Libro “Ética Práctica” de Peter Singer (Resumen)

Foto: Peter SingerPeter Singer nació en Melbourne (Australia) en 1946. Es profesor de Bioética en el University Center for Human Values, de la Universidad de Princeton. Ha enseñado en la Universidad de Oxford, la Universidad de Nueva York, la Universidad de Colorado en Boulder, la Universidad de California en Irvine, y en la Universidad La Trobe. Es autor de Liberación Animal, publicado originalmente en 1975, y considerado como el libro que dio inicio al movimiento por los derechos de los animales. Su “Ética Práctica” (2ª Edición, Cambridge University Press, 2003) es uno de los textos más utilizados en la ética aplicada, y su Repensar la vida y la muerte recibió en 1995 el premio del National Book Council en la categoría de no ficción. Es autor del artículo central sobre la Ética en la edición actual de la Encyclopaedia Britannica, y, con Helga Kuhse, co-editor de la revista Bioethics. Singer fue además uno de los miembros fundadores de la Asociación internacional de bioética.

Miembro del Centro de Bioética Humana de la Universidad de Monash, el autor ha convertido esta obra desde su primera edición (en 1979) en un clásico dentro de este campo, la cual se ha usado en estudios de filosofía en diversos países. En diversas ocasiones ha ocasionado reacciones en contra, lo cual es razonable ya que la ética puede, en muchos casos ser discutible. El mismo autor afirma que “la discrepancia es buena ya que es el camino hacia una posición más defendible”. Sin embargo, en muchas ocasiones esta obra ha sido mal entendida o directamente se ha producido una manipulación de su contenido para provocar un rechazo a las teorías de Singer, sin que esa manipulación esté justificada.

El libro estudia algunos de los problemas de la sociedad actual sin ideas preconcebidas, sin prejuicios y sin tabúes (lo cual no es fácil de encontrar). Cada tema es estudiado con suficiente detalle desde todos los puntos de vista, sin que haya un final establecido de antemano. Cada argumento es explicado, razonado o debatido consiguiendo, al final, una conclusión (no necesariamente rotunda) que aunque no sea compartida por el lector, el camino a ella resulta, sin duda alguna, enriquecedor.

Los diferentes capítulos del libro tratan temas muy dispares. A continuación damos un resumen de los temas tratados, sin que ello suponga el incluir aquí todos los razonamientos necesarios para llegar a las conclusiones a las que este autor llega. Antes de rebatir lo que aquí se presenta sería necesario leer el libro completamente y, por supuesto, intente no justificar sus posturas éticas con razonamientos basados en la tradición (tales como “porque siempre se ha hecho así”), en la religión (como “porque Dios lo dice”) o en una supuesta evidencia. Como dice Singer, “las creencias y costumbres con las que nos hemos criado pueden ejercitar una gran influencia sobre nosotros, pero una vez que empezamos a reflexionar sobre ellas podemos decidir actuar de acuerdo con ellas, o en su contra”.

Para justificar la importancia de la ética, este autor afirma que: “Si observamos con la suficiente atención, podemos descubrir que la mayoría de nuestras decisiones están relacionadas con la ética”.

Hay distintas “escuelas éticas”, pero Singer no es fácil de clasificar (quizás él se clasificaría como un utilitarista coherente). Por ejemplo, los consecuencialistas valoran los actos en función de que favorezcan la consecución de unos objetivos previamente señalados, mientras que el utilitarismo establece que una acción está bien si produce un aumento en la felicidad de todos los afectados igual o mayor que cualquier acción alternativa. Por otra parte, hay que tener presente que no es del todo cierto que la ética es relativa a la sociedad en que a uno le toca vivir (relativismo ético), porque la ética no depende de la opinión de ninguna mayoría. El subjetivismo ético también es rebatido porque no explica los motivos del desacuerdo ético, aunque en este caso la aprobación depende del individuo que hace el juicio y no de la sociedad en la que vive. Pero afirmar que la ética es subjetiva nos puede llevar a no poder condenar ninguna conducta.

“La noción de vivir de acuerdo con unos valores éticos está vinculada a la noción de defender el modo de vida de uno, darle una razón, justificarlo”. Y, por supuesto, esa justificación no puede ser cualquiera. Por ejemplo, esa justificación no puede centrarse exclusivamente en el interés propio. Aquí encaja la “Regla de Oro” atribuida a Moisés (o directamente a Dios, expresada en el Levítico) y que posteriormente Jesús repetiría. Esta regla nos dice que debemos “dar a los intereses de los demás el mismo peso que damos a nuestros propios intereses”.

De hecho, la típica expresión que afirma que todos los seres humanos somos iguales, debe referirse a ese “principio de igual consideración de intereses”, porque en realidad todos los seres humanos NO somos iguales: Hay distintas razas, distintas capacidades y habilidades, distintas preferencias… “No existe ninguna razón lógicamente obligatoria para suponer que una diferencia entre la aptitud de dos personas justifique cualquier diferencia en la consideración que demos a sus intereses”. Así, si se demostrara que una raza es superior en capacidad o en inteligencia, ello no sería motivo para discriminar o despreciar los intereses de nadie. Pero ese principio es “un principio mínimo de igualdad y no un principio igualitario completo”, ya que pueden darse casos en los que aplicar ese principio suponga aumentar la diferencia entre dos personas con distintos niveles de bienestar, en vez de disminuir esa diferencia. Por ejemplo, suponga que en un hipotético caso dos enfermos (A y B) requieren atención médica para salvar una pierna el primer enfermo (A) y el otro una pierna y un dedo (B). Sin embargo, existen limitaciones en los recursos médicos que nos hacen que sólo podemos atender a un enfermo de ellos de forma que si aplicamos esos recursos al primer enfermo (A) le salvaremos su pierna, mientras que si aplicamos esos recursos al segundo enfermo (B) sólo le salvaremos un dedo. Parece claro que debemos curar al primer enfermo aunque, si curamos al segundo enfermo la situación final será más igualitaria (ambos quedarán igualmente sin una pierna).

“La vida es una carrera en la cual es justo que los ganadores se lleven los premios, siempre y cuando todo el mundo parta del mismo sitio. Este mismo punto de partida representa la igualdad de oportunidades y, según algunos, lo máximo a lo que la igualdad puede llegar”. Lo complicado es asegurar esa “igualdad de oportunidades” y, aunque fuera posible, el sistema premiaría a los afortunados que heredan capacidades o inteligencia para conseguir vivir mejor, mientras que penaliza a los desafortunados (con peores genes). El lema marxista que dice que “De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades” tampoco resuelve el problema, ya que genera otros problemas (fuga de cerebros, restringir la libertad de emigrar…). Los gobiernos tienen muchos mecanismos para reducir las diferencias salariales antes de que un número considerable de individuos empiece a pensar en emigrar.

Tampoco puede abolirse la empresa privada, la cual tiene la cualidad de surgir o “reafirmarse a sí misma bajo las condiciones más inhóspitas”, y para que ello no ocurriera tendría que haber un cambio radical en la naturaleza humana. Así este autor es más realista y propone trabajar para conseguir acercarse a una “remuneración según las necesidades y el esfuerzo y no según las capacidades heredadas”. No obstante, esto también puede ocasionar algunos problemas.

También este autor es, como el Nobel de Economía A.K. Sen, partidario de la discriminación positiva: “dar un tratamiento preferente a los miembros de los grupos menos favorecidos” y “asegurar que donde haya diferencias importantes en los ingresos, la posición y el poder, las mujeres y las minorías raciales no se lleven la peor parte”. Esta política reduce “el sentimiento de inferioridad sin esperanza” y “cuando se aplica de forma adecuada, es equivalente, al menos en sus aspiraciones, a la igual consideración de intereses”. Por ejemplo, las personas discapacitadas son diferentes y, “en algunos aspectos, no nos ha hecho ver como discriminatorio el tratarlas de diferente forma”.

¿IGUALDAD para los ANIMALES?

El libro parte de la base de un “rechazo consciente de la presunción de que todos los miembros de nuestra propia especie posean, por el mero hecho de serlo, un mérito que los distingue o un valor inherente que los sitúa por encima de los miembros de otras especies”, tal y como se razona en su libro Animal Liberation (2ª ed., 1990).

