Libro Ética del rewilding, de Cristian Moyano @_CristianMoyano (resumen), Ed. @plazayvaldes

Renaturalizar o recuperar lo salvaje es una de las soluciones a la crisis climática y ambiental. Por eso, han surgido diversas modalidades de rewilding que plantean distintos modelos y distintos conflictos éticos. Es necesario reflexionar sobre todo esto antes de actuar. En este libro de Cristian Moyano (Plaza y Valdés, 2022) se explican esas modalidades y se trata de responder a muchas preguntas.

El objetivo del rewilding es dar protagonismo a la naturaleza; permitir que la naturaleza se gobierne; y «recuperar las funcionalidades, la salud y la integridad de la biota y de los ecosistemas». Sin embargo, no es un proceso evidente y hay distintas tendencias. En una, se persigue reducir la interferencia humana en los territorios elegidos para rewilding y dejar que el futuro lo decida la naturaleza, aunque no coincida con el deseable por unos cuantos humanos. En esta metodología, el ser humano puede actuar para incrementar la biodiversidad, pero el objetivo es actuar cada vez menos.

Otra forma de rewilding trata de retornar el territorio a un estado anterior, incluso tratando de reintroducir especies que ya no están presentes o especies similares, con el objetivo bienintencionado de mejorar los procesos naturales. Como respuesta hay quiénes defienden la necesidad de reconocer que la naturaleza es cambiante y que, por tanto, no hay necesidad de volver a un estado anterior, sino de minimizar la intervención humana.

Que el rewilding es urgente lo demuestran multitud de datos. Por ejemplo: los humanos, el ganado y las mascotas formamos el 96% del peso de todos los mamíferos. Solo un 4% lo forman mamíferos salvajes. «La especie humana ha provocado la desaparición del 83% de los mamíferos silvestres (…) y ha destruido la mitad de las plantas». Algunos piden proteger un mínimo del 50% de las tierras y mares del planeta.

Cualquier actuación de rewilding planteará debates concretos que requerirán una reflexión particular, pues según Moyano, no existen normas o principios generales para todos los casos aunque, por supuesto, pueden estudiarse patrones que faciliten la toma de decisiones. Entre los pocos desacuerdos entre ética ambiental y animal encontramos el debate de si debemos ayudar a un animal salvaje herido; o si es ético sacrificar animales para supuestamente preservar el equilibrio de un ecosistema (es el caso, por ejemplo, de especies calificadas como invasoras). Son debates interesantes, pero pequeños ante el grave problema al que nos enfrentamos. Como afirma el autor, «retos como el cambio climático acelerado o la pérdida de biodiversidad y prácticas injustas como la ganadería industrial o la contaminación humana, pueden permitir una reconciliación entre ambos movimientos».

Para estudiar nuestro vínculo con la naturaleza, al principio del libro, Moyano analiza distintas corrientes filosóficas, empezando por la escuela pitagórica (que predicaba la compasión hacia todos los seres vivos y prohibieron el consumo de carne). También analiza las obras de Platón, Ovidio, Aristóteles, Epicuro, Descartes, Spinoza, Kant, utilitaristas como John Stuart Mill o Peter Singer, románticos como Hegel o Schelling, y más recientemente Thoreau, John Muir o Ralph Waldo Emerson. Otros filósofos analizados son, por ejemplo, Adorno, Hans Jonas y Arne Næss. Este último es el fundador de la ecología profunda que mezcla distintas ideas occidentales con filosofías orientales.

Es importante destacar que Moyano valora positivamente la filosofía de las capacidades elaborada por el economista Amartya Sen y la filósofa Martha Nussbaum (especialmente si se aplica de manera no antropocéntrica). Para estos autores, el bienestar es subjetivo y depende del contexto, por lo que no puede medirse con medidas tan simplistas como el PIB. Aplicado al rewilding, no se trataría de «recuperar y gestionar de manera constante y antropogénica un ecosistema, seleccionando paternal y caprichosamente qué funcionalidades son aquellas que se desean reproducir, sino que lo importante es dejar que el ecosistema mismo se autorregenere y se autorregule». Es decir, podemos tener claro qué nos gustaría conseguir, pero el rewilding marca el cómo actuar, imperando «la premisa de que la naturaleza sabe bien (habitualmente mejor que nosotros) lo que hace». Debemos aceptar que los individuos no humanos tienen capacidad de decisión y, aunque sus prioridades no coincidan con las nuestras o aunque no podamos entenderlos, merecen nuestro respeto y aceptación. Además, todos los seres capaces de experimentar la vida tienen un valor intrínseco, más allá del instrumental.

Las plantas, los hongos, los microorganismos o los ecosistemas evolucionan sin capacidades racionales (como la conciencia o la imaginación) y sin algunas capacidades sensitivas (vista, gusto…). Tampoco tienen un sistema nervioso que les permita sentir dolor. Pero todo esto no debería ser un obstáculo para emprender un rewilding.

Rewilding holocénico

Un libro muy interesante sobre rewilding y mucho más. Reseña de Filosofía ante la crisis ecológica, de Marta Tafalla.Resumiendo, este tipo de rewilding pretende volver a un tiempo cercano, trayendo de vuelta o aumentando el número de especies que en el Holoceno florecían de forma equilibrada en espacios degradados por el humano (en el Antropoceno).

Aquí surge el problema de escoger adecuadamente las especies que se deben fomentar (o salvar). Para esto surge el concepto de «especies clave» que son aquellas que tienen un elevado valor utilitarista. Es decir, son útiles por su forma de influir en el ecosistema. Hay ejemplos bien conocidos, aunque a menudo solo se percibe la importancia de estas especies cuando desaparecen.

El libro explica algunas de las especies clave mejor conocidas. Por ejemplo, el lobo gris desapareció de Yellowstone (EEUU) y la superpoblación de herbívoros condujo a una pérdida sustancial de bosques. Cuando en 1995 se reintrodujo, aumentaron los álamos y mejoró la vegetación y la biodiversidad. Otro ejemplo son las ballenas, que fertilizan el mar con sus heces, mejorando el plancton que es la base de la cadena alimenticia en los océanos. Por su parte, la nutria marina favorece la creación de bosques de algas laminarias, los cuales son fundamentales para multitud de otras especies. Ello se debe a que las nutrias comen erizos, los cuales a su vez devoran las laminarias. En la península Ibérica, el conejo europeo es clave porque es alimento de multitud de otras especies: linces, águilas, zorros, lobos… También se explican en el libro el oso grizzly de Canadá y el castor europeo. Por supuesto, puede haber especies clave invertebradas: la procesionaria del pino, lombrices de tierra, escarabajos peloteros… e incluso hongos. Todos ellos ayudan a devolver nutrientes al suelo, entre otros servicios ecosistémicos.

Podría darse el caso de tener que elegir entre favorecer una especie clave o una especie en peligro de extinción. Por desgracia, en muchos ecosistemas suelen coincidir. Otro dilema ético podría darse si para introducir o favorecer algunas especies fuera necesario algún sufrimiento individual, por ejemplo como la separación de manadas, reducir competidores tróficos de las especies a proteger, o favorecer ciertos animales que sirvan de alimento (caso de los conejos para el lince ibérico).

En el fondo, es una instrumentalización de los animales, porque no se busca su bienestar individual, sino recuperar ciertos ecosistemas. Y además, a veces sale mal porque no se tienen en cuenta todos los factores. Por ejemplo, la reintroducción de osos en los Pirineos ha tropezado con los cazadores, y la reintroducción de buitres falla allí donde se alimenten de ganado con diclofenaco, un fármaco antiinflamatorio. De hecho, se ha demostrado que el ganado está tan medicado que hasta sus excrementos son tóxicos para recicladores, como los escarabajos peloteros.

Aunque los conceptos de especie invasora y plaga son imposibles de definir de forma matemática, lo que es evidente es que no toda especie exótica o alóctona es invasora. Como explica el autor, «una misma especie ocasiona diferentes efectos según el entorno y el momento en el que habitan». A veces, se tiene una visión muy corta. Por ejemplo, el elefante vivió en Europa hace algunos milenios. ¿Sería una especie exótica si se introdujera hoy? También hay quién considera plagas a algunas especies autóctonas que molestan a algunos humanos. Por ejemplo, a veces el jabalí se considera plaga porque se introduce en núcleos urbanos, sin tener en cuenta que la causa son los cambios ambientales realizados por los humanos, básicamente eliminar sus especies depredadoras (como el lobo) y la expansión de las ciudades sin límite. Sobre este tema, recomendamos el documental Somos plaga.

Cristian Moyano estudia también los dilemas éticos de si permitir las hibridaciones y de si ayudar a un animal salvaje que esté sufriendo. Con respecto al segundo dilema, podría cometerse el error de sentirnos superiores, salvadores, y con la falsa convicción de que sabemos mejor que la naturaleza lo que hay que hacer. Por otra parte, deberíamos pensar si estamos preparados para ver mortalidades masivas de animales salvajes, sin que intervengamos. En todo caso, debemos reconocer que ayudar a un animal salvaje podría causar indirectamente un sufrimiento mayor o limitar las oportunidades de sus descendientes o de otras especies. Para ayudar a esta decisión, Moyano propone pensar en tres condicionalidades: quiénes se beneficiarán de ese sufrimiento; cómo se ha ocasionado el problema; y cómo nos llega a nosotros. Por último, el autor también añade que «si se llevan a cabo constantes intervenciones sobre la naturaleza podría perderse ese significado que es propio del rewilding de dejar que la naturaleza siga su curso y se autogestione».

Rewilding pleistocénico

El objetivo de este tipo de rewilding es volver a un tiempo geológico muy antiguo y recuperar la megafauna extinta que dominaba la biosfera hasta hace unos doce mil años: mamuts, tigres dientes de sable, mastodontes, etc. Esto plantea serios problemas técnicos y éticos. Por una parte, no está claro si algunas de esas especies desaparecieron principalmente por causas climáticas o por la caza, lo cual influiría en la decisión sobre qué especies revivir. Por otra parte, aún no existen tecnologías de ingeniería genética que permitan reconstruir especies extintas, aunque hay avances significativos (como el CRISPR). Por eso, a veces se plantea utilizar especies similares de la actualidad. Esta última opción (rewilding pleistocénico débil) plantea casi los mismos debates éticos. Por ejemplo, muchas personas no querrán vivir cerca de animales que consideran peligrosos. También se argumenta que ello supone una fuerte instrumentalización de los animales. Es evidente que se contradice la propia esencia del rewilding, porque supondría ejercer una tarea muy compleja de reintroducción de especies y de su control. Es especialmente grave en el caso de utilizar ingeniería genética, porque son tecnologías muy costosas en dinero y energía; y generan un tecno-optimismo que es —al menos en gran parte— culpable de la crisis ambiental. El libro también debate otros aspectos, tales como la posibilidad de que los nuevos animales contraigan y propaguen enfermedades.

Rewilding pasivo

Es quizás el rewilding más auténtico. Propone permitir que la naturaleza siga su curso desde el principio, sin acciones directas por parte del ser humano. Moyano clasifica este tipo en dos clases, voluntario e involuntario, y cita varios ejemplos. Entre los casos de rewilding involuntario destaca el área de exclusión de Chernóbil (Ucrania), tras el accidente nuclear. También hay regiones en las que el declive del pastoreo o la emigración ha conllevado el abandono de tierras. La llamada España vaciada es, de hecho, una oportunidad para devolver espacio a la naturaleza, pues, como decía Marta Tafalla, la España vaciada está llena de biodiversidad. En este sentido, la PAC de la UE puede influir mucho, tanto positiva como negativamente.

¿Qué ventajas puede tener el rewilding? Según Moyano, normalmente mejora la cobertura vegetal, lo cual reduce la erosión y favorece la conservación del suelo. También aumenta la calidad del agua, reduce el riesgo de inundaciones y se incrementa el secuestro de carbono. La agricultura, y sobre todo la ganadería, son grandes fuentes de emisiones de CO2, por lo que reducir estas actividades es positivo para la acción climática y, además, suele aumentar la biodiversidad (al menos en algunos taxones). A veces, se alega como inconveniente que los bosques no gestionados son más difíciles de apagar en caso de incendio forestal. No obstante, hay que tener en cuenta que más del 90% de los incendios son provocados por el ser humano, por lo que sacar al humano de ciertos territorios reduce enormemente el riesgo de incendio.

El autor cuenta en el libro el caso de un área dejada para rewilding pasivo en Escocia, que ha generado deforestación por culpa de una superpoblación de ciervos rojos, debida a la ausencia de sus depredadores naturales. Moyano lo deja muy claro: «difícilmente podrá entenderse como rewilding pasivo una gestión que pase por cazar ciervos» y se muestra más partidario de métodos menos invasivos, como las técnicas contraconceptivas o vallados que mantengan a los herbívoros fuera de ciertos territorios. La caza es algo totalmente opuesto a la filosofía del rewilding.

Por otra parte, Moyano insiste que ante la duda es mejor abstenerse de actuar, y que «un rewilding pasivo no siempre conduce a buenos resultados para los ecosistemas». Obviamente, se refiere a corto plazo, porque… ¿quién puede saber el resultado a muy largo plazo?

