, etc.). Podemos imaginar muchas soluciones, pero todas deben pasar ineludiblemente por las cinco vías que propone Tafalla en este libro para acabar con esta civilización que ella califica como industrial-capitalista-colonial-acelerada-insaciable.

No son opiniones personales. Son conclusiones basadas en la evidencia científica; y así se refleja en las múltiples referencias que se citan. De hecho, no solo hay consenso científico, sino que también en la sociedad hay cada vez más conciencia de que el ser humano (en conjunto) no sabe convivir en armonía con su entorno. Eso es quizás lo que más nos diferencia de los demás animales (no es la inteligencia). Examinemos esas cinco vías que propone esta científica de la Universidad Autónoma de Barcelona.

1. Salir del antropocentrismo

Sentir que el ser humano es más importante que cualquier otra cosa, nos ha llevado a que se están perdiendo especies a un ritmo muy preocupante. Los humanos (como cualquier ser vivo) necesitamos ecosistemas saludables y para ello es fundamental el buen estado de la biodiversidad.

«De todos los mamíferos que hay en la Tierra, solo el 4% son salvajes; el resto somos humanos y mamíferos domesticados. Los humanos sumamos un 36% y el ganado un 60%. De las aves, solo el 30% son salvajes, mientras que el 70% son aves criadas por la industria ganadera». El dato es aún más preocupante si sabemos que el ganado «es uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero y una de las causas fundamentales de la contaminación del agua y los suelos». El libro detalla las cantidades de hectáreas destruidas en cada continente por la ganadería o por plantaciones como la palma aceitera o la soja (casi toda transgénica). Como dice la autora, los problemas los conocemos bien y se exponen con precisión, pero nos cuesta hablar de soluciones y nos quedamos sin tiempo. Para mostrar su preocupación, afirma que «si algunas previsiones son correctas, mis años de jubilación serán una pesadilla». Porque ya estamos viendo que aumentan y se cronifican las consecuencias de la crisis climática, aunque lo que más sintamos sean las olas de calor. Por ejemplo, en tres décadas, Madrid tendrá el clima de Marrakech. Y no está preparada para ello. Surgirán climas nuevos y la biodiversidad tampoco tiene tiempo de adaptarse. «La agricultura requiere un clima estable». Ya es imposible cultivar en gran parte de la Tierra.

El libro relata cómo los animales salvajes contribuyen al buen estado de los ecosistemas. Por ejemplo, las ballenas ayudan a estabilizar el clima fertilizando con sus excrementos. Los jabalís, los castores, los elefantes, los bisontes, los lobos… todos ellos colaboran para crear ecosistemas estables que benefician a otros animales. «Cuando los maltratamos y matamos fallamos de dos modos: cometemos un error ético, pero también cognitivo al no entender las funciones que estos animales realizan». El declive en las especies es también un «suicidio para la especie humana», pero (si no lo evitamos) será un proceso lento y lleno de carga dramática.

No podemos llamar progreso a sustituir bosques con monocultivos rociados con insecticidas, ni crear más autopistas que rompen el paisaje y el hogar de animales únicos. Por eso, Tafalla defiende la necesidad de hacer pasos de fauna en las carreteras para evitar que se obstaculice el intercambio genético y se limite la dispersión de semillas y nutrientes. Tampoco podemos echar culpas al capitalismo o a las multinacionales. De hecho, podría ser falsa la imagen de que nuestros antepasados cazadores-recolectores vivían en armonía con la naturaleza tomando solo lo necesario para vivir. Hay pruebas de que allí donde llegaban los humanos provocaban la desaparición de especies. Prácticamente, solo en África se conservan grandes mamíferos, porque solo allí pudieron adaptarse a un depredador insaciable como el Homo sapiens. Bien es cierto que no se puede generalizar, porque ha habido culturas que nos han legado «normas de cómo habitar la Tierra; algunas de ellas han sido inspiración directa para el pensamiento ecologista».

La ganadería y la agricultura se desarrollaron en el Holoceno gracias a unas temperaturas suaves y estables que están dejando de serlo. En su moderna modalidad industrial, estos dos sectores son muy dependientes del petróleo y, por tanto, no son sostenibles. Por eso, es fundamental hacer la transición a agricultura ecológica y de proximidad, huertos en escuelas y hospitales, aprender a cultivar nuestros propios alimentos, etc.

