Libro El planeta inhóspito, de David Wallace-Wells (resumen)

Mientras lees estas líneas está ocurriendo la sexta gran extinción de especies de la Historia de la Vida. Las cinco anteriores ocurrieron hace entre 70 y 450 millones de años y  en cada una de ellas se extinguieron entre el 75 y el 96% de las especies. Sin embargo, durante esas cinco debacles precedentes no había humanos en el planeta, por lo que no les afectó en absoluto. Ahora sí estamos aquí y no queremos sufrir penalidades. La ciencia dice que necesitamos la biodiversidad (es una de las cuatro leyes de la sostenibilidad). Wallace-Wells aclara en este libro (ed. Debate, 2019) que no es ecologista, pero nos cuenta lo que se sabe de la crisis climática a nivel práctico y científico. La mayoría de las cosas nos gustaría que fueran falsas, pero solo un necio niega las evidencias y prefiere vivir como si la realidad fuera lo que no es.

Si datamos en 1992 cuando la humanidad establece el consenso científico sobre el cambio climático, sus causas y sus consecuencias, Wallace-Wells afirma que “ya hemos generado tanta devastación a sabiendas como durante nuestra ignorancia”. Al principio de la Revolución Industrial la humanidad no sabía dónde se estaba metiendo, pero ahora lo sabemos y cuando vengan las graves consecuencias, no deberíamos quejarnos.

Más aún, hay empresas que lo sabían desde mucho antes y se lucraron en silencio. Por ejemplo, “Exxon, una compañía que ahora es objeto de un gran número de demandas”. El autor tiene claro que “si el planeta se llevó al borde de la catástrofe climática en el transcurso de una sola generación, la responsabilidad de evitarla recae también sobre una única generación. Y todos sabemos qué generación es esa: la nuestra”.

Wallace-Wells es sincero: “Yo no voy a matar una vaca con mis manos para comer una hamburguesa, pero tampoco voy a hacerme vegano”. Si descargas tu culpa en otros, tu carga es más liviana, pero tu culpa sigue siendo la misma. Un matadero provoca distintos problemas de salud, éticos y ambientales, pero los culpables no son solo sus trabajadores.

El autor se dedicó a recopilar historias sobre el cambio climático durante años. Por ejemplo, la guerra civil en Siria ha sido agravada por el cambio climático y ha generado millones de refugiados. La ONU estima que en 2050 habrá 200 millones de refugiados climáticos, pero podrían ser hasta 1.000 millones. El abanico es tan grande en esto, como en todas las previsiones sobre la crisis climática, porque hay dos capas de incertidumbre: qué harán los humanos y cómo responderá el clima. El cambio climático es un hiperobjeto (según Timothy Morton), un hecho enorme y complejo que, como Internet, no se puede llegar a entender adecuadamente.

El Acuerdo de París (2016) pretendió que no se superen los 2 grados de calentamiento, pero en 2017 las emisiones de carbono aumentaron. Los resultados son “desalentadoramente sombríos”. Más grave es si tenemos en cuenta que si actuamos sobre las emisiones pronto, cumpliendo ese acuerdo, alcanzaremos los 3,2 grados de calentamiento, “unas tres veces más que todo el que ha experimentado el planeta desde los inicios de la industrialización” (que ya es de +1,3ºC). Pero ningún país está cumpliendo ese acuerdo. Esto nos deja en manos del colapso: escasez de agua, grandes ciudades inhabitables, olas de calor, incendios forestales, crisis alimentaria, crisis sanitaria (más enfermedades y pandemias: dengue, malaria, coronavirus…), inundaciones, guerras, muerte forestal, reducción de insectos… Tormentas cuya probabilidad de producirse es una cada 500 años están ocurriendo tres veces en 5 años. Además, son procesos que se alimentan mutuamente en muchos casos: menos árboles es más CO2, más calor, más incendios y menos árboles. Algunos procesos funcionan a la inversa, moderando el cambio climático, pero son muchos más los que tienden a acelerarlo y se desconoce cómo interactúarán, lo que hace que haya una enorme incertidumbre en las previsiones precisas sobre el cambio climático. Un ejemplo de efecto de insospechadas consecuencias es la hibridación entre especies que el cambio climático ha juntado, cuando la evolución las separó durante millones de años.