Rewilding urbano y salud

El rewilding también debe dirigirse hacia regiones urbanizadas y hacia especies menos salvajes, como los llamados animales liminales (animales no domesticados, pero tampoco plenamente salvajes, como algunos jabalíes). Como ya se ha dicho, se debe examinar cada caso de forma individual, porque según el autor puede haber situaciones en las que haya que mantener a ciertos animales alejados de las ciudades, pero de manera general no hay argumentos para hacerlo. Un ejemplo que plantea vivos debates es el caso de las colonias de gatos asalvajados. En este caso, las posturas extremas son descartadas totalmente: ni se deben matar los gatos, ni se deben dejar sin control. Por eso, los grupos animalistas defienden el método CER (Captura, Esterilización y Retorno). También se proponen soluciones para evitar la pérdida en biodiversidad que provocan los gatos, tales como prohibir la venta de cachorros, multar a los propietarios de gatos no esterilizados que salgan de casa sin correa, y también —para reducir las capturas de estos felinos—, ponerles un cascabel (o collares especiales).

Un caso exitoso es la renaturalización del río Manzanares en Madrid. Y siguiendo su ejemplo se ha propuesto hacer lo mismo en otros ríos, como el Guadalmedina en Málaga. Los ríos sirven de corredores ecológicos y los beneficios de renaturalizarlos en las ciudades no solo afectan localmente.

Cristian Moyano no es ajeno a algunos problemas que pueden darse cuando se renaturaliza un territorio urbano. Uno de ellos es la gentrificación verde, por la que los precios de alquiler y venta de un barrio suben al mejorar su calidad de vida. Entonces, las personas más vulnerables pasan apuros o se tienen que ir a otras zonas, normalmente menos saludables. Por otra parte, el rewilding urbano puede generar (en parte del vecindario) sensación de abandono y de menor seguridad.

No obstante, se ha demostrado que los espacios verdes mejoran la salud humana. Por ejemplo, la exposición a zonas verdes urbanas aumenta la diversidad microbiana de la piel y la nariz, mientras que la reducción de la exposición a la microbiota parece ser causa de diversas enfermedades. Al fin y al cabo, el ser humano no podría vivir sin esos microorganismos, y por eso, Lynn Margulis acuñó el término de holobionte para designar un ser hospedador y sus microorganismos asociados. Se ha estudiado que limpiar mucho los hogares aumenta las alergias, especialmente en niños.

También hay datos que muestran que la ausencia de zonas verdes y la contaminación causan enfermedades como cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares, estrés, depresión, etc. Richard Louv hablaba del trastorno por déficit de naturaleza. Para que los beneficios sean mayores, las zonas verdes no deben ser al estilo de jardines franceses bien cuidados y gestionados. La naturaleza no es tan ordenada y gestiona de forma mucho más eficiente.

Moyano es consciente de los graves daños ambientales que producen las ciudades y por eso no solo propone un rewilding urbano donde sea posible, sino que propone una reducción del consumo energético y un decrecimiento. También critica las vías de comunicación por su alto impacto ambiental, por sus atropellos de fauna y por fragmentar ecosistemas. Por eso, propone pasos para fauna allí donde deban conectarse poblaciones no humanas; y que sean costeadas por la propia industria del transporte.

Influencia en la alimentación, el turismo o la salud

A veces se argumenta en contra del rewilding con argumentos sesgados. Por ejemplo, se dice que renaturalizar campos de cultivo reduciría la producción de alimentos, y Moyano contraargumenta alegando que es un punto de vista netamente antropocéntrico y, además, explica por qué «rewilding o alimentación es, al menos hoy por hoy y a escala global un falso dilema». Un ejemplo claro es cómo se están dedicando cultivos alimenticios para producir biocombustibles (que propiamente deberían llamarse agrocombustibles). A nivel mundial no hay falta de alimentos pues, como decían Nebel y Wrigth, «la causa fundamental del hambre es la pobreza», porque «los alimentos (…) fluyen en la dirección de la demanda, no de las necesidades nutricionales». Por tanto, lo que hay es una mala gestión alimentaria. Moyano, por ejemplo, se queja de lo poco que se aprovechan algunos vegetales que crecen espontáneamente y que tienen beneficios nutricionales (como las plantas multifuncionales).

Podría usarse el rewilding como excusa o compensación para devastar otros lugares, pero Moyano es muy tajante: «¿Cómo vamos a tener la decencia moral de argumentar que actuamos éticamente al dejar más espacios salvajes si para ello tenemos que devastar otros espacios?». Por tanto, no puede usarse el rewilding como contraprestación por una macrogranja, por ejemplo. Entre otros argumentos, el autor sostiene que «la producción de alimentos debería ser local y sin que se exporten los impactos a terceros países» (caso de la soja para el ganado que deforesta Sudamérica, por ejemplo). Aunque la carne viaje muchos kilómetros, el país productor es el que se queda la contaminación (como es el caso del estiércol de las macrogranjas). Es preciso, como también decía Georgescu-Roegen, transitar hacia una produción de alimentos «de un modo más armónico» (permacultura…) y sin usar caras tecnologías (carne cultivada en laboratorio, cultivos hidropónicos…).

Otros temas analizados son:

  • El ecoturismo y cómo los que más contaminan (personas de clase alta o viajando en avión, por ejemplo) son a veces los más interesados en disfrutar de la naturaleza.
  • Problemas de convivencia entre depredadores salvajes y ganadería (como el caso del lobo en España).
  • Cómo los espacios salvajes o renaturalizados ayudan a prevenir pandemias zoonóticas. El libro expone distintos ejemplos de cómo la fauna salvaje ayuda a que no se propaguen enfermedades (como el coronavirus de la COVID-19).

Rewilding interno

«El rewilding no es un proceso exclusivamente biológico, sino también cultural», porque «la cultura incide sobre el trato a los animales» y al entorno. El autor señala que hay familias que tienen conejos, pájaros o peces casi como miembros de su familia, pero no por ello dejan de comer carne de conejo, de ave o pescado. Todo se debe a un condicionamiento cultural. Hay poblaciones indígenas que cazan para sobrevivir y, a la vez, se lamentan por el animal que han dado muerte.

Por eso, el autor explica que antes de aplicar el rewilding a un territorio concreto, se debe estudiar qué significados y símbolos proyecta en la gente de la zona y de las inmediaciones. «No se puede prohibir que se sienta pánico o aversión ante una cierta especie y obligar a sentir simpatía o compasión. No obstante, lo que sí puede hacerse es educar en unos nuevos valores que impliquen progresivamente una mirada diferente hacia lo salvaje«. Para ello, el autor explica varios factores en los que se debería incidir, tales como el decrecimiento (en lo que también incidió Marta Tafalla), humildad, solidaridad («ser solidarios más allá de nuestra propia especie») o esperanza, para confiar en que la situación puede mejorar y que podremos «colapsar mejor».

En definitiva, el autor sostiene la necesidad de «ecoalfabetizar«, proceso que podría ir más allá de una buena educación ambiental, para llegar a sentir la naturaleza, vivirla internamente. Para ello, algunos se han ido a contactar con la naturaleza un día o varios (al estilo de las estrellas verdes publicadas en los Relatos Ecoanimalistas). Moyano critica los zoológicos como herramientas de investigación, conservación o educación (como también defendió Laurel Braitman). Para conocer la naturaleza real no sirve encerrarla; y por eso hay que ir a verla en vivo a sitios cercanos. Los viajes largos —especialmente en avión— provocan demasiado impacto ambiental, contribuyen a la crisis climática y eso afecta también a las especies y ecosistemas que queremos conservar y admirar. Por eso, el autor critica el turismo sin conciencia. Y sugiere herramientas como documentales y películas, libros, charlas, fotografías… o la idea de ZOOXXI para disfrutar de la naturaleza sin encerrar animales.

Rewilding, ¿cómo y para qué?

Se puede colaborar con el rewilding de muchas formas: económicamente, divulgando y proponiendo proyectos… y también modificando nuestros hábitos cotidianos que vayan en contra de la filosofía de renaturalizar. El autor comenta que, acciones cotidianas favorecen o entorpecen la conservación de la naturaleza. Y subraya acciones como reducir el consumo de carne (o ser veganos totalmente), evitar los pesticidas, comprar productos locales, respetar las plantas ruderales, proveer de comederos y bebederos para la fauna urbana, crear huertos y bosques urbanos, etc. En definitiva, acciones como las de la Cadena Verde son sencillas de hacer, a la vez que mejoran y facilitan cualquier acción ecológica. Como dice Moyano, hay insectos que viven muy poco tiempo, por lo que permitirles vivir como vecinos (en nuestro balcón o jardín, por ejemplo) puede marcar la diferencia entre vivir o no tener donde vivir.

Es posible que el rewilding mejore nuestro bienestar, nuestra salud, nuestra felicidad, nuestro medioambiente… pero «hay que trascender ese interés personal y tomar responsabilidades (…) de justicia social, de justicia interespecies y de justicia ecológica». Es decir, mirar menos por nosotros y más por todo lo demás.

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¿Quién contamina más en Andalucía? Por @isostenibilidad y @blogsostenible

La cementera de Málaga es un foco de contaminación intolerable pegado al nucleo urbano de la ciudad.Los datos de este verano de 2022 han sido aterradores respecto a la crisis climática: récords de temperaturas, olas de calor, sequía (de la que todavía no se ha salido), máximo de noches tórridas, etc. Por ello, la sociedad busca respuestas. Por una parte, quiénes son los que mayores responsables (los que más emiten en España y en Andalucía). Por otra, como vamos a adaptarnos a esta realidad que será cada vez más frecuente. La solución más urgente es la descarbonización. Esto implica reducir las emisiones en todos los sectores: empresas, administraciones, hogares, transporte

Por ello, el Observatorio de la Sostenibilidad y BlogSOStenible han recopilado y analizado los datos sobre las empresas más contaminantes respecto al cambio climático en Andalucía, es decir, las que más CO2 están emitiendo en la comunidad. Por supuesto, no solo contaminan Andalucía, sino que sus daños afectan a todo el planeta y a toda la biosfera. El objetivo de detallar y publicar las emisiones de estas empresas es doble. Por una parte, incitar a estas empresas a bajar sus emisiones y, por otra, hacer que los consumidores piensen a quiénes apoyan con su dinero.

En la tabla adjunta se pueden apreciar las toneladas de CO2 que emiten estas empresas (toneladas de CO2 equivalente verificados por las empresas del mercado de CO2). Las emisiones reales de estas empresas son en realidad mucho mayores, ya que aquí solo se incluye un proxy a las emisiones de alcance 1 (directas) y no las de alcance 2 y 3 (indirectas). Las empresas pagan por estas emisiones según el mercado de CO2, pero ese precio es insignificante, porque no pagan por sus efectos reales sobre la salud de la población, sobre el estado de los ecosistemas (fauna y flora), sobre los sectores productivos, o sobre el clima y todos los fenómenos meteorológicos extremos que conlleva.

Los grandes emisores (bigpolluters) tienen mayor responsabilidad en el cambio climático que las pequeñas y medianas empresas o que el conjunto de los ciudadanos. En España, solo diez empresas son responsables del 18% del total de las emisiones. Las primeras treinta son responsables del 25% de las emisiones del país del año 2021. Por ello, para reducir las emisiones del país es crucial cambiar los procesos productivos en estas empresas y descarbonizarlas. Estas empresas, además, suelen acumular una serie de beneficios empresariales que se podrían dedicar a estos procesos de descarbonización en beneficio de todos.

Algunas conclusiones del informe Descarbonización en Andalucía 2022

  1. Cepsa es la empresa que más CO2 emite (o más contaminante respecto al cambio climático en Andalucía), y además, está aumentando sus emisiones. La compañía petrolera no parece tener interés en reducir sus emisiones, dado que a pesar de los altos precios sigue saliendo barato contaminar (el precio por tonelada aumentó en 2021 y 2022 acercándose a los 100 euros, pero luego se ha desplomado).
  2. Naturgy es la empresa que más sube su contaminación y se sitúa la segunda de Andalucía. También es la quinta empresa más contaminante de España.
  3. Repsol, la tercera empresa más contaminante, es la segunda empresa que más baja su contaminación. No obstante, estas tres primeras empresas emiten el 50% de todas las emisiones industriales de Andalucía, y eso es absolutamente una barbaridad bajo el Acuerdo de París. Por otra parte, Repsol es la empresa más contaminante de España, con bastante diferencia respecto a la segunda, Endesa. Si se analizan las emisiones globales de la compañía, la diferencia de esta empresa respecto a la siguiente es de 7 millones de toneladas.
  4. Las cementeras se llevan buena parte del pastel de la contaminación. Al ser varias, su efecto queda dividido, especialmente entre Cementos Cosmos, LafargeHolcim y Sociedad Financiera y Minera. Hay que decir que esta última aglutina empresas como HeidelbergCement o Cementos Rezola, propietaria de la cementera de Málaga, industria que la ciudadanía malagueña quiere cerrar o trasladar, por su altísima peligrosidad. Estas empresas también están entre los mayores contaminadores de España. El sector del cemento contamina aún más que la aviación, y también más que el sector del acero+hierro. LafargeHolcim está entre las diez empresas más contaminantes de España aunque, en Andalucía, es la empresa que más reduce su contaminación.
  5. FCC es una empresa constructora que también aumenta su contribución a la crisis climática. Esta compañía fue multada por corrupción por conseguir contratos ilegalmente (2022).
  6. Fertiberia reduce sus emisiones, tal vez por la crisis energética que está golpeando fuerte a los fertilizantes químicos. Esta empresa es bien conocida en Huelva por sus fosfoyesos contaminantes y por las puertas giratorias de la exministra Tejerina (PP).
  7. Endesa era hasta hace pocos años la empresa más contaminante de España, pero ha reducido sus emisiones tras cerrar sus centrales de carbón. Ahora está en segundo lugar, tras Repsol. Sin embargo, en Andalucía sus emisiones aumentan.
  8. Acerinox es otra empresa del IBEX-35, lo cual casi es garantía de conflictos éticos. En Andalucía, se aprecia una fuerte subida de su contaminación, situando este incremento en segunda posición (tras la citada Naturgy).