Así, el autor sugiere que “habiendo aceptado el principio de igualdad como base moral sólida para las relaciones con otros miembros de nuestra propia especie, igualmente nos comprometemos a aceptarlo como base moral sólida para las relaciones con los que no pertenecen a ella: los animales no humanos.” O sea, igual que el hecho de que unas personas no sean de nuestra raza o sean menos inteligentes no nos da derecho a explotarlas, tampoco obtenemos ese derecho sobre los que no son de nuestra especie (sean éstos más o menos inteligentes que todos o algunos individuos de nuestra especie). Si lo primero sería “racismo”, esto último Peter Singer lo llama “especieísmo” o “especísmo” (discriminación por motivos de especie animal).

Sobre esta cuestión también se manifiesta Jeremy Bentham, el padre del utilitarismo moderno diciendo: “La cuestión no es: ¿pueden razonar?, ni tampoco: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sentir el sufrimiento”. Esto lleva a Singer a afirmar que: “Si un ser sufre, no puede existir ningún tipo de justificación moral para rechazar que ese sufrimiento sea tenido en cuenta”. Sin embargo, “los especieístas humanos no aceptan que el dolor sea tan malo cuando lo sufren los cerdos o los ratones por un lado, y los humanos por otro”.

Un argumento a favor del “especísmo” es afirmar que los humanos tienen mayor capacidad de sufrimiento. Aún así, esa no es razón para ser especieísta ya que el principio de igual consideración de intereses debe tener eso en cuenta: “debemos ser muy cuidadosos a la hora de comparar los intereses de especies diferentes. En determinadas situaciones, un miembro de una especie sufrirá más que el miembro de otra especie. En este caso, aún deberíamos aplicar el principio de igual consideración de intereses, pero el resultado de hacerlo será, por supuesto, el dar prioridad a aliviar el sufrimiento mayor”. Es cierto que, en general, los animales humanos pueden sufrir más que los animales no humanos pues como dice Singer “la angustia mental es lo que hace que la posición humana sea más difícil de soportar” (aunque “los animales, algunas veces, pueden sufrir más debido a su conocimiento más limitado” y a la imposibilidad para darles explicaciones). Pero si eso se usa como argumento para justificar acciones como la experimentación con animales, también podría usarse para justificar el uso en los mismos experimentos de niños huérfanos con graves discapacidades intelectuales.

Se puede argumentar que es imposible comparar el sufrimiento de especies diferentes, “pero la exactitud no es esencial” (incluso dos personas pueden tener distinta capacidad de sufrimiento) y “aunque fuésemos a impedir que se inflija sufrimiento a los animales solamente en aquellos casos en los que los intereses de los humanos se vieran afectados en mucha menor medida que los de los animales, nos veríamos obligados a realizar cambios radicales en el trato que damos a los animales; estos cambios afectarían a nuestra dieta, a los métodos de cría, a los métodos de experimentación en muchos campos de la ciencia, a nuestro planteamiento con respecto a la fauna y a la caza, al uso de trampas y de prendas de piel, y a algunos lugares de diversión tales como circos, rodeos, parques zoológicos. Como resultado, se reduciría de forma considerable la cantidad total de sufrimiento provocado; de forma tan considerable que es difícil imaginarse otro cambio en la actitud moral que llevara consigo una reducción tan importante de la suma total de sufrimiento que se produce en el universo”.

Resumiendo, “el dolor y el sufrimiento son malos y deberían ser evitados o minimizados, independientemente de la raza, el sexo, o la especie del ser que sufra”. Tras esa conclusión podemos examinar los hábitos alimenticios del mundo rico: “la carne de los animales no es necesaria para tener una buena salud o aumentar la longevidad” y “tampoco resulta un método eficaz de producir alimentos”. “La carne es un lujo y se consume porque a la gente le gusta su sabor”, un argumento “relativamente secundario con respecto a la vida y el bienestar de los animales”. Pero además, Singer no olvida que “se hace que los animales tengan una vida miserable para conseguir que su carne esté disponible para los humanos al menor coste posible. (…) Nuestra sociedad, para que tengamos carne en nuestra mesa a un precio asequible, tolera métodos de producción de carne que hace que se encierre a a animales sensibles en condiciones de hacinamiento inadecuadas durante toda su vida. Se trata a los animales como máquinas que transforman el forraje en carne” y “la crueldad se reconoce solamente cuando cesa la rentabilidad”. Así, “para evitar el especieísmo hemos de acabar con estas prácticas. Nuestra compra es el único tipo de apoyo que necesitan las granjas de cría intensiva. La decisión de dejar de darles ese apoyo puede ser difícil, pero es menos difícil de lo que fuera para un blanco del sur de los Estados Unidos ir en contra de las tradiciones de su sociedad liberando a sus esclavos; si no cambiamos nuestros hábitos alimenticios, ¿cómo podemos censurar a los propietarios de esclavos que se negaban a cambiar su modo de vida?”. Además, se citan ejemplos “como Suiza, que ha prohibido la cría de aves en jaulas”. El autor no se refiere sólo al hecho de que a los animales les quitemos la vida para comérnoslos sino a todo el ciclo de sufrimiento que genera ese objetivo: “castración, separación de la madre y sus crías, la ruptura de los rebaños, la marca, el transporte y finalmente el momento de la muerte. (…) De cualquier manera, la cuestión trascendental no es si la carne de los animales podría producirse sin sufrimiento, sino si la carne que pensamos comprar ha sido producida sin sufrimiento. A menos que confiemos que sea así, el principio de igual consideración de intereses implica que está mal sacrificar intereses importantes de un animal para satisfacer un interés menos importante nuestro, por consiguiente deberíamos boicotear el producto final de este proceso”. Así, en las ciudades “esta conclusión nos lleva muy cerca de un modo de vida vegetariano”.

Tratamiento a parte hace para la experimentación con animales y tras poner algunos ejemplos estremecedores concluye que casi siempre esa experimentación no es realmente necesaria. Por ejemplo, la industria de los cosméticos es una de las que más maltrata a los animales y ¿es realmente necesario fabricar nuevos cosméticos?. Además, en muchos casos “los beneficios para los humanos o no existen o son inciertos”.

Respecto a la posibilidad de que los animales no sientan dolor argumenta que al menos los vertebrados tienen un sistema nervioso similar. Otra justificación de nuestra forma de vida suele ser resaltar el hecho de que los animales se comen entre ellos. Pero es un argumento absurdo porque nosotros no podemos fijarnos en los animales como guía moral y, si lo hacemos para esto resultará complejo justificar porqué no lo hacemos para otras cuestiones. Además, resalta el que los no humanos “no sean capaces de considerar las alternativas disponibles o de reflexionar sobre la ética de su dieta”, concluyendo que “no se puede evadir la responsabilidad imitando a seres que son incapaces de tomar esta decisión”.

Es innegable que los humanos tienen una característica muy importante: tienen conciencia propia. A esto añade que habría que preguntar “por qué el supuesto mayor valor de un ser con conciencia propia debería tener como resultado dar preferencia a los intereses secundarios de un ser consciente de sí mismo sobre los intereses principales de un ser meramente sensible”. También recuerda “que existen humanos discapacitados intelectualmente que tienen menos derecho a que se les considere conscientes de sí mismos o autónomos que muchos animales no humanos”. Con esto llega a que “la pertenencia a una especie no es más importante en estas circunstancias que la pertenencia a una raza o un sexo”.

Es importante añadir que hay animales no humanos con conciencia propia. El caso más evidente son los grandes simios, chimpancés, gorilas y orangutanes, pero hay otros a los que también se le atribuye esa propiedad (ballenas, delfines…). Incluso animales muy por detrás en este baremo, está demostrado que sufren ante ciertas actuaciones. Por ejemplo, las vacas pueden tirarse varios días llamando a sus terneros después de haber sido separadas de ellas para que la leche quede para consumo humano.

También es cierto que podemos tener más afecto hacia un humano que hacia un animal no humano, pero contra este argumento Singer afirma que “la ética no exige que eliminemos las relaciones personales y los afectos parciales, pero sí exige que, cuando actuemos, evaluemos las pretensiones morales de los que se ven afectados por nuestros actos con un cierto grado de independencia de nuestros sentimientos hacia ellos”.

La discriminación por especie aporta una línea divisoria clara, pero no es defendible y aguanta poco peso. Singer concluye diciendo que no le gustaría que ningún humano sea objeto de ninguna experimentación brutal: “Me gustaría que nuestra convicción de que tratar a los humanos discapacitados intelectualmente de esta forma está mal se trasladase a los animales no humanos con niveles de conciencia propia similares y con similar capacidad de sufrimiento”. Esto nos puede llevar a un celo riguroso de respeto absoluto hacia los animales como los jainistas indios, y el autor no aclara cuestiones como si es aceptable matar un mosquito para evitar que nos pique.