El autor llama “sistema climático de castas” o apartheid medioambiental” al hecho de que los pobres vivan en las zonas más vulnerables, incluso dentro de los países ricos, en los que es frecuente, por ejemplo, que los pobres vivan en marismas o terrenos fácilmente inundables y con las infraestructuras más penosas. Con la excepción de Australia, “aquellos países con menor PIB serán los que más se calienten”. Es “una de las muchas ironías históricas del cambio climático que haríamos mejor en llamar crueldades históricas”. Ante todo este problema, el autor llama a la cooperación internacional y critica los nacionalismos, por romper alianzas y abdicar de la responsabilidad colectiva. Si el 10% de las personas más ricas del mundo tuviesen que ceñirse al consumo o huella de carbono de un europeo, las emisiones mundiales totales disminuirían en una tercera parte.

Drew Shindell trató de cuantificar el sufrimiento que se evitaría si el calentamiento solo alcanzase los 1,5 grados, en lugar de los 2 grados. Ese medio grado extra matará solo por contaminación del aire a 150 millones de personas. Para el IPCC de la ONU, ese medio grado supone jugar con la vida de cientos de millones de vidas humanas. Los datos actuales son ya escalofriantes: 7 millones de muertes al año son debidas solo a la contaminación del aire.

“Cada uno de nosotros impone algo de sufrimiento sobre nuestro yo futuro cada vez que pulsamos un interruptor de luz, compramos un billete de avión o nos abstenemos en unas elecciones”. El dato es aún más estremecedor si tenemos en cuenta toda la energía que se despilfarra (dos tercios en EE.UU.) y que estamos subvencionando el negocio de los combustibles fósiles con más de 5 billones de dólares anuales, según el FMI. Por ejemplo, en Arabia Saudí “en verano se consumen 700.000 barriles de petróleo al día, principalmente para alimentar los sistemas de aire acondicionado”. Pero el gasto es también excesivo en cualquier país europeo. Más aún, las llamadas nuevas entidades pueden tener efectos muy graves, tales como la contaminación por bitcoins o vídeos en streaming, nanotecnologías, agricultura celular…

Las decisiones individuales ecológicas sobre el estilo de vida son importantes, pero “no suponen una gran diferencia para el todo, a menos que vengan amplificadas por la política”. Según él, “disponemos de todas las herramientas necesarias para evitar un cambio climático catastrófico (…), pero la voluntad política no es un ingrediente cualquiera. (…) También tenemos las herramientas para solucionar la pobreza global, las epidemias y el abuso contra las mujeres”.

Aún no hemos empezado a plantearnos lo que implica vivir en las condiciones que nos esperan, pero los gobiernos tienen un gran poder que no están ejerciendo, porque los ciudadanos no se lo están demandando. “Cada planeta inhabitable es un recordatorio de lo excepcional del conjunto de circunstancias necesarias para que se dé un equilibrio climático que haga posible la vida”.

Hambruna

“Relatos Ecoanimalistas” —Colección de relatos ecologistas y animalistas.

—Libro de relatos ecologistas y animalistas, con imágenes a color muy evocadoras.

Por cada grado de calentamiento, el rendimiento del cultivo de cereales disminuye un 10%, pero conforme aumenta la temperatura los rendimientos caen aún más rápido. Para las proteínas animales es peor: se necesitan 8 kilos de cereal para producir 1 kilo de carne de vaca, y la ganadería que emite mucho metano, un GEI (Gas de Efecto Invernadero) mucho peor que el CO2. Aunque el exceso de CO2 puede hacer que los vegetales crezcan más, se ha demostrado que esas plantas son menos nutritivas, porque los carbohidratos diluyen los nutrientes, el hierro, el zinc y las vitaminas.

Los mejores terrenos para agricultura ya se están usando y el cambio climático no facilitará que se cultive más lejos del ecuador. Se está perdiendo tierra cultivable y se está desertificando gran parte del planeta. La «revolución verde» aumentó los rendimientos en las cosechas a mediados del siglo XX, lo cual más que negar las predicciones de Malthus y Ehrlich por la superpoblación, tal vez solo las retrasa.