Reducir la contaminación es una forma de frenar la crisis climática y sus inquietantes consecuencias, pero también es un mecanismo necesario para ganar en salud, ahorrar millones en gastos sanitarios e intentar salvaguardar tanto los ecosistemas como los sectores productivos.

Estos datos demuestran que para algunas empresas sigue siendo rentable contaminar, y que todavía no están en una fase de descarbonización, algo necesario para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París. Sus decisiones contra el medioambiente todavía no tienen castigo ni por parte de las autoridades, ni por parte de los mercados, ni por parte de sus clientes, ni tampoco de la población en general.

Observatorio de la Sostenibilidad y BlogSOStenible

♦ Para saber más:

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Este otoño las protestas ecológicas suben la temperatura en Europa

Por Juan Villanueva, editor de The Green Bee

Este verano hemos tenido (mucho) calor, incendios forestales y eventos de sequía.

Los límites del planeta están cruzando fronteras de no retorno; y sufrimos el cambio antropogénico del clima. Por ello, una red Internacional de activistas está haciendo campaña. En esa red hay una decena de grupos de países de Europa y América del Norte, con Reino Unido y Alemania como los más activos. A algunos les están levantando ampollas. Tengo que resaltar que en España todavía no se ha suscrito ningún grupo.

Indigo Rumbelow de Just Stop Oil (Reino Unido) me dijo que entiende el estrés que causan sus acciones, pero ella se agarra a su única petición: “Solo demandamos que el gobierno británico (o puedes poner el gobierno que quieras) pare inmediatamente todas las licencias para la exploración, desarrollo y producción de combustibles fósiles”. “La evidencia científica es inequívoca, el cambio climático es una amenaza para el ser humano y el planeta. Con cada retraso en la acción global perdemos impulso y la ventana para asegurar un futuro seguro se cierra”.

Just Stop Oil son los herederos de otros activistas que abanderaron la acción no-violenta. Exctinction Rebellion hacía tres demandas: declarar la emergencia climática, exigir asambleas ciudadanas, y decir la verdad; excepto la última, las otras dos se han conseguido parcialmente. Para ello, ocuparon plazas, bloquearon carreteras y tiraron (un poco) de pintura.

Las nuevas generaciones quieren seguir causando alteraciones y molestando. Se han lanzado a la pista de Fórmula 1 en Silverstone, Inglaterra (de lo que se habló poco, quizás porque ganó Carlos Sainz), se han atado a la portería del Bayer de Munich y se pegan con superglue a los marcos de los cuadros en los museos, como en La última cena, de Londres.

El mes pasado quisieron forzar el cierre de la carretera que lleva a la refinería más grande de Reino Unido. Ahí hicieron una campaña con varios frentes. Por un lado cavaron dos túneles bajo la carretera, para obligar a su cierre por peligro de desmoronamiento. Un portavoz dijo en redes sociales: “Hemos estado cavando ahí durante días y días, y se lo hemos dicho a la policía y al ayuntamiento. Hemos hecho todo lo que hemos podido para que cierren la carretera por motivos de seguridad”. Y continua: “Pero nos han respondido que es más importante que el combustible siga fluyendo, aunque los camioneros de esos vehículos pesados puedan morir”.

También hicieron (un poco) de vandalismo contra los surtidores de una gasolinera cercana.

El Clima hace aguas

De acuerdo al consenso científico, la clave de la actual crisis climática está en la atmósfera, a la que no paramos de bombear gases de efecto invernadero. En 1900 tenía 295 Partes Por Millón (ppm) de CO2, el gas referente en estas mediciones, aunque no es el único. Cuando yo nací ya había 353 ppm (por si queréis saber mi edad), y 418 ppm en julio de 2022, última medida de la Administración Nacional de Océanos y Atmósferas de Estados Unidos (NOAA, por sus siglas en inglés; ver gráfico).

Por hacer un símil, cuando llenamos la bañera para darnos un baño calentito y relajante, y nos pasamos de agua, lo primero que hacemos es cerrar el grifo. Luego quitaremos el tapón y vaciaremos lo suficiente como para poder bañarnos cómodamente. Con la atmósfera deberíamos hacer lo mismo, pero parece que el grifo de los gases no se cierra. Según burbujas de aire almacenadas en el hielo, sabemos que hasta la Revolución Industrial y desde la última era glaciar, nunca hubo más de 300 ppm de dioxido de carbono; en 2021 tuvimos una media de 417 ppm. La bañera hace aguas por todos lados.

Según datos de la OCDE, seguimos extrayendo y quemando combustibles fósiles. El gasto mundial en ayudas a la extracción y quema de combustibles fósiles se dobló en 2021 con respecto al 2020 (COVID mediante) en las 51 economías más desarrolladas, y casi las únicas con capacidad de producción (extracción, refinamiento, distribución…).

Una encuesta de YouGov (el INE inglés) de marzo, con Just Stop Oil recién nacido, reveló un incremento en el apoyo popular a la acción climática, aunque no necesariamente con las formas de Just Stop Oil. El Dr. Ben Kenward, catedrático Psicología en la Universidad de Oxford Brookes, que ayudó en la encuesta, no se muestra tan seguro. “No sabemos qué causó el incremento en este periodo, pero el hecho es que un 63% de los encuestados había escuchado acerca del grupo Just Stop Oil, y eso puede ser un factor, y parece que las protestas no han sido contraproducentes provocando una reacción negativa en el público”.

Eso sí, hay que recordar que esa encuesta fue hecha antes de verano, y desde entonces han hecho varias acciones extremas. De hecho, los comentarios en las redes sociales solo alientan la polarización de opiniones.

¿Y esa desobediencia civil en España?

A pesar de que todos los días los periódicos publican noticias relacionadas con la crisis climática, pocos medios hablan de las protestas. La sociedad española está polarizada, y en el campo climático incluso más. Están los que apoyan la lucha contra la crisis climática, los que aunque no lo nieguen eso no va con ellos y mejor no los molestes que están ocupados actuando como si no pasara nada, y los que ven lo que pasa pero…

¡Tenemos que actuar ya! Y no solo en unos países, sino a nivel global, de forma coordinada. El 1 de octubre empezarán la ocupación de Westminster, centro político del Imperio Británico; Extinction Rebellion ocupó recientemente el parlamento. Supongo que aquella vez los diputados se estarían secando de las vacaciones y no había mucha gente por ahí. Esta vez, tal vez están muy ocupados despidiendo a la reina.

Flavia Broffoni, politóloga especializada en relaciones internacionales y política ambiental y dirigente referente de Extinction Rebellion en Argentina decía en una charla TED que estamos en un momento crítico del que no vamos a salir solo con energías renovables, reciclando o reduciendo nuestro consumo individual de carne, sino con todo a la vez: “Necesitamos el movimiento de personas más grande de la historia”.

“Se ha demostrado que si el 3.5% de la población sostienen en el tiempo estrategias de irrupción pacífica llevando a las calles un reclamo justo, podemos sacudir a un sistema que se niega a escuchar”.

La acción no violenta ha sido la estrategia más efectiva de la historia reciente para reclamar cambios sistémicos y radicales. Hay ejemplos como Martin L. King o Rosa Parks, y por supuesto el movimiento 15M, que es referente en el mundo del activismo. No podemos dejar pasar el momento de disrupción para demandar un cambio global.

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Los zapatos en el mundo rico

¿Usamos los zapatos para separarnos de la Madre Tierra? El calzado debería servir para caminar de forma cómoda y segura; no para despegarnos de la tierra; ni para clasificar a las personas.

La fabricación de un par de zapatos puede liberar más de 23 kg de CO2; bastante más si se ha usado cuero. Obviamente, la huella exacta de cada zapato depende de distintos factores. Tal vez el más importante es el tiempo de uso, que en los países ricos está bastante acortado.

Es imposible saber la duración exacta de cada zapato, pero sin embargo hay datos que son fáciles de observar. Nos hemos fijado en el estado de los zapatos de la gente corriente, en distintos barrios, en distintas estaciones del año, en distintas ciudades de España… También hemos hecho un pequeño sondeo demoscópico. Nuestra conclusión es que el tiempo de uso de un zapato —desde que está nuevo hasta que es inservible—, se divide en tres etapas (véase Figura adjunta). Durante esas etapas el estado del zapato va empeorando (curva decreciente de la gráfica) y según nuestras observaciones, la mayoría de los zapatos se descartan al final de la primera etapa:Empeoramiento del estado de los zapatos con el uso cotidiano

  • Etapa 1: Va desde que el zapato es nuevo hasta que empieza a notarse cierto desgaste (calzado seminuevo o en buen estado). En ese punto, muchas personas descartan tales zapatos: los dejan de usar, los almacenan, los venden, los donan en el mejor caso… o los tiran.
  • Etapa 2: Va desde el final de la anterior hasta que los zapatos empiezan a estar razonablemente mal. Esta etapa es más larga de lo que muchos piensan y la gente concienciada la alarga más arreglando los zapatos (por sí mismos o llevándolos a zapateros). Por eso, la gráfica puede tener altibajos (aunque no se muestren en la figura).
  • Etapa 3: Suele ser la más corta. Cuando los zapatos están muy desgastados, su declive es rápido, con roturas que no pueden arreglarse adecuadamente o desperfectos que los vuelven incómodos. Esta etapa termina cuando realmente los zapatos no pueden seguir usándose.

Por la calle apenas se ven zapatos en la etapa 2, y mucho menos en la etapa 3. Por eso nos preguntábamos dónde están los zapatos seminuevosdónde están los viejos. ¿Qué porcentaje está en armarios olvidados? ¿Y en vertederos? ¿Y en lejanos países empobrecidos, permitiendo así a los ricos seguir su nivel de consumo? Es un misterio.

Alargar la vida de los zapatos (y de todo) para reducir nuestra huella

En amplias regiones del planeta, las personas no tienen zapatos o solo tienen un par de chanclas, o zapatos viejos y artesanos. No es ninguna vergüenza. Lo vergonzoso es esa sociedad que descarta los zapatos seminuevos y que se compra un par —o más— cada año. Algunos lavan su conciencia comprando o vendiendo de segunda mano. Lo llaman economía circular, cuando en realidad es una excusa más para inflar la rueda del consumo.

La conclusión importante es que tanto con los zapatos, como con la ropa, con los complementos, aparatos o cualquier cosa que ya tengas, puedes olvidarte del impacto ambiental que generó su fabricación; y centrarte en alargar su vida lo más posible. Lo más responsable es minimizar la adquisición de más productos (minimalismo), por muy ecológicos que sean o aunque sean de segunda mano o gratis. Decir ‘no’ a algo gratis permite que otra persona pueda disfrutar de eso.

Lo más eco no es comprar productos ecológicos, sino aprovechar al máximo lo que ya tenemos; y también acumular y comprar menos.

Otra conclusión interpela a una sociedad superficial, que valora la imagen por encima de los daños ambientales. Para algunos, llevar zapatos viejos no está bien visto, aunque sea algo que nos beneficia a todos. Esta es otra de las cosas que, como sociedad, tenemos que cambiar.

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Propuestas para evitar el colapso hídrico: España cree que el agua es infinita

En España llueve menos que hace 60 años. De hecho, hay sequía en toda Europa y sabemos que tarde o temprano vendrá una sequía mucho más severa. Las sequías son periódicas —especialmente en el clima mediterráneo— pero están aumentando por las olas de calor y por los incendios forestales. Sin árboles, se reduce el efecto llamada de la lluvia. Entonces, la pregunta importante es: ¿Estamos haciendo un uso adecuado y sostenible del agua y de los bosques? La respuesta es triste y evidente: NO.

Un lema ya clásico: «No es sequía, es saqueo»

Un reciente y completo estudio concluye que el uso del agua dulce ha superado el límite de seguridad y está poniendo en riesgo la estabilidad de todo el sistema planetario. Hemos alterado demasiado el ciclo natural del agua.

En España, los regadíos crecen sin control adecuado, tanto los legales como los ilegales; tanto en invernaderos como en fincas abiertas; robando agua de ríos y con pozos ilegales. Se ha denunciado y documentado en diversos medios, pero ningún gobierno, ni las fuerzas de seguridad actúan con la contundencia necesaria. El regadío consume el 85% del agua disponible en España. Con el agua restante tenemos que atender otras necesidades que son, por ley, prioritarias: abastecimiento humano y respetar los caudales ecológicos.

Por todo esto, el problema principal no es la sequía sino la sobreexplotación. Si somos optimistas, la sequía grave podría tardar en llegar y con suerte será breve, pero el consumo abusivo nos está arruinando el futuro.