La realidad y la imaginación pueden crear situaciones muy conflictivas. Ante esto, R.M. Hare sugiere que, para nuestra vida ética diaria, es mejor adoptar principios éticos generales y no desviarnos de ellos (tales como no mentir, mantener las promesas, no herir a los demás, no matar…). Aunque haya excepciones razonables a esos principios éticos, en general, es mejor seguirlos.

Y con respecto a los animales deja claro que es “mejor rechazar en su conjunto la muerte de animales para consumirlos como alimento, a menos que sea necesario para sobrevivir. Matar animales para usarlos como alimento nos hace considerarlos como objetos que podemos utilizar a voluntad”. Un poco más adelante, en el apartado sobre Medio Ambiente, se analizará esto desde otros puntos de vista.

Quitar la vida: el EMBRIÓN y el FETO

Si es malo matar a un humano inocente, también lo es matarlo aunque éste no haya nacido aún. No existe una clara línea divisoria entre el óvulo fecundado y el niño y algunas de las que se han establecido son líneas ficticias que no tienen gran fundamento (estas líneas son, por ejemplo, el nacimiento, la viabilidad del feto fuera de la madre, el movimiento del feto o la conciencia y la capacidad para sentir placer o dolor).

Como argumentos para defender el aborto se esgrimen principalmente tres. Uno son las consecuencias de una legislación restrictiva (abortos clandestinos, sin medios…), pero este argumento “trata de la legislación sobre el aborto y no sobre la ética del mismo”. El segundo, que también puede rebatirse de igual forma, se refiere a si es competencia del derecho legislar estos casos. En la obra “Sobre la Libertad” de John Stuart Mill se dice que el objetivo de obligar a alguien a algo debe ser “impedir que haga daño a otros… No se le puede legítimamente obligar a hacer o a abstenerse de hacer algo porque será en su beneficio”. El tercer argumento es de corte feminista y “sin negar que el feto es un ser humano inocente, consiste en que la mujer tiene derecho a elegir lo que le ocurra a su propio cuerpo”. Resumiendo mucho, este argumento, ilustrado por Judith Jarvis Thomson, se expresa gráficamente suponiendo que para salvar a una persona es necesario que alguien done alguno de sus órganos (o que cierto famoso o famosa bese a la persona enferma). Sin duda, esa donación (o ese beso) sería digna de elogio, pero no podemos obligar a nadie a efectuar dicha donación. Igualmente, una mujer embarazada que tenga problemas con dicho embarazo sería elogiable si decide continuar el embarazo pero… ¿podemos obligarla a hacerlo?. Thomson afirma que se puede tener derecho a la vida, pero que ese derecho no implica el derecho a utilizar el cuerpo de otra persona.

Por otra parte, Singer afirma que “si hacemos la comparación con un feto de menos de tres meses, un pez mostraría más señales de conciencia”. Y continua diciendo: “sugiero que acordemos no dar más valor a la vida del feto que a la vida de un animal no humano dado un nivel similar de racionalidad, conciencia de sí mismo, conocimiento, capacidad de sentir, etcétera”. Esto no debe entenderse como un argumento a favor del aborto, sino a favor de una ética global no discriminatoria. Y, en todo caso, añade que en caso de aborto debe evitarse cualquier método que exista base para creer que causa sufrimiento al feto. Contra eso puede argumentarse que no puede olvidarse el “potencial para convertirse en un ser humano maduro” que tiene un embrión. Este argumento es fácil de rebatir comparando si es igual de malo talar un roble venerable, que una bellota en brote: “No hay ninguna regla que diga que una X potencial tenga el mismo valor que una X, o que tenga todos los derechos de una X”.

Si hay que establecer un límite, Singer lo pondría en las 18 semanas de gestación: “Antes de este momento no existe ninguna buena base para creer que el feto necesite ser protegido de una investigación que le perjudique, ya que al feto no se le puede perjudicar. Después de este periodo el feto sí que necesita que se le proteja de posibles daños, con la misma base que lo necesitan los animales no humanos que sienten, pero que no son conscientes de sí mismos”.

Por otra parte, “si los seres racionales y conscientes de sí mismos son intrínsecamente valiosos, matar a un feto humano es privar al mundo de algo intrínsecamente valioso y, por tanto está mal”. El problema en esta argumentación es “la dificultad que existe en establecer que los seres racionales y conscientes de sí mismos tienen un valor intrínseco”. Y ese argumento podría llevarnos “a condenar las prácticas que reducen la población humana futura: la contracepción (…) y el celibato”.

Respecto a la fecundación in vitro, Peter Singer afirma que “se necesitaría investigar sobre (…) la conveniencia de destinar escasos recursos médicos a esta área en un momento en el que el mundo tiene un grave problema de sobrepoblación”.

Quitar la vida: los SERES HUMANOS

Se pueden distinguir los siguientes tipos de eutanasia: voluntaria (solicitada por la persona que va a morir), involuntaria (si la persona no da su consentimiento explícito pero tiene capacidad para darlo) y no voluntaria (si la persona no tiene capacidad para decidir).

Este autor parece ver, en general, aceptable el primer tipo de eutanasia bajo ciertas condiciones: que lo haga un médico que previamente haya consultado con otro y ambos tengan igual opinión, que no haya dudas de su voluntariedad, que el paciente esté bien informado, que su estado de salud sea irreversible y que no existan alternativas razonables. El segundo tipo de eutanasia es difícil imaginar algún caso para el que pudiera ser aceptable. Respecto al tercer tipo es importante considerar otros factores (opinión de los padres o familiares, de los médicos, posibilidades de recuperación…).

Ciertamente hay enfermedades muy complejas que no tienen solución y provocan un gran sufrimiento. En particular, los niños nacidos con espina bífida, anencefálicos (niños nacidos sin cerebro) o sin parte importante del aparato digestivo, pueden tener complicaciones particulares muy duras. En casos complejos en los que el niño no podrá jamás obtener una vida digna y gratificante, afirma que “matar a un recién nacido discapacitado no es moralmente equivalente a matar a una persona; y muy a menudo no es malo en absoluto”. Esta opinión, sacada de contexto y extendida a cualquier tipo de discapacidad generó una gran repulsa en Alemania, pero el autor deja claro que sólo defiende la eutanasia infantil en casos de graves discapacidades como los anencefálicos. Y ante la polémica queda su invitación para discutir las siguientes cuestiones: “¿hay que mantener la vida humana hasta el máximo posible? Si no es así, en los casos en los que el paciente no puede y nunca ha tenido la oportunidad de expresar una preferencia, ¿cómo se van a tomar las decisiones para poner fin al tratamiento necesario para prolongar la vida y provocarla mediante una intervención activa? ¿Por qué es la defensa de la eutanasia para los recién nacidos con graves discapacidades mucho peor que la defensa del aborto libre, hasta tal punto que las mismas personas que defienden el segundo, se niegan incluso a reconocer el derecho a discutir la primera?”.

La eutanasia pasiva, que consiste en no prolongar la vida artificialmente más que en provocar la muerte, tiene también argumentos en su favor. Por una parte, una ética son normas que deben obedecerse, distinguiendo entre actos y omisiones. Por ejemplo, “no matarás” es una orden clara y que no resulta demasiado difícil de cumplir. Sin embargo, no resulta tan fácil evitar que mueran seres humanos inocentes (pues mueren muchos a diario y en muchos casos puede hacerse al menos “algo” para evitarlo). Pero convertir en norma el evitar esas omisiones significaría que cumplir esa norma fuera símbolo de heroísmo (o santidad). Pero hay otra forma de ver la ética que no está basada en el cumplimiento de normas sino en juzgar los actos por sus consecuencias (enfoque consecuencialista de la ética). Con este enfoque no hay diferencia entre dejar de administrar una medicina y administrar un veneno si en ambos casos la consecuencia es la misma. Según Singer esa distinción es “insostenible”, porque uno debe ser “responsable de su decisión” y “no hacer nada en esta situación es en sí una decisión intencionada cuyas consecuencias tienen unas responsabilidades de las que no se puede huir”. Con esto llega a la conclusión de que “no existe una diferencia moral intrínseca entre matar y dejar morir” y, si se acepta la eutanasia pasiva, “la eutanasia activa también se debería aceptar como acción humana y correcta en determinadas circunstancias”, y más aún cuando “la eutanasia pasiva puede ser un proceso lento” y doloroso para el enfermo y para sus familiares. Para terminar pone un ejemplo: “No tenemos ninguna duda de que está bien disparar a un animal malherido o muy enfermo si sufre mucho dolor y tiene unas posibilidades de recuperación despreciables”. La única diferencia entre ese caso y un niño gravemente discapacitado en similar situación es “nuestro respeto inapropiado por la doctrina de la santidad de la vida humana“. De esa afirmación no sería justo extraer que Singer desprecia la vida humana, asunto que se demostrará claramente en la siguiente sección.