En 2050 se espera que China triplique su consumo de leche, por la influencia occidental. Solo ese incremento hará aumentar en torno a un 35% las emisiones de GEI por la ganadería lechera. Greenpeace ha alertado que el mundo debe reducir a la mitad su consumo de carne y lácteos para evitar un cambio climático peligroso. En unos años el sur de Europa vivirá en una sequía extrema permanente. Pero ya hoy, hay entre 800 y 1.000 millones de personas malnutridas.

“La semiignorancia y semiindiferencia es una enfermedad climática mucho más extendida que la verdadera negación”. William Vollmann dijo «Nuestras vidas giraban en torno al dinero, y nuestras muertes también» (Carbon Ideologies).

El mar podría subir 2 metros en el año 2100

Esto supone un cambio importante en los mapas de muchos países y en sus sistemas socioeconómicos. Por ejemplo, las playas actuales desaparecerán y los refugiados climáticos se multiplicarán. “Casi dos tercios de las ciudades más pobladas del mundo están situadas en la costa —por no hablar de las centrales eléctricas, puertos, bases navales, terrenos agrícolas, caladeros, deltas fluviales, marismas y arrozales—, e incluso los situados por encima de los tres metros sobre el nivel del mar se anegarán con mucha mayor facilidad y frecuencia”. Pero ojo: “estos efectos se harán realidad incluso si se produce una reducción radical de las emisiones”. No actuar será aún peor.

Un estadounidense medio es responsable (o irresponsable) de emitir tanto CO2 como para fundir 10.000 toneladas de hielo antártico al año. Cada minuto, cada estadounidense añade casi 20 litros de agua dulce al mar. Ya hemos subido la temperatura del planeta 1,3 grados (el libro dice 1,1) y llegar a 3 grados supone que el nivel del mar subirá al menos 50 metros según científicos como David Archer. El Servicio Geológico estadounidense sitúa esta cifra en los 80 metros. Recuerde que 600 millones de personas viven a menos de 9 metros sobre el nivel del mar.

Todo eso está implicando también la liberación de metano atrapado en el permafrost. Además, al haber menos hielo, el planeta refleja menos la luz solar, por lo que la tierra absorbe más luz y se calienta más.

Incendios, huracanes y sequías

Los Ángeles es una ciudad de ensueño construida sobre un desierto. ¿Alguien piensa que algo así es sostenible? Pero los incendios forestales no asolan solo California, sino que están por todo el planeta: Rusia, Finlandia, Brasil, Indonesia… e incluso por gran parte de África. Se estima que solo el humo de esos incendios mata a entre 260.000 y 600.000 personas cada año. Pero los efectos son mucho peores: cada kilómetro cuadrado de deforestación provoca 27 casos de malaria. Los incendios son de los efectos más perversos porque además de liberar CO2, se pierden bosques que son los grandes limpiadores de CO2.

Los huracanes serán tan intensos que habrá que inventar nuevas categorías para describirlos. El granizo cuadriplicará su tamaño. Tal vez, hasta habrá que cambiar el nombre de las cosas: en el Parque Nacional de los Glaciares (EE.UU.) solo quedan 26 de los 150 glaciares que había en 1850.

El estado de Luisiana se estima que pierde cada hora una superficie del tamaño de un campo de fútbol. En Florida han tenido que elevar las carreteras. Los más pobres, tienen menos opciones y, en muchos casos, solo les queda emigrar.

Donde el cambio climático se está haciendo más evidente y grave es en la falta de agua. Entre el 70 y el 80% del agua dulce se usa para producir alimentos y muchos de ellos se despilfarran. La producción de alimentos animales (carne, lácteos y huevos) consumen aún más agua que los vegetales. Aunque el consumo por ciudadano no es tan elevado, muchas ciudades pierden más agua en fugas que la que llega a los hogares.

Los mayores lagos del planeta se están secando, como el conocido caso del mar Aral, que ha perdido más del 90% de su agua. No es solo por evaporación por el cambio climático, sino también por una gestión egoísta y descontrolada. Muchos ciudadanos ignoran el enorme esfuerzo para llevar agua a lavabos, duchas o retretes. ¿En serio es buena idea tirar 5 litros de agua cada vez que vamos al váter?