Un ejemplo paradigmático es Murcia. Con su bonito lema «Agua para todos«, consiguieron hacer un trasvase de agua desde el río Tajo. Ello les ha permitido enriquecerse con una agricultura insostenible, lo cual, unido al auge de las macrogranjas y a los miles de pozos ilegales —sin interés de penalizar por parte del gobierno local— ha llevado a un ecocidio en el Mar Menor. Las macrogranjas están contaminando también el agua para beber.

Otro caso extremo es Andalucía con el crecimiento de invernaderos y de cultivos de regadío.  Puede apreciarse fácilmente mirando el paisaje, o bien, imágenes de satélite. Doñana, Almería o la comarca malagueña de La Axarquía son ejemplos muy evidentes de lo que no debe hacerse. Estamos exportando a otros países un recurso, el agua, que es muy limitado. Unos pocos se enriquecen a costa de nuestro futuro.

La España más seca, despilfarra agua para usos muy prescindibles. Los 109 campos de golf de Andalucía consumen el agua equivalente a más de un millón de personas. A eso hay que sumar el excesivo consumo de los turistas (los golfistas y el resto). En la mencionada Axarquía se está tramitando un tercer campo. Los defensores del golf dicen que usan agua regenerada, pero en realidad suele ser agua de pozo y, en ambos casos, es agua que pierden los ecosistemas naturales. Un campo de golf de 18 hoyos consume el equivalente a una población de entre 10.000 y 15.000 habitantes. El golf es uno de esos deportes inadecuados (al menos en ciertas regiones).

Como dice el científico Fernando Valladares, hablar de golf es hablar de viajes en avión, de agua y de su contaminación por fertilizantes y pesticidas; y también es hablar de urbanizar los alrededores, de pérdida de conectores biológicos, de contaminación de acuíferos, de alteración del paisaje, de presión humana, de incremento del tráfico, del ruido, y también de la contaminación lumínica. Se puede jugar al golf en campos secos (y lo veremos cada vez más), pero depende dónde, tal vez ni siquiera eso es sostenible.

La crisis climática tendrá un fuerte impacto en la reducción de la producción agraria y ganadera, y el agua es solo un argumento más. El precio de la energía va a seguir subiendo por mucha transición renovable que hagamos (ya vamos muy tarde y sin ganas de reducir, que es lo único ecológico). Además, con pantanos más secos, la energía hidráulica se reduce; y ello sube el precio también de la electricidad.

Medidas urgentes, para empezar

Las soluciones pasan por entender que el agua es un recurso escaso y valioso. En cuanto tengamos conciencia de su valor y de que pronto escaseará, nos sobrarán ideas para ahorrar agua: desde poner cubos en la ducha para recoger el agua sobrante y otras ideas de la Cadena Verde, hasta medidas que deben tomar gobiernos locales y nacionales. Por ejemplo, estas:

  1. Aumentar las zonas verdes en las ciudades, renaturalizarlas para que requieran menos cuidados, e implantar medidas para parques y jardines ecológicos.
    • Regar en horas de mínima evaporación y sin que el agua se pierda por la calzada.
    • Instalar sistemas para recoger agua de lluvia.
    • No poner césped en parques y jardines públicos, y sustituirlo por otras plantas, incluso creando zonas de plantas silvestres, ruderales (sin necesidad de cuidarlas ni de hacer apenas nada). También se debe limitar el césped en jardines privados y urbanizaciones.
    • Tampoco es admisible el césped artificial, salvo en ciertos usos muy concretos.
  2. Tal vez, la forma más eficiente de ahorrar agua es reducir el consumo de carne, roja o blanca. La huella hídrica de la carne es muy alta: un filete de 300 gramos de ternera consume 4.500 litros de agua; y si es de cerdo o de ave, sigue superando con creces los mil litros. Los huevos o los lácteos también tienen una huella impresionante. Retengamos este dato: el 75% de la superficie agrícola se destina a la ganadería.
  3. Revisar perdidas en la red de suministro.
  4. Reducir la agricultura de regadío (también los invernaderos), atendiendo a la disponibilidad real de agua con vistas al futuro. Por supuesto, no conceder permisos para nuevos regadíos.
  5. Reducir consumos innecesarios: cerrar duchas en playas, no promover campos de golf (ni otros deportes de alto impacto), no limpiar las calles con camiones de agua (tampoco con sopladoras de hojas), prohibir el lavado de coches (ya propuesto en Inglaterra, junto a otras medidas), etc.
  6. Controlar el consumo particular:
    • Prohibir y controlar que no se limpien terrazas o zonas comunes con manguera.
    • Prohibir el llenado de piscinas unifamiliares e incluso comunitarias de menos de diez viviendas, por ejemplo.
    • Subir el precio del tramo más caro, o poner un nuevo tramo para grandes consumidores.
  7. Promover que se beba agua del grifo en casa, pero también en bares y restaurantes, así como instalar fuentes de agua públicas. Para fabricar una botella de plástico de un litro hacen falta cinco litros de agua. En realidad deberíamos vetar todos los envases de usar y tirar.
  8. Campañas educativas para ahorrar agua, incluso bajando la presión de los barrios en los que se pueda. Informar a la población del impacto económico y ecológico de infraestructuras como las desaladoras, los pantanos y los trasvases. Es necesario que la población —y los políticos— entiendan que es falso el mantra de que el agua de los ríos se tira al mar.
  9. Depurar bien las aguas residuales para usarlas para riego o para devolverlas bien a la naturaleza. España ha recibido multitud de multas por esta causa.
  10. Buscar terrenos para renaturalizarlos (rewilding). Devolver a la naturaleza el control de montes, ríos, lagos o praderas es una buena forma de conseguir agua limpia, porque la naturaleza ha demostrado saber gestionar mucho mejor que el ser humano. Reduciendo la ganadería podríamos disponer de muchos territorios agroganaderos para renaturalizar.

Esas son solo algunas ideas para adaptarse a un futuro en crisis, pero hay muchas más. Vamos a toda velocidad hacia un muro de hormigón. Ya no tenemos tiempo para frenar, pero dado que sabemos que el muro no se va a quitar, creo que merece la pena frenar a fondo y esperar que salte algún inesperado airbag.

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El río Guadalmedina en Málaga: ¿Renaturalizar o encementar?

El tramo urbano de un río puede ser lugar de ocio, educación, biodiversidad y belleza. Hay ciudades que cuidan sus ríos y los aprovechan. Otras ven el río como una «cicatriz»; como un estorbo donde se acumula cemento, maleza o basura. Málaga está en el segundo grupo. Particularmente, el río Guadalmedina atraviesa la ciudad por el centro y las construcciones han ido robándole terreno, como si quisieran comérselo.

Actualmente, gran parte de la ciudad se encuentra en zona inundable. La alcaldesa anterior, Celia Villalobos, quiso tapar el río completamente para que no se viera. Es un río feo, porque no se respeta.

El PP de Málaga arrasa regularmente la fauna y flora del GuadalmedinaEl Ayuntamiento actual continua la política de maltratar el río, siendo este otro de los temas por los que debería pedir perdón a la ciudadanía. El consistorio (afortunadamente) se olvida del río durante meses y, entonces, la vegetación natural y la vida toma el espacio que legítimamente le pertenece. Al parecer, al ayuntamiento le molesta el verde; y arrasa con excavadoras toda la vegetación con sus nidos y su biodiversidad. Eliminan la flora y fauna del río con la excusa de una falsa y torpe forma de limpiar. Destrozan la cubierta vegetal sin entender su utilidad en el cauce y sin escuchar a nadie. Hasta la hierba seca retiene el agua y los sedimentos; y favorece la biodiversidad. La flora silvestre está condenada en esta ciudad y se elimina allí donde se atreva a crecer; aunque sea bella; aunque no moleste.

Cuando el río se ha dejado tranquilo se han visto garzas, garcetas, garcillas, fochas, gallinetas de agua y diversas anátidas, así como anfibios, galápagos y cangrejos. La vegetación frena la velocidad del agua y aumenta la infiltración. El cemento hace justo lo contrario.

El plan del ayuntamiento cuesta 250 millones, mientras que renaturalizarlo costaría menos de 4,6, de los que cuatro millones podrían haber sido aportados por fondos europeos específicos para renaturalizar ríos. Sin embargo, PP y Cs impidieron que Málaga recibiera esas ayudas. Se trata de gastar cemento y dinero público como si fuésemos ricos, para enriquecer a empresas constructoras y cementeras

El plan del Ayuntamiento de Málaga

El objetivo del ayuntamiento para los ríos Guadalmedina y Campanillas es tapar el primero parcialmente y encauzar en cemento el segundo, como si fuera un canal. Es otro despilfarro, como el que se hizo al poner fuentes en el río, que apenas se usaron.

Con el nombre de corredor fluvial, no pretenden renaturalizar el río. Usan la expresión «parque fluvial» para referirse a soterrar el tráfico, crear aparcamientos y plantar árboles en los márgenes del río. Nada de eso afecta al cauce ni favorece la movilidad sostenible, sino más bien lo contrario. También quieren embovedar el río parcialmente, lo que significa taparlo con costosas plazas-puente, como si Málaga quisiera esconder su río.

Embovedar un río supone aumentar su contaminación y su consideración de alcantarilla. También se incrementaría la contaminación que llega al mar y a las playas. Además, se rompe su utilidad como corredor verde para la fauna. En Pontevedra, una ciudad que está siendo modelo para ciudades de todo el mundo, van a destapar el cauce del río Gafos, sepultado bajo hormigón a mediados del siglo XX.

Finalmente, en el entorno de la presa del Limonero pretenden una «recuperación medioambiental» que podría ser positiva, dependiendo de como se haga.

Rewilding es el plan de Ecologistas en Acción

La renaturalización es un proceso barato y de fácil mantenimiento. Consiste en reconocer que la naturaleza hace las cosas mejor que los humanos, y que puede gestionarse por sí misma. La propuesta de Ecologistas en Acción podría resumirse en los siguientes puntos:

  1. Eliminar el cemento del suelo del cauce y algunas obras dentro del mismo (canales, muros, parterres, fuentes…).
  2. Limpiar los residuos en el cauce y en su entorno.
  3. Plantar especies propias de las riberas mediterráneas en el cauce y en los márgenes: sauces, álamos, adelfas, fresnos, majuelos, higueras…
  4. Instalar nidos para facilitar la llegada de fauna, por ejemplo de rapaces diurnas y nocturnas (cernícalo vulgar o lechuza común).
  5. Poner paneles informativos en sitios estratégicos para contribuir a la educación ambiental.
  6. Recuperar dos espacios adyacentes para uso público peatonal que ahora están infrautilizados.
  7. Cancelar los accesos al río, salvo en algunas zonas como el parque de patinadores conocido como Decrepit Park. El objetivo inicial es que el cauce del río se respete para la fauna y la flora y, con el tiempo, estudiar si abrir algún sendero.
  8. Mantener el cauce ecológico de agua (30 l/s, que es un 8% del caudal medio que llega a la presa del Limonero). Téngase en cuenta que la presa del Limonero no debe llenarse por el enorme riesgo que implica para la ciudad, riesgo que es analizado en el libro «Guadalmedina. Un río invisible» de Rizoma Fundación (2011). En épocas de sequía existe la posibilidad de utilizar agua de la estación depuradora del Guadalhorce; una actuación que requeriría de una inversión posterior y de un gasto energético no muy grande porque la diferencia de cota entre la depuradora y la presa no es muy importante (45 metros de desnivel en 9 km) y su utilización sería puntual.

Ventajas para la ciudadanía

  • La vegetación reduciría el riesgo de inundaciones y avalanchas.
  • Aumentaría la biodiversidad. El río sería un corredor ecológico que facilitaría la resiliencia de la naturaleza local.
  • El río y su entorno servirían como medio de educación ambiental, así como lugar de ocio y de observación de fauna.
  • La renaturalización del río mitigaría el efecto isla de calor, aumentando los espacios con sombra y reduciendo la superficie de cemento.
  • Mejoraría la salud y la calidad de vida. Contribuiría a limpiar el aire de la ciudad, a absorber GEI y a reducir la ecoansiedad, por citar algunos efectos.
  • Mejoraría también el paisaje urbano y la calidad turística.
  • Revitalizaría la economía y aumentaría el valor de los barrios afectados.
  • Se ahorraría dinero público que podría dedicarse a otras actuaciones más respetuosas con el medioambiente.

Por todo el planeta, deberíamos poner de moda renaturalizar territorios (también llamado rewilding). Son muchas las ciudades españolas que tienen proyectos de renaturalización y serán más gracias a los fondos europeos y del ministerio. En cuestión de ríos, hay muchas ciudades en las que fijarse. Por ejemplo, el río Manzanares en Madrid o el río Isar en Munich. Málaga merece un río para mirarlo y admirarlo, y no para volver la cara ante la actual cicatriz.

José Galindo, Ecologistas en Acción ciudad de Málaga

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Tu sostenibilidad mirando en tu frigorífico: ¿Te atreves a publicar tus puntos por persona?

La huella de carbono debería estar visible en la publicidad y en las etiquetas de todos los productos, servicios y empresas. Sin embargo, es ocultada o manipulada (greenwashing). La ley debería obligar a publicar esa información para que el consumidor tenga motivos para elegir —o descartar— un producto por su contaminación. Una vez más, los que hacen las leyes se alían con las grandes empresas para perjudicar a los consumidores y, por supuesto, también al medioambiente (la reciente Ley de Residuos es un buen ejemplo de ello).