RICOS y POBRES: POBREZA Y RIQUEZA ABSOLUTAS

Robert McNamara, cuando era presidente del Banco Mundial sugirió el término “pobreza absoluta” para referirse a ese “vivir en el mismo límite de la existencia, (…) seres humanos con graves privaciones que luchan por sobrevivir en unas circunstancias de miseria y degradación” sorprendentes, con un índice de mortalidad infantil 8 veces superior al de los países desarrollados, con una esperanza de vida 3 veces más baja, una alfabetización de adultos un 60% más bajo, nivel de nutrición inaceptable con la imposibilidad de ingerir los niños las proteínas necesarias para el desarrollo cerebral. Según el World-Watch Institute el 23% de la población mundial vive en la pobreza absoluta (unos 1200 millones de personas).

En los países pobres se consume un promedio de 180 kilos de cereales al año, mientras que el promedio norteamericano ronda los 900 kilos: En los países ricos la mayoría de los cereales se invierten en alimentar a los animales para convertirlo en carne, leche y huevos. “Si dejáramos de alimentar a los animales con cereales y soja, la cantidad de comida que ahorraríamos ¾si la distribuyéramos entre los que la necesitan¾ sería más que suficiente para acabar con el hambre en el mundo:El problema es principalmente de distribución y no de producción (…) y sólo si transferimos parte de la riqueza de los países ricos a los pobres se podrá cambiar esa situación“.

En este panorama, Singer define la “riqueza absoluta“, y mete bajo este concepto a aquellos que tienen “más ingresos de lo que necesitan para satisfacer de forma adecuada todas las necesidades básicas de la vida. Después de adquirir comida, vivienda, ropa, servicios sanitarios básicos y educación, a los absolutamente ricos les queda todavía dinero para gastar en lujos. Los absolutamente ricos eligen su alimento por el gusto de su paladar, y no para detener el hambre; se compran ropa nueva para variar, y no para abrigarse; se mudan de casa para vivir en un barrio mejor o tener una habitación de juegos para los niños, y no para resguardarse de la lluvia; y después de todo esto les queda todavía dinero para gastar en equipos de sonido, videocámaras y vacaciones en el extranjero“.

El autor señala que aunque la ONU estableció como necesaria la donación del 0.7% del Producto Nacional (o Interior) Bruto (PNB o PIB) sólo Suecia, Países Bajos, Noruega y algunos países árabes exportadores del petróleo han alcanzado ese modesto objetivo, mientras que Gran Bretaña cede sólo el 0.31% (en alcohol se gasta el 5.5% del PNB y en tabaco el 3%), Alemania dona el 0.41%, Japón el 0.32% y Estados Unidos sólo el 0.15%.

Según Singer, “si estos son los hechos, no podemos evitar llegar a la conclusión de que al no dar más de lo que damos, la gente de los países ricos está permitiendo que la de los países pobres sufra una pobreza absoluta (…) y esta no es una conclusión que afecte sólo a los gobiernos, sino que afecta a cada individuo absolutamente rico, ya que cada uno de nosotros tiene la oportunidad de hacer algo para cambiar esta situación; por ejemplo, ofrecer nuestro dinero y nuestro tiempo a organizaciones de voluntarios como Médicos Sin Fronteras, Ayuda en Acción, etcétera. Si, entonces, dejar morir a alguien no es intrínsecamente diferente de matar a alguien, parecería que somos todos asesinos”. Pero Singer afirma que ese veredicto es demasiado duro indicando que “existen varias diferencias importantes entre el hecho de gastar dinero en lujos en vez de utilizarlo para salvar vidas, y matar a la gente de forma deliberada”. A continuación se expresan estas cinco diferencias, pero como dice Singer, “explicar nuestras actitudes éticas convencionales no supone justificarlas”, por lo que aparte exponemos la respuesta de Singer a cada una de ellas:

  1. La motivación es diferente.
    • “Que una persona no desee positivamente la muerte de otra disminuye la severidad de la culpa que se merece; pero no tanto como sugiere nuestra presente actitud a prestar ayuda”. Singer compara a los países ricos con un conductor que circula a gran velocidad por una calle: este conductor no tiene deseos de matar a nadie, pero no está teniendo en cuenta el riesgo y las consecuencias posibles. Si llegara a atropellar a alguien, todos estarían de acuerdo en que él es el culpable y merece castigo, aunque su motivación no fuera la de matar.

     

  2. Como ya se dijo antes, cumplir el “no matarás” es más simple que “obedecer una regla que nos obligue a salvar todas las vidas que podamos”, ya que eso “supondría reducir nuestro nivel de vida hasta el mínimo necesario para seguir viviendo” y “exigiría un grado de heroísmo moral totalmente diferente del que se necesitaría para simplemente no matar”.
    • “No matar constituye el nivel mínimo de la conducta aceptable que podemos exigir de todo el mundo; salvar a todo el que se pueda no es algo que de forma realista se pueda exigir, especialmente no en sociedades que están tan poco acostumbradas a dar como la nuestra”. Por eso, en nuestra sociedad el que da algo puede ser más digno de elogio que de culparlo por “dar menos de lo que pudiera”.

     

  3. Ambas situaciones tienen distinta certeza en el resultado. Alguien podría pensar que “el dinero que pudiéramos dar se podría gastar en un proyecto que no tenga éxito y no ayude a nadie”.
    • Esto podría reducir “lo que hay de malo en no dar”, “pero no basta con demostrar que no dar sea una conducta aceptable”. El conductor del ejemplo anterior no es un asesino y posiblemente no atropelle a nadie, “pero su conducta es claramente errónea”.

     

  4. Resulta imposible saber “a quién hubiéramos salvado si hubiéramos dado el dinero”, mientras que matar a alguien directamente implica que podemos identificar a ese alguien.
    • Según Singer este argumento “no tiene ninguna pertinencia moral”, y pone el ejemplo de alguien que venda conscientemente comida en mal estado, de tal manera que sea imposible descubrir si los que desarrollen cierta enfermedad lo hayan hecho por consumir esa comida, o bien, hubieran desarrollado la enfermedad de todas formas.

     

  5. Por último, “se podría decir que la difícil situación de hambre no es obra nuestra”.
    • Singer rebate esto de dos formas: Por una parte algunos afirman que “las naciones occidentales han creado la pobreza en el Tercer Mundo, a través de formas de explotación económica que se remontan al sistema colonial” y, de hecho, esos países siguen explotando los recursos de los países en desarrollo para mejorar o mantener su calidad de vida, tanto en alimentos (cacao, té, frutas…), como en otros productos (algodón, látex, minerales y otras materias primas…). “Por otra parte, cualquier consecuencialista insistiría en que somos responsables de todas las consecuencias de nuestras acciones, y si la consecuencia de gastar nuestro dinero en un artículo de lujo es la muerte de alguien, somos responsables de esa muerte”. Esto puede rebatirse usando “una polémica teoría de los derechos” que propuso John Locke o, más recientemente, Robert Nozick: “Todo el mundo tiene derecho a la vida”, “pero no un derecho a la ayuda por parte de otros cuando nuestra vida esté en peligro”. Según eso, entendemos “que seamos responsables de actuar para matar pero no de omitir para salvar. El primero viola los derechos de otros, mientras que el segundo no”.

“Ayudar no es, como convencionalmente se piensa, un acto caritativo que es digno de elogio, pero que no está mal omitir; es algo que todo el mundo debería hacer”: “Si podemos evitar que ocurra algo malo sin sacrificar nada de una importancia comparable, debemos hacerlo“, y “la cuestión no estriba en si mi contribución personal surtirá un efecto considerable en la pobreza mundial en general (que, por supuesto, no lo tendrá), sino en si evitará parte de esa pobreza”, puesto que “toda pobreza absoluta es mala, y no solo la pobreza total en su conjunto”.

Robert Nozick, por ejemplo, afirma que con tal de que uno haya adquirido una propiedad sin la utilización de medios injustos como la fuerza o el fraude, uno puede disponer de una enorme riqueza mientras otros se mueren de hambre. Esto es muy discutible entre otros motivos por el significado de “medios injustos”, porque, por ejemplo, si alguien hereda algo puede parecer que ese es un modo justo de adquirir esa propiedad pero… ¿y si el anterior propietario no empleó medios justos?. Algunos afirman que parte de la riqueza de ciertos países se basa en injusticias cometidas por sus antepasados. Por otra parte, Santo Tomás de Aquino sostiene que puesto que la propiedad existe para satisfacer las necesidades humanas, “todo lo que un hombre tenga en superabundancia debe darlo”. Pero el fondo de la cuestión no es un asunto de derechos: “no dar, aún en nuestro derecho, está mal, porque llevar una vida ética es algo más que respetar los derechos de otros“.