Sudáfrica y su capital se enfrentan ya a la sequía permanentemente. Pero ya desde antes había 9 millones de personas sin nada de agua para consumo personal. Ese problema podría resolverse solo con un tercio de la cantidad de agua que el país destina a fabricar vino. ¿Es más importante producir vino o tener agua para las personas? Debemos responder, para prepararnos ante las “megasequías que vendrán”.

Océanos y atmósfera

Las poblaciones de peces han migrado cientos de kilómetros buscando aguas más frías. Solo el 13% del océano está intacto, salvo por la acidificación que afecta a todas las masas de agua. Los corales están muriendo (proceso conocido como blanqueamiento o decoloración del coral), lo cual es una muy mala noticia teniendo en cuenta que “los arrecifes sustentan hasta una cuarta parte de toda la vida marina, y son fuente de alimentos e ingresos para 500 millones de personas”. También nos protegen de inundaciones por marejadas, lo cual supone que ahorran millones de dólares.

“El océano se está asfixiando”, sentenció un científico. Es el mismo proceso que pasó en el mar Menor (España), pero a gran escala: el mar se contamina, pierde su oxígeno y los peces mueren.

Además, el cambio climático ha reducido la velocidad de la corriente del Golfo hasta en un 15%, con consecuencias impredecibles sobre el clima. Ya se le culpa de que la subida del nivel del mar en la costa Este de EE.UU. sea mayor que en otros lugares del mundo.

La concentración de CO2 en la atmósfera está aumentando y eso no solo tiene consecuencias climáticas. Se sabe que “cuando la concentración de CO2 alcanza las 930 partes por millón (más del doble de la actual), la capacidad cognitiva disminuye un 21%”. En las aulas de los colegios se ha medido un promedio de 1.000, llegando incluso a las 3.000 partes por millón.

“Nuestra actividad industrial está envenenando el planeta”. “Ya hoy mueren a diario más de 10.000 personas debido a la contaminación atmosférica”. En muchas ciudades la contaminación principal procede del tráfico y de las quemas agrícolas, como el caso de Murcia.

No podemos simplificar la contaminación solo por CO2, sino que hay otros tóxicos y partículas, y el cambio climático aumentará las tormentas de polvo. Todo ello es un cóctel que está demostrado que genera: discapacidad intelectual, enfermedades mentales y demencia, partos prematuros, bebés de bajo peso, accidentes cardiovasculares, enfermedades cardíacas y respiratorias (asma…), cánceres de todo tipo, deterioro de la memoria, la atención y el vocabulario, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, trastornos del espectro autista, perjudica el desarrollo de las neuronas… incluso se ha demostrado que una central de carbón puede deformar nuestro ADN.

El libro también habla del problema de los micro y nanoplásticos, procedentes de todo tipo de plásticos. Un solo ciclo de lavadora puede liberar hasta 700.000 partículas por tejidos no vegetales como el nylon. Hay microplásticos en toda nuestra comida, especialmente en peces y mariscos de agua salada o dulce, y hasta en el agua (mineral o de grifo). Las aves marinas están disminuyendo sus poblaciones más rápidamente que cualquier otro grupo de aves, y el plástico del mar está detrás de ello. Cuando los plásticos se degradan liberan gases tóxicos, como el metano (un potente GEI). Hay nanoplásticos hasta en el aire que respiramos (además de otros aerosoles, que son partículas suspendidas en la atmósfera). Los aerosoles nos enferman, pero también contribuyen a que el planeta no se caliente más rápido aún, ya que reflejan la luz solar. Esto ha llevado a algunos a proponer soluciones para llenar la atmósfera de más aerosoles y el autor advierte de los peligros de todas las soluciones dentro de la llamada geoingeniería.

