Libro “Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés” de Eduardo Galeano (Resumen)

Foto Eduardo GaleanoEduardo Galeano es un montevideano nacido en 1940 con una larga carrera dentro del mundo periodístico, premiada en diversas ocasiones. En este libro pretende y consigue demostrar que el mundo está “al revés” y que el comportamiento humano no sigue la lógica “humana” y ni siquiera la “animal” en miles de casos, premiando al “malo” y castigando al “bueno”, los que deberían hacer algo, hacen justo lo contrario, lo valioso se minusvalora y lo absurdo se adora…

El libro (publicado en 1998) es una guía de las barbaridades que el género humano es capaz de cometer. Por supuesto, no es una guía completa, porque para ello harían falta, por desgracia bastantes libros como ese. Es, en definitiva, una guía para aprender a mantener el “mundo al revés”.

No todo son malas noticias: Aquí tienes un montón de buenas noticias ambientales.

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Puede dar la sensación de que el autor es un poco exagerado y poco parcial. No obstante, antes de hacer esa afirmación se debe hacer un examen de la parcialidad personal, porque antes de juzgar es bueno y necesario ponerse en el lugar de todas las partes y, especialmente de los que más sufren para entender su sufrimiento. Es esa “empatía” que reclama el Nobel de Economía, Amartya K. Sen en su obra “Nuevo examen de la desigualdad” (1992). El error de no usar la empatía está magistralmente expresado en unos versos del dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956): “Primero se llevaron a los comunistas, pero a mi no me importó porque yo no era comunista. Enseguida se llevaron a unos obreros, pero a mi no me importó porque yo tampoco era obrero. Después detuvieron a los sindicalistas, pero a mi no me importó porque yo no soy sindicalista. Luego apresaron a unos curas, pero como yo no soy religioso tampoco me importó. Ahora me llevan a mí pero ya es demasiado tarde”.


Al principio del libro se exponen unas palabras de Al Capone, uno de los mafiosos más famosos de toda la Historia de Estados Unidos: “Hoy en día, ya la gente no respeta nada. Antes, poníamos en un pedestal la virtud, el honor, la verdad y la ley… La corrupción campea en la vida americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas.”

Según Galeano “la economía mundial es la más eficiente expresión del crimen organizado. Los organismos internacionales que controlan la moneda, el comercio y el crédito practican el terrorismo contra los países pobres, y contra los pobres de todos los países, con una frialdad profesional y una impunidad que humillan al mejor de los tirabombas. (…) Los pistoleros que se alquilan para matar realizan, en plan minorista, la misma tarea que cumplen, en gran escala, los generales condecorados por crímenes que se elevan a la categoría de glorias militares. (…) Los violadores que más ferozmente violan la naturaleza y los derechos humanos, jamás van presos. Ellos tienen las llaves de las cárceles. En el mundo tal cual es, mundo al revés, los países que custodian la paz universal son los que más armas fabrican y los que más armas venden a los demás países; los bancos más prestigiosos son los que más narcodólares lavan y los que más dinero robado guardan; las industrias más exitosas son las que más envenenan el planeta; y la salvación del medio ambiente es el más brillante negocio de las empresas que lo aniquilan. Son dignos de impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de gente en el menor tiempo, quienes ganan la mayor cantidad de dinero con el menor trabajo y quienes exterminan la mayor cantidad de naturaleza al menor costo.”

Así, no es extraño que el eterno personaje de Quino, esa entrañable Mafalda se preguntara si los derechos humanos los escribió Esopo.

Tampoco la ambición está libre de las críticas en esta obra: “Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.”

Aprende 5 cosas sencillísimas para mejorar el mundo.

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En el capítulo titulado “Curso básico de injusticia” se critica la publicidad que fomenta el consumo desmedido, porque ese consumo no es sostenible: “La publicidad, ¿estimula la demanda o, más bien, promueve la violencia? La televisión ofrece el servicio completo: no sólo enseña a confundir la calidad de vida con la cantidad de cosas sino que, además, brinda cotidianos cursos audiovisuales de violencia”.

“La economía mundial exige mercados de consumo en perpetua expansión, para dar salida a su producción creciente y para que no se derrumben sus tasas de ganancia, pero a la vez exige brazos y materias primas a precio irrisorio, para abatir sus costos de producción. El mismo sistema que necesita vender cada vez más, necesita también pagar cada vez menos.” Como dice Galeano esto es fuente de desigualdades sociales graves, principalmente pero no exclusivamente entre los países ricos y pobres. Porque en demasiadas ocasiones las cosas no se venden a su auténtico costo. El precio de las cosas no suele incluir, por ejemplo, los costos de los daños producidos a la naturaleza, ni los costos de pagar salarios dignos y respetar derechos básicos. Así, concluye diciendo que “nunca ha sido el mundo tan escandalosamente injusto”, algo en lo que también coincide el teólogo jesuita José Mª Castillo, en su libro “La Iglesia que Quiso el Concilio” (2001).

