Del Ecologismo Radical al Eco-humanismo Virtuoso: El Lema es Denunciar

Decía María Zambrano que “todo extremismo destruye lo que afirma“. Gran verdad, demostrada en este tiempo por tanto extremismo (político, religioso, etc.). Pero el Amor, no es Amor si no es extremo. ¿Tiene sentido hablar de un ecologismo moderado, entendiendo ese ecologismo como Amor, Amor a la Naturaleza pero también Amor al hombre, porque el hombre es parte de Ella y porque, como dijo Araújo, “un verdadero humanista es un ecologista“?

Esta filósofa y ensayista española, Zambrano (1907-1991), como digna humanista y discípula de Ortega y Gasset (1883-1955) era una enamorada del Amor, crítica con la guerra y con los extremismos (como los que generan todas las guerras). Y seguramente, también Zambrano sustentaría las afirmaciones de Ortega y Gasset sobre el Amor, como por ejemplo cuando decía que: “Todo el enamoramiento tiende automáticamente hacia el frenesí“.

Por otra parte, el sentimiento ecologista nace de un auténtico Amor a la Naturaleza y sus contenidos, por un maravillarse de la vida, de sus múltiples formas, de sus ciclos y de sus evoluciones, de sus colores… y también, ¡claro!, de saber lo mucho que la necesitamos.
Y si el auténtico Amor no puede ser amor a medias, podemos concluir que el auténtico ecologismo ha de ser extremo, radical.

Buscar el punto virtuoso

Un típico proverbio latino dice que “en el punto medio está la virtud” (“in medio stat virtus“), una conclusión de Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”. Pero entre matar o no a una persona, lo virtuoso no es dejarla moribunda. Es decir, en ocasiones lo virtuoso, lo correcto, es ser radical.

El problema de un ecologismo virtuoso estriba en discernir adecuadamente dónde está ese dichoso “punto medio” o, mejor aún, dónde está el “punto virtuoso” (esté o no en el medio). Por ejemplo, es fácil que uno conozca los problemas sociales y medioambientales de viajar en coche, tales como contaminación de la atmósfera y por la minería del metal y del petróleo, calentamiento global (efecto invernadero), cambio climático, agotamiento de energía y de materias primas no renovables, lluvia ácida, enfermedades respiratorias, alergias, accidentes, pérdida y división de terrenos para carreteras o aparcamientos, pérdida de biodiversidad… y algunos problemas más. Y hasta es fácil reconocer que viajar en coche es un lujo porque sólo un pequeño porcentaje de la población mundial es la que puede viajar en coche. ¿Cuánto puede viajar en coche un virtuoso ecologista? Puede que la pregunta no tenga solución válida para todos, pero eso no invalida la pregunta, la cual está bien planteada y lo que plantea tiene sentido y utilidad, aunque más que cuánto importa más el para qué.

Preguntas del mismo tipo que la anterior hay muchas: ¿Cuánta carne puedo consumir sabiendo lo que contamina producir carne y el sufrimiento que provoca? ¿Cuánta energía puedo consumir sabiendo que se produce de forma poco respetuosa con nuestro medio ambiente? ¿Cuánta ropa puedo poseer sabiendo que esos bienes, como todos, han requerido energía y se han obtenido explotando la Naturaleza y posiblemente al hombre?

Encontrar respuestas es, en general, complicado. Más aún si tenemos en cuenta que esas respuestas no sólo afectan a nuestro modo de vida sino también al modo de vida de nuestros seres más queridos, nuestra familia cercana, que posiblemente no hayan decidido responder a tales preguntas o hayan respondido de otra forma. Por ejemplo, en el caso del uso del coche, decidir no montar jamás en coche es una postura radical, razonable (hay muchas razones para tomar esa decisión), pero sin duda eso podría generar problemas en nuestras relaciones cotidianas. Tal vez, la postura más virtuosa sea informar a los demás de nuestras razones e intentar convencerlos de que el coche no es realmente necesario para vivir, ni para pasarlo bien. Se puede usar el transporte colectivo, hacer viajes de placer más cortos… Lo más grave no es usar el coche, en sí mismo, sino usarlo desmedidamente, correr a grandes velocidades y, sobretodo, no demandar a nuestros gobernantes que dejen de construir carreteras (autopistas principalmente).
El coche es sólo una herramienta que puede usarse bien o mal. Se usa mal cuando habiendo alternativas (autobús, tren…) éstas no son utilizadas, cuando priorizamos nuestra comodidad o cuando no somos conscientes de que el coche es un lujo tremendo que, si bien concede unas posibilidades inimaginables hace pocos años o incluso hoy en ciertas partes de este desigual planeta, también es causa de grandes problemas sociales y medioambientales. Es un error grave no darse cuenta de la categoría de ese lujo, ni percibir el inmenso daño que está ocasionando la construcción de tantas autopistas y tantos coches. En 2005 se empezó a construir una carretera atravesando la selva amazónica, quitando terreno a los árboles y a tribus amazónicas brasileñas. El lince ibérico está amenazado por la separación de sus territorios y por los atropellos en las carreteras que atraviesan sus territorios. Son realidades, no opiniones.