La domesticación de plantas y animales tuvo ventajas para los humanos, pero también serios inconvenientes (como también explicó Harari). Por ejemplo, hubo que trabajar más horas para tener dietas más pobres, menos variadas. Por eso, empeoró la salud comparada con los pueblos cazadores-recolectores. Por otra parte, «la inmensa mayoría de los animales domesticados que han existido y existen son criaturas desgraciadas», han sido seleccionados para ser «obedientes y serviles», sin prestar atención a sus intereses ni a los graves inconvenientes para los propios humanos. Por ejemplo, «la ganadería es una fábrica de zoonosis«, enfermedades que se convierten en pandemias regularmente: tuberculosis, viruela, sarampión, gripe, etc. Perros y caballos han sido muy dóciles; y lo han pagado con sufrimiento y maltrato para gran parte de ellos.

Otro efecto del progreso ha sido el crecimiento disparado de la población humana (superpoblación); y con ello la aparición de la riqueza, de la pobreza y de la esclavitud. En el fondo, se justifica con una ciencia mecanicista que ve la naturaleza como una máquina y una fuente de recursos, y a los animales como meros autómatas. Entre los ejemplos que se analizan están las fiestas en las que se torturan animales (como la tauromaquia). En muchas ocasiones esos actos han sido rechazados, pero no por ser crueles, sino porque es una crueldad improductiva. De ahí que, cuando la crueldad es rentable, no se critica con tanta dureza (y también se oculta).

Tafalla hace un repaso de actividades humanas que carecen de respeto hacia animales y ecosistemas: automóvil privado, aviación (también la low cost), cruceros, comercio masivo a larga distancia y/o de animales salvajes, consumismo, obsolescencia programada, pesticidas, pesca industrial, piscicultura, plásticos, armas… También deja claro que no todos los humanos son igual de culpables, pues no todos tienen el mismo poder ni la misma liberta de acción (ni la misma educación). Además, pone el foco en los cientos de asesinatos entre los activistas ambientales o de derechos humanos, silenciados por entorpecer el agronegocio, la minería, la caza furtiva, la tala ilegal, o los proyectos hidroeléctricos, por poner unos ejemplos.

Marta habla de la importancia de poner nombre a lo que se hace; y ensalza la palabra ecocidio por ser muy poderosa. Es una palabra empleada por Arthur W. Galston, botánico estadounidense escandalizado porque sus inventos se emplearon para fabricar herbicidas y se usaron como arma de guerra (el Agente Naranja empleado en Vietnam, con dramáticas consecuencias ambientales y sanitarias, incluso para los soldados estadounidenses). Hoy, hay una fuerte presión internacional que está demandando que el ecocidio sea juzgado por la Corte Penal Internacional.

«La causa de la catástrofe ecológica no es solo el capitalismo, sino ante todo el antropocentrismo». El antropocentrismo pretende que todas las especies y ecosistemas dejen de trabajar para sí mismos y trabajen para la especie humana. Tafalla critica a una minoría de ecologistas que siguen defendiendo conceptos como caza sostenible, pesca sostenible o ganadería sostenible, cuando todas esas actividades evidencian un antropocentrismo que es la causa principal del problema. Debemos entender que los animales no son meros recursos; y que debemos aspirar a convivir en paz con la biosfera. El antropocentrismo sostiene que solo una especie tiene valor intrínseco. Resulta curioso que la especie más privilegiada es precisamente la que establece los privilegios.

Esa utilización de los animales también promueve la instrumentalización de otros seres humanos; y también que nosotros mismos aceptemos ser tratados como herramientas, como si fuera imposible un mundo sin injusticias. El libro enumera seis argumentos para reconocer y respetar a la fauna salvaje, incluyendo a la que vive en nuestras casas y en nuestras ciudades.

A pesar de lo dicho, Tafalla resalta la complementariedad de los movimientos ecologista y animalista; y de ahí surge del concepto de ecoanimal. Cada animal es miembro de una especie y de un ecosistema, pero también es un individuo, con sus deseos, temores, experiencias y también con su personalidad (palabra no muy adecuada, por su origen claramente antropocéntrico). Más allá de la etimología, cualquiera que haya cuidado u observado a los animales sabe que no todos los miembros de una especie se comportan igual, como si fueran robots. Ese es otro motivo por el que no se deben encerrar animales en zoos, acuarios o laboratorios. El ser humano es más poderoso que los demás animales, pero no es un superior ético. No hay motivos para ver en los animales solo herramientas, materias primas o esclavos. Encerrar animales salvajes quita algo positivo de la naturaleza, para conseguir algo negativo.