Algunos de los datos que demuestran esa asombrosa injusticia no pueden justificarse fácilmente sin hacer un esfuerzo para autoperdonarnos, sobre todo, porque los que están a favor de las ventajas de la globalización suelen evitar descubrir los inconvenientes de ésta, o bien, los esquivan como si fueran los “daños laterales” de cualquier guerra: “Una mujer embarazada corre cien veces más riesgo de muerte en África que en Europa. El valor de los productos para mascotas animales que se venden, cada año, en los Estados Unidos, es cuatro veces mayor que toda la producción de Etiopía. Las ventas de sólo dos gigantes, General Motors y Ford, superan largamente el valor de la producción de toda el África negra. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, diez personas, los diez opulentos más opulentos del planeta, tienen una riqueza equivalente al valor de la producción total de cincuenta países, y cuatrocientos cuarenta y siete multimillonarios suman una fortuna mayor que el ingreso anual de la mitad de la humanidad.” A pesar de los datos, el autor no pierde el humor y cita una pintada callejera que parece resumir el espíritu del mundo: “¡Combata el hambre y la pobreza! ¡Cómase un pobre!”. “Cada vez cuesta más lo que el sur compra, y cada vez vale menos lo que vende” y encima “el sur lleva muchos años trabajando de basurero del norte”.

“Paradójicamente, muchos trabajadores del sur del mundo emigran al norte, o intentan contra viento y marea esa aventura prohibida, mientras muchas fábricas del norte emigran al sur. El dinero y la gente se cruzan en el camino. El dinero de los países ricos viaja hacia los países pobres atraído por los jornales de un dólar y las jornadas sin horarios, y los trabajadores de los países pobres viajan, o quisieran viajar, hacia los países ricos, atraídos por las imágenes de felicidad que la publicidad ofrece o la esperanza inventa.” Ejemplos no faltan como el escándalo de algunas empresas deportivas (Nike, Adidas…) que emplean mano de obra infantil sin las más mínimas medidas de seguridad. O empresas petrolíferas que esquilman la naturaleza (como Texaco en Ecuador). “La cadena McDonald’s regala juguetes a sus clientes infantiles. Esos juguetes se fabrican en Vietnam, donde las obreras trabajan diez horas seguidas, en galpones cerrados a cal y canto, a cambio de ochenta centavos. Vietnam había derrotado la invasión militar de los Estados Unidos; y un cuarto de siglo después de aquella hazaña, que muchos muertos costó, el país padece la humillación globalizada.” Y estas empresas lo tienen y lo ponen muy claro: “Si no se portan bien, nos vamos a filipinas, o a Tailandia, o a Indonesia, o a China, o a Marte. Portarse mal significa: defender la naturaleza o lo que quede de ella, reconocer el derecho de formar sindicatos, exigir el respeto de las normas internacionales y de las leyes locales, elevar el salario mínimo.”

Centrándose en latinoamérica, indica que “es una economía esclavista que se hace la posmoderna: paga salarios africanos, cobra precios europeos, y la injusticia y la violencia son las mercancías que producen con más alta eficiencia.” Y hace una aclaración muy grave: “nunca nadie en la historia de América latina ha sido obligado a devolver el dinero que robó”. Pero claro, y esto en todo el mundo, el mayor problema es que “los políticos sin escrúpulos no hacen más que actuar de acuerdo con las reglas de juego de un sistema donde el éxito justifica los medios que lo hacen posible, por sucios que sean”.

En todo el mundo la pobreza mata, pero “desde el punto de vista del poder, el exterminio no viene mal, al fin y la cabo, si en algo ayuda a regular la población, que está creciendo demasiado. Los expertos denuncia los excedentes de población al sur del mundo”, aunque sea en los países ricos donde se vive con menos espacio y con más despilfarro.

“El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso”. Como ejemplo de esto se cita el caso de “Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra del Vietnam” y que “reconoció que la guerra fue un error”, pero “no fue un error porque fuera injusta, sino porque los Estados Unidos la llevaron adelante sabiendo que no la podían ganar. El pecado está en la derrota, no en la injusticia. (…) Que la primera potencia militar del mundo haya descargado, sobre un pequeño país, más bombas que todas las bombas arrojadas durante la II Guerra Mundial es un detalle que carece de importancia. Al fin y la cabo, en su larga matanza, los Estados Unidos habían estado ejerciendo el derecho de las grandes potencias a invadir a quien sea y obligar a lo que sea.” Otro curioso ejemplo es el del “almirante retirado Gene LaRocque, de la marina de guerra de los Estados Unidos”, que a propósito de la Guerra del Golfo comentó: «Ahora matamos a la gente sin verla jamás. Se aprieta un botón a miles de millas de distancia. Es la muerte por control remoto, sin sentimientos ni remordimientos… Y entonces, regresamos a casa en triunfo».”