Puntos en el frigorífico/congelador

De forma aproximada, podemos evaluar nuestra huella ecológica por la alimentación mirando en el frigorífico. Basta con ir sumando puntos según los productos que se tengan: tipo, cantidad y sus envases. Con respecto a la cantidad, sumaremos los puntos que se indiquen por cada ración aproximada para una persona.

Empecemos a sumar:

  1. Suma 1 punto por cada envase de usar y tirar que tengas (sin valorar su tamaño). Se sumará un punto por cada envase que se vaya a tirar (o reciclar) tras un único uso. Ejemplos: un punto por el plástico de una cuña de queso, un punto por cada lata, un punto por cada yogur plastificado, por las botellas de plástico, etc.
    • Si el envase no se reutiliza, se suma un punto. Por simplicidad, no es preciso entrar en el detalle de si es un envase de plástico para yogur o un tetrabrik (un tipo de envase que no se recicla porque es muy caro). Lo más cómodo es sumar primero todos los envases, anotar la cifra, y luego pasar a evaluar los contenidos y el resto de alimentos.
    • También debes mirar los alimentos en el congelador y sumar tanto los envases originales como los que hayas introducido tú (por ejemplo, en bolsas de un único uso). De hecho, cada alimento congelado debería sumar 3 o 4 puntos extra por el consumo energético. No obstante, para simplificar, podemos obviar ese detalle.
    • Si separas bien tus envases en los contenedores de reciclaje, podrías rebajar un 10% tus puntos por este apartado. Reciclar es importante, pero no es comparable a la sabia elección de no comprar productos en envases de usar y tirar.
  2. Suma 5 puntos por cada ración de alimentos con carne roja como ingrediente principal (ternera, cerdo, cordero, embutidos, paté…). En esta categoría entra cualquier alimento con esos ingredientes como principales. Por ejemplo, jamón, carne en salsa, filetes de cerdo o ternera, etc. Hay que sumar 5 puntos por cada ración por persona, más o menos, sin hacernos trampas. No olvides mirar también en el congelador. Por cierto, el cerdo es carne roja, aunque las empresas hagan publicidad de lo contrario.
  3. Suma 4 puntos por cada ración de carne blanca, pescado o mariscos (pollo, pavo, caracoles, almejas, gambas…). Puedes sumar solo 2 puntos si el pescado/marisco es vegetariano y si no ha sido pescado con artes tan nocivos como la pesca de arrastre o las piscifactorías (boquerones, sardinas, jureles…). Recuerda: Una lata de atún pequeña debe puntuar 5 puntos (con el punto del envase) y, por si no lo sabías, es un producto poco sano que debes evitar a toda costa.
  4. Suma 3 puntos por cada lácteo y por cada huevo. Por supuesto, hay que sumar por cada yogur, por cada helado, por cada vaso de leche y por cada ración de tortilla o queso (12 puntos por un cuarto de queso, aproximadamente). La leche vegetal sumará un punto por el envase, si no está hecha en casa (sin necesidad de mirar la materia prima ni el origen).
  5. Suma 2 puntos por cada ración con algún producto animal en los que NO sea el ingrediente principal (carne, pescado, huevos, miel…). Por ejemplo, un plato de guisantes con jamón, un revuelto de espárragos, o un potaje de garbanzos que tenga algo de carne (chorizo, morcilla, tocino…). Si no hay ingredientes de origen animal, cero puntos a sumar. Tal vez esto te anime a cocinar legumbres sin carne.
  6. Suma 1 punto extra por otros productos procesados que no se hayan elaborado en casa (comida precocinada, pizzas o masa de pizza, hummus…). Si el producto está empezado se suma lo mismo que si está sin empezar. Ten en cuenta que serán 2 puntos al sumar el envase (si es de usar y tirar).
  7. Finalmente, suma 1 punto por frutas y verduras que no sean de temporada o que provengan de lejanos países. Si no lo sabes, no sumes puntos, pero recuerda que tienes que: a) aprender a distinguir las hortalizas de temporada: y b) fijarte en la procedencia de lo que compras (o preguntar al que hace la compra). Frutas y verduras locales y de temporada, no suman puntos, pero sus envases suman si son de usar y tirar o se compraron con esos envases (aunque no estén ya en el frigorífico).

Valoración de los puntos por persona

Los puntos obtenidos hay que dividirlos por el número de personas que viven (y comen habitualmente) en el hogar.

  • Lo ideal son cero puntos por persona, y a eso tenemos que tender, aunque cueste.
  • Un valor menor a 50 puntos por persona es bastante razonable, teniendo en cuenta la sociedad consumista y cortoplacista en la que vivimos; y lo mal que nos han educado. Esperamos que puedas reducir aún más esa cifra. Intenta reducir tus puntos a la mitad y luego, a cero. ¡Ánimo!
  • Pasarse de 50 puntos por persona es tener mucha huella ecológica dentro del frigorífico/congelador.
  • Si te pasas mucho de 50 puntos por persona, entenderás mejor que nadie por qué el planeta está cada vez peor. Por fortuna, lo sabes y tienes muy fácil bajar esa mala puntuación.
  • Ejemplo: eliminar el yogur, elimina muchos puntos: 4 puntos por yogur (1 por el envase y 3 por ser lácteo). Si tenías dos yogures, piensa que ambos suman 8 puntos. Hacer el yogur tú mismo te ahorrará impacto ambiental, pero no mucho, por culpa de los lácteos. Puedes quitar un par de puntos por cada lácteo si tienes tu propia vaca y la tratas con dignidad, es decir, sin dejarla embarazada a la fuerza y cuidándola hasta el final de su vida (incluso cuando deje de excretar leche).

Otra forma de reducir tus puntos es almacenando menos comida en el frigorífico y en el congelador. Intenta no ser de esas personas que siempre tienen problemas para meter cosas nuevas. Eso también reducirá la comida que se estropee.

Observaciones y conclusiones

  • No se tiene en cuenta si la carne es de ganadería intensiva o extensiva, o si es de procedencia local o no, porque el impacto es prácticamente el mismo. La producción de carne tiene un impacto tan elevado que su transporte no es significativo (puede ser un 10% o menos).
  • Recuerda: La carne con menos impacto ambiental es mucho peor que las verduras con mayor impacto.
  • Si usas alimentos ecológicos, puedes RESTAR 1 punto por cada ración.
  • Si te parece que la partición de puntos no es muy justa, te dejamos que restes un 10% de tus puntos. Esperamos que eso tranquilice tu conciencia, pero que sea sin hacerte trampas. Recuerda que, para simplificar, no hemos sumado puntos de alimentos fuera del frigorífico.
  • Puedes hacer el conteo una vez a la semana y pegarlo en la puerta para que toda la familia vea si estáis subiendo o bajando puntos. Recuerda escribir en el papel «Objetivo: CERO PUNTOS».
  • Si tu dieta es muy diferente al resto de la familia, puedes quitar los alimentos que no son para ti. Por ejemplo, si eres vegano, vegetariano o flexitariano en una familia que no lo es.
  • No se tienen en cuenta factores como la huella hídrica de cada alimento, la cual no es fácil de conocer. Sin embargo, se sabe muy bien que los productos de origen animal consumen mucha más agua que los productos vegetales. La mejor forma de ahorrar agua no es ducharme menos, ni ducharse rápido.
  • En un futuro es posible que haya que cambiar estos valores. Por ejemplo, subir los puntos de los alimentos de origen animal o bajar el valor límite de 50 puntos. La sociedad cambia.

Por supuesto, podemos seguir «sumando» puntos de productos fuera del frigorífico, pero lo importante es tomar conciencia de qué productos debemos evitar. También, deberíamos tener en cuenta factores que quedan fuera del frigorífico: transporte que empleamos, consumo energético, ropa, productos de limpieza, electrodomésticos, si tienes tu dinero en un banco ético, si tus inversiones son éticas, a qué empresas multinacionales das tu dinero, etc.

♦ Aprende cómo mejorar más:

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Libro Filosofía ante la crisis ecológica, de Marta Tafalla @TafallaMarta (resumen), Ed. @plazayvaldes

Libro Filosofía ante la crisis ecológica, de Marta Tafalla (reseña)Un libro lleno de ciencia asequible y de inspiración desbordante. Esencial, de lectura cómoda y también urgente (Plaza y Valdés, 2022).

Marta Tafalla —autora también del magnífico Ecoanimal— aporta soluciones ineludibles ante los graves problemas ambientales a los que nos enfrentamos (y sus implicaciones climáticas, sanitarias, humanitarias, energéticas, etc.). Podemos imaginar muchas soluciones, pero todas deben pasar ineludiblemente por las cinco vías que propone Tafalla en este libro para acabar con esta civilización que ella califica como industrial-capitalista-colonial-acelerada-insaciable.

No son opiniones personales. Son conclusiones basadas en la evidencia científica; y así se refleja en las múltiples referencias que se citan. De hecho, no solo hay consenso científico, sino que también en la sociedad hay cada vez más conciencia de que el ser humano (en conjunto) no sabe convivir en armonía con su entorno. Eso es quizás lo que más nos diferencia de los demás animales (no es la inteligencia). Examinemos esas cinco vías que propone esta científica de la Universidad Autónoma de Barcelona.

1. Salir del antropocentrismo

Sentir que el ser humano es más importante que cualquier otra cosa, nos ha llevado a que se están perdiendo especies a un ritmo muy preocupante. Los humanos (como cualquier ser vivo) necesitamos ecosistemas saludables y para ello es fundamental el buen estado de la biodiversidad.

«De todos los mamíferos que hay en la Tierra, solo el 4% son salvajes; el resto somos humanos y mamíferos domesticados. Los humanos sumamos un 36% y el ganado un 60%. De las aves, solo el 30% son salvajes, mientras que el 70% son aves criadas por la industria ganadera». El dato es aún más preocupante si sabemos que el ganado «es uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero y una de las causas fundamentales de la contaminación del agua y los suelos». El libro detalla las cantidades de hectáreas destruidas en cada continente por la ganadería o por plantaciones como la palma aceitera o la soja (casi toda transgénica). Como dice la autora, los problemas los conocemos bien y se exponen con precisión, pero nos cuesta hablar de soluciones y nos quedamos sin tiempo. Para mostrar su preocupación, afirma que «si algunas previsiones son correctas, mis años de jubilación serán una pesadilla». Porque ya estamos viendo que aumentan y se cronifican las consecuencias de la crisis climática, aunque lo que más sintamos sean las olas de calor. Por ejemplo, en tres décadas, Madrid tendrá el clima de Marrakech. Y no está preparada para ello. Surgirán climas nuevos y la biodiversidad tampoco tiene tiempo de adaptarse. «La agricultura requiere un clima estable». Ya es imposible cultivar en gran parte de la Tierra.

El libro relata cómo los animales salvajes contribuyen al buen estado de los ecosistemas. Por ejemplo, las ballenas ayudan a estabilizar el clima fertilizando con sus excrementos. Los jabalís, los castores, los elefantes, los bisontes, los lobos… todos ellos colaboran para crear ecosistemas estables que benefician a otros animales. «Cuando los maltratamos y matamos fallamos de dos modos: cometemos un error ético, pero también cognitivo al no entender las funciones que estos animales realizan». El declive en las especies es también un «suicidio para la especie humana», pero (si no lo evitamos) será un proceso lento y lleno de carga dramática.

No podemos llamar progreso a sustituir bosques con monocultivos rociados con insecticidas, ni crear más autopistas que rompen el paisaje y el hogar de animales únicos. Por eso, Tafalla defiende la necesidad de hacer pasos de fauna en las carreteras para evitar que se obstaculice el intercambio genético y se limite la dispersión de semillas y nutrientes. Tampoco podemos echar culpas al capitalismo o a las multinacionales. De hecho, podría ser falsa la imagen de que nuestros antepasados cazadores-recolectores vivían en armonía con la naturaleza tomando solo lo necesario para vivir. Hay pruebas de que allí donde llegaban los humanos provocaban la desaparición de especies. Prácticamente, solo en África se conservan grandes mamíferos, porque solo allí pudieron adaptarse a un depredador insaciable como el Homo sapiens. Bien es cierto que no se puede generalizar, porque ha habido culturas que nos han legado «normas de cómo habitar la Tierra; algunas de ellas han sido inspiración directa para el pensamiento ecologista».

La ganadería y la agricultura se desarrollaron en el Holoceno gracias a unas temperaturas suaves y estables que están dejando de serlo. En su moderna modalidad industrial, estos dos sectores son muy dependientes del petróleo y, por tanto, no son sostenibles. Por eso, es fundamental hacer la transición a agricultura ecológica y de proximidad, huertos en escuelas y hospitales, aprender a cultivar nuestros propios alimentos, etc.

La domesticación de plantas y animales tuvo ventajas para los humanos, pero también serios inconvenientes (como también explicó Harari). Por ejemplo, hubo que trabajar más horas para tener dietas más pobres, menos variadas. Por eso, empeoró la salud comparada con los pueblos cazadores-recolectores. Por otra parte, «la inmensa mayoría de los animales domesticados que han existido y existen son criaturas desgraciadas», han sido seleccionados para ser «obedientes y serviles», sin prestar atención a sus intereses ni a los graves inconvenientes para los propios humanos. Por ejemplo, «la ganadería es una fábrica de zoonosis«, enfermedades que se convierten en pandemias regularmente: tuberculosis, viruela, sarampión, gripe, etc. Perros y caballos han sido muy dóciles; y lo han pagado con sufrimiento y maltrato para gran parte de ellos.