Para Tafalla, «la ética ecológica y la ética animal encajan bien. Lo que no encaja bien con el movimiento animalista son negocios basados en la explotación animal», incluso aunque lo defiendan ecologistas, por ejemplo, poniendo la agricultura extensiva o la caza como actividades necesarias. Nunca lo son, y menos con sistemas agrícolas o ganaderos que dependen de un clima estable y de combustibles fósiles, cuando ambas cosas son cada vez más complicadas. Agricultura y caza tienen, a veces, como objetivo expulsar animales de un territorio (se ve en el caso del lobo en España, por ejemplo). Cuando un animal es expulsado, los conocimientos que se adquirieron en su territorio original son prácticamente inútiles. Además, cuando se mata a un animal adulto se impide que se transmitan conocimientos importantes a sus crías, por lo que se está dificultando su supervivencia y su calidad de vida. Los daños de la caza son mucho más profundos que el hecho de matar miles de animales cada temporada.

2. Decrecimiento

A veces se asocia el decrecimiento a mala calidad de vida, pero tenemos que entender que es el crecimiento constante lo que es imposible y lo que nos lleva a una situación catastrófica. Tafalla nos advierte que las tecnologías que nos venden como limpias, tampoco lo son tanto (hay mucho greenwashing y falsos biodegradables, por ejemplo).

Gran parte del bienestar de los países ricos procede de la explotación de humanos, de animales y de la naturaleza (como explicó magistralmente De Jouvenel). Ese sobreconsumo conlleva una huella ecológica insostenible, principalmente por los más ricos del planeta. Tafalla concluye que «la única posibilidad de elección que nos queda es entre un decrecimiento controlado o uno caótico». Nuestra sociedad es demasiado compleja para ser sostenible. Los datos científicos apuntan claramente a que también hay que decrecer en población, y para ello es importante garantizar la igualdad y la educación femenina en todo el mundo. Por otra parte, cada vez es más habitual encontrar personas que deciden voluntariamente no tener hijos.

También hay que decrecer en consumo de energía, de agua… y de todo tipo de bienes. La autora no elude los problemas que pueden tener aquellas personas que decidan tomarse en serio un decrecimiento individual. Por ejemplo, por su experiencia como académica, sabe que una forma simple de reducir la huella ecológica es dejar de asistir a congresos, aunque ello podría perjudicar su carrera profesional. Afortunadamente, cada vez hay más congresos que aceptan la asistencia online.

«Sacar a los animales del menú es una de las maneras más efectivas de proteger la biosfera». Marta Tafalla lo explica de forma simple y entretenida, empezando por el concepto de pirámide trófica y cómo en cada nivel hay menos individuos. Es decir, en un ecosistema sano tiene que haber menos depredadores que presas. «Nuestra civilización pretende que los humanos tengamos una población muy elevada, propia de un animal herbívoro, pero al mismo tiempo pretende que tengamos una dieta como la de un animal carnívoro». Con humor, ella concluye que «es como querer llenar el Serengeti de leones». Intentarlo es sinónimo de degradación de la biosfera. Comer carne es barato porque se emplean combustibles fósiles y porque contaminar es gratis. A cambio, se destrozan bosques para convertirlos en monocultivos o en pastos, se vacían acuíferos y se altera el clima.

La autora explica con detalle los siete puntos que Greenpeace alega para fomentar una dieta sin carne. Resumidamente, son:

  1. Es una dieta más saludable. Comer carne roja y procesada está asociado a múltiples enfermedades como cáncer, obesidad, diabetes tipo II, etc. También se enferma por consumir agua contaminada por nitratos por culpa de la ganadería intensiva, o por la pérdida de efectividad de los antibióticos por su uso sistemático.
  2. La ganadería es una causa del efecto invernadero. Emite tantos GEI como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos (el 14,5% mundial). Los problemas climáticos son graves y variados.
  3. La ganadería requiere ocupar mucha tierra. No es solo el espacio para los animales y sus pastos (que es aún mayor en la ganadería extensiva), sino las tierras de la agricultura que produce su comida: el 75% de la superficie agrícola se destina a la ganadería. Por eso, para poder alimentar al ganado es necesario deforestar selvas amazónicas y cultivar soja transgénica. Para comer carne, se destruyen selvas en lejanos países y se contamina el agua en otros.
  4. La ganadería destruye la biodiversidad. Se usan fertilizantes, herbicidas y plaguicidas que eliminan todo tipo de insectos, aves, reptiles, anfibios, etc. La ganadería extensiva también expulsa a los herbívoros salvajes y a otro tipo de fauna salvaje que se ve como una molestia (es el caso, a veces, del lobo).
  5. Comer carne despilfarra agua. Producir un kilo de ternera exige 15.000 litros de agua, mientras que un kilo de trigo necesita 1.300 litros y un kilo de zanahorias solo 131 litros. Y en esos números no se cuentan los litros de agua que se contaminan, que también son superiores para la ganadería.
  6. La ganadería reduce animales y trabajadores a máquinas de producir dinero. Los trabajadores son sobreexplotados en las granjas y en los mataderos. Está documentado la mala calidad laboral, accidentes y bajos salarios. El colmo es cuando se transportan los animales vivos a países que no cumplen las más mínimas normas de bienestar animal.
  7. Maltrato animal. Tratar bien a los animales no es rentable y, aunque Greenpeace se centra en la ganadería industrial, el libro cita fuentes que demuestran maltrato también en la ganadería extensiva. Además, la ganadería extensiva contamina más con GEI. Tafalla resalta que el hecho de que este punto sea el último, es una prueba del antropocentrismo dominante.