Eduardo Galeano critica la ligereza y el partidismo con el que se usa el término “libertad de comercio”. Por ejemplo, “Inglaterra, Holanda y Francia ejercían la piratería, en nombre de la libertad de comercio, mediante los buenos oficios de sir Francis Drake, Henry Morgan, Piet Heyn, François Lolonois y otros neoliberales de la época”. Otro ejemplo: “Cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra, lo primero que hicieron fue prohibir la libertad de comercio y las telas norteamericanas, más caras y más feas que las telas inglesas, se hicieron obligatorias (…) después, sin embargo, los Estados Unidos enarbolaron la libertad de comercio para obligar a muchos países latinoamericanos al consumo de sus mercancías”. También, “los soldados británicos impusieron el consumo de opio en China, a cañonazos”, ya que “la reina Victoria fue, además la mayor traficante de drogas del siglo XIX”, convirtiendo al opio como la mercancía más valiosa del comercio imperial. La guerra del Opio (1839-1842) comenzó cuando el emperador Chino, preocupado por el incremento del consumo de opio, prohibió la importación del opio el cual era comercializado por contrabandistas británicos. La respuesta de Gran Bretaña fue bombardear Cantón y ocupar Shanghai. En 1841, por ejemplo, en la toma del puerto de Tin-hai, murieron 3 británicos y más de 2000 chinos. Al término de la guerra, los británicos se quedaron con Hong Kong y China tuvo que abrir más sus fronteras al “libre comercio”. Más cosas: “la industria británica redujo a la India a la última miseria, y la banca británica ayudó a financiar el exterminio del Paraguay”. Al fin y al cabo, la era colonial necesitó del racismo tanto como necesitó de la pólvora”. Pero el fin de la era colonial no fue el fin del racismo ni el fin de la injusticia. Veamos dos ejemplos: “En 1986, un diputado mexicano visitó la cárcel de Cerro Hueco, en Chiapas. Allí encontró a un indio tzotzil, que había degollado a su padre” el cual “llevaba tortillas y frijoles, cada mediodía, a su hijo encarcelado. Aquel preso tzotzil había sido interrogado y juzgado en lengua castellana, que él entendía poco o nada, y con ayuda de una buena paliza había confesado ser el autor de una cosa llamada parricidio.” El otro ejemplo, en Europa: “En la Copa del Mundo que ganó Francia en el 98, eran inmigrantes casi todos los futbolistas que vestían la camiseta azul y al son de la Marsellesa iniciaban cada partido. Una encuesta realizada en esos días confirmó que cuatro de cada diez franceses tienen prejuicios racistas, pero todos los franceses celebraron el triunfo como si los negros y los árabes fueran hijos de Juana de Arco.”

En definitiva, “países en desarrollo es el nombre con que los expertos designan a los países arrollados por el desarrollo ajeno”. Otras frases para reflexionar: “Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.”

Este libro plantea que en muchos casos y en ciertos países las cárceles están llenas de presos por ser pobres o por actos a los que la pobreza les empuja, mientras los que mantienen esa pobreza no sufren condena: “Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos.” Como el caso del terremoto de México en Septiembre de 1985 que provocó unos 5000 muertos.

Contra la hipocresía de los países ricos también arremete, especialmente contra los grandes vendedores de armas, principalmente “Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Rusia. En la lista, algunos lugares más atrás también figura China. Y estos son, casualmente, los cinco países que tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. (…) O sea: la paz mundial está en manos de las cinco potencias que explotan el gran negocio de la guerra“: “Los países que más armas venden al mundo son los mismos países que tienen a su cargo la paz mundial. (…) La industria de las armas, venta de muerte, exportación de violencia, trabaja y prospera. El mundo ofrece mercados firmes y en alza, mientras la siembra universal de la injusticia continúa dando buenas cosechas y crecen la delincuencia y la drogadicción, la agitación social y el odio nacional, regional, local y personal.” Se pueden citar muchos casos: como las injusticias cometidas por Israel (como estado) contra los palestinos con el apoyo directo e indirecto de Estados Unidos. Otro caso es el de Arabia Saudita, un país muy criticado por Amnistía Internacional por sus continuas violaciones de los Derechos Humanos, pero que no teme a nada porque sus intercambios de “petróleo por armamentos, permite a la dictadura saudí ahogar en sangre la protesta interna, y permite a los Estados Unidos y a Gran Bretaña alimentar sus economías de guerra y asegurar sus fuentes de energía (…) [mientras] jamás vemos, escuchamos ni leemos ninguna denuncia de las atrocidades de Arabia Saudita”, ya que el rey saudí “paga esas millonadas por las armas y, de paso, compra impunidad”.

“Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad gozan del derecho de hacer lo que se les cante”, de forma curiosamente legal. Ejemplos no faltan: “Estados Unidos pudieron bombardear impunemente el barrio más pobre de la ciudad de Panamá y, después, pudieron arrasar Irak; Rusia pudo castigar a sangre y fuego los clamores de independencia en Chechenia; Francia pudo violar el Pacífico sur con sus explosiones nucleares; y China puede seguir fusilando, legalmente, cada año, diez veces más gente que la que cayó acribillada, a mediados del 89, en la plaza de Tien An Men. Como antes había ocurrido en la guerra de las islas Malvinas, la invasión de Panamá sirvió para que la aviación militar probara la eficacia de sus nuevos modelos; y la televisión convirtió a la invasión de Irak en una universal vidriera de exhibición de las nuevas armas que se ofrecían al mercado; Vengan a ver las novedades de la muerte en la gran feria de Bagdad. (…) Bien decía don Teodoro Roosevelt que «ningún triunfo pacífico es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra». En 1906, le dieron el Premio Nobel de la Paz.”

“La industria norteamericana de armamentos practica la lucha contra el terrorismo vendiendo armas a gobiernos terroristas, cuya única relación con los derechos humanos consiste en que hacen todo lo posible por aniquilarlos.” Por desgracia, tiene razón el autor al afirmar que “nunca falta alguna guerra”, aunque nunca los periodistas se planteen “¿A quien da de ganar esta tragedia? «La cara del verdugo está siempre bien escondida», cantó alguna vez, Bob Dylan.”