Otro efecto del progreso ha sido el crecimiento disparado de la población humana (superpoblación); y con ello la aparición de la riqueza, de la pobreza y de la esclavitud. En el fondo, se justifica con una ciencia mecanicista que ve la naturaleza como una máquina y una fuente de recursos, y a los animales como meros autómatas. Entre los ejemplos que se analizan están las fiestas en las que se torturan animales (como la tauromaquia). En muchas ocasiones esos actos han sido rechazados, pero no por ser crueles, sino porque es una crueldad improductiva. De ahí que, cuando la crueldad es rentable, no se critica con tanta dureza (y también se oculta).

Tafalla hace un repaso de actividades humanas que carecen de respeto hacia animales y ecosistemas: automóvil privado, aviación (también la low cost), cruceros, comercio masivo a larga distancia y/o de animales salvajes, consumismo, obsolescencia programada, pesticidas, pesca industrial, piscicultura, plásticos, armas… También deja claro que no todos los humanos son igual de culpables, pues no todos tienen el mismo poder ni la misma liberta de acción (ni la misma educación). Además, pone el foco en los cientos de asesinatos entre los activistas ambientales o de derechos humanos, silenciados por entorpecer el agronegocio, la minería, la caza furtiva, la tala ilegal, o los proyectos hidroeléctricos, por poner unos ejemplos.

Marta habla de la importancia de poner nombre a lo que se hace; y ensalza la palabra ecocidio por ser muy poderosa. Es una palabra empleada por Arthur W. Galston, botánico estadounidense escandalizado porque sus inventos se emplearon para fabricar herbicidas y se usaron como arma de guerra (el Agente Naranja empleado en Vietnam, con dramáticas consecuencias ambientales y sanitarias, incluso para los soldados estadounidenses). Hoy, hay una fuerte presión internacional que está demandando que el ecocidio sea juzgado por la Corte Penal Internacional.

«La causa de la catástrofe ecológica no es solo el capitalismo, sino ante todo el antropocentrismo». El antropocentrismo pretende que todas las especies y ecosistemas dejen de trabajar para sí mismos y trabajen para la especie humana. Tafalla critica a una minoría de ecologistas que siguen defendiendo conceptos como caza sostenible, pesca sostenible o ganadería sostenible, cuando todas esas actividades evidencian un antropocentrismo que es la causa principal del problema. Debemos entender que los animales no son meros recursos; y que debemos aspirar a convivir en paz con la biosfera. El antropocentrismo sostiene que solo una especie tiene valor intrínseco. Resulta curioso que la especie más privilegiada es precisamente la que establece los privilegios.

Esa utilización de los animales también promueve la instrumentalización de otros seres humanos; y también que nosotros mismos aceptemos ser tratados como herramientas, como si fuera imposible un mundo sin injusticias. El libro enumera seis argumentos para reconocer y respetar a la fauna salvaje, incluyendo a la que vive en nuestras casas y en nuestras ciudades.

A pesar de lo dicho, Tafalla resalta la complementariedad de los movimientos ecologista y animalista; y de ahí surge del concepto de ecoanimal. Cada animal es miembro de una especie y de un ecosistema, pero también es un individuo, con sus deseos, temores, experiencias y también con su personalidad (palabra no muy adecuada, por su origen claramente antropocéntrico). Más allá de la etimología, cualquiera que haya cuidado u observado a los animales sabe que no todos los miembros de una especie se comportan igual, como si fueran robots. Ese es otro motivo por el que no se deben encerrar animales en zoos, acuarios o laboratorios. El ser humano es más poderoso que los demás animales, pero no es un superior ético. No hay motivos para ver en los animales solo herramientas, materias primas o esclavos. Encerrar animales salvajes quita algo positivo de la naturaleza, para conseguir algo negativo.

Para Tafalla, «la ética ecológica y la ética animal encajan bien. Lo que no encaja bien con el movimiento animalista son negocios basados en la explotación animal», incluso aunque lo defiendan ecologistas, por ejemplo, poniendo la agricultura extensiva o la caza como actividades necesarias. Nunca lo son, y menos con sistemas agrícolas o ganaderos que dependen de un clima estable y de combustibles fósiles, cuando ambas cosas son cada vez más complicadas. Agricultura y caza tienen, a veces, como objetivo expulsar animales de un territorio (se ve en el caso del lobo en España, por ejemplo). Cuando un animal es expulsado, los conocimientos que se adquirieron en su territorio original son prácticamente inútiles. Además, cuando se mata a un animal adulto se impide que se transmitan conocimientos importantes a sus crías, por lo que se está dificultando su supervivencia y su calidad de vida. Los daños de la caza son mucho más profundos que el hecho de matar miles de animales cada temporada.

2. Decrecimiento

A veces se asocia el decrecimiento a mala calidad de vida, pero tenemos que entender que es el crecimiento constante lo que es imposible y lo que nos lleva a una situación catastrófica. Tafalla nos advierte que las tecnologías que nos venden como limpias, tampoco lo son tanto (hay mucho greenwashing y falsos biodegradables, por ejemplo).

Gran parte del bienestar de los países ricos procede de la explotación de humanos, de animales y de la naturaleza (como explicó magistralmente De Jouvenel). Ese sobreconsumo conlleva una huella ecológica insostenible, principalmente por los más ricos del planeta. Tafalla concluye que «la única posibilidad de elección que nos queda es entre un decrecimiento controlado o uno caótico». Nuestra sociedad es demasiado compleja para ser sostenible. Los datos científicos apuntan claramente a que también hay que decrecer en población, y para ello es importante garantizar la igualdad y la educación femenina en todo el mundo. Por otra parte, cada vez es más habitual encontrar personas que deciden voluntariamente no tener hijos.

También hay que decrecer en consumo de energía, de agua… y de todo tipo de bienes. La autora no elude los problemas que pueden tener aquellas personas que decidan tomarse en serio un decrecimiento individual. Por ejemplo, por su experiencia como académica, sabe que una forma simple de reducir la huella ecológica es dejar de asistir a congresos, aunque ello podría perjudicar su carrera profesional. Afortunadamente, cada vez hay más congresos que aceptan la asistencia online.

«Sacar a los animales del menú es una de las maneras más efectivas de proteger la biosfera». Marta Tafalla lo explica de forma simple y entretenida, empezando por el concepto de pirámide trófica y cómo en cada nivel hay menos individuos. Es decir, en un ecosistema sano tiene que haber menos depredadores que presas. «Nuestra civilización pretende que los humanos tengamos una población muy elevada, propia de un animal herbívoro, pero al mismo tiempo pretende que tengamos una dieta como la de un animal carnívoro». Con humor, ella concluye que «es como querer llenar el Serengeti de leones». Intentarlo es sinónimo de degradación de la biosfera. Comer carne es barato porque se emplean combustibles fósiles y porque contaminar es gratis. A cambio, se destrozan bosques para convertirlos en monocultivos o en pastos, se vacían acuíferos y se altera el clima.

La autora explica con detalle los siete puntos que Greenpeace alega para fomentar una dieta sin carne. Resumidamente, son:

  1. Es una dieta más saludable. Comer carne roja y procesada está asociado a múltiples enfermedades como cáncer, obesidad, diabetes tipo II, etc. También se enferma por consumir agua contaminada por nitratos por culpa de la ganadería intensiva, o por la pérdida de efectividad de los antibióticos por su uso sistemático.
  2. La ganadería es una causa del efecto invernadero. Emite tantos GEI como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos (el 14,5% mundial). Los problemas climáticos son graves y variados.
  3. La ganadería requiere ocupar mucha tierra. No es solo el espacio para los animales y sus pastos (que es aún mayor en la ganadería extensiva), sino las tierras de la agricultura que produce su comida: el 75% de la superficie agrícola se destina a la ganadería. Por eso, para poder alimentar al ganado es necesario deforestar selvas amazónicas y cultivar soja transgénica. Para comer carne, se destruyen selvas en lejanos países y se contamina el agua en otros.
  4. La ganadería destruye la biodiversidad. Se usan fertilizantes, herbicidas y plaguicidas que eliminan todo tipo de insectos, aves, reptiles, anfibios, etc. La ganadería extensiva también expulsa a los herbívoros salvajes y a otro tipo de fauna salvaje que se ve como una molestia (es el caso, a veces, del lobo).
  5. Comer carne despilfarra agua. Producir un kilo de ternera exige 15.000 litros de agua, mientras que un kilo de trigo necesita 1.300 litros y un kilo de zanahorias solo 131 litros. Y en esos números no se cuentan los litros de agua que se contaminan, que también son superiores para la ganadería.
  6. La ganadería reduce animales y trabajadores a máquinas de producir dinero. Los trabajadores son sobreexplotados en las granjas y en los mataderos. Está documentado la mala calidad laboral, accidentes y bajos salarios. El colmo es cuando se transportan los animales vivos a países que no cumplen las más mínimas normas de bienestar animal.
  7. Maltrato animal. Tratar bien a los animales no es rentable y, aunque Greenpeace se centra en la ganadería industrial, el libro cita fuentes que demuestran maltrato también en la ganadería extensiva. Además, la ganadería extensiva contamina más con GEI. Tafalla resalta que el hecho de que este punto sea el último, es una prueba del antropocentrismo dominante.

♦ Nota: En este artículo (y vídeo) se condensan en cuatro los argumentos para ser veganos o flexitarianos, agrupando en un punto todos los temas ambientales.

A la ganadería le pasa lo mismo que a la pesca y a la caza: son actividades muy perniciosas y, sin embargo, están muy subvencionadas. Las empresas cárnicas pagan cátedras en ciertas universidades para publicar estudios pseudocientíficos alabando las bondades de la carne y escondiendo los factores negativos.

Tafalla analiza multitud de publicaciones de las que querríamos destacar tres concretas. Por una parte, el libro Beyond Beef de Jeremy Rifkin que cuenta, entre otras cosas, el maltrato animal sistemático en todas las fases de la cadena de producción, desde el nacimiento hasta el matadero. Por otra parte, un informe de la FAO de 2006 que revela que la ganadería es «la mayor fuente de contaminación del agua», la «primera causa de deforestación», y también influye directamente en la degradación del suelo, la contaminación, la sobrepesca, la pérdida de biodiversidad, y la crisis climática. Finalmente, el informe del IPCC de 2019 llega a conclusiones similares a lo ya dicho y es importante destacar que ese informe examinó 7.000 publicaciones científicas.

Para resaltar la importancia de comer poca carne, Tafalla cita estudios científicos que revelan que para reducir el impacto ambiental es más eficaz reducir los alimentos de origen animal que consumir productos locales, porque las principales emisiones de cada alimento se generan durante su producción (mientras que su transporte supone menos del 10% en la mayoría de los casos).

Lo más respetuoso con el planeta y con los animales es el estilo de vida vegano, sin consumir huevos ni lácteos, ni utilizar otros productos animales (como cuero, lana, seda o miel, por ejemplo). «Lo mejor para substituir la carne es la proteína vegetal o bien los productos de origen animal que están muy abajo en la pirámide alimentaria: peces forrajeros, moluscos e insectos». Es decir, que si hay que comer animales, esos últimos son mejores que comer mamíferos o peces carnívoros (como el atún). La carne producida con los métodos más ecológicos implica ocho veces más emisiones de GEI que los alimentos de origen vegetal con el mayor impacto. Pensemos que los animales tienen que comer todos los días y que la ganadería es, además, la segunda fuente mundial de metano, un potente GEI.

Los que no quieren plantearse el ser veganos, en muchas ocasiones se sienten atacados por esta propuesta y critican que ser vegano no sea algo «natural». En muchos casos no se han planteado si es natural viajar en coche o en avión, y ni tan siquiera qué es la naturaleza. Lo importante no es escoger lo que sea natural, sino escoger —como dieta, transporte, etc.— lo que sea menos dañino para nuestra propia salud, la de los otros animales y la de los ecosistemas. «Es fundamental entender que la catástrofe ecológica es obra nuestra y que podríamos dejar de causarla».

Tafalla también explica cómo nos han engañado para hacernos creer que la leche de vaca es necesaria, cuando es un producto que la naturaleza ha pensado para los terneros. Ningún mamífero adulto necesita la leche y, de hecho, suele ser indigesta. Tampoco los campos necesitan el estiércol para abonarse si se hace una buena gestión agrícola (no labrar, cubiertas vegetales, alternancias de cultivos, uso de leguminosas, compost…).

La autora también entra en el tema de la pesca, la principal causa de degradación de los océanos. Aquí pasa a analizar temas tan importantes como la pesca de arrastre, las redes fantasma, la basura que dejan los pesqueros (ver documental Seaspiracy), el sufrimiento de los animales, la sobrepesca, la substracción de pesca a países pobres, y los problemas de la acuicultura (contaminación por excrementos, abuso de antibióticos, sobrepesca de especies salvajes para su alimento…).