Uno de los más serios argumentos contra la obligación de ayudar es la que apoya, por ejemplo, el biólogo Garret Hardin, y que afirma que “puesto que la causa más importante de pobreza absoluta es la superpoblación, ayudar a los que ahora sufren la pobreza sólo asegurará que todavía más personas nazcan para vivir en la pobreza en el futuro”. Según Garret Hardin la ayuda a los pobres no debe ser en forma de alimentos ya que “al repartir los alimentos. sólo estaremos fomentando el escalamiento de la población”. Según Hardin, si queremos ayudar, debemos dirigir nuestros esfuerzos a abatir el crecimiento demográfico. Existen organismos ambientales que tienen ese objetivo como prioritario. Puede encontrarse un análisis en profundidad del equilibrio entre población, suelo, agua y agricultura en la obra “Ciencias Ambientales: Ecología y Desarrollo Sostenible“, de Nebel y Wrigth.

El efecto del crecimiento demográfico es sintetizado por Singer de la siguiente forma: “¿Qué ocurrirá si la población mundial continúa creciendo? No puede hacerlo indefinidamente. Se detendrá por un descenso en los índices de natalidad o un aumento en los índices de mortalidad”. Diversos estudios sugieren que “podemos reducir el crecimiento de la población mejorando la seguridad económica y la educación, y haciendo que los anticonceptivos sean más asequibles. Esta perspectiva hace que la teoría de la selección sea éticamente inaceptable. No podemos permitir que millones de personas mueran de hambre y enfermedades cuando existe una probabilidad razonable de que la población se controle sin tales horrores. El crecimiento de la población no es, por tanto, una razón en contra de ofrecer ayuda a los países pobres, aunque debería hacernos pensar en el tipo de ayuda que demos. En lugar de ofrecer asistencia alimentaria, quizá sería mejor ofrecer una ayuda que lleve a la disminución del crecimiento de la población”: asistencia agraria, educación, planificación familiar…

Respecto a los gobiernos también Singer les atribuye la obligación ética de ayudar, pero sin que ello sea usado como argumento para no ayudar las personas particulares: “Quizá sea más importante ser políticamente activo en interés de los pobres que prestarles ayuda uno mismo, pero, ¿por qué no las dos cosas? Desafortunadamente, muchos mantienen que ayudar a los países pobres es responsabilidad del gobierno como criterio para no prestar ayuda ellos mismos, pero no como criterio para ser políticamente activos”. Singer resalta, además, la importancia de “lograr unos acuerdos comerciales más justos”.

Una vez demostrado que existe obligación ética de ayudar a los países pobres, la pregunta que se plantea es ¿cuánto debo ayudar? ¿hasta donde debe llegar mi ayuda?, porque parece que si esa obligación es hasta el máximo posible, se exige un nivel tan alto que sólo un santo podría alcanzarlo. Richard Dawkins ha escrito que “el amor universal y el bienestar de la especie en general son conceptos que simplemente no tienen un sentido evolutivo”. Singer responde que “naturalmente, tenemos un deseo más fuerte de favorecer nuestros propios intereses, y los de nuestros parientes próximos (…) y sería poco apropiado o factible condenar a los que no alcanzan dicho nivel”. Susan Wolf argumenta que tendríamos que pasar sin muchas cosas que hacen que la vida sea interesante: la ópera, la cocina refinada, la ropa elegante… Eso puede ser cierto pero es éticamente muy cuestionable, igual que si un médico decide ir a la ópera en vez de ayudar a los heridos de un accidente. Singer afirma, categóricamente, que: “Las necesidades de vida o muerte de otros deben tener prioridad”.

Ante el argumento de que estamos obligados a dar hasta el punto en el cual al dar más sacrificamos algo de una importancia moral comparable, muchos afirman que no es deseable defender dicho argumento en público, porque ese nivel de exigencia es demasiado alto y desanimaría a cumplirlo llegando a ser contraproducente: “si estableciéramos un nivel más realista, puede que la gente hiciera un auténtico esfuerzo para alcanzarlo”. Si adoptamos esa postura, “sabríamos que tenemos que hacer más de lo que públicamente proponemos que la gente tiene que hacer, y deberíamos dar más de lo que animamos a los demás a que den. Esto no carece de lógica, ya que tanto en nuestra conducta pública como privada, estamos intentando hacer lo que lleve a reducir más la pobreza absoluta”. Singer afirma que no hay muchas pruebas que demuestren que sea contraproducente pedir un nivel alto de generosidad, pero analizando el argumento con diversas personas afirma que ha llegado a pensar que pudiera serlo. Entonces, “¿Qué nivel deberíamos defender? Cualquier cifra que demos será arbitraria, pero se podría dar un porcentaje redondo de los ingresos de uno, digamos, el 10%, que es más que una donación simbólica y no tanto como para convertirnos en santos. (…) Para algunas familias, por supuesto, el 10% supondría una parte considerable de su economía, mientras que otras podrían dar más sin dificultad. (…) Bajo cualquier nivel ético razonable, esto es lo mínimo que deberíamos dar, haciendo mal si aportáramos menos”.

Resulta curioso que Joaquín Araújo, a propósito del famoso 0.7% propuesto por la ONU, también se anime a aumentarlo al 10%: “Porque esa ridícula porción del PIB [ese 0.7%] no es un favor que nazca de magnanimidad alguna. Ni siquiera se trata de ese favor que nos hacemos a nosotros mismos al dar algo, ya sea para sentirnos mejores, ya sea para que no vengan llamando a la puerta o nos invadan lentamente, que «resulta tan molesto». Si repasáramos la cuenta de lo extraído, saqueado o comprado con abuso. Si fuéramos conscientes de que bastante más del 10% de nuestro bienestar se debe a su miseria…”

Los de DENTRO y los de FUERA: la INMIGRACIÓN y los REFUGIADOS

El filósofo norteamericano Michael Walzer defiende el derecho de cada país a cerrar sus fronteras a posibles inmigrantes, porque si no es así no pueden existir comunidades diferenciadas, pero también afirma que los estados se encuentran moralmente obligados a abrir las puertas de su país, al menos a ciertos colectivos.

Respecto a los refugiados, Walzer apoya el principio de asilo por el que “todo refugiado que logra alcanzar las costas de otro país puede reclamar asilo y no puede ser deportado a un país en el que puede sufrir persecución en razón de raza, religión, nacionalidad, o ideas políticas”. Singer contesta que “es interesante ver que este principio es ampliamente apoyado, mientras que la obligación de acoger refugiados no lo es”. Según Singer, “la cifra actual de refugiados acogidos puede aumenar dramáticamente antes de que se produzca alguna de las consecuencias” negativas que también estudia en su libro. “Sin embargo, el statu quo es el resultado de un sistema de egoísmo nacional y de conveniencia política, y no de un intento estudiado de establecer las obligaciones morales de los países desarrollados en un mundo con 15 millones de refugiados”.

El MEDIO AMBIENTE: Léase más sobre esto en el libro “Salvemos Nuestro Planeta

Se puede decir que la conservación del medio ambiente es una lucha de intereses. Por ejemplo, en el debate para construir o no una presa o pantano se puede valorar “el empleo y una mayor renta per cápita para el Estado por encima de la conservación de una zona salvaje, de plantas y animales (…) y de oportunidades para realizar actividades de recreo al aire libre”.

“En contraste con otras tradiciones antiguas, por ejemplo la de la India, tanto para la tradición hebrea como para la griega los seres humanos eran el centro del universo moral”. En la Biblia se da permiso para que “señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Génesis). Peter Singer explica que “los que se interesan por el medio ambiente afirman que debería contemplarse no como una licencia para hacer lo que queramos con otras cosas vivientes, sino como una instrucción para cuidar de ellas”, pero “hay poca justificación en el texto en sí mismo para darle tal interpretación; y dado el ejemplo que Dios puso cuando ahogó a casi todos los animales de la tierra con objeto de castigar a los seres humanos por su maldad, no es de extrañar que la gente piense que no merece la pena preocuparse porque se vaya a anegar el valle de un río” al construir una presa. El mismo Jesús, que tanto amor predicaba hacia los seres humanos, “destrozaba una higuera y hacía que se ahogara una piara de cerdos” (cfr. Mt. 21, 18-19 y Mt. 8, 28-34), y no se conoce que dijera nada sobre el respeto a los animales ni las plantas.