“Hay treinta y cinco mil armas nucleares en todo el mundo. Los Estados Unidos poseen la mitad, y la otra mitad pertenece a Rusia y, en menor medida, a otras potencias. Los dueños del monopolio nuclear ponen el grito en el cielo cuando India, o Pakistán, o quien sea, realiza el sueño de la explosión propia, y entonces denuncian el peligro que el mundo corre: cada una de esas armas puede matar a varios millones de personas, y unas cuantas bastarían para acabar con la aventura humana en el planeta, y con el planeta también. Pero las grandes potencias jamás dicen cuándo ha tomado Dios la decisión de otorgarles el monopolio, ni porqué siguen fabricando esas armas. (…) ¿Para asustar a quién? ¿A la humanidad entera?”. Resumiendo el sentido de su “lucha” contra las armas podemos incluir una expresiva frase: “Si se prohíbe la industria de la droga, industria asesina, ¿por qué no se prohíbe la industria de armamentos, que es la más asesina de todas?”, y con respecto a la industria de las drogas, “¿Por qué los traficantes son los más fervorosos partidarios de la prohibición?”.

¿Alguien se atreve a calcular la crisis económica que afectaría a Estados Unidos si, de repente, no hubiera ningún conflicto armado en el mundo que estuviera alimentado con sus armas?

Pero hay muchas formas de robar y abusar y muchas de ellas son legales. “Suiza no participó en la guerra. Participó en el negocio de la guerra, vendiendo sus servicios a muy buen precio a la Alemania nazi. Un negocio brillante: la banca suiza convertía en divisas internacionales el oro que Hitler robaba a los países ocupados y a los judíos. (…) El oro entraba en Suiza sin ningún inconveniente, mientras los perseguidos por los nazis eran devueltos en la frontera. Bertold Brecht decía que robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo. Después de la guerra, Suiza se convirtió en una cueva internacional de Alí Babá para los dictadores, los políticos ladrones, los malabaristas de la evasión fiscal y los traficantes de drogas y de armas.” También Galeano arremete contra la especulación, el negocio de multiplicar el dinero sin aportar ningún trabajo: “En 1997, de cada cien dólares negociados en divisas, apenas dos dólares y medio tuvieron algo que ver con el intercambio de bienes y servicios. En ese año, en vísperas del huracán que barrió las Bolsas de Asia y del mundo, el gobierno de Malasia propuso una medida de sentido común: la prohibición del tráfico de divisas no comerciales. La iniciativa no fue escuchada. El griterío de las Bolsas mete mucho ruido”.

“En los Estados Unidos, la venta de favores políticos es legal y puede realizarse abiertamente, sin necesidad de disimulo ni riesgo de escándalo. Trabajan en Washington más de diez mil profesionales del soborno, que se ocupan de influir sobre los legisladores y los inquilinos de la Casa Blanca. (…) Johnnie Chung, un hombre de negocios que reconoció haber hecho donaciones ilegales, explicó en 1998: «La Casa Blanca es como el Metro: para entrar, hay que poner monedas».” Una de las más recientes demostraciones de esto está en el caso del presidente Bush hijo: Antes de las elecciones prometió medidas de protección del medio ambiente. Después de salir elegido, en las elecciones más dudosas de la historia de los Estados Unidos, hizo los favores pertinentes a la industria del petróleo, olvidando las promesas electorales que había vociferado algunas semanas antes. También la industria armamentística es conocida como una de sus mayores fuentes financieras y, a ello se debe gran parte de las bombas tiradas en Afganistán, y su “mirar hacia otro lado” en el caso de la violencia de Israel contra el pueblo palestino.

“La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo.” En definitiva, “poco pueden las leyes jurídicas contra las leyes económicas, y la economía capitalista genera concentración de poder tan inevitablemente como el invierno genera frío. (…) La tecnología pone la imagen, la palabra y la música al alcance de todos, como nunca antes había ocurrido en la historia humana; pero esta maravilla puede convertirse en un engaña pichanga si el monopolio privado termina por imponer la dictadura de la imagen única, la palabra única y la música única. (…) Como dice el periodista argentino Ezequiel Fernández-Moores, a propósito de la información: «Estamos informados de todo, pero no nos enteramos de nada».”

En el capítulo “Lecciones contra los vicios inútiles” critica un mundo en el que “El trabajo es el vicio más inútil. No hay en el mundo mercancía más barata que la mano de obra. (…) El desarrollo de la tecnología no está sirviendo para multiplicar el tiempo de ocio y los espacios de libertad, sino que está multiplicando la desocupación y está sembrando el miedo. (…) Cada vez hay más desocupados en el mundo. Al mundo le sobra cada vez más gente. (…) La globalización es una galera, donde las fábricas desaparecen por arte de magia, fugadas a los países pobres; la tecnología que reduce vertiginosamente el tiempo de trabajo necesario para la producción de cada cosa, empobrece y somete a los trabajadores, en lugar de liberarlos de la necesidad y de la servidumbre; y el trabajo ha dejado de ser imprescindible para que el dinero se reproduzca. Son muchos los capitales que se desvían hacia las inversiones especulativas. Sin transformar la materia, y sin tocarla siquiera, el dinero se reproduce con más fecundidad haciendo el amor consigo mismo. Siemens, una de las mayores empresas industriales del mundo, está ganando más con sus inversiones financieras que con sus actividades productivas. (…) El asombroso aumento de la productividad operado por la revolución tecnológica no sólo no se traduce en una elevación proporcional de los salarios, sino que ni siquiera disminuye los horarios de trabajo en los países de más alta tecnología.” Hay una excepción: “Francia decidió, en mayo del 98, reducir la semana laboral de 39 a 35 horas, dando así una elemental lección de cordura”, aunque no todos estuvieron de acuerdo en la medida.