♦ Nota: En este artículo (y vídeo) se condensan en cuatro los argumentos para ser veganos o flexitarianos, agrupando en un punto todos los temas ambientales.

A la ganadería le pasa lo mismo que a la pesca y a la caza: son actividades muy perniciosas y, sin embargo, están muy subvencionadas. Las empresas cárnicas pagan cátedras en ciertas universidades para publicar estudios pseudocientíficos alabando las bondades de la carne y escondiendo los factores negativos.

Tafalla analiza multitud de publicaciones de las que querríamos destacar tres concretas. Por una parte, el libro Beyond Beef de Jeremy Rifkin que cuenta, entre otras cosas, el maltrato animal sistemático en todas las fases de la cadena de producción, desde el nacimiento hasta el matadero. Por otra parte, un informe de la FAO de 2006 que revela que la ganadería es «la mayor fuente de contaminación del agua», la «primera causa de deforestación», y también influye directamente en la degradación del suelo, la contaminación, la sobrepesca, la pérdida de biodiversidad, y la crisis climática. Finalmente, el informe del IPCC de 2019 llega a conclusiones similares a lo ya dicho y es importante destacar que ese informe examinó 7.000 publicaciones científicas.

Para resaltar la importancia de comer poca carne, Tafalla cita estudios científicos que revelan que para reducir el impacto ambiental es más eficaz reducir los alimentos de origen animal que consumir productos locales, porque las principales emisiones de cada alimento se generan durante su producción (mientras que su transporte supone menos del 10% en la mayoría de los casos).

Lo más respetuoso con el planeta y con los animales es el estilo de vida vegano, sin consumir huevos ni lácteos, ni utilizar otros productos animales (como cuero, lana, seda o miel, por ejemplo). «Lo mejor para substituir la carne es la proteína vegetal o bien los productos de origen animal que están muy abajo en la pirámide alimentaria: peces forrajeros, moluscos e insectos». Es decir, que si hay que comer animales, esos últimos son mejores que comer mamíferos o peces carnívoros (como el atún). La carne producida con los métodos más ecológicos implica ocho veces más emisiones de GEI que los alimentos de origen vegetal con el mayor impacto. Pensemos que los animales tienen que comer todos los días y que la ganadería es, además, la segunda fuente mundial de metano, un potente GEI.

Los que no quieren plantearse el ser veganos, en muchas ocasiones se sienten atacados por esta propuesta y critican que ser vegano no sea algo «natural». En muchos casos no se han planteado si es natural viajar en coche o en avión, y ni tan siquiera qué es la naturaleza. Lo importante no es escoger lo que sea natural, sino escoger —como dieta, transporte, etc.— lo que sea menos dañino para nuestra propia salud, la de los otros animales y la de los ecosistemas. «Es fundamental entender que la catástrofe ecológica es obra nuestra y que podríamos dejar de causarla».

Tafalla también explica cómo nos han engañado para hacernos creer que la leche de vaca es necesaria, cuando es un producto que la naturaleza ha pensado para los terneros. Ningún mamífero adulto necesita la leche y, de hecho, suele ser indigesta. Tampoco los campos necesitan el estiércol para abonarse si se hace una buena gestión agrícola (no labrar, cubiertas vegetales, alternancias de cultivos, uso de leguminosas, compost…).

La autora también entra en el tema de la pesca, la principal causa de degradación de los océanos. Aquí pasa a analizar temas tan importantes como la pesca de arrastre, las redes fantasma, la basura que dejan los pesqueros (ver documental Seaspiracy), el sufrimiento de los animales, la sobrepesca, la substracción de pesca a países pobres, y los problemas de la acuicultura (contaminación por excrementos, abuso de antibióticos, sobrepesca de especies salvajes para su alimento…).