Otro caso: Grupos ecologistas y gobernantes nos invitan a no derrochar agua (que en España es un bien escaso y en el resto del mundo… también). Para tal fin se proponen medidas como evitar los goteos, cerrar ligeramente la llave de paso principal para bajar la presión y otras similares, pero parece querer ocultarse que reducir el consumo de carne es una forma de ahorrar grandes cantidades de agua, porque los animales beben mucha agua a lo largo de su vida y a ello hay que sumar toda el agua empleada en regar su alimentación, limpieza y otros consumos. Se ha estimado que dejar de consumir 1 kg. de carne ahorra más de 1000 litros de agua y Diamond calculó que “por cada hectárea de tierra dedicada al consumo humano, se dedican 20 a la alimentación del ganado”. Si tenemos en cuenta además el sufrimiento animal, la contaminación y el gasto de tierra de tanta ganadería, la conclusión de reducir nuestro apetito por la carne es obvia. Quizás lo radical es hacerse vegetariano, pero también ahí hay niveles y se puede optar por comer carne una vez a la semana, por ejemplo.

En definitiva, lo que el movimiento ecologista no debería permitir es la perversión que supone centrarse en lo accesorio y olvidarse de lo esencial. Ir a la raíz de los problemas, profundizando al máximo, es la base del movimiento conocido como Ecología Profunda (Deep Ecology), fundado por el noruego Arne Naes en 1973, y criticado por algunos que ven intolerancia y fascismo ecológico. Pero lo extremista no es asumir o defender una forma de pensar o actuar, lo extremista es pretender imponer esa ideología y arrastrar a los que no la comparten, como si la verdad absoluta existiera y fuera patrimonio del que pretende imponerla. Lo correcto es, entonces, razonar primero e intentar convencer después, no imponer. Y si convencemos razonando, conseguiremos comportamientos más respetuosos y leyes ecológicas que sí pueden imponerse por la fuerza que otorga un estado de derecho.

Ecología y humanismo

Vemos entonces que un ecologismo responsable o virtuoso no se basa en radicalizarse en las típicas frases ecologistas o en aislarse del mundanal ruído. Eso puede ser un buen camino, y tal vez el mejor para ciertos casos, pero es incuestionable que hay vías mejores y más efectivas de embarcarse en una lucha constante contra las pautas que amenazan al hombre y a la Naturaleza de la que dependemos. Y no puede separarse la defensa del hombre de la defensa de la Naturaleza.

En muchos casos se plantea una elección entre preservar la Naturaleza o ayudar a la población, a las personas. Es una pregunta capciosa que nace de la ignorancia, del interés o de una simplificación exagerada e irreal. ¿Gente o Naturaleza? La respuesta es AMBAS, las dos cosas, porque no puede despreciarse la Naturaleza para que la Gente viva mejor, la Gente depende de la Naturaleza y, por desgracia, ésta ya sufre demasiados ataques. Si no podemos dar oportunidades a la Naturaleza y a la Gente, ¿cómo hemos llegado a esta situación?, ¿en qué estamos fallando?, porque lo obvio, lo evidente, es que en algo estamos fallando. No podemos cerrar los ojos mientras sabemos claramente que en algo estamos fallando.

Es por esto que el ecologismo es, DEBE SER, en realidad un eco-humanismo, porque defender la Naturaleza no es ponerla por delante de la Gente, sino que es defender la base de nuestro modo de vida: Absolutamente todo lo que usamos o comemos proviene de la Naturaleza.

