Denuncia, Ayuda y Pobreza: Similitudes entre Ecologismo y Cristianismo

La filosofía cristiana tradicional, al ser una religión, pretende responder cuestiones que a la razón le cuesta contestar, como lo que hay después de la muerte. El ecologismo tiene, evidentemente, otros fines. Pero si nos vamos al cristianismo original, el dictado por su fundador Jesús de Nazareth, y nos fijamos en los medios que éste propone, en su ética, quizás encontremos importantes similitudes entre el cristianismo y lo que algunos han llamado como ecofilosofía. Siguiendo la costumbre de añadir el prefijo “eco” para vender más, tal vez podríamos hablar de un eco-cristianismo. Pero no hay que inventar nuevos términos ya que, como veremos, ser cristiano implica ser ecologista y la implicación inversa no se dá por cuestiones teológicas, más que por cuestiones éticas.

La ética es la búsqueda de reglas para lo que es correcto. Aunque es parte del trabajo de todo filósofo, lo cierto es que no existen reglas claras e inamovibles. Muchos las han buscado, desde Sócrates e incluso antes, y aunque hay algunas reglas claras, su interpretación y aplicación difiere de unos individuos a otros. La propia Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la ONU en 1948, también ha recibido críticas quizás más por intereses particulares o aberraciones culturales que por una forma culturalmente distinta de ver tales derechos del ser humano. Pero tal vez la regla más famosa sea la llamada “Regla de Oro”, atribuida a Moisés (o directamente a Dios, expresada en el Levítico) y que posteriormente Jesús y otros repetirían. De forma genérica, esta “Regla de Oro” dice que debemos dar a los intereses de los demás el mismo peso que damos a nuestros propios intereses (“amarás a tu prójimo como a ti mismo”, cfr. Lev. 19-18; Mt. 19-19).

Esa es la regla básica del cristianismo y por la que se ha ganado el título de religión del amor al prójimo. Al no incluir ningún mensaje claro de respeto a la Naturaleza, algunos acusan al cristianismo de haber contribuido, por omisión, a los desastres medioambientales. En el Génesis (primer libro de la Biblia) se dice a judíos y cristianos que el hombre tiene permiso para “señorear” sobre peces, aves y sobre todas las bestias (cfr. Gen. 1-26). Sin duda, esa visión homocéntrica ha servido para desconectar al hombre de la Naturaleza (hasta donde ha sido posible) más que para integrarlo en ella (como las religiones orientales). Pero también es la perversión de las ideologías y la avaricia humana la que han llevado a malentender esa visión homocéntrica para convertirla en egocéntrica (el centro ya no es el ser humano sino el “yo”, el “ego” de cada uno). Algunos humanos abusan de peces, aves y demás bestias para beneficio propio, no pensando en el beneficio de la humanidad. Ese egoísmo no puede confundirse con el humanismo cristiano. Jesús rompió con el Antiguo Testamento aunque éste sea conservado por algunas religiones cristianas.

Yendo a la esencia del Nuevo Testamento y fijándonos en el modo de actuar de Jesús extraeremos tres reglas básicas que son también básicas para el ecologismo comprometido:

  1. Jesús denunció los problemas globales de su sociedad: Denunció los abusos de los líderes religiosos y políticos y denunció sus efectos en la miseria humana. De igual forma, un ecologista o un cristiano no debería callarse ante las agresiones o abusos medioambientales o ante las injusticias que humillan al ser humano. Recordemos que el ecologismo es también un humanismo. El ecologismo no exalta la naturaleza por encima del hombre sino que exalta la naturaleza y al hombre. Por eso el ecologismo incluye el pacifismo.
  2. Jesús no solucionó esos problemas globales a los que se enfrentó. En el mundo sigue habiendo pobreza, hambre, injusticia y abusos por parte de los líderes políticos y religiosos. Pero Jesús sí ayudó a quien se iba encontrando, a quien podía ayudar, como nos recordaba la teóloga M. Ángeles Navarro en su obra “La Eucaristía” (2002). Si realmente era Dios, podía haber ayudado a todos los pobres de Palestina o del mundo, pero o él no era Dios o, dejando de un lado ese problema teológico, simplemente quiso decirnos que ayudáramos a quien buenamente pudiéramos, a quien nos fuéramos encontrando en nuestra ruta por la vida. De igual forma debería actuar todo cristiano o ecologista actual, sabiendo que actuar en favor del medio ambiente es actuar también por el bien de la humanidad.
  3. Jesús practicó y defendió un modo de vida austero, basado en la pobreza (cfr. Mt. 6, 24; Mt. 19, 16-24; Lc. 14, 33), pero no en ese tipo de pobreza que humilla y excluye al ser humano sino en una pobreza libremente elegida, libre de ambiciones y de lujos. Son numerosísimas las palabras de Jesús contra la codicia que, en esta sociedad, se ha pasado a llamar consumismo (Mt. 5, 38-42; Mt. 10, 9-10; Mt. 22, 39; Mt. 23, 27-28; Lc. 6, 37-38; Lc. 12, 15; Hch. 20, 35). Jesús constató que la riqueza procede de la explotación. Se refería a la explotación del hombre, pero hoy sabemos que también puede sobreexplotarse la naturaleza y que, los efectos negativos son más negativos para los que menos tienen.