Plagas

La desaparición del hielo polar libera organismos que han estado allí congelados desde antes de que existiera el Homo sapiens, pero también hay patógenos de enfermedades recientes (como el de la gripe de 1918). La peste negra acabó en Europa con el 60% de la población. Imaginemos cuáles habrían sido sus efectos si hubieran existido los viajes en avión. En un mundo globalizado, las enfermedades también se globalizan y el cambio climático está cambiando el mapa de las enfermedades. Enfermedades como la fiebre amarilla, el zika, la malaria o la enfermedad de Lyme (por picaduras de garrapata) ya preocupan en zonas donde no había riesgo. Si no aprendemos las lecciones de la pantemia de COVID-19, vendrán más pandemias.

El cambio climático también podría afectar a las bacterias que viven dentro de nosotros (de las cuales desconocemos el 99%) y de las que dependemos para cosas tan importantes como la digestión o los niveles de ansiedad. Algo desastroso ocurrió a los saigas en 2015 (unos antílopes de Asia). Al parecer, una ola de calor hizo que una bacteria de su interior ocasionara la muerte a dos terceras partes de los individuos.

Colapso económico, violencia y salud psicológica

“Hay una probabilidad del 51% de que el cambio climático reduzca la producción mundial en más del 20% en 2100”. El PIB podría contraerse un 50% (fue solo del 11% en 2020, por la pandemia). Esto supone una “devastación económica” que es algo más que una crisis, es la gran crisis.

Algunos países podrían salir beneficiados, los que estén cerca de los polos, pero los que estén entre los trópicos o cerca de ellos, perderán mucha capacidad productiva (EE.UU. y China, entre ellos). Cerca del Ecuador las pérdidas pueden ser del 100%. Se sabe que “unas temperaturas más elevadas reducen la productividad laboral”.

Los desastres naturales y las crisis sanitarias serán enormes, aunque algunos no piensen en que el cambio climático esté detrás. Los daños podrían ser de 551 billones de dólares si el planeta se calienta 3,7ºC, lo cual es el doble de la riqueza actual de todo el mundo. Y nos encaminamos a un calentamiento aún mayor. “Será muchísimo más caro no actuar sobre el clima que adoptar hoy incluso las medidas más agresivas”.

Las guerras no son consecuencia del cambio climático, pero sí que serán más probables (un ejemplo es la guerra de Siria). “Por cada medio grado de calentamiento, la probabilidad de que estalle un conflicto armado en una sociedad aumenta entre un 10 y un 20%”. Es por esto por lo que “el ejército estadounidense está obsesionado con el cambio climático”, y no solo porque se inundarán muchas de sus bases militares, incluyendo las islas Marshall (el mayor almacén de residuos nucleares del mundo).

Preferimos pensar que los conflictos son por motivos políticos y económicos, pero el medioambiente es la base de todo eso. Hemos vivido unos años de prosperidad (menos guerras, menos mortalidad infantil…), pero esa riqueza dependía de los combustibles fósiles. Hay estudios que revelan que aumentar el calor hace que aumenten los crímenes violentos y hasta los insultos en redes sociales. La violencia genera migraciones forzadas, muchas veces a lugares que no quieren acoger a los migrantes.

El libro recuerda la medida individual más importante según los científicos para luchar contra el cambio climático: tener menos hijos. Tras esa medida, las siguientes son: vivir sin coche y sin mascotas, dejar de volar en avión, comprar energía renovable y tener una dieta principalmente vegana.

«No conozco a un solo científico que no esté teniendo alguna reacción emocional ante todo lo que se está perdiendo en el planeta», dijo Camille Parmesan (Premio Nobel de la Paz 2007, junto con Al Gore). La salud psicológica de todo el planeta está así amenazada. En los hospitales psiquiátricos ya saben que se disparan las hospitalizaciones con el calor y que los síntomas son más graves. También están aumentando, en todas las edades, los episodios de violencia, suicidios y, tras algún desastre natural, los casos de TEPT (trastorno por estrés postraumático).