Marta Tafalla nos anima a cambiar nuestra dieta porque es algo sencillo de hacer. Otros cambios que nuestra sociedad requiere son cambios mucho más complejos. Por ejemplo, la transición hacia las renovables es algo totalmente imposible de conseguir sin reducir notablemente el consumo global de energía. Lo que hay que conseguir es un «decrecimiento ordenado y sensato» (como pedíamos también nosotros) y es clave «diferenciar qué debe decrecer y qué no: lo que no tiene que decrecer es la sanidad pública, la educación pública, el sistema público de pensiones, las medidas que protegen a las personas más vulnerables, el conocimiento, la cultura, la sabiduría, la amistad, el cuidarnos unas a otras, la empatía con las otras especies, la vida salvaje, la biodiversidad. Lo que sí tiene que decrecer hasta su desaparición es lo que causa daño: los ejércitos, la producción y el comercio de armas, las guerras, el colonialismo, el consumismo compulsivo, la obsolescencia programada (…), el comercio de vida salvaje, coger un avión para pasar un fin de semana en otro continente»… y también nuestro antropocentrismo.

3. Reconexión

Necesitamos reconectarnos con la vida en su conjunto y ser conscientes de conceptos fáciles de entender. Tafalla nos los explica con sencillez y armonía. «Si eres cerdo, no puedes ser libre y vivir tu vida como quieras», nos dice. ¿Se puede decir de forma más expresiva? Y sigue diciendo: «Cualquier especie animal puede convertirse en dinero». En contraste, «en los santuarios los animales pueden permitirse envejecer». Un profesor de veterinaria se lo confesó a la autora: «O tenemos ética o tenemos puestos de trabajo». Se defienden intereses económicos sin querer analizar en profundidad el tema: derechos animales, daños ambientales, etc.

Explotamos a los animales sin darnos cuenta; y este libro pretende despertarnos. Los animales no solo están en nuestra comida, sino también en bolsos y zapatos de cuero, almohadas o abrigos de plumas, carmín, velas, nácar, seda, pinceles, pegamento…

Analizando la obra del economista John Gowdy, se afirma que, en un escenario optimista, «quizás las generaciones futuras tendrán que alimentarse de nuevo mediante la recolección de frutas y verduras, la caza, la pesca y el marisqueo», reduciendo drásticamente la población humana. Lo que parece claro es que nuestra sociedad tiene que simplificarse y que «ya no sería posible volver a construir una civilización tan compleja como la nuestra».

David Wallace-Wells llamaba a nuestro planeta El planeta inhóspito. Por su parte, el biólogo Rob Wallace lo llamaba «el planeta Granja»; y afirmó que «no podrías diseñar un sistema mejor para engendrar enfermedades mortales» (zoonóticas). La ganadería intensiva abusa de los antibióticos, lo cual genera riesgos aún mayores, pues reducen el efecto de esos medicamentos, lo cual es catastrófico. «El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y las pandemias no son problemas distintos, sino manifestaciones de un mismo problema».

La vida salvaje hace que la biosfera funcione y eso nos permite vivir también a nosotros. Por otra parte, a los animales domesticados les hemos robado «su naturaleza salvaje». Los animales «sienten placer y dolor» y «no podremos desarrollarnos como personas sensatas y pacíficas, ni podremos construir una sociedad justa, sobre el ejercicio de la violencia». Pero además, «el mal que les causamos a los animales se acaba volviendo contra nosotros». La autora cuenta en el libro suficientes ejemplos que justifican esas afirmaciones y propone soluciones factibles para minimizar el impacto: prohibir la venta de animales, esterilizar a perros y gatos cuando sea conveniente, castigar más duramente el abandono y el maltrato, poner a los gatos collares que eviten que cacen fauna salvaje (los cascabeles funcionan, pero podrían ser molestos), etc.

Tafalla incluye casos reales de cómo se elimina una especie o se altera un proceso ecológico y luego surgen empresas que cobran por hacer lo que la naturaleza hacía gratis. Por ejemplo, se cazan depredadores y luego se paga para matar las superpoblaciones que se generan de sus presas. Los cazadores matan a los carnívoros y luego presumen de ser ellos quienes controlan a los herbívoros, recibiendo numerosas ayudas públicas. Se envenenan los insectos polinizadores y surgen empresas que polinizan a mano. Se secan los ríos y se ponen camiones para transportar a los salmones de una parte a otra del cauce.

«Si los seres humanos nos extinguiéramos, al resto de especies les iría mejor. Nada explica con mayor claridad en qué nos hemos convertido. (…) Luchar por salvar a las otras especies antes que a nosotros mismos, sería lo que salvaría nuestra dignidad».

4. Ecofeminismo

«El ecofeminismo es una de las propuestas filosóficas contemporáneas más potentes». Así empieza este capítulo y no le falta razón, porque no podemos imaginar un futuro que no sea ecofeminista. El ecofeminismo es la unión de muchos caminos, y no puede ser especista. Como dice Tafalla, se alimenta de corrientes centenarias: feminismo, ética ecológica y ética animal.