Marta Tafalla nos anima a cambiar nuestra dieta porque es algo sencillo de hacer. Otros cambios que nuestra sociedad requiere son cambios mucho más complejos. Por ejemplo, la transición hacia las renovables es algo totalmente imposible de conseguir sin reducir notablemente el consumo global de energía. Lo que hay que conseguir es un «decrecimiento ordenado y sensato» (como pedíamos también nosotros) y es clave «diferenciar qué debe decrecer y qué no: lo que no tiene que decrecer es la sanidad pública, la educación pública, el sistema público de pensiones, las medidas que protegen a las personas más vulnerables, el conocimiento, la cultura, la sabiduría, la amistad, el cuidarnos unas a otras, la empatía con las otras especies, la vida salvaje, la biodiversidad. Lo que sí tiene que decrecer hasta su desaparición es lo que causa daño: los ejércitos, la producción y el comercio de armas, las guerras, el colonialismo, el consumismo compulsivo, la obsolescencia programada (…), el comercio de vida salvaje, coger un avión para pasar un fin de semana en otro continente»… y también nuestro antropocentrismo.

3. Reconexión

Necesitamos reconectarnos con la vida en su conjunto y ser conscientes de conceptos fáciles de entender. Tafalla nos los explica con sencillez y armonía. «Si eres cerdo, no puedes ser libre y vivir tu vida como quieras», nos dice. ¿Se puede decir de forma más expresiva? Y sigue diciendo: «Cualquier especie animal puede convertirse en dinero». En contraste, «en los santuarios los animales pueden permitirse envejecer». Un profesor de veterinaria se lo confesó a la autora: «O tenemos ética o tenemos puestos de trabajo». Se defienden intereses económicos sin querer analizar en profundidad el tema: derechos animales, daños ambientales, etc.

Explotamos a los animales sin darnos cuenta; y este libro pretende despertarnos. Los animales no solo están en nuestra comida, sino también en bolsos y zapatos de cuero, almohadas o abrigos de plumas, carmín, velas, nácar, seda, pinceles, pegamento…

Analizando la obra del economista John Gowdy, se afirma que, en un escenario optimista, «quizás las generaciones futuras tendrán que alimentarse de nuevo mediante la recolección de frutas y verduras, la caza, la pesca y el marisqueo», reduciendo drásticamente la población humana. Lo que parece claro es que nuestra sociedad tiene que simplificarse y que «ya no sería posible volver a construir una civilización tan compleja como la nuestra».

David Wallace-Wells llamaba a nuestro planeta El planeta inhóspito. Por su parte, el biólogo Rob Wallace lo llamaba «el planeta Granja»; y afirmó que «no podrías diseñar un sistema mejor para engendrar enfermedades mortales» (zoonóticas). La ganadería intensiva abusa de los antibióticos, lo cual genera riesgos aún mayores, pues reducen el efecto de esos medicamentos, lo cual es catastrófico. «El cambio climático, la pérdida de biodiversidad y las pandemias no son problemas distintos, sino manifestaciones de un mismo problema».

La vida salvaje hace que la biosfera funcione y eso nos permite vivir también a nosotros. Por otra parte, a los animales domesticados les hemos robado «su naturaleza salvaje». Los animales «sienten placer y dolor» y «no podremos desarrollarnos como personas sensatas y pacíficas, ni podremos construir una sociedad justa, sobre el ejercicio de la violencia». Pero además, «el mal que les causamos a los animales se acaba volviendo contra nosotros». La autora cuenta en el libro suficientes ejemplos que justifican esas afirmaciones y propone soluciones factibles para minimizar el impacto: prohibir la venta de animales, esterilizar a perros y gatos cuando sea conveniente, castigar más duramente el abandono y el maltrato, poner a los gatos collares que eviten que cacen fauna salvaje (los cascabeles funcionan, pero podrían ser molestos), etc.

Tafalla incluye casos reales de cómo se elimina una especie o se altera un proceso ecológico y luego surgen empresas que cobran por hacer lo que la naturaleza hacía gratis. Por ejemplo, se cazan depredadores y luego se paga para matar las superpoblaciones que se generan de sus presas. Los cazadores matan a los carnívoros y luego presumen de ser ellos quienes controlan a los herbívoros, recibiendo numerosas ayudas públicas. Se envenenan los insectos polinizadores y surgen empresas que polinizan a mano. Se secan los ríos y se ponen camiones para transportar a los salmones de una parte a otra del cauce.

«Si los seres humanos nos extinguiéramos, al resto de especies les iría mejor. Nada explica con mayor claridad en qué nos hemos convertido. (…) Luchar por salvar a las otras especies antes que a nosotros mismos, sería lo que salvaría nuestra dignidad».

4. Ecofeminismo

«El ecofeminismo es una de las propuestas filosóficas contemporáneas más potentes». Así empieza este capítulo y no le falta razón, porque no podemos imaginar un futuro que no sea ecofeminista. El ecofeminismo es la unión de muchos caminos, y no puede ser especista. Como dice Tafalla, se alimenta de corrientes centenarias: feminismo, ética ecológica y ética animal.

La autora resalta que cualquier sociedad humana depende de dos tipos de trabajos esenciales y, sin embargo, se desprecia y maltrata a quienes realizan esos trabajos. Se refiere al trabajo de la biosfera y al trabajo de cuidados y reproductivo. En no pocas situaciones, la naturaleza, los animales y las mujeres son entes discriminados e invisibilizados. Se debe al antropocentrismo y al androcentrismo. Juntos, hacen nuestra sociedad autodestructiva y camino de un colapso fácil de prever.

En este capítulo se hace un repaso no exhaustivo de diferentes aportaciones al ecofeminismo. Se cuenta la historia curiosa y a la vez dramática de Val Plumwood, una autora australiana para la que el antropocentrismo no es solo un error ético, que causa innumerables injusticias, sino un error cognitivo, porque distorsiona nuestra comprensión de la realidad. El antropocentrismo nos hace sentirnos invencibles y, sin embargo, la ciencia pronostica un futuro poco halagüeño. «Esta crisis no se resuelve con más ciencia e innovación tecnológica, sino con filosofía, es decir, gestando otra cosmovisión, aprendiendo a pensar y sentir de otro modo, transformando nuestra manera de vivir». Plumwood también estudia la relación con los animales de compañía a los que no pocas veces se les ha dado privilegios a cambio de usarlos para el dominio de los demás (perros pastores, de caza…). El amor a los animales de compañía suele ser un amor interesado y que puede hacernos olvidar al resto de animales. Al final, los animales domésticos son parte del engranaje de la supremacía humana y del dualismo que divide la biosfera entre dominadores y oprimidos.

Respecto a la reproducción humana, se defiende que sea «una decisión profundamente meditada y no algo que se hace porque es ley de vida«, aunque la sociedad criminalice a las mujeres que no logran o no quieren tener hijos. Es especialmente grave porque, como dice Tafalla, «bastaría con reducir la natalidad de manera significativa para resolver algunos de los problemas más graves, prepararnos mejor para la catástrofe que se avecina y dejar de ejercer tanta presión sobre el resto de especies».

Para Carol J. Adams, otra de las autoras estudiadas, los modelos de opresión se parecen. Los animales se reducen a carne, a ingredientes, a sabores. De un modo similar, las mujeres son reducidas a carne para proveer placer sexual. Al final, el «placer» es el que genera opresión a animales y a mujeres. Así, el animalismo, el feminismo y el ecologismo se niegan a obtener placeres a través de la opresión. El ecofeminismo «es un estorbo para las macroindustrias que explotan animales, desde ganadería hasta zoos, y las macroindustrias extractivistas que roban los recursos naturales».

Entre muchas otras autoras estudiadas sobre ecofeminismo, citamos como ejemplo a Alicia H. Puleo, Carme Valls-Llobet, Anna Mulà, Yayo Herrero, Ruth Toledano o Marta Navarro.

5. Rewilding o renaturalizar

La idea básica es escoger un territorio y dejarlo que vuelva a ser salvaje. Como dice Tafalla, el ser humano no está gobernando la biosfera, ni sabría hacerlo. Lo que está haciendo es degradarla. El rewilding «es renunciar a nuestro proyecto de dominio y permitir que grandes extensiones de tierra y océano recuperen su soberanía y se gestionen a sí mismos (…), permitiendo que sean las especies salvajes y los procesos ecológicos quienes los gobiernen».

  • «El rewilding no consiste tanto en hacer cosas, como en dejar de hacerlas. (…) Nos cuesta asumir que este desastre tiene mucho que ver con nuestra incapacidad de estarnos quietos o al menos andar más despacio».
  • «Rewilding y decrecimiento son las dos caras de la misma moneda».
  • «Las dietas mayoritariamente vegetales son un factor decisivo de ese decrecimiento, porque permiten liberar grandes extensiones de tierra y de los océanos».
  • «Nuestro papel en la recuperación de los ecosistemas no es el del médico, sino el de quien debe retirarse y dejar de estorbar».
  • «Los zoos no salvan especies, [puesto que] son el paradigma de cómo hemos pretendido gestionar el océano con una colección de vasitos de agua».
  • «El rewilding puede realizarse a muchas escalas distintas y en todo tipo de lugares. Es posible practicarlo en varios grados en parques nacionales, campos de cultivo abandonados o antiguas reservas de caza, en una ciudad, en un parque urbano e incluso en el jardín casero». Se puede aplicar en espacios pequeños, desde un balcón a la mediana de una carretera, y se anima a compatibilizarlo con aumentar los huertos urbanos.
  • «Dejar un territorio a rewilding no significa liberarlo de cualquier forma de presencia humana, sino dejar de explotarlo» (especialmente al comerciar con sus recursos físicos).

El rewilding no tiene efectos negativos para la naturaleza. Por eso puede hacerse a cualquier escala, aunque se aconseja seguir unas cuantas recomendaciones:

  1. Territorios de un mínimo de 20.000 hectáreas, aunque 100.000 es preferible.
  2. Eliminar lo que pueda estorbar: vallados, muros, presas, balsas y canales de riego, tendidos eléctricos, etc. Si no se pueden eliminar, al menos adaptarlos.
  3. Si hay un humedal, también hay que proteger los ríos y acuíferos que lo alimentan (para que no pase como en Doñana).
  4. Intentar que se incluyan especies de todo tipo: plantas, hongos, microorganismos, herbívoros, carnívoros, carroñeros y descomponedores. Inicialmente, se pueden habilitar corredores verdes, nidos artificiales o puntos de alimentación.
  5. No se retirarán los árboles muertos, porque cumplen con funciones ecológicas.

Las ventajas están en conseguir todos los servicios ecosistémicos, tales como combatir la erosión, detener la pérdida de biodiversidad (y de polinizadores, por ejemplo), ríos limpios, acuíferos sanos, más fertilidad… y también alegría. La autora nos cuenta el interesante caso de rewilding no intencionado del área de exclusión tras el accidente nuclear de Chernóbil.

El libro analiza algunos lugares adecuados para rewilding, y recomienda el libro Rewilding Iberia de Jordi Palau. En España, comenta el caso de Campo de Montiel, 600.000 hectáreas renaturalizadas en las provincias de Ciudad Real y Albacete. En Europa, recomienda seguir los proyectos de la fundación Rewilding Europe. También se estudian otros aspectos, tales como renaturalizar áreas marinas, qué hacer cuando los humanos viven en esas zonas o si son culturas indígenas (con caza y pesca de subsistencia, por ejemplo), y por qué la llamada España vaciada debería llamarse España olvidada (porque es falso que esté vacía de vida).

Cuando se reconozcan los beneficios del rewilding y su bajísimo coste, no habrá oposición a la propuesta de mantener subvenciones a los propietarios (por ejemplo, las subvenciones de la PAC al sector primario). El libro no esconde posibles problemas que pueden surgir en los procesos de renaturalización, aportando soluciones sólidas y siempre buscando el consenso.

«El rewilding es viable económicamente, pero eso no significa que debamos emprenderlo con una mentalidad mercantilista. No se trata de substituir monocultivos industriales por un negocio turístico o por oficinas para el teletrabajo (…). Puede generar puestos de trabajo, pero no es un nuevo tipo de negocio, sino un cambio de paradigma con el que superar la visión mercantilista de la naturaleza».

Tafalla expone de forma muy clara que las actividades de caza, pesca o ganadería son incompatibles con la renaturalización. Esas actividades son la causa directa de la desaparición de miles de especies, porque su objetivo no es la conservación. Por eso, si se permiten pervertirían las decisiones y el desarrollo de los territorios renaturalizados. Tampoco la ganadería en extensivo es aceptable y expone multitud de argumentos como, por ejemplo, que la ganadería no puede compararse con los herbívoros salvajes, porque ellos mueren en el territorio y su cuerpo alimenta a otros animales continuando el ciclo. En cambio, la ganadería interrumpe el ciclo enviando el ganado al matadero.

El libro enumera ocho hilos mediante los cuales entretejernos con la red de la vida, ocho ideas que inspiran a una acción consciente de reconexión con lo natural. Algunos piensan que se conectan a la naturaleza en el contacto con su mascota o con rebaños de animales domesticados, pero aunque eso puede tener algo positivo, Tafalla es contraria a todo tipo de domesticación, porque reduce el cuerpo de los animales a intereses humanos y les roba su libertad. Por ejemplo, los perros acaban obedeciendo incluso a quien los maltrata. Para Tafalla, «domesticar significa robarles a los animales su libertad (…), su carácter indómito, y transformarlos según nuestros intereses». Pone un ejemplo muy claro: las gallinas salvajes ponían alrededor de 10 huevos al año, mientras que las seleccionadas artificialmente llegan a poner más de 300 huevos, lo cual les produce enfermedades: descalcificación, prolapsos, etc. Durante siglos se han criado para ser explotadas, hasta el punto de que se normaliza el tratarlas con crueldad. «Deberíamos comenzar a imaginar un mundo en el que el ser humano renuncie a tener esclavos». Tafalla se pregunta «por qué tanta gente dice amar a sus perros y gatos, y mientras continúa comiendo animales, comprando prendas de piel y de lana, defendiendo la caza, la pesca, la hípica, los zoos, la tauromaquia y la experimentación con animales». Por supuesto, Tafalla ve como algo positivo adoptar animales abandonados, pero no seguir criando perros y gatos para venderlos, lo cual debería estar prohibido, según afirma.