San Agustín también decía que “abstenerse de matar animales y destrozar plantas es el colmo de la superstición”, mientras que “Aristóteles consideraba la naturaleza como una jerarquía en la que los que tienen menos poder de razonamiento existen por el bien de los que tienen más” llegando a afirmar que “puesto que la naturaleza no hace nada en vano o sin ningún fin, es innegablemente cierto que ha creado a todos los animales por el bien del hombre”. Santo Tomás de Aquino siguió ese pasaje de Aristóteles en su obra más importante, la Summa Theologica, llegando a afirmar que “no hay posibilidad de pecar contra animales no humanos o contra el mundo natural”. Más recientemente, el Papa Francisco ha pedido un trato digno a los animales en una de sus encíclicas.

Afortunadamente, el cristianismo tuvo “espíritus más moderados (…) como san Basilio, san Juan Crisóstomo y san Francisco de Asís, pero para la mayor parte de la historia cristiana no han tenido ningún impacto relevante”.

“Incluso en el marco de una moral centrada en el ser humano, la conservación del medio ambiente tiene un valor de la mayor importancia posible”, porque dañar la naturaleza es también dañar al ser humano: Usar el coche influye en el efecto invernadero que está haciendo subir el nivel del mar, lo cual afecta negativamente a muchas personas. Lo mismo se puede decir de muchas actividades que provocan lluvia ácida, contaminación atmosférica, problemas con el agua, extinción de especies

Con respecto a las generaciones futuras, Singer pone el siguiente ejemplo: “Los beneficios que surgen de la tala del bosque ¾empleo, ganancias para los negocios, exportaciones, cartón y papel para embalar más barato¾ son beneficios a corto plazo. (…) Sin embargo, una vez que el bosque se tala o se anega, el vínculo con el pasado desaparece para siempre. Este será un coste que soportarán las generaciones que nos sucedan (…) Es algo que hemos heredado de nuestros antecesores y que debemos conservar para nuestros descendientes”, pero “nuestro carácter cultural y político moderno tiene gran dificultad en reconocer los valores a largo plazo. Los políticos son conocidos por no ver más allá de las siguientes elecciones”.

“A medida que disminuyen las verdaderas zonas vírgenes en el planeta, cada parte del mismo cobra importancia (…) Hacemos un gran esfuerzo por conservar los tesoros artísticos de las primeras civilizaciones humanas. Es difícil imaginar, por ejemplo, una cantidad de dinero por la que estaríamos dispuestos a aceptar la destrucción de las obras del Louvre”. “Una ética centrada en el ser humano puede ser la base de fuertes argumentos en favor de lo que podríamos denominar «valores medioambientales». Tal ética no implica que el crecimiento económico sea más importante que la conservación de las zonas vírgenes; al contrario, es bastante compatible con una ética centrada en el ser humano que vea el crecimiento económico basado en la explotación de los recursos irreemplazables como algo que produzca beneficios para la presente generación, y posiblemente la siguiente o incluso la otra, pero a un coste que tendrán que pagar todas las generaciones venideras. Sin embargo, (…) es malo limitarnos a una ética centrada en el ser humano”.

Albert Schweitzer decía que “la ética consiste en esto, que yo experimente la necesidad de practicar la misma veneración por la vida hacia todo deseo de vivir, que hacia la mía propia. (…) Un hombre es realmente ético sólo cuando obedece a la turbación que se le presenta para ayudar a toda vida que es capaz de auxiliar, y cuando se desvía para evitar dañar a algo viviente. Él no pregunta hasta qué punto esta o aquella vida merecen comprensión como valiosa en sí misma, ni tampoco hasta qué punto es capaz de sentir. para él, la vida como tal es sagrada”. También el filósofo norteamericano Paul Taylor, en su libro Respect for Nature opina de manera similar.

Singer parte de la base que lo importante es el sufrimiento y la conciencia y “las plantas no tienen conciencia” por lo que concluye que “no es evidente el motivo por el cual debemos venerar más a un árbol que a una estalactita, o a un organismo unicelular que a una montaña”. Habría, por tanto, que estudiar a qué seres con conciencia afecta la muerte de un árbol, la destrucción de una montaña, etc.

Aldo Leopold, un ecologista norteamericano, escribió sobre la necesidad de una «nueva ética», «una ética que tratara de las relaciones del hombre con la tierra y los animales y las plantas que crecen en ella». Arne Naess y George Sessions establecieron varios principios empezando por decir que: El bienestar y la prosperidad de la vida humana y no humana sobre la Tierra tienen valor en sí mismos, que la riqueza y diversidad de formas de vida contribuyen a la realización de estos valores y también son valores en sí mismos, y que los humanos no tienen derecho a reducir esta riqueza y diversidad a menos que sea para satisfacer necesidades vitales. Otros autores, como Lawrence Johnson, resaltan los intereses de una especie, o de un ecosistema, por encima de los intereses de cada miembro de esa especie, afirmando que los intereses de una especie, o un ecosistema, deben tomarse en cuenta.

En este contexto, Singer explica que “la proliferación de seres humanos, junto con las consecuencias del crecimiento económico, se parecen a las viejas amenazas de acabar con nuestra sociedad, y también con todas las demás. Todavía no se ha elaborado una ética que haga frente a esta amenaza. Algunos principios éticos que tenemos son exactamente lo contrario de lo que necesitamos. El problema, como ya hemos visto, es que los principios éticos cambian lentamente y es poco el tiempo que nos queda para desarrollar una nueva ética del medio ambiente. Dicha ética consideraría que todas las acciones que son perjudiciales para el medio ambiente son éticamente discutibles, y las que son innecesariamente perjudiciales sencillamente son malas. (…) Para una ética del medio ambiente la virtud supondría guardar y reciclar los recursos, y lo contrario sería el despilfarro y el consumo innecesario. Por poner sólo un ejemplo: (…) nuestra elección de esparcimiento no es éticamente neutral. (…) Una vez que nos tomemos en serio la necesidad de conservar nuestro medio ambiente, las carreras de coches y el esquí acuático dejarán de ser una forma aceptable de entretenimiento, al igual que ya no lo son hoy las peleas de gallos”.

Una ética del medio ambiente rechaza los ideales de una sociedad materialista en la cual el éxito se calibra por la cantidad de artículos de consumo que uno puede acumular. En su lugar, juzga el éxito en términos de las capacidades propias y la consecución de una realización y satisfacción reales. Promueve la frugalidad, en la medida en que es necesaria para minimizar la contaminación y asegurar que todo lo que se puede volver a usar se vuelva a usar. Tirar a la ligera materiales que se pueden reciclar constituye una forma de vandalismo. [Todo eso] incluso pueden resultar sólo una solución provisional, un trampolín hacia una ética en la que cuestiona la misma idea de consumir productos innecesarios. Puede que el windsurf sea mejor que el esquí acuático, pero si seguimos comprando nuevas tablas con el fin de estar a la última en el tema de diseños de velas y tablas, la diferencia es sólo marginal. (…) Debemos examinar de nuevo nuestro concepto del despilfarro. (…) Los productos de papel desechable son un despilfarro, ya que los viejos bosques de madera dura están siendo transformados en viruta y vendidos a los fabricantes de papel. (…) La necesidad de suprimir los viajes innecesarios y otras formas de consumo innecesario es igual de grande”.

“En lo que se refiere a la comida, el mayor despilfarro no está constituido por el caviar o las trufas, sino por la ternera, el cerdo y las aves de corral. Un 38% de la cosecha mundial de cereales se destina a la alimentación de animales (…) mientras observamos con tristeza el número de niños que nacen en las partes más pobres del mundo. (…) El enorme desperdicio de cereal con el que se alimenta a los animales de granja, (…) los métodos de cría intensiva que utilizan energía de forma intensiva, (…) los fertilizantes químicos, utilizados para cultivar pienso para el ganado vacuno, los cerdos y las gallinas, (…) la pérdida de bosques (…) [algunos] talados para el ganado, (…) [que] el ganado mundial produce aproximadamente un 20% del metano liberado a la atmósfera” y otras muchas cuestiones que podrían añadirse, deberían hacernos reflexionar.

“El énfasis en la frugalidad y en una vida sencilla no implica que la ética del medio ambiente desapruebe el placer, sino que los placeres que valora no provengan de un consumo exagerado. (…) [Tener] una alimentación que no esté basada en la explotación de las criaturas sensibles y no tenga como coste la tierra”.