Sintetizando, concluimos que no se puede pedir a nadie (sea ecologista o no) que reduzca la contaminación global sino que reduzca su propia contaminación y que se denuncien los efectos negativos de la misma, denunciar a quienes abusan y denunciar la pasividad de los líderes políticos o empresariales. Algunos “cristianos”, ante la dificultad de los dos primeros mandatos deciden practicar sólo el tercero, aislarse del mundo, rezar y practicar la pobreza, como es el caso de monásticos o anacoretas. Pero Jesús, lejos de pedir aislamiento, pidió salir, ayudar al prójimo y denunciar sus injusticias. Esto es importante porque un ecologista no tiene que aislarse del mundo pues el ecologismo responsable no se basa en un “viajar sólo” sino en una lucha continua por mejorarse y por denunciar. Las lanchas de los guerreros del arcoiris de GreenPeace consumen gasolina pero tal vez gracias a ellos aún podamos ver algunas especies de ballenas, a pesar del apetito de los japoneses por su carne.

Una gran lección nos dio la madre Teresa de Calcuta (1910-1997), escogiendo los dos últimos puntos (ayuda y pobreza) los elevó a su máxima esencia. Creo que ahí resulta imposible hacer más. Sin embargo, olvidó el primer punto, la denuncia: no denunció enérgicamente las causas de esa miseria que ella ayudó a paliar. Ciertamente, su trabajo era una denuncia pero muchos alabaron su trabajo y no oyeron tal denuncia.

Juan Arias, en su obra “Jesús, ese Gran Desconocido” afirma que “Jesús no soportaba ver a nadie sufriendo (…) y que por ello «curaba a todos». (…) Era radical, severo, despojado, no tenía casa donde dormir y predicaba el desapego de los bienes en favor de la libertad de espíritu. Pero su talante no era victimista, (…) no imponía ayunos ni sacrificios corporales a sus discípulos (…). A él le gustaba disfrutar de las pequeñas cosas de la vida sin correr detrás del dolor. Por eso les respondía que sus seguidores ya iban a tener tiempo de sufrir, ya que la vida no es ninguna fiesta. Como diciendo que no es preciso buscar el dolor, pues ya se encarga él de encontrarnos”, sobre todo si intentamos, siguiendo su ejemplo, denunciar las injusticias de nuestro alrededor. Jesús no fue asesinado por ser pobre o ayudar a los pobres. Dichosos quienes «padecen persecución por la justicia» (Mt. 5, 10)… que, según, Arias son “quienes desenmascaran a los poderosos que crean las situaciones de injusticia que oprimen a los más débiles”.

De igual forma el ecologismo debe también evitar el victimismo, practicar el desapego de lo material y aprender a disfrutar sin dañar nuestro mundo. No se trata de buscar el dolor sino de darse cuenta que quizás una austeridad ecológica nos puede también aportar bienestar.

Austeridad ecológica: Del consumismo a la pobreza cristiana

La primera bienaventuranza (Mt. 5, 3) es a veces traducida como “Dichosos los que eligen ser pobres“, muy en sintonía con la predicación de Jesús (cfr. Mt. 19, 16-24). Escudero Freire en su obra “Jesús y el Poder Religioso” resalta “la voluntariedad de ese estado de pobreza. El que elige ser pobre lo hace para no cometer injusticia, [porque] la riqueza causa todo tipo de opresión y explotación del hombre”. Pero no confundamos el sentido: “optar por la pobreza no es optar por la miseria o la indigencia (…) que destruyen y humillan al hombre”. Como decía el teólogo y antropólogo J. Melloni al defender también la pobreza: “Está claro que hay que luchar con todas las fuerzas para lograr que toda la humanidad disponga de la alimentación necesaria, de vivienda, de trabajo, de sanidad e higiene y de educación”. Para Melloni la pobreza tiene al menos cuatro efectos beneficiosos: Capacidad de admirarse por lo sencillo y de agradecerlo, de acogimiento del prójimo y de compartir las posesiones.