El arte para no hacer nada

El autor repasa algunas películas medioambientales, y reflexiona que pronto no tendrán cabida porque nadie querrá ver en ellas los desastres que ven por la ventana. También hay videojuegos y literatura con influencia climática, género que Amitav Ghosh denominó «misterio medioambiental» y otros «clima ficción». Un problema es que la responsabilidad se distribuye —aunque no homogéneamente—, pero no es como un apocalipsis nuclear que tiene unos cuantos culpables concretos. Wallace-Wells nos recuerda que “el 10% de los más acomodados generan la mitad de todas las emisiones”, por lo que la responsabilidad de los ricos es bastante mayor que la del resto. Otros villanos de esta historia son, obviamente, las compañías petroleras y su codicia corporativa que, ya sabemos, han pagado campañas de desinformación y negacionismo climático (véanse películas como Marea negra o Aguas oscuras). El autor resalta que ese negacionismo solo ha sido defendido (de forma importante) por un único partido en un único país: el Partido Republicano de Estados Unidos (del que Trump es el más puro representante), lo cual no es del todo cierto (véase el caso del PP en España).

El libro acusa a los indolentes de sentirse cómodos en una “actitud aprendida de impotencia” ante este y otros desastres del llamado Antropoceno (muerte de abejas, contaminación por plástico y otras novedades…). Pensemos que “en peso, el 96% de los mamíferos del planeta son ahora humanos y su ganado; solo el 4% son animales salvajes”, expulsados de su hábitat o directamente masacrados. La ganadería no solo es una fábrica de cambio climático y de sufrimiento animal. También está en la base de nuevas enfermedades y de la destrucción global.

El autor resalta que a pesar de las múltiples conferencias, advertencias y artículos científicos, las emisiones “siguen aumentando”. Los climatólogos han pasado de tener miedo de ser acusados de “alarmistas” a hablar claramente de la alarma climática (por ejemplo en el informe del IPCC de 2018). Pero la vida sigue y nadie les hace caso.

Capitalismo en crisis

El clima, la crisis ecológica, amenaza la existencia del capitalismo. Naomi Klein explicó en La doctrina del shock lo que podemos esperar de la élite financiera en estos casos. Wallace-Wells ve dos tendencias claras: estancamiento económico global y endurecimiento de la vida para los más pobres (aumento de la desigualdad, con todas sus consecuencias). Tenemos que asumir que la macroeconomía es incapaz de describir el funcionamiento de la economía real (como dijo el Nobel de Economía, Paul Romer, premio que compartió con William Nordhaus, pionero en el estudio del impacto económico del cambio climático). En esa misma línea ha habido otros brillantes economistas, como Georgescu-Roegen y De Jouvenel.

Hay un claro efecto de injusticia climática y los culpables se centran en tres grupos, de los cuales solo los dos primeros tienen, por ahora, demandas en los tribunales:

  1. Compañías petroleras.
  2. Gobiernos (que fueran elegidos democráticamente no les quita culpabilidad, aunque sí reparte la culpa también en sus votantes).
  3. Países ricos (que son los que más se han beneficiado de quemar combustibles fósiles).

El coste será enorme, pero al menos podemos empezar por dejar de subvencionar los combustibles fósiles (reciben 5 billones de dólares al año). Si calculamos el coste de retirar el carbono de la atmósfera, para la mayoría de los sectores es mucho más barato evitar liberarlo. Sectores como la aviación son inherentemente insostenibles y capturar carbono solo podría servir para ganar un poco de tiempo, cuando lo más sensato es suprimir la inmensa mayoría de vuelos (cosa que parecía imposible, hasta que llegó el coronavirus).

Colapso y tecno-optimismo

Nick Bostrom, filósofo de la IA, definió veintitrés «riesgos existenciales» por los que podría acabar la vida inteligente o se reduciría drásticamente su potencial. Entre ellos están el cambio climático y la destrucción ecológica (agotamiento de recursos). Bostrom considera posible llegar a un transhumanismo (poshumanidad), algo que ahora es parte de la ciencia ficción y que podríamos resumir como avances tecnológicos que permitan un nuevo estado del ser, rompiendo la línea evolutiva de nuestra especie (nanorobots en la sangre que nos cuidan u otras ideas inquietantes).

Ante el colapso, algunos imaginan la humanidad colonizando otros planetas, pero Wallace-Wells advierte que “un medioambiente espantosamente degradado aquí seguirá ofreciendo algo mucho más cercano a la habitabilidad que cualquier cosa que podamos apañar” en otros planetas. Aunque una pequeña colonia cerrada fuera factible, los costes serían muchísimo más elevados que los de crear el mismo sistema aquí, en la Tierra. Sorprendentemente, algunos ya asumen que habrá que vivir en naves espaciales.