Ecologismo de ricos y de pobres

En los países ricos, con esa estrechez mental que da lo que Peter Singer llamaba “riqueza absoluta“, algunos piensan que el ecologismo es cosa de ricos, con argumentos tan pobres como que sólo los ricos pueden comprar productos de agricultura ecológica. Afirmar eso es no darse cuenta que la agricultura industrial aporta productos más baratos, porque no paga NADA por los desastres medioambientales que comete y cuyos efectos sufren más los más pobres entre los pobres, es decir, los pobres de los países pobres. Entre esos efectos encontramos contaminación por insecticidas y abonos químicos de tierras y aguas, intoxicación por tales productos, alteración de los ciclos del agua, nitrógeno o carbono, reducción de las abejas y otros insectos beneficiosos, pérdida de bosques para cultivos… Es preciso ir a una agricultura algo industrial pero respetuosa con nuestro pequeño planeta. Si eso es imposible, volvemos a las preguntas de antes: ¿cómo hemos llegado a esta situación?, ¿en qué estamos fallando?, porque lo obvio, lo evidente, es que en algo estamos fallando.

Los países ricos mantienen su elevadísimo nivel de vida gracias a sus enormes importaciones: Petróleo, gas, minerales, alimentos, ropa y mil productos más se transportan desde los países pobres a los ricos. La Unión Europea por ejemplo, por cada 4 toneladas que importa, exporta sólo 1 tonelada, y gran parte de esa tonelada va a otros países ricos, dejando a los pobres aquellos residuos tóxicos o material sobrante cuyo tratamiento es peligroso y tratarlo correctamente es caro. Es un “comercio ecológicamente desigual” en palabras del catedrático de Economía de la Universidad Autónoma de Barcelona, J. Martínez Alier, en su libro “El ecologismo de los pobres“, en el que también se incluye la biopiratería.

En los desastres medioambientales, como en todos los desastres, los que se llevan la peor parte son los pobres. Son los más pobres los que ya están llevándose la peor parte de los efectos del cambio climático: sequías, inundaciones, subida del nivel de los océanos, muerte de los corales y sus ecosistemas, más huracanes y más violentos, etc. Hasta cuando un huracán llega al país más rico del mundo, como el huracán Katrina de 2005 que asoló gran parte de la costa Sur de Estados Unidos incluyendo Nueva Orleans, fueron los más pobres los que no pudieron ni huir, e incluso algunos achacaron a esa pobreza lo que tardó en llegar la ayuda.

Además, la riqueza tiene un efecto de alejamiento de la Naturaleza o de intentar desconectarse de ella. Es el efecto que se da en las ciudades respecto a la vida rural. Tal vez por eso los pobres están más capacitados para entender y respetar la Naturaleza. Muchos, de hecho, lo hacen con naturalidad, sin plantearse un ecologismo consciente. Por supuesto, no hablamos de pobreza extrema que, por sus devastadores efectos en la persona puede también tener devastadores efectos en el medio ambiente.

En algunos casos en los países en vías de desarrollo, son los pobres los que se oponen a la explotación salvaje de la Naturaleza, porque su forma de vida tradicional es humilde, pero más respetuosa con su medio y más “sostenible”. Veamos unos ejemplos:

  1. La defensa de los bosques de manglares tropicales, que dan comida a muchos pueblos y que se están perdiendo para construir piscinas de camarones o langostinos para exportarlos al mundo rico que los come sin preguntarse por su origen.
  2. En las selvas amazónicas hay comunidades que luchan contra la explotación de sus recursos. Contra carreteras que rompen su territorio, contra la explotación de su petróleo por parte de empresas petroleras del mundo rico que contaminan y no pagan, o contra multinacionales de la alimentación que les quitan tierras a los indígenas para plantar soja transgénica que luego venden al mundo rico.
  3. La construcción de una gran represa en el río Narmada (India) cuenta con la oposición de aquellos que perderán todo lo que tienen para subsistir: Unas 40 o 50.000 personas perderán sus tierras. Similares efectos se han dado y se dan en otros países. De ellos el más dramático es para China y su presa de las Tres Gargantas. La energía hidráulica no es ecológica y en ocasiones no es ni humanamente aceptable.
  4. En Botswana quieren expulsar a los bosquimanos de sus tierras para explotar el terreno, sin tener en cuenta que ellos y su cultura son ancestrales (la cultura más antigua viva según algunos).
  5. El economista De Jouvenel, denunciaba en 1976 que mientras unos padecen hambre crónica, “los buques de pesca más poderosos de los países avanzados (…) salen a la captura en sus aguas del pescado que necesitarían para la alimentación, y que va a parar a la alimentación de nuestro ganado“.

Como dice Martínez Alier, en estos conflictos se usan valores muy distintos que no pueden medirse ni compararse, ni siquiera mediante un análisis costo-beneficio o mediante un informe de impacto ambiental. Los poderes políticos y económicos suelen imponer su lenguaje económico devaluando el valor de los sentimientos de los menos poderosos.