FINES y MEDIOS

Frente a la “fórmula simplista” de «el fin nunca justifica los medios», Singer afirma que “el fin a veces sí justifica los medios. (…) Lo difícil no es si el fin puede a veces justificar los medios, sino qué medios están justificados por qué fines”.

Ya en el siglo XIX, Henry Thoreau, en su Desobediencia Civil se planteaba si el ciudadano debe ceder su conciencia al legislador, contestando que debemos “ser hombres antes que súbditos. No es deseable cultivar un respeto por la ley, sino más bien por lo justo. La única obligación que tengo derecho a asumir es hacer en todo momento lo que considero justo”. Así, según Thoreau, Robert Paul Wolff y el mismo Singer, obedecer la ley en contra de nuestra conciencia es “negar nuestra capacidad para elegir éticamente”.

El problema radica en que “lo que necesitamos saber no es si deberíamos hacer lo que para nosotros está bien, sino la forma de decidir lo que está bien. (…) Se trata de una incertidumbre sobre qué es lo correcto hacer, no sobre si se debería hacer lo que uno ya ha decidido que está bien”. Singer aclara que con «seguir la conciencia» se refiere a “hacer, tras reflexión, lo que uno considera bien”, contraponiendo eso con lo que llama “voz interior” (no reflexionada) que puede ser “más producto de nuestra educación que una fuente de verdadera reflexión ética“.

Aunque “la ley y la ética no son la misma cosa, (…) esto no significa que la ley no tenga ningún peso moral”. Singer, como John Locke y muchos otros consideran que es deseable tener “una ley establecida, asentada y conocida, que sea interpretada por un juez con autoridad y respaldada con un poder suficiente que pueda ejecutar las decisiones del juez”. “Por tanto, es conveniente tener leyes y un procedimiento de toma de decisión establecido para crearlas. Esto da lugar a una importante razón para obedecer la ley”, pero “la importancia de los fines justificaría el que se corriera el riesgo” que entrañe el incumplir la ley. Pone varios ejemplos de ello, como el del empresario alemán Oskar Schindler que utilizando medios ilegales consiguió salvar unas 1200 personas del genocidio nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

Por supuesto, Schindler no tenía medios legales para conseguir ese fin tan digno y justo, mientras que “en una democracia existen medios legales para poner fin a los abusos” y “cambiar la ley”. Sin embargo, también es posible que “las perspectivas de utilizarlos para producir cambios en un futuro previsible sean bastante sombrías”, y esto explica “por qué la existencia de canales legales para promover el cambio no resuelve el dilema moral”, pero “su existencia es una razón para posponer la comisión de actos ilegales hasta que se haya probado con medios legales y estos hayan fracasado”. Ante esto cabe argumentar que si no se consigue el cambio legalmente, entonces es que “no disfruta de la aprobación de la mayoría (…) y constituiría una violación del principio más importante de la democracia”. Pero eso es una falacia porque en las democracias representativas actuales, el electorado no puede decidir sobre toda cuestión. Por ejemplo, el doctor Thomas Gennarelli experimentaba con monos y otros animales ocasionándoles unas torturas tremendas. Los miembros del Frente de Liberación Animal robaron ilegalmente unas cintas que demostraban dichas torturas y, por ese motivo se consiguió obligar al fin de los experimentos. Evidentemente, el electorado estaba en contra de tales experimentos, pero tuvieron que robarse las cintas para ocasionar el cambio.

En la democracia actual, al votar a un partido los votantes aceptan unas medidas de su agrado y otras que pueden no serlo. “Ningún demócrata sensato pretendería que la mayoría siempre tiene razón”, pero “en un país democrático, nos deberíamos mostrar reacios a llevar a cabo una acción que conlleve un intento de coaccionar a la mayoría (…) Por supuesto, puede que haya casos en los que la decisión de la mayoría sea tan repugnante que justifique la coacción, cualquiera que sea el riesgo que implique. La obligación de obedecer una decisión mayoritaria verdadera no es absoluta”. En muchos casos “desobedecer la ley no es un intento de coaccionar a la mayoría, sino que la desobeciencia trata de informar a la mayoría; o de persuadir a los parlamentarios”… y en esos caos “la desobediencia civil es un medio apropiado (…) porque aunque sea ilegal, no amenaza a la mayoría ni intenta coaccionarla. (…) Los que practican la desobediencia civil, al no resistirse a la fuerza de la ley, practicando la no violencia y aceptando las penas legales que sus acciones conllevan, ponen de manifiesto tanto la sinceridad de sus protestas como su respeto por el imperio de la ley y los principios fundamentales de la democracia”.

El dilema es responder a ¿cuándo la desobediencia civil está justificada por pretender un objetivo verdaderamente importante y justo?. La respuesta de Singer es que “debemos decidir por nosotros mismos a qué lado de la línea se encuentra un caso particular”, porque “no hay una norma moral simple que nos permita declarar cuándo es justificable la desobediencia y cuándo no lo es”. “Tenemos que sopesar la magnitud del mal que intentamos detener y la posibilidad de que nuestras acciones conduzcan a una disminución drástica del respeto por la ley y la democracia. También hemos de tener en cuenta la probabilidad de que nuestras acciones no logren alcanzar los objetivos y (…) disminuya las posibilidades de éxito con otros medios”. Además, también hay que considerar el estado de la democracia contra la que se va a actuar: “Estas cuestiones no se pueden resolver en términos generales”.

Respecto a la violencia es condenada porque sí pretende “coaccionar a la mayoría”. Ahora bien, “los que no usan la violencia para impedir una violencia mayor tienen que asumir su responsabilidad en la violencia que ellos podrían haber evitado”. Sin embargo, en la práctica eso no es tan simple y tiene cuestiones importantes que resolver: “¿Existen probabilidades de que las personas que se han acostumbrado a actuar violentamente sean capaces de crear una sociedad mejor? Los datos históricos en esta cuestión son muy apropiados. El curso tomado por la Revolución Rusa debe hacer tambalear la creencia de que el deseo ardiente de justicia social da inmunidad a los efectos corruptores de la violencia”. Conclusión: “la violencia lleva consigo un cierto daño, que dicen está justificado por las perspectivas de los beneficios futuros. sin embargo, los beneficios futuros nunca serán totalmente seguros, e incluso en los pocos casos en los que la violencia lleva consigo los fines deseados, raramente podremos tener la seguridad de que los fines no se podrían haber alcanzado mediante medios no violentos con la misma celeridad”. Como ejemplos de que la violencia no da soluciones cita el problema de Irlanda del Norte o el de Palestina. El ejemplo dado por M.K. Gandhi en la India es un ejemplo de la fuerza que da el tener la razón y no tratar de imponerla. Como conclusión con respecto al uso de medios violentos Singer escribe lo siguiente: “Por lo tanto, el uso de estos medios indica una desconsideración insensible con respecto a los intereses de sus víctimas (…) especialmente cuando la violencia se dirige indiscriminadamente contra personas corrientes, tal como a menudo ocurre con la violencia terrorista”.

Además de la violencia contra las personas, existe otra forma de violencia. Por ejemplo, la organización norteamericana ¡La Tierra Primero! aboga por el “sabotaje ecológico” que, según ellos es una resistencia no violenta a la destrucción de la diversidad natural y la naturaleza salvaje con el objetivo de no dañar a seres humanos o a otras formas de vida, sino a las máquinas o herramientas que se usan para dañar la Tierra. En todo caso, Singer concluye que “no es fácil justificar la violencia” pero “las diferencias entre los distintos tipos de violencia son importantes”.

¿POR QUÉ ACTUAR ÉTICAMENTE?

Este autor se plantea al final del libro la posibilidad de que alguno de sus lectores pudiera estar de acuerdo con sus conclusiones pero, sin embargo, finalmente no cambie su modo de actuar. Esto pudiera ser por tener una “voluntad débil” o por querer buscar la respuesta a la pregunta que encabeza este párrafo. “Es una pregunta sobre algo que normalmente se presupone, y dicho tipo de preguntas nos causan perplejidad. Algunos filósofos han determinado que dicha pregunta les ha causado tanta perplejidad que la han rechazado por considerarla incorrecta lógicamente”.

Si “nuestros principios éticos son, por definición, los principios que tomamos como esencialmente importantes”, entonces la persona que los acepte debe tener interés en cumplirlos. Sin embargo, Singer rebate ese argumento apelando a que “la universalidad de los juicios éticos nos exige ir más allá de pensar sólo en nuestros propios intereses, y nos lleva a adoptar un punto de vista desde el cual debemos dar igual consideración a los intereses de todas las personas afectadas por nuestras acciones. No podemos mantener que los juicios éticos deben ser universalizables y al mismo tiempo definir los principios éticos de una persona como cualesquiera que sean los principios que dicha persona considere esencialmente importantes”.