Los avances tecnológicos son evidentes, pero tener fe ciega en ellos es absurdo y el autor añade que “apenas aportan alguna mejora tangible según cualquier método tradicional de medida del bienestar económico”. Robert Solow (Premio Nobel) comentó que la informática puede verse en todas partes, «salvo en las estadísticas de productividad». ¿Qué está pasando? ¿Las empresas absorben y diluyen los beneficios de la tecnología? ¿Vivían mejor nuestros antepasados antes de inventar la agricultura, como sugiere Harari? ¿Nos atrae la tecnología porque nos aleja de la realidad? Decía Kate Tempest: «Con la mirada fija en la pantalla para no tener que ver cómo muere el planeta».

Los avances ecológicos pueden ser una trampa (efecto rebote o efecto Jevons) porque el mercado no tiene interés en el medioambiente. Por ejemplo, ante los avances en energías renovables, lo sensato hubiera sido sustituir energías sucias por limpias. Sin embargo, lo que se ha hecho es seguir usando las sucias y añadir el potencial de las limpias (que no son tan limpias). Como vemos, hay soluciones pero no se aplican por diversos motivos, entre los que están la falta de voluntad política, a pesar de que el IPCC advirtió que solo teníamos 12 años para reducir las emisiones a la mitad (y ya han pasado unos años desde que se publicó el libro en 2019).

El autor resalta que necesitamos involucrar a los gobiernos, porque las decisiones individuales son insuficientes. Dice: “comer alimentos ecológicos es bueno, pero si nuestro objetivo es salvar el clima, el voto es mucho más importante”. Y remarca que “cuanto más rica sea una persona, mayor será su huella de carbono”, por lo que las medidas más importantes deben ir enfocadas a los millonarios, porque son ellos los más culpables. Por supuesto, no pretende despreciar las acciones individuales y aclara que “uno puede hacer el bien en el mundo tan solo comprando correctamente“.

También se critica el neoliberalismo, pero para esto recomendamos leer La doctrina del shock, donde Klein explica magistralmente bien los conflictos de esta ideología. Superada la creencia en un crecimiento económico infinito, solo nos queda un decrecimiento ordenado o un colapso. En el primero encontraríamos medidas como supeditar el comercio a la reducción de emisiones, o sanciones a los contaminadores proporcionales a sus daños, entre otras ideas. Porque los efectos del cambio climático no se van a repartir justamente entre los culpables. India será el país más afectado del mundo, pero su culpa es cuatro veces menor a los efectos negativos que recibirá. A China le ocurre lo contrario: su culpa es cuatro veces mayor que su carga. Estados Unidos está equilibrado, lo que significa que recibirá un durísimo castigo climático (será el segundo más afectado).

Necesitamos un clima estable para sobrevivir o prosperar, pero lo estamos echando a perder. Y lo peor pueden ser consecuencias como las «Guerras climáticas» que predice Harald Welzer. A nivel local ya lo estamos viviendo en las guerras civiles de Dafur, Siria y Yemen, o en zonas de Somalia, Irak o Sudán del Sur, donde el autor compara la situación con la distopía de la película Mad Max. A nivel global, pronostica que habrá estados ganadores que no colapsen políticamente y podrán mantenerse por tener grandes ejércitos y políticas de vigilancia y sometimiento. La idea de un orden global (dirigido por la ONU, por ejemplo) siempre ha sido algo utópico y la humanidad ha caminado hacia esa dirección durante muchos años (tropezando con muchos inconvenientes), pero el autor subraya que el rumbo se está invirtiendo (desgraciadamente).