Defender la pobreza o la austeridad puede resultar escandaloso. Por eso Arias decía que las bienaventuranzas (Mt. 5, 1-12; Lc. 6, 20-26) “contradicen toda la lógica del mundo”.
Pero nosotros nos referimos a esa austeridad que queda cuando uno dispone de “alimentación necesaria, de vivienda, de trabajo, de sanidad e higiene y de educación”, y también de sabiduría para compartir.

Además, podemos descubrir que ese hacerse pobre es también un hacerse respetuoso: Respetuoso con los demás, pero también con la Naturaleza, que tanto sufre con ese consumismo exacerbado, que todo lo acapara, todo lo mercantiliza, todo lo contamina, todo lo pone en venta aunque el precio sea caro para la Naturaleza que, sin abogados, tantas veces sufre en silencio o pegando gritos que no oyen orejas sin oídos. Tristemente, a veces sólo se considera válido el respeto si sacamos algo a cambio… y surgen términos como Desarrollo Sostenible que, encima, son pisoteados por los que les importa más la primera de esas dos palabras. Así, descubrimos que quizás la ecología puede ser una religión, pero, aunque no lo sea, sus mandamientos pasan también por el no acaparar
que también denunciaba Paul Coelho en una de las historias de su “Maktub“.

La perversión de las ideologías

Parece inherente al ser humano modificar el entorno y las ideologías heredadas y no siempre es para mejorar. El movimiento ecologista no debería permitir la perversión que supone centrarse en lo accesorio y olvidarse de lo esencial, cosa que le ha pasado por cierto, a muchas religiones (criticadas como veremos por Jesús, Spinoza o Kierkegaard entre muchos otros).

El holandés Baruch Spinoza (1632-1677), igual que Jesús de Nazareth (aprox. 4 a.C.-33 d.C.), fue expulsado de su comunidad judía por heterodoxo, por criticar la religión oficial, sus dogmas anticuados y sus ritos externos, tanto del judaísmo como del cristianismo.
Spinoza, cuyo auténtico apellido era el español Espinosa porque su familia eran emigrantes judíos españoles, coincidía con Jesús en su religión del amor, a Dios y al prójimo, libre de dogmas fijos y ritos externos. Spinoza puede considerarse un ecologista de su tiempo, llegando a afirmar que todo lo que existe es naturaleza y que eso es, precisamente, Dios, las leyes de la naturaleza y sus restricciones que nos imponen cierto modo de vida y nos otorgan o no cierta libertad (no total porque podemos estar llamando libertad a unas elecciones cuyas causas ignoramos).

Efectivamente, muchas religiones, y el catolicismo es de los mejores ejemplos, se han ido centrando en sus ritos, sus normas o sus problemas internos, olvidando sus raíces o su esencia. Mientras Jesús alabó la pobreza, las iglesias están llenas de joyas, mientras Jesús predicó la ayuda al prójimo, el Vaticano se preocupa de estudiar si existe o no el Limbo (dicen ahora, en 2005, que no existe), mientras Jesús denunciaba las injusticias hasta hacerse odioso, los papas y los obispos suelen ser bien recibidos por las autoridades políticas de todos los países…

El filósofo danés y cristiano Kierkegaard pensaba en el siglo XIX que la responsabilidad del individuo no podía negarse (cosa que también mantuvo Sartre en el XX como parte de su existencialismo ateo). Tal vez por ello, Kierkegaard criticó la religión basada en ritos simbólicos con ningún contenido práctico, porque si somos responsables no podemos permitir que nos digan qué hacer o qué pensar. Para Kierkegaard es importante que cada uno busque sus propias verdades.

Esa manipulación de tantas religiones o ideologías, también llega al ecologismo. Encontramos ecologistas y cristianos que olvidamos las tres reglas básicas que Jesús nos enseñó y que el ecologismo debe heredar como buen humanismo: Denunciar, Ayudar y tender a la Pobreza. Mientras reciclamos una lata, consumimos veinte sin reciclar que, aunque se reciclaran son muy costosas en recursos y energía, cerramos un grifo que gotea pero consumimos carne a diario sin preguntarnos el agua requerida, nos quejamos de la contaminación pero nuestros aires acondicionados contaminan lejos de nuestra casa, nos preocupamos del calentamiento global pero nuestras casas están ardiendo en invierno, lamentamos el desastre del mar Aral pero compramos nuestra ropa de moda anual, nos quejamos de la deforestación pero nuestras casas se llenan de muebles, de cosas y de medidas de seguridad, nos quejamos del sufrimiento animal pero subvencionamos sin quejarnos las corridas de toros, aborrecemos la agricultura industrial pero no plantamos tomates en nuestras ventanas, nos encanta la naturaleza pero nuestras ciudades crecen y crecen quitando espacio al campo y a sus moradores anteriores…
Nos quejamos… mientras somos parte del problema. Hay que seguir quejándose. Quejarse más aún, pero buscar soluciones.