La autora resalta que cualquier sociedad humana depende de dos tipos de trabajos esenciales y, sin embargo, se desprecia y maltrata a quienes realizan esos trabajos. Se refiere al trabajo de la biosfera y al trabajo de cuidados y reproductivo. En no pocas situaciones, la naturaleza, los animales y las mujeres son entes discriminados e invisibilizados. Se debe al antropocentrismo y al androcentrismo. Juntos, hacen nuestra sociedad autodestructiva y camino de un colapso fácil de prever.

En este capítulo se hace un repaso no exhaustivo de diferentes aportaciones al ecofeminismo. Se cuenta la historia curiosa y a la vez dramática de Val Plumwood, una autora australiana para la que el antropocentrismo no es solo un error ético, que causa innumerables injusticias, sino un error cognitivo, porque distorsiona nuestra comprensión de la realidad. El antropocentrismo nos hace sentirnos invencibles y, sin embargo, la ciencia pronostica un futuro poco halagüeño. «Esta crisis no se resuelve con más ciencia e innovación tecnológica, sino con filosofía, es decir, gestando otra cosmovisión, aprendiendo a pensar y sentir de otro modo, transformando nuestra manera de vivir». Plumwood también estudia la relación con los animales de compañía a los que no pocas veces se les ha dado privilegios a cambio de usarlos para el dominio de los demás (perros pastores, de caza…). El amor a los animales de compañía suele ser un amor interesado y que puede hacernos olvidar al resto de animales. Al final, los animales domésticos son parte del engranaje de la supremacía humana y del dualismo que divide la biosfera entre dominadores y oprimidos.

Respecto a la reproducción humana, se defiende que sea «una decisión profundamente meditada y no algo que se hace porque es ley de vida«, aunque la sociedad criminalice a las mujeres que no logran o no quieren tener hijos. Es especialmente grave porque, como dice Tafalla, «bastaría con reducir la natalidad de manera significativa para resolver algunos de los problemas más graves, prepararnos mejor para la catástrofe que se avecina y dejar de ejercer tanta presión sobre el resto de especies».

Para Carol J. Adams, otra de las autoras estudiadas, los modelos de opresión se parecen. Los animales se reducen a carne, a ingredientes, a sabores. De un modo similar, las mujeres son reducidas a carne para proveer placer sexual. Al final, el «placer» es el que genera opresión a animales y a mujeres. Así, el animalismo, el feminismo y el ecologismo se niegan a obtener placeres a través de la opresión. El ecofeminismo «es un estorbo para las macroindustrias que explotan animales, desde ganadería hasta zoos, y las macroindustrias extractivistas que roban los recursos naturales».

Entre muchas otras autoras estudiadas sobre ecofeminismo, citamos como ejemplo a Alicia H. Puleo, Carme Valls-Llobet, Anna Mulà, Yayo Herrero, Ruth Toledano o Marta Navarro.

5. Rewilding o renaturalizar

La idea básica es escoger un territorio y dejarlo que vuelva a ser salvaje. Como dice Tafalla, el ser humano no está gobernando la biosfera, ni sabría hacerlo. Lo que está haciendo es degradarla. El rewilding «es renunciar a nuestro proyecto de dominio y permitir que grandes extensiones de tierra y océano recuperen su soberanía y se gestionen a sí mismos (…), permitiendo que sean las especies salvajes y los procesos ecológicos quienes los gobiernen».

  • «El rewilding no consiste tanto en hacer cosas, como en dejar de hacerlas. (…) Nos cuesta asumir que este desastre tiene mucho que ver con nuestra incapacidad de estarnos quietos o al menos andar más despacio».
  • «Rewilding y decrecimiento son las dos caras de la misma moneda».
  • «Las dietas mayoritariamente vegetales son un factor decisivo de ese decrecimiento, porque permiten liberar grandes extensiones de tierra y de los océanos».
  • «Nuestro papel en la recuperación de los ecosistemas no es el del médico, sino el de quien debe retirarse y dejar de estorbar».
  • «Los zoos no salvan especies, [puesto que] son el paradigma de cómo hemos pretendido gestionar el océano con una colección de vasitos de agua».
  • «El rewilding puede realizarse a muchas escalas distintas y en todo tipo de lugares. Es posible practicarlo en varios grados en parques nacionales, campos de cultivo abandonados o antiguas reservas de caza, en una ciudad, en un parque urbano e incluso en el jardín casero». Se puede aplicar en espacios pequeños, desde un balcón a la mediana de una carretera, y se anima a compatibilizarlo con aumentar los huertos urbanos.
  • «Dejar un territorio a rewilding no significa liberarlo de cualquier forma de presencia humana, sino dejar de explotarlo» (especialmente al comerciar con sus recursos físicos).