Wallace-Wells quiere desmontar el mito de que la humanidad progresa. Para ello cita las conclusiones del “desenmascarador de mitos”, Yuval Noah Harari, en su obra Sapiens, en la que sostiene que fueron las plantas cultivables las que domesticaron al Homo sapiens, y no al revés, lo cual nos llevó a trabajar para ellas creyendo que lo hacíamos para vivir mejor. Su conclusión es clara: “La revolución agrícola fue el mayor fraude de la historia”. Te recomendamos leer su libro completo, o este resumen. Sintetizando, los antiguos humanos pensaron que la agricultura les permitiría tener una vida mejor, pero no pensaron que el número de hijos aumentaría, lo que significaba que el trigo tendría que repartirse más. Y tampoco calcularon que tendrían que hacer frente a ladrones, lo que les obligaría a construir muros, vigilar y guerrear. Tras varias generaciones “nadie recordaba que habían vivido de forma diferente” y el tamaño de la población impediría de hecho volver atrás, a la vida de nuestros ancestros cazadores-recolectores que era una vida más plena y más respetuosa con el planeta, pues lo conservaron bien durante toda la prehistoria, lo cual es el 95% del tiempo que el Homo sapiens ha habitado la Tierra.

James C. Scott añade que el cultivo del trigo es responsable de la aparición de la opresión y la desigualdad, mientras que Jared Diamond también afirma que la agricultura ha sido «el peor error en la historia de la raza humana». Adelantándose unos años, nuestro autor afirma que “la era que se inicia con el calentamiento no tendrá, en absoluto, nada de ordenado”, sino que será caótica y dramática, para miles de millones de seres humanos.

¿Pesimismo o realismo?

También hay quién habla de «extinción humana a corto plazo», que algunos cifran en unos 10 años, aunque el autor piensa que la humanidad es bastante resiliente (lo cual no significa negar que muchos sufrirán y morirán sin remedio). Algunos aconsejan retirarse o construir refugios. «Retirarse» es visto como una postura moral para dejar de contribuir a la máquina de la destrucción, «porque la acción no siempre es más efectiva que la inacción» (Paul Kingsnorth). Ese retiro no sería algo novedoso: ha sido adoptado por multitud de ascetas a lo largo de la historia y también hoy en día.

Ansiedad y desesperanza son otras respuestas posibles ante el desastre ambiental. Sabemos que los horrores climáticos vendrán antes de 2050 si no hacemos nada y muchos se sienten impotentes y adoptan distintas posturas (econihilismo, apatía climática…).

A pesar de la cantidad ingente de procesos que aún no comprendemos, David Wallace-Wells plantea en su último capítulo la pregunta clave: “¿cuánto vamos a hacer para detener el desastre y con qué rapidez?”. A la evidencia de que no hay suficiente gente que asuma su responsabilidad, responde con la paradoja de Fermi, según la cual es raro que no encontremos vida inteligente en el universo a pesar de ser tan grande. Una respuesta posible podría ser el clima. Las civilizaciones nacen y mueren demasiado rápido como para que se encuentren entre sí. Es decir, la muerte de las civilizaciones (su insostenibilidad) podría ser algo inherente a todas ellas. Incluso podría haber habido civilizaciones industriales en nuestro planeta en épocas tan remotas que no hallamos podido encontrar restos.

Aunque es una explicación posible, el autor alega que no hay ninguna ley del universo por la que las civilizaciones sean kamikazes. En nuestro caso, “colectivamente, estamos hoy eligiendo destrozar el planeta”. No es una ley. Es una elección. “Hoy en día disponemos de todas las herramientas que necesitamos para evitarlo”, y sugiere: impuestos al carbono, acabar con la energía sucia, agricultura sostenible, eliminar carne y lácteos de la dieta global… De vital importancia es reducir el consumo sin trampas y acabar con la riqueza exagerada (no hace falta ser ascetas, pero no es sostenible tener un armario de ropa por persona, por poner un ejemplo). No podemos escoger el planeta en el que vivir, pero podemos “entrar en acción”.

♦ Otras lecturas que no deberías perderte:

Acerca de Pepe Galindo

Estamos en el mundo para aprender y ayudar y, si es posible, disfrutar. Es autor de libros como "Salvemos Nuestro Planeta", "El buscador de lo inefable" y "Relatos Ecoanimalistas"; ademas de publicar regularmente en dos blogs: 1) blogsostenible.wordpress.com y 2) historiasincontables.wordpress.com
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5 respuestas a Libro El planeta inhóspito, de David Wallace-Wells (resumen)

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