En el capítulo “Clases magistrales de impunidad” se revelan algunos de los casos más escandalosos de este mundo al revés. Por ejemplo: “Las empresas petroleras Shell y Chevron han arrasado el delta del río Níger. El escritor Ken Saro-Wiwa, del pueblo ogoni de Nigeria, lo denunció «Lo que la Shell y la Chevron han hecho al pueblo ogoni, a sus tierras y a sus ríos, a sus arroyos, a su atmósfera, llega al nivel de un genocidio. El alma del pueblo ogoni está muriendo, y yo soy su testigo». A principios de 1995, el gerente general de la Shell en Nigeria, Naemeka Achebe, explicó así el apoyo de su empresa al gobierno militar: «Para una empresa comercial que se propone realizar inversiones, es necesario un ambiente de estabilidad… Las dictaduras ofrecen eso». Unos meses más tarde, la dictadura de Nigeria ahorcó a Ken Saro-Wiwa. El escritor fue ejecutado con otros ocho ogonis, también culpables de luchar contra las empresas que aniquilaron sus aldeas y redujeron sus tierras a un vasto yermo. Muchos otros ogonis habían sido asesinados, antes, por el mismo motivo. (…) El presidente de los Estados Unidos declaró entonces que su país suspendería el suministro de armas a Nigeria, y el mundo lo aplaudió.” Con eso, realmente “Estados Unidos reconocía que su país había estado vendiendo armas al régimen carnicero del general Sani Abacha, que venía ejecutando gente a un ritmo de cien personas por año, en fusilamiento o ahorcamientos convertidos en espectáculos públicos.”

Y es que “los Estados Unidos venden cerca de la mitad de las armas del mundo y compran cerca de la mitad del petróleo que consumen. De las armas y del petróleo dependen, en gran medida, su economía y su estilo de vida.” Por desgracia, la historia de la empresa anglo-holandesa Shell es más larga: En la isla de Curaçao, en el Caribe, instaló “una gran refinería que, desde entonces viene echando humos venenosos sobre esa isla de la salud. En 1983, las autoridades locales mandaron parar (…) los expertos calcularon en 400 millones de dólares la indemnización, mínima, que la empresa debía pagar por los males que la naturaleza había sufrido. La Shell no pagó nada”. También es más larga la historia de la empresa norteamericana Chevron, que “gastó muchos millones de dólares en una campaña publicitaria que exaltaba sus desvelos por la defensa del medio ambiente en los Estados Unidos. La campaña estaba centrada en la protección (…) de unas maripositas azules que corrían peligro de extinción. El refugio costaba cinco mil dólares anuales; pero la empresa gastaba ochenta veces más para producir cada minuto de la propaganda que alababa su vocación ecologista, y mucho más todavía por cada minuto de emisión del bombardeo publicitario” en TV. También es curioso que ese refugio estuviera “instalado en la refinería El Segundo, en las arenas del sur de Los Ángeles. Y ésta sigue siendo una de las peores fuentes de contaminación del agua, el aire y la tierra en toda California.”

En definitiva, parece que “La salvación del medio ambiente está siendo el más brillante negocio de las mismas empresas que lo aniquilan. En un libro reciente, The corporate planet, Joshua Karliner brinda tres ejemplos ilustrativos de alto valor pedagógico: el grupo General Electric tiene cuatro de las empresas que más envenenan el aire del planeta, pero es también el mayor fabricante norteamericano de equipos para el control de la contaminación del aire;” También se citan los casos de la empresa química DuPont y de la “multinacional Westinghouse que se ha ganado el pan vendiendo armas nucleares”. Otro ejemplo, “la mismas fábricas de armamentos que han vendido las minas (…) ofrecen su know how para limpiar los vastos terrenos minados (…) Un negocio redondo: arrancar minas resulta cien veces más caro que colocarlas.” Es bueno aclarar que muchos países vendedores de armamento, como España, han firmado un acuerdo para no vender ni fabricar este tipo de artefactos, aunque otros tipos los siguen vendiendo sin remordimientos.

Lee un resumen de este libro de Naomi Klein con datos sobre el Cambio Climático que seguro que no conoces.

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Más de esto se expone en el capítulo titulado “La impunidad de los exterminadores del planeta”, donde se aclara, por si hiciera falta que: “Las empresas que más éxito tienen en el mundo son las que más asesinan al mundo; y los países que deciden el destino del planeta son los que más méritos hacen para aniquilarlo.” Galeano critica como muchas “expresiones de la preocupación oficial por la ecología” son mera hipocresía “que nadie cumple”, porque “el lenguaje del poder otorga impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo universal en nombre del desarrollo y también a las grandes empresas que, en nombre de la libertad, enferman al planeta, y después le venden remedios y consuelos. (…) La humanidad entera paga las consecuencias de la ruina de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los bienes mortales que la naturaleza otorga. (…) Es el veinticinco por ciento de la humanidad quien comete el setenta y cinco por ciento de los crímenes contra la naturaleza. (…) Cada norteamericano echa al aire, en promedio, veintidós veces más carbono que un hindú y trece veces más que un brasileño.” Así, los países ricos son “países y clases sociales que definen su identidad a través de la ostentación y el despilfarro. La difusión masiva de esos modelos de consumo, si posible fuera, tiene un pequeño inconveniente: se necesitarían diez planetas como éste para que los países pobres pudieran consumir tanto como consumen los países ricos, según las conclusiones del fundamentado informe Bruntland, presentado ante la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo en 1987. Las empresas más exitosas del mundo son también las más eficaces contra el mundo. Los gigantes del petróleo, los aprendices de brujo de la energía nuclear y de la biotecnología, y las grandes corporaciones que fabrican armas, acero, aluminio, automóviles, plaguicidas, plásticos y mil otros productos, suelen derramar lágrimas de cocodrilo por lo mucho que la naturaleza sufre.”