A modo de conclusión: Denunciemos las injusticias

Resulta entonces ya evidente la gravedad de los problemas a los que nos enfrentamos nosotros, los humanos: europeos, asiáticos, economistas, agricultores, matemáticos, ancianos, ecologistas o consumistas. Es necesario reclamar un sentimiento de “responsabilidad” y de “respeto” que vayan más allá de lo “políticamente correcto” para llegar a un sentimiento que podríamos llamar como eco-humanismo virtuoso. No basta un humanismo de sólo lamentaciones, ni un ecologismo pervertido que se preocupa de reciclar una lata y no se preocupa por reducir su consumo bienes y energía, que se preocupa de la pérdida de bosques tropicales mientras todos los años compra ropa y calzado, que se preocupa por esa cosa que es el efecto invernadero pero no exige a sus políticos un cambio en las políticas energéticas… Ya no basta con hacer algo, sino que es mejor no hacer nada más que “denunciar” los abusos que se cometen y la falta de respeto hacia lo valioso. Denunciar no es sólo denunciar ante la policía, lo cual se puede hacer incluso anónimamente pero sólo cuando se infrinjan las leyes. Se puede también denunciar escribiendo cartas a nuestros políticos, a empresarios o a medios de comunicación. Quejémonos con nuestros amigos y digamos alto y claro que no queremos más carreteras, ni elitistas campos de golf, ni más centrales térmicas o nucleares… Si la democracia funcionara, esto debería funcionar.

También un eco-humanismo virtuoso debe tender hacia la ayuda sincera. Ayudar a los demás y a la Naturaleza, pero ayudar sin amargarse, porque esa ayuda debe nacer de la claridad de conciencia que da el saberse necesario y de la tranquilidad y felicidad que nace del hacer lo que uno cree que debe hacer. Este sentimiento no admite el sentimiento de culpa como motor. El motor es la información, la conciencia, el conocimiento de la realidad actual y la indignación que provoca saber que la actuación es quizás ahora más urgente que nunca si miramos las cifras de aquellos que viven por debajo del umbral de la pobreza. La cuestión no es saber si somos o no culpables de parte de esa pobreza extrema. La cuestión es saber reconocer que podemos ser parte de la solución. Hay que vivir con los ojos abiertos y el corazón expectante, saber reconocer cuando podemos ayudar y cuando debemos denunciar. En muchos casos denunciar es la mejor ayuda, porque evita que haga falta ayudar más. O sea, hay que preocuparse más de no gastar una lata que de reciclarla, pero es mejor denunciar el consumo exagerado de latas. Y todo esto por la felicidad que reporta, ya que si no es así, es que algo está fallando y debemos revisar los engranajes del sistema para ser conscientes de nuestros propios y auténticos sentimientos: buscarlos, hallarlos, sustentarlos… Es un proceso sin fin que algunos llaman filosofar pero que es, quizás, sencillamente vivir.

Resumiendo un poco, las claves de este eco-humanismo virtuoso podemos enumerarlas en los siguientes sentimientos que, por supuesto, habría que practicarlos para mejorarlos y reforzarlos en un proceso eterno:

  1. Reconocer que la situación actual mundial tiene graves problemas humanos y ambientales: Hay pobreza y contaminación extremas, hay discriminación y analfabetismo, consumismo y pérdida de biodiversidad extremas, hay demasiados trabajadores infantiles y demasiados coches…
  2. Intentar llegar y razonar a las últimas causas de los problemas (como dice la Ecología Profunda).
  3. Reconocer nuestra responsabilidad y nuestros defectos con humildad, lo cual nos obliga a no sentirnos mejores porque consumimos menos recursos que nadie. Por encima de las cantidades están las motivaciones que quizás desconocemos total o parcialmente.
  4. Ayudar al prójimo y a la Naturaleza, pero sin amargarse y sin sentimientos de culpa. La ayuda se prestará mientras nos reporte felicidad y porque sabemos que hace falta, no porque nos sentimos culpables. En este punto el voluntariado o la colaboración en ONGs puede servir de ayuda: Ayudar lo que sintamos que debemos ayudar.
  5. Vivir con los ojos abiertos y el corazón expectante, saber reconocer cuando podemos ayudar y cuando debemos denunciar, lo cual suele ser la mejor ayuda.

Estos sentimientos se pueden resumir en una palabra que ya ha aparecido antes: Amor, Amor extremo pero razonado (tiene ello que ser posible). Así, tal vez entonces, el Amor es la excepción a la norma de Zambrano con la que empezamos más arriba.

Referencias bibliográficas/electrónicas, y otros EcoArtículos.

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