“La ética nos exige que vayamos desde nuestro punto de vista personal a una posición como la del espectador imparcial que adopta un punto de vista universal”. Y esto da una razón para actuar éticamente que no cita Singer, ya que tan solo poniéndonos en el lugar de ciertos afectados es muy posible que prefiramos que los demás actúen éticamente. O sea, si poniéndonos en el lugar de los demás preferimos que el que esté en nuestro lugar actúe éticamente, entonces es justo que actuemos éticamente.

Respecto a la razón, Singer explica que: “El sentido en el que los juicios racionales deben aceptarse universalmente es más débil que el sentido en el que deben serlo los juicios éticos. Que una acción me beneficie a mí más que a los demás podría ser una razón válida (razonable) para llevarla a cabo, aunque no sería una razón ética”. De ahí que concluya que “este intento por demostrar que existe una relación entre la razón y la ética fracasa”. Henry Sidgwick decía que “yo me intereso por la calidad de mi existencia como individuo en un sentido, fundamentalmente importante, en el cual no me intereso por la calidad de la existencia de otros individuos: y siendo esto así, no veo cómo se puede probar que esta distinción no sea considerada como fundamental a la hora de determinar el fin último de la acción racional para un individuo”. Por tanto, demostrar que actuar de forma racional es actuar de forma ética tiene fuertes obstáculos, y Singer indica que: “estos obstáculos son tremendos y no conozco forma de vencerlos”.

También se ha argumentado que es racional actuar de forma moral porque ello favorece nuestros intereses (aunque sea a largo plazo). Esto es contrario a que “normalmente se dice que defender la moralidad apelando al interés propio es no entender lo que significa la ética”. F.H. Bradley decía que “haremos bien en evitar todo elogio de lo agradable que es la virtud”. Y según Singer, “nunca podemos hacer que la gente actúe de forma moral ofreciendo razones de interés propio. (…) Una respuesta a esta objeción sería que la sustancia de la acción, lo que de hecho se hace, es más importante que el motivo. (…) La ética, aunque no creada de forma consciente, es un producto de la vida social que tiene la función de fomentar valores comunes a los miembros de la sociedad. (…) Por tanto, mientras que alabamos los actos buenos llevados a cabo porque hay que hacer lo que está bien, ocultamos nuestros elogios cuando creemos que el acto se realizó por algún motivo como el interés propio. (…) [Esta] idea de la ética nos ha desencaminado hasta el punto de que el valor moral se atribuye sólo a la acción llevada a cabo por que está bien, sin ningún otro motivo”. Según Singer esto es “entendible” y “quizá hasta deseable”, pero “los que aceptan este enfoque de la ética, y debido a ello hacen lo que está bien porque está bien, sin pedir ninguna otra razón, están siendo víctimas de una especie de fraude”.

“Nadie ha propugnado con más insistencia que Kant el que nuestra conciencia moral ordinaria sólo encuentra valor moral cuando el deber se cumple por el deber mismo. Sin embargo, el mismo Kant vio que sin una justificación racional, esta idea común de la ética sería «un mero fantasma del cerebro».” Por tanto, según Singer “deberíamos buscar razones” y “si nuestra búsqueda tiene éxito, nos ofrecerá razones para adoptar el punto de vista ético como una línea a seguir aceptada, es decir, una forma de vivir. (…) En las situaciones cotidianas, simplemente supondremos que hacer lo que está bien favorece nuestros intereses, [porque] deliberar sobre las razones esenciales para hacer lo que está bien en cada caso nos haría la vida imposible”.

“Un psicólogo norteamericano, A.H. Maslow, afirmó que los seres humanos tienen una necesidad de autoactualización que implica aumentar su valor, bondad, conocimiento, amor, honestidad y generosidad. Cuando satisfacemos esta necesidad, nos sentimos tranquilos, alegres, llenos de entusiasmo, a veces eufóricos, y casi siempre felices. Cuando actuamos de forma contraria a nuestra necesidad de autoactualización, experimentamos ansiedad, desesperación, aburrimiento, vergüenza, sensación de vacío y generalmente somos incapaces de disfrutar. Sería estupendo que resultara que Maslow está en lo cierto; pero desafortunadamente, los datos (…) sólo pueden ser considerados como una insinuación. La naturaleza humana es tan diversa que se podría dudar si cualquier generalización sobre la clase de carácter que conduce a la felicidad podría aplicarse a todos los seres humanos. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con los que llamamos psicópatas?”. Según Singer “los psicópatas son asociales e indiferentes al bienestar de otros”, pero “parece que disfrutan de la vida” según sus propias palabras, aunque también “son unos mentirosos muy persuasivos”.

“La mayoría de la gente con un sentido reflexivo (…) quiere que su vida tenga algún tipo de significado. (…) La mayoría de nosotros no elegiríamos llevar una vida de psicópata, por muy agradable que pudiera ser”. En la búsqueda de ese significado de la vida Singer se pregunta: “¿es cierto que, dejando la religión a un lado, la vida no tiene sentido? Ahora, nuestra búsqueda de razones para actuar moralmente nos ha llevado a lo que generalmente se considera la cuestión filosófica esencial: ¿Tiene sentido la vida?“.

Singer contesta que “si este mundo lo hubiera creado algún ser divino con un objetivo particular en mente, se podría decir que tiene sentido”, pero “cuando rechazamos creer en un dios, debemos abandonar la idea de que la vida en este planeta tiene algún sentido predeterminado. La vida en su conjunto no tiene ningún sentido. La vida comenzó, según las teorías más válidas, con una combinación fortuita de moléculas, evolucionando”… hasta que “ahora que ha tenido como resultado la existencia de seres que prefieren algunos estados a otros, es posible que determinadas vidas tengan sentido. En este sentido, los ateos pueden encontrar sentido a la vida”.

“Buscamos sentido a nuestras vidas más allá de nuestros propios placeres y encontramos realización y felicidad haciendo lo que consideramos que tiene sentido. Si nuestra vida no tiene más sentido que nuestra propia felicidad, es probable que nos demos cuenta de que cuando hayamos conseguido lo que pensamos que necesitamos para ser felices, la propia felicidad nos siga eludiendo. Al hecho de que los que persiguen la felicidad por sí misma generalmente no la encuentran, mientras que otros la hallan persiguiendo fines totalmente diferentes, se le ha denominado «la paradoja del hedonismo»“.

“En términos evolutivos, podríamos decir que la felicidad funciona como una recompensa interna por nuestros logros. (…) Nuestra propia felicidad es, por tanto, una consecuencia de pretender algo más”. Así, “Cuando hemos logrado satisfacer todos nuestros intereses, ¿nos sentamos y disfrutamos de nuestra felicidad? ¿Seríamos felices de esa forma? ¿O decidiríamos que todavía no hemos alcanzado todos nuestros objetivos?”. Según Singer, “la mayoría de los egoístas que han logrado el éxito material optan por el último camino”, y cita algún caso de cómo el ganar mucho no sacia las ganas de ganar más, porque “sus «necesidades» materiales aumentan con la suficiente rapidez para mantenerse justo encima de sus ingresos”. ¿Acaso no son esas las «falsas necesidades» a las que se refería el psicólogo Enrique Rojas?

“Si buscamos un objetivo más amplio que nuestros propios intereses, algo que nos permita ver nuestras vidas con una importancia que va más allá de los estrechos límites de nuestros propios estados de conciencia, una solución evidente es adoptar el punto de vista ético. (…) De ahí que ver las cosas éticamente sea una forma de trascender nuestros intereses personales e identificarnos con el punto de vista más objetivo posible, según Sidgwick, con «el punto de vista del universo»”.

Por supuesto, “no hay nada de irracional en preocuparse por la calidad de la propia existencia”, pero para Singer “la racionalidad (…) puede empujarnos hacia inquietudes más amplias que la calidad de nuestra propia existencia. Pero este proceso no es necesario y los que no toman parte en él (…) no son irracionales ni están equivocados”. Como él dice, “coleccionar sellos es una forma adecuada de dar sentido a sus vidas. No hay nada de irracional en eso; pero otros, por otra parte, pierden la afición a coleccionar sellos al hacerse más conscientes de su situación en el mundo y reflexionar mejor sobre sus propósitos. Para este tercer grupo el punto de vista ético ofrece un sentido y finalidad en la vida que nunca se pierde“.

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