Los abusos son incontables y van desde patentar plantas amazónicas por parte de empresas bioquímicas (como la ayahuasca patentada por la empresa estadounidense International Plant Medicine Corporation), hasta el desastre de la ciudad india de Bophal en la que otra empresa estadounidense, Union Carbide, fue la causante de unas 6600 muertes con escasas o nulas subvenciones por culpa de no aplicar las más básicas medidas de seguridad que en Estados Unidos son obligatorias. Actualmente “Union Carbide y Dow Chemical venden, en América latina, numerosos productos prohibidos en su país, y lo mismo ocurre con otros gigantes de la industria química mundial. En Guatemala, por ejemplo, las avionetas fumigan las plantaciones de algodón con pesticidas que no se pueden vender en los Estados Unidos ni en Europa: esos venenos se filtran en los alimentos”. La empresa alemana Bayer, que ya usó la “mano de obra gratuita de los prisioneros de Auschwitz”, es el “segundo productor mundial de pesticidas” y vende, a Uruguay por ejemplo, más de “veinte agrotóxicos no autorizados en Alemania”, algunos considerados “altamente peligrosos por la Organización Mundial de la Salud”.

Otro de los efectos de la globalización es que el aluminio japonés se fabrica en Brasil. “En Brasil, la energía y la mano de obra son baratas y el medio ambiente sufre, en silencio, el feroz impacto de esta industria sucia. Para dar electricidad al aluminio, Brasil ha inundado gigantescas extensiones del bosque tropical. Ninguna estadística registra el costo ecológico de este sacrificio. Al fin y al cabo, es costumbre: otros muchos sacrificios sufre la floresta amazónica, mutilada día tras día, año tras año, al servicio de las empresas madereras, ganaderas y mineras.” Más datos: “en Taiwán, un tercio del arroz no se puede comer, porque está envenenado de mercurio, arsénico o cadmio; en Corea del Sur, sólo se puede beber agua de la tercera parte de los ríos. Ya no hay peces comestibles en la mitad de los ríos de China. En una carta, un niño chileno retrató así a su país: «Salen barcos llenos de árboles y llegan barcos llenos de autos»”. Por estas causas, ya se sabe que “la degradación ambiental será, en los próximos años, la principal causa de los éxodos de población en los países del sur.”

En otro capítulo, “La impunidad de los cazadores de gente”, advierte que “no es negocio asesinar con timidez. (…) Ante la ley terrena, la igualdad se desiguala todo el tiempo y en todas partes, porque el poder tiene la costumbre de sentarse encima de uno de los platillos de la balanza de la justicia.” Aquí se pasa revista a los crímenes contra la humanidad y cómo estos resultan impunes: desde la dictadura de Uruguay hasta la de Argentina, pasando por Guatemala y el asesinato del obispo Juan Gerardi por la publicación de cierto informe.

En su capítulo “La impunidad del sagrado motor” critica con vehemencia el abuso de la industria del automovilismo y de sus usuarios. No se trata de criticar el progreso sino de criticar el abuso del progreso: “los automóviles usurpan el espacio humano, envenenan el aire y, con frecuencia, asesinan a los intrusos que invaden su territorio conquistado. (…) Este fin de siglo desprecia el transporte público” (y ya podemos añadir que el nuevo siglo XXI sigue en la misma línea. Para llamar la atención, Galeano hace la siguiente comparación: “La venta de autos es simétrica a la venta de armas, y bien podría decirse que forma parte de ella: los automóviles son la principal causa de muerte entre los jóvenes, seguida por las armas de fuego.”

“Según los cálculos del Worldwatch Institute, si se tomaran en cuenta los daños ecológicos y otros costos escondidos, el precio de la gasolina tendría que elevarse, por lo menos al doble. La gasolina es, en los Estados Unidos, tres veces más barata que en Italia, que ocupa el segundo lugar entre los países más motorizados; y cada norteamericano quema, en promedio, cuatro veces más combustible que un italiano, lo que ya es decir. Esta sociedad norteamericana, enferma de autismo, genera la cuarta parte de los gases que más envenenan la atmósfera. (…) Cada vez que algún loco sugiere aumentar los impuestos a la gasolina, los big three de Detroit (General Motors, Ford y Chrysler) ponen el grito en el cielo y desatan campañas millonarias, y de amplio eco popular, denunciando tan grave amenaza contra las libertades públicas. (…) Es raro el caso del político, demócrata o republicano, capaz de cometer algún sacrilegio contra el modo de vida nacional, fundado en la veneración de las máquinas y en el derroche de los recursos naturales del planeta. Impuesto como modelo universal, ese modo de vida, que identifica el desarrollo humano con el crecimiento económico, realiza milagros que la publicidad exalta y difunde, y que el mundo entero querría merecer.(…) Sólo el 20% de la humanidad dispone del 80% de los autos, aunque el 100% de la humanidad tenga que sufrir el envenenamiento del aire. Como tantos otros símbolos de la sociedad de consumo, el automóvil está en manos de una minoría, que convierte sus costumbres en verdades universales y nos obliga a creer que el motor es la única prolongación posible del cuerpo humano.”