En definitiva, ser cristiano, buen cristiano, puede ser muy duro, quizás tanto o más que ser buen ecologista, pero las razones son las mismas porque denunciar es molesto y nos hace molestos pero valientes, porque ayudar requiere entrega, trabajo y ganas (más que tiempo) y porque el voto de pobreza no tiene límite definido. Pero estas tres reglas, denuncia, ayuda y pobreza, tienen la maravillosa cualidad de ser fáciles de entender para el que esté dispuesto a aceptar el desafío. Pero también tienen la curiosa cualidad de ser más fáciles de entender cuanto mayor humildad resida en el corazón, y parecen esconderse o enrevesarse para sabios y entendidos (cfr. Mt. 11, 25). Como debe ser, para ser buen ecologista no hace falta saber la eficiencia de las placas solares fotovoltaicas ni maravillarse por la fotosíntesis, no hace falta estudiar ingeniería ambiental ni comer carne de ganadería ecológica, no hace falta ser ni listo, ni rico, ni guapo.

El mensaje es tan simple que asusta. Lo auténticamente complicado es ser un ecologista (un humanista o un cristiano) “a medias”. Ante lo radical de estas tres reglas cada individuo debe encontrar su nivel, ese nivel de denuncia, ayuda y pobreza que le permite seguir estas tres reglas sin sacrificar su felicidad. Tal vez así, vayamos dándonos cuenta de que aumentar de nivel es también aumentar en felicidad (propia y ajena).
Por estos niveles, seguro que existen ecologistas ateos que se comportan más cristianamente que muchos cristianos de ritos externos y dogmas que creen sin rechistar.

Si el nivel cero supone un cero en denuncia, un cero en ayuda y otro cero en pobreza, pasar de ese nivel cero es descubrir que subir de nivel es más fácil de lo que se piensa, además de gratificante y ejemplar. No sólo contribuimos con nuestros actos sino que, con el ejemplo, podemos ser aún más efectivos.

Ideas para empezar y seguir

Para subir de nivel basta con conectar nuestro rádar interno, estar alerta y en nuestra vida irán surgiendo espontáneamente ocasiones para aplicar alguna de las tres reglas básicas.
No hay que apuntarse a todas, dejemos las heroicidades para los héroes y marquemos nuestra propia pauta.
No hay más que hacer, pero si eso se queda pequeño, aquí van unas ideas:

  • Denunciar: Escríbele una carta o un mail a algún político o empresario para expresarle tu opinión y sugerirle actuaciones. Seguramente no te contestará, pero esa es su responsabilidad, no la tuya. Hay organizaciones que proponen actividades de denuncia basadas en escribir cartas por correo postal o electrónico. Esto se muestra bastante efectivo porque los abusos se cometen con mayor dificultad cuando uno tiene constancia de que está siendo observado. Como ejemplo tenemos a Amnistía Internacional (y su red de acciones urgentes por los Derechos Humanos: www.amnistiainternacional.org), GreenPeace (y sus ciberacciones: www.greenpeace.org) o WWF/Adena.
  • Ayudar: Ocasiones para ayudar hay muchas, pero uno puede buscarlas o evitarlas. El voluntariado (ambiental o humanitario) es una buena forma de ayudar porque ayudar en grupo puede ser más efectivo. Un sucedáneo del voluntariado es hacerse socio de algunas organizaciones para colaborar con ellas económicamente si nuestro tiempo no nos permite más.
  • Pobreza: Ya sabemos que no se trata de vivir en una cueva, de morir de hambre o de ser Diógenes, pero sí de evitar viviendas ostentosas, comer en exceso o lujos innecesarios. Tan sólo preocupándonos menos por nuestra estética podemos empezar un gran camino de crecimiento personal. Dar lo que no usamos ni necesitamos, evitar reemplazarlo por más cosas, gastar nuestra ropa, ser críticos con la moda o la publicidad… y ver que el oro y los diamantes son sólo piedras.

En la Edad Media algunos filósofos cristianos decían “credo quia absurdum“, que significa “creo porque es absurdo”. Con ello intentaban dar más valor a la fe que a una supuesta razón que pudiera demostrar la existencia de Dios. Llevándonos la frase a nuestro contexto podemos decir también que somos ecologistas o humanistas porque es absurdo serlo. Las noticias de desastres crecen con nuestra esperanza y nos importa poco conocer el final de la historia, porque lo que verdaderamente nos importa es que en nuestro lecho de muerte pensaremos: “Lo intenté”.

Referencias bibliográficas/electrónicas, y otros EcoArtículos.

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2 respuestas a Denuncia, Ayuda y Pobreza: Similitudes entre Ecologismo y Cristianismo

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