El rewilding no tiene efectos negativos para la naturaleza. Por eso puede hacerse a cualquier escala, aunque se aconseja seguir unas cuantas recomendaciones:

  1. Territorios de un mínimo de 20.000 hectáreas, aunque 100.000 es preferible.
  2. Eliminar lo que pueda estorbar: vallados, muros, presas, balsas y canales de riego, tendidos eléctricos, etc. Si no se pueden eliminar, al menos adaptarlos.
  3. Si hay un humedal, también hay que proteger los ríos y acuíferos que lo alimentan (para que no pase como en Doñana).
  4. Intentar que se incluyan especies de todo tipo: plantas, hongos, microorganismos, herbívoros, carnívoros, carroñeros y descomponedores. Inicialmente, se pueden habilitar corredores verdes, nidos artificiales o puntos de alimentación.
  5. No se retirarán los árboles muertos, porque cumplen con funciones ecológicas.

Las ventajas están en conseguir todos los servicios ecosistémicos, tales como combatir la erosión, detener la pérdida de biodiversidad (y de polinizadores, por ejemplo), ríos limpios, acuíferos sanos, más fertilidad… y también alegría. La autora nos cuenta el interesante caso de rewilding no intencionado del área de exclusión tras el accidente nuclear de Chernóbil.

El libro analiza algunos lugares adecuados para rewilding, y recomienda el libro Rewilding Iberia de Jordi Palau. En España, comenta el caso de Campo de Montiel, 600.000 hectáreas renaturalizadas en las provincias de Ciudad Real y Albacete. En Europa, recomienda seguir los proyectos de la fundación Rewilding Europe. También se estudian otros aspectos, tales como renaturalizar áreas marinas, qué hacer cuando los humanos viven en esas zonas o si son culturas indígenas (con caza y pesca de subsistencia, por ejemplo), y por qué la llamada España vaciada debería llamarse España olvidada (porque es falso que esté vacía de vida).

Cuando se reconozcan los beneficios del rewilding y su bajísimo coste, no habrá oposición a la propuesta de mantener subvenciones a los propietarios (por ejemplo, las subvenciones de la PAC al sector primario). El libro no esconde posibles problemas que pueden surgir en los procesos de renaturalización, aportando soluciones sólidas y siempre buscando el consenso.

«El rewilding es viable económicamente, pero eso no significa que debamos emprenderlo con una mentalidad mercantilista. No se trata de substituir monocultivos industriales por un negocio turístico o por oficinas para el teletrabajo (…). Puede generar puestos de trabajo, pero no es un nuevo tipo de negocio, sino un cambio de paradigma con el que superar la visión mercantilista de la naturaleza».

Tafalla expone de forma muy clara que las actividades de caza, pesca o ganadería son incompatibles con la renaturalización. Esas actividades son la causa directa de la desaparición de miles de especies, porque su objetivo no es la conservación. Por eso, si se permiten pervertirían las decisiones y el desarrollo de los territorios renaturalizados. Tampoco la ganadería en extensivo es aceptable y expone multitud de argumentos como, por ejemplo, que la ganadería no puede compararse con los herbívoros salvajes, porque ellos mueren en el territorio y su cuerpo alimenta a otros animales continuando el ciclo. En cambio, la ganadería interrumpe el ciclo enviando el ganado al matadero.

El libro enumera ocho hilos mediante los cuales entretejernos con la red de la vida, ocho ideas que inspiran a una acción consciente de reconexión con lo natural. Algunos piensan que se conectan a la naturaleza en el contacto con su mascota o con rebaños de animales domesticados, pero aunque eso puede tener algo positivo, Tafalla es contraria a todo tipo de domesticación, porque reduce el cuerpo de los animales a intereses humanos y les roba su libertad. Por ejemplo, los perros acaban obedeciendo incluso a quien los maltrata. Para Tafalla, «domesticar significa robarles a los animales su libertad (…), su carácter indómito, y transformarlos según nuestros intereses». Pone un ejemplo muy claro: las gallinas salvajes ponían alrededor de 10 huevos al año, mientras que las seleccionadas artificialmente llegan a poner más de 300 huevos, lo cual les produce enfermedades: descalcificación, prolapsos, etc. Durante siglos se han criado para ser explotadas, hasta el punto de que se normaliza el tratarlas con crueldad. «Deberíamos comenzar a imaginar un mundo en el que el ser humano renuncie a tener esclavos». Tafalla se pregunta «por qué tanta gente dice amar a sus perros y gatos, y mientras continúa comiendo animales, comprando prendas de piel y de lana, defendiendo la caza, la pesca, la hípica, los zoos, la tauromaquia y la experimentación con animales». Por supuesto, Tafalla ve como algo positivo adoptar animales abandonados, pero no seguir criando perros y gatos para venderlos, lo cual debería estar prohibido, según afirma.