En resumen, “en nombre de la libertad de empresa, la libertad de circulación y la libertad de consumo, se está haciendo irrespirable el aire del mundo.” Galeano insiste en la necesidad de fomentar el transporte público y las bicicletas (y sus carriles). Un dato resulta revelador: “el dinero que Colombia gasta cada año para subsidiar la gasolina, alcanzaría para regalar dos millones y medio de bicicletas a la población.” Por supuesto, esta es otra cuestión de discriminación con los países de sur ya que en ellos se sigue usando gasolina con plomo. Resultan didácticos algunos de los casos expuestos en el libro: ciudad de México, San Pablo, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Buenos Aires… por el contrario, algunas ciudades ya se han dado cuenta de la necesidad de reducir el espacio por donde circulan los automóviles: Amsterdam o Florencia son un buen ejemplo de ello.

Este autor también critica el modo de vida de la sociedad de consumo que obliga a obtener rápidos beneficios en poco tiempo: flores sometidas a luz continua para rápido crecimiento, gallinas a las que se les reduce las horas de sueño y se las hace vivir hacinadamente sin casi poder moverse… y gente que vive siempre deprisa y corriendo pero sin hacer deporte alguno… por que además “en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30% entre la población joven de los países más desarrollados”, especialmente Estados Unidos en el que la obesidad ya se trata como epidemia nacional, y determinados tratamientos son subvencionados por el gobierno. “El país que inventó las comidas y bebidas light, la diet food y los alimentos fat free tienen la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa 4 horas diarias devorando comida de plástico. Triunfa la comida basura disfrazada de comida: esta industria está colonizando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local” en la “globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food“. Así no es extraño que la empresa McDonald’s sea denunciada por ecologistas y activistas antiglobalización, acusando a esta empresa de “maltrato a sus trabajadores, la violación de la naturaleza y la manipulación comercial de las emociones infantiles: sus empleados están mal pagados, trabajan en malas condiciones y no pueden agremiarse; la producción de carne para las hamburguesas arrasa los bosques tropicales y despoja a los indígenas; y la multimillonaria publicidad atenta contra la salud pública, induciendo a los niños a preferir alimentos de muy dudoso valor nutritivo” y de un altísimo contenido en grasa como lo han demostrado multitud de estudios.

Pero, en este mundo al revés, la publicidad hace milagros y los anuncios embaucadores saben cómo conseguir que el consumidor obedezca sus dictámenes. “En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. (…) No se sabe si en Navidad se celebra el nacimiento de Jesús o de Mercurio, dios del comercio, pero seguramente es Mercurio quien se ocupa de bautizar los días de la compra obligatoria: Día del Niño, Día del Padre, Día de la Madre, Día del Abuelo, Día de los Enamorados”… “La cultura de consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso inmediato. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender.” La televisión tiene aquí su parte de responsabilidad y “el televisor es inocente del uso y del abuso que se hace de él”, aunque los medios dicen siempre lo mismo: “Ofrecemos a la gente lo que la gente quiere, y así se absuelven; pero esa oferta, que responde a la demanda, genera cada vez más demanda de la misma oferta: se hace costumbre, crea su propia necesidad, se convierte en adicción. En las calles hay tanta violencia como en la televisión, dicen los medios; pero la violencia de los medios, que expresa la violencia del mundo, también contribuye a multiplicarla. (…) Trabajar, dormir y mirar la televisión son las tres actividades que más tiempo ocupan en el mundo contemporáneo. Bien lo saben los políticos. (…) Gracias a la pantalla chica, el presidente Reagan pudo convencer a la opinión pública norteamericana de que Nicaragua era un peligro. Hablando ante el mapa del norte de América, que progresivamente se iba tiñendo de rojo desde el sur, Reagan pudo demostrar que Nicaragua iba a invadir los Estados Unidos, vía Texas.”

“Las imágenes del hambre jamás aluden, ni siquiera de paso, al saqueo colonial. Jamás se menciona la responsabilidad de las potencias occidentales, que ayer desangraron al África a través de la trata de esclavos y el monocultivo obligatorio, y hoy perpetúan la hemorragia pagando salarios de hambre y precios de ruina. Lo mismo ocurre con la información sobre las guerras; siempre el mismo silencio sobre la herencia colonial, siempre la misma impunidad para el amo blanco que hipotecó la independencia africana, dejando a su paso burocracias corruptas, militares despóticos, fronteras artificiales y odios mutuos; y siempre la misma omisión de cualquier referencia a la industria de la muerte, que desde el norte vende las armas para que el sur se mate peleando.”

“Quizás el más certero símbolo de la época sea la bomba de neutrones, que respeta las cosas y achicharra a los seres vivos. (…) La ciencia y la técnica que han sido puestas al servicio del mercado y de la guerra, nos ponen a su servicio. (…) La injusticia, motor de todas las rebeliones que en la historia han sido, no sólo no se ha reducido en el siglo XX, sino que se ha multiplicado hasta extremos que nos resultarían increíbles si no estuviéramos tan entrenados para aceptarla como costumbre y obedecerla como destino. Pero el poder no ignora que la injusticia está siendo cada vez más injusta, y que está siendo cada vez más peligroso el peligro. Desde que cayó el Muro de Berlín, y los regímenes llamados comunistas se derrumbaron o cambiaron hasta hacerse irreconocibles, el capitalismo se ha quedado sin pretextos. En los años de la guerra fría, cada mitad del mundo podía encontrar, en la otra mitad, la coartada de sus crímenes y la justificación de sus horrores. Cada una decía ser mejor, porque la otra era peor. Ahora, súbitamente huérfano de enemigo, el capitalismo celebra su hegemonía, y de ella usa y abusa sin límites; pero ciertos signos indican que empieza a asustarse de sus propios actos. (…) A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder. (…) Las grandes potencias que gobiernan al mundo ejercen la delincuencia internacional con impunidad y sin remordimientos. Sus crímenes no conducen a la silla eléctrica, sino a los tronos del poder; y la delincuencia del poder es la mamá de todas las delincuencias.” Razones no le faltan a Eduardo Galeano para esas afirmaciones y para ello cuenta algunos casos bastante interesantes (como los de Chile, Nicaragua o Cuba), pero más recientemente podemos también citar el caso de Palestina, torturada hasta el horror por Israel (matanzas y ocupación de principios de 2002) y cómo las “grandes potencias” a las que se refiere el autor, son cómplices por omisión, ya que se limitan en el mejor de los casos a condenar los asesinatos, pero no toman otras medidas (dejar de vender armas, romper relaciones comerciales y diplomáticas…).

“Los estados socialistas del este de Europa tenían mucho de estados y poco o nada de socialistas. (…) En nombre de la justicia, ese presunto socialismo había sacrificado la libertad. Reveladora simetría: en nombre de la libertad el capitalismo sacrifica la justicia cada día.” El caso de Rusia y su Moscú actual es un buen ejemplo.

Para terminar, el libro reivindica “El derecho al delirio”, el derecho a soñar con un mundo mejor, aunque posiblemente eso no sea posible. Podemos elegir algunos versos de ese sueño:

  • “en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo;”
  • “los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas;”
  • “el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra;”
  • “nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión;”
  • “los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle;”
  • “la educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla;”
  • “la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla;”
  • “la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda;”
  • “la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: «Amarás a la naturaleza, de la que formas parte»;”

El libro termina diciendo que se terminó de escribir en agosto de 1998 y que para saber cómo continúa basta con seguir las noticias de cada día. Y efectivamente, así es. Después de 1998 han ocurrido multitud de cosas que sin duda deberían estar incluidas en un libro así. Por ejemplo, tras los atentados del 11 de Septiembre, Estados Unidos se autoproclamó como líder en la lucha contra el terrorismo y, sin embargo ha cometido actos terroristas por los que no sólo no ha sido condenado sino ni siquiera juzgado. No nos referimos a los ataques contra Afganistán, de lo que mucho se podría decir, sino por ejemplo a la matanza que durante esa guerra produjeron en una cárcel de ese país atacándola incluso con bombas desde el aire y matando a todos los reclusos que no tuvieron ninguna oportunidad. Estados Unidos también pretende ser firme defensor de los Derechos Humanos y se vanagloria de ser un defensor de los mismos y, sin embargo, a los detenidos de Afganistán, presuntos terroristas, los torturó en la base de Guantánamo sin haber sido sometidos a juicio justo. Tampoco podemos olvidar que en ese país se sigue aplicando la pena de muerte. Otro ejemplo, en la invasión de Israel a Palestina de 2002, con el exterminio que las tropas judías ejercieron destrozando multitud de ciudades, Estados Unidos tardó mucho tiempo en condenar la invasión y, en todo caso, no tiene sentido que exigiera a Israel que se retirara de los territorios ocupados a la vez que le vende armas a gran escala.

También en 2002 saltó la noticia de que una empresa había conseguido descifrar el genoma del arroz y que esto llevaría a paliar el hambre del mundo. Esa empresa pretende hacer creer al mundo que el hambre que padece es por culpa de que el arroz que la naturaleza ha creado es imperfecto. Pretende hacer creer al mundo que son capaces de mejorar el arroz, sin ningún efecto secundario, por supuesto, y que además, todo ese inmenso trabajo lo realizan por amor a la humanidad. Los millones de dólares que cuesta esa investigación pretenden lógicamente ser recuperados con creces vendiendo ese arroz cuando supuestamente lo consigan, lo cual, generará más hambre, más diferencias sociales, más injusticia y más dependencia de los países pobres de las multinacionales de los países ricos. Así, los países ricos pueden sentirse bien al facilitar un arroz “con vitaminas” evitando que los pobres tengan derecho a buscar una alimentación rica y variada.

Por desgracia, el mundo está lleno de noticias como esta y mientras no lo remediemos seguirá estandolo. “Pero alguien, quién sabe quién, escribió al pasar, en un muro de la ciudad de Bogotá: Dejemos el pesimismo para tiempos mejores.”

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