Esta autora insiste en que la ética animal y la ética ecológica son distintas, pero se complementan a la perfección, explicándolo con gran maestría y basándose en los estudios de Sue Donaldson y Will Kymlicka, especialmente en su libro Zoópolis. Estos autores estudiaron cómo organizar la convivencia entre humanos de diferentes culturas que conviven en un mismo país (por ejemplo, Canadá). Su idea, en esencia, es considerar a los animales salvajes como otras culturas que, además de tener derechos elementales como a no ser torturados o encerrados, también tienen derechos como grupo. Por ejemplo, derecho a tener pasos de fauna para cruzar carreteras, o a ser rescatados en caso de incendios o inundaciones, etc. En síntesis, deberíamos «respetar los ecosistemas salvajes como si fueran Estados soberanos que se autogobiernan de manera autónoma». Los animales salvajes no necesitan nuestros cuidados, sino «que reconozcamos su autonomía y respetemos su libertad». Por otra parte, estos autores también defienden que «respetar los derechos de los animales contribuiría a respetar mejor los derechos humanos».

Con respecto a las llamadas especies exóticas invasoras, sigue las enseñanzas del biólogo Ken Thompson, quien concluye que la naturaleza es dinámica y que para definir los conceptos de especie autóctona y exótica hay que establecer fronteras en el tiempo y en el espacio que son completamente arbitrarias, por lo que no son conceptos que existan claramente. En muchas ocasiones, esas especies funcionan como chivos expiatorios: se les acusa de la degradación o de la pérdida de otras especies, cuando en realidad las causas más graves son actividades humanas. Se llega a concluir que «la mayoría de especies exóticas no son dañinas y muchas son incluso beneficiosas», pero «no deberíamos confundir lo que es bueno o malo para determinados intereses humanos con lo que es bueno o malo para la biosfera». Según la autora, de hecho, deberíamos admirar que ciertas especies consigan vivir a pesar de las duras condiciones que les establecemos.

Esta escritora denuncia también el interés que hay en declarar una especie como invasora. Con ello se puede recibir mucho dinero público tanto para estudiarla como para combatirla. Y sostiene que es fácil engañar a una sociedad extremadamente antropocéntrica (como ocurre con el caso de las cotorras, que no son una plaga). Por si fuera poco, la mayoría de los intentos de erradicar especies suelen acabar en fracaso tras dedicar grandes cantidades de dinero y otros recursos. Por tanto, lo que se propone es «dejar que sean los ecosistemas y las nuevas especies que llegan a ellos los que se acomoden mutuamente». Para Emma Marris, proteger la naturaleza no es preservar un territorio inmóvil, sino «permitir que la naturaleza fluya, que evolucione, como siempre ha hecho».

Por supuesto, la autora es partidaria de que se restrinja de manera estricta el traslado de especies, así como el comercio con fauna salvaje, de animales domesticados y de plantas exóticas. No obstante, cuando una especie se ha instalado en un ecosistema, hay que estudiar su caso aisladamente, pues no hay reglas generales, y se debe diferenciar entre especies, pues no es lo mismo que sean invertebrados o plantas, que aves o mamíferos. Tafalla resalta que unos pocos que se consideran ecologistas son muy duros contra algunas especies concretas que califican de plaga, llegando a ser «mucho más combativos contra quienes defienden la compasión hacia los animales que contra quienes los usan como instrumentos y se lucran con ellos». Lo curioso es que la mayor plaga de la Historia, el Homo sapiens, rara vez es considerado como tal, a pesar de la multitud de especies que se han perdido conforme ellos colonizaban la Tierra.

Por todo lo dicho, esta obra debería leerse completamente y ser un manual para construir el futuro y para aprender otra forma de vivir y convivir con la biodiversidad que nos rodea en cada paso.

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Acerca de Pepe Galindo

Estamos en el mundo para aprender y ayudar y, si es posible, disfrutar. Es autor de libros como "Salvemos Nuestro Planeta", "El buscador de lo inefable" y "Relatos Ecoanimalistas"; ademas de publicar regularmente en dos blogs: 1) blogsostenible.wordpress.com y 2) historiasincontables.wordpress.com
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6 respuestas a Libro Filosofía ante la crisis ecológica, de Marta Tafalla @TafallaMarta (resumen), Ed. @plazayvaldes

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