Esta autora insiste en que la ética animal y la ética ecológica son distintas, pero se complementan a la perfección, explicándolo con gran maestría y basándose en los estudios de Sue Donaldson y Will Kymlicka, especialmente en su libro Zoópolis. Estos autores estudiaron cómo organizar la convivencia entre humanos de diferentes culturas que conviven en un mismo país (por ejemplo, Canadá). Su idea, en esencia, es considerar a los animales salvajes como otras culturas que, además de tener derechos elementales como a no ser torturados o encerrados, también tienen derechos como grupo. Por ejemplo, derecho a tener pasos de fauna para cruzar carreteras, o a ser rescatados en caso de incendios o inundaciones, etc. En síntesis, deberíamos «respetar los ecosistemas salvajes como si fueran Estados soberanos que se autogobiernan de manera autónoma». Los animales salvajes no necesitan nuestros cuidados, sino «que reconozcamos su autonomía y respetemos su libertad». Por otra parte, estos autores también defienden que «respetar los derechos de los animales contribuiría a respetar mejor los derechos humanos».

Con respecto a las llamadas especies exóticas invasoras, sigue las enseñanzas del biólogo Ken Thompson, quien concluye que la naturaleza es dinámica y que para definir los conceptos de especie autóctona y exótica hay que establecer fronteras en el tiempo y en el espacio que son completamente arbitrarias, por lo que no son conceptos que existan claramente. En muchas ocasiones, esas especies funcionan como chivos expiatorios: se les acusa de la degradación o de la pérdida de otras especies, cuando en realidad las causas más graves son actividades humanas. Se llega a concluir que «la mayoría de especies exóticas no son dañinas y muchas son incluso beneficiosas», pero «no deberíamos confundir lo que es bueno o malo para determinados intereses humanos con lo que es bueno o malo para la biosfera». Según la autora, de hecho, deberíamos admirar que ciertas especies consigan vivir a pesar de las duras condiciones que les establecemos.

Esta escritora denuncia también el interés que hay en declarar una especie como invasora. Con ello se puede recibir mucho dinero público tanto para estudiarla como para combatirla. Y sostiene que es fácil engañar a una sociedad extremadamente antropocéntrica (como ocurre con el caso de las cotorras, que no son una plaga). Por si fuera poco, la mayoría de los intentos de erradicar especies suelen acabar en fracaso tras dedicar grandes cantidades de dinero y otros recursos. Por tanto, lo que se propone es «dejar que sean los ecosistemas y las nuevas especies que llegan a ellos los que se acomoden mutuamente». Para Emma Marris, proteger la naturaleza no es preservar un territorio inmóvil, sino «permitir que la naturaleza fluya, que evolucione, como siempre ha hecho».

Por supuesto, la autora es partidaria de que se restrinja de manera estricta el traslado de especies, así como el comercio con fauna salvaje, de animales domesticados y de plantas exóticas. No obstante, cuando una especie se ha instalado en un ecosistema, hay que estudiar su caso aisladamente, pues no hay reglas generales, y se debe diferenciar entre especies, pues no es lo mismo que sean invertebrados o plantas, que aves o mamíferos. Tafalla resalta que unos pocos que se consideran ecologistas son muy duros contra algunas especies concretas que califican de plaga, llegando a ser «mucho más combativos contra quienes defienden la compasión hacia los animales que contra quienes los usan como instrumentos y se lucran con ellos». Lo curioso es que la mayor plaga de la Historia, el Homo sapiens, rara vez es considerado como tal, a pesar de la multitud de especies que se han perdido conforme ellos colonizaban la Tierra.

Por todo lo dicho, esta obra debería leerse completamente y ser un manual para construir el futuro y para aprender otra forma de vivir y convivir con la biodiversidad que nos rodea en cada paso.

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Al calor del problemón climático

Gráfico que muestra el aumento de temperaturas por todo el planeta, en 2019Aunque suene aburrido, las temperaturas están subiendo por todo el planeta. Más aún en el ártico. La temperatura del planeta ha ascendido —de media— 1,2ºC desde la Revolución Industrial y llegaremos pronto a los 1,5ºC. Es inevitable. Si actuamos con urgencia evitaremos llegar a los 2ºC.

Marta Tafalla, en su magnífico libro Filosofía ante la crisis ecológica, nos advertía que subir 2ºC globalmente implicaría que la temperatura seguiría subiendo incluso aunque se redujeran las emisiones y «la Tierra se volvería inhóspita para la sociedad humana y para un elevado número de especies». Ya está sucediendo. Ya hay especies que desaparecen, ecosistemas que colapsan, migraciones por el clima, empobrecimiento generalizado… ¿A qué esperamos para actuar?

¿Cuánto calor puede aguantar el ser humano?

La respuesta depende de muchos factores: estado de salud, edad, hidratación… Sin embargo, podemos afirmar que los humanos mueren a los 42ºC (obviamente si no pueden protegerse de esa temperatura en un tiempo razonable). Esos 42 grados se consideran en condiciones de poca humedad ambiental, porque gracias a la sudoración el ser humano se refrigera. Pensemos que hay animales que no sudan y que, por tanto, aguantan una temperatura muy inferior. Por ejemplo, el jak (Bos mutus) es un bóvido del altiplano del Himalaya (Nepal, Tibet…) que ha perdido la capacidad de sudar. Los jaks mueren de calor a los 20ºC.

El efecto positivo del sudor se reduce con la humedad. Es decir, en un ambiente húmedo el sudor se evapora peor, refrigera menos y, por tanto, aguantamos menos calor. Es lo que se conoce como temperatura medida en bulbo húmedo. Así, en condiciones de humedad el ser humano muere a los 35ºC. Es decir, en zonas húmedas (por ejemplo las zonas costeras), la temperatura máxima para el ser humano se reduce y todo depende de la humedad. ¿A qué temperatura dejará de ser habitable la ciudad de Cádiz?

¿Qué problema hay en que haga un poco más de calor?

Hay algunas consecuencias leves como deshidrataciones o desmayos, pero una ola de calor puede provocar serios problemas directamente para los humanos. Veamos algunos de ellos:

  1. Agravamiento de problemas de salud, tales como los cardiovasculares, respiratorios, renales, gastrointestinales y neurológicos. Lo advierte la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria. Y además, nos insta a comer menos carne, a evitar los ultraprocesados y a movernos de forma sostenible, en bicicleta.
    • El calor aumenta los partos prematuros y empeora la salud mental. Los hospitales aumentan los ingresos por desmayos, delirios e intentos de suicidio. Se calcula que subir 1ºC de temperatura aumenta las muertes por salud mental un 2,2%. Además, en condiciones de calor hay fármacos que hacen menos efecto. También aumenta el pensamiento confuso, la frustración, la agresividad y los delitos violentos. De hecho, se ha estudiado que la humedad relativa hace aumentar la tasa de suicidios. Ello se debe a lo comentado anteriormente sobre la relación entre humedad y calor.
  2. Muertes: Es complicado de predecir la tasa de mortalidad. El IPCC de la ONU decía que pasar de 1,5 a 3ºC haría multiplicar la mortalidad por 2, o incluso por 3. En diez días de julio de 2022 se calcula que murieron por calor más de 1.000 personas, solo en España. El dato es aproximado porque pudo haber muertes por otras causas, pero que sin calor no se hubieran producido.
    • El calor mata más a los más pobres. No es difícil de entender. Una de las causas es que viven en barrios con menos zonas verdes (con todas las consecuencias que ello implica). Por otra parte, las clases más humildes tienen menos posibilidad de instalar o de usar aire acondicionado. Pensemos que esos aparatos tienen un coste semanal de entre 55 y 60 euros, haciendo un uso moderado, mientras que un ventilador gasta unos 4,2 euros a la semana. Es decir, el aire acondicionado es aproximadamente 14 veces más caro que el ventilador y, a veces, igual de efectivo. Además, hay otras formas de refrigerar la casa: toldos, pulverizadores de agua, abrir y cerrar las ventanas convenientemente, etc.
  3. Problemas de la contaminación por ozono. El ozono es un gas tóxico que se forma cuando la radiación solar incide en los gases que emiten coches, barcos, aviones, centrales térmicas y otras industrias. Es un gas que provoca desde dolores de cabeza hasta enfermedades respiratorias y cardiovasculares. También es tóxico para la vegetación. El objetivo marcado por la UE es no superar los 120 μgr/m3 en periodos de 8 horas y no más de 25 días al año. La OMS es más estricta y establece el límite de seguridad en 100 μgr/m3. Pues bien, este año  un tercio de las estaciones que miden el ozono en España ha superado los 120, llegando a los 194 en Vic, por citar un dato concreto. Las comunidades más contaminadas son Cataluña, Madrid, Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura. En Euskadi, Bilbao también supera el límite. Los pocos planes que se han elaborado han sido claramente ineficaces. La Agencia Europea del Medioambiente calcula que solo en España se producen entre 1.500 y 1.800 muertes anuales por ozono.
  4. El calor sube el consumo de electricidad y reduce el agua embalsada (más grave aún si se une a una sequía). Ambos factores hacen subir el precio de la electricidad. Particularmente, la energía hidroeléctrica es muy barata y podría usarse para abaratar la electricidad. Sin embargo, la centrales están en manos de empresas que las gestionan para maximizar sus beneficios. Por eso, muchos ciudadanos estamos pidiendo que el gobierno de España recupere las centrales en cuanto caduquen las concesiones. Una gestión pública sería más eficaz para gestionar un bien público, como es el agua. Así se ha demostrado en la única central recuperada en España para el interés público.
  5. Incendios forestales cada vez más intensos. La temporada de incendios se amplía, al igual que lo hacen el número de incendios y la extensión calcinada en cada uno. Cada vez veremos más frecuentemente incendios de quinta generación, que ocurren cuando el número de incendios impide a los servicios de extinción actuar adecuadamente. También serán habituales los llamados incendios inextinguibles, los cuales son tan virulentos que los bomberos no pueden hacer nada, salvo esperar a que cambien las condiciones, a que llueva o a que el incendio consuma todo lo que pueda.
  6. Reducción de las cosechas, junto a muertes y enfermedades en el ganado. Agricultores y ganaderos deben prepararse para un mundo cada vez más caliente. La mejor forma es reducir la ganadería, bajando así su enorme impacto ambiental. Tendríamos más alimentos disponibles para las personas. Por otra parte, la agricultura debería tender a ser ecológica (por ejemplo, usando compost en vez de costosos fertilizantes nitrogenados) y se debería enseñar en los colegios, porque tal vez eso será de las cosas más útiles para el futuro.

Aparte de lo anterior, hay otras consecuencias de la crisis climática, tales como pérdida de ecosistemas, subida del nivel del mar (10 cm. en los últimos 26 años), reducción de recursos, migraciones, crisis ecológica y… en última instancia, colapso de nuestra civilización.

Algunos Parques Nacionales españoles están pasando momentos muy críticos. Por ejemplo, en Daimiel y Doñana la agricultura de regadío está dejando sin agua a la naturaleza. Los agricultores legales e ilegales se enfrentan por un recurso que saben que es cada vez más escaso y las administraciones no se atreven a poner soluciones reales.

Humanidad, tenemos un problema

Es obvio que tenemos un problema. No necesitamos más datos ni más estudios científicos. Lo que necesitamos es actuar. Hay estudios que señalan que Europa sufrirá olas de calor cada vez con más frecuencia y mayor intensidad que en otras partes del mundo.

El científico Antonio M. Turiel ha sido muy claro advirtiéndonos de que nuestro modo de vida está a punto de desaparecer. No estamos arriesgando solo el futuro de las siguientes generaciones, sino que nuestras propias vidas van a sufrir las consecuencias de nuestra tranquilidad a la hora de actuar. En 2090 la península Ibérica será climáticamente como ahora es el Sáhara. Un lugar no muy agradable para vivir. Esa transición ya ha comenzado y en pocos años veremos grandes migraciones climáticas en España.

No vamos ahora a enumerar más soluciones. En Blogsostenible hemos trabajado mucho para exponer soluciones viables. Lo que hay que hacer es, sencillamente, ponerlas en práctica. No nos valen falsas soluciones tecnológicas (como la captura de carbono), las cuales llegarán tarde (si llegan). Tenemos que escuchar más a la ciencia y votar con conciencia.

♦ Nota: Este tema se trata en un podcast de Ampliando el debate con Jesús Nácher, Carolina Flynn de Climaterra, y un servidor. En ese podcast se recomienda otro anterior que analizamos en el artículo titulado Enumeremos las consecuencias de la crisis climática y algunas soluciones.

♦ Aprende más en:

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Las mascotas se abandonan porque se consideran objetos (casi siempre)

Me acaban de pedir que busque un acogimiento para un mastín de dos años, muy cariñoso, ideal para niños. La persona que me lo dice me informa de que la dueña «se va de viaje muy largo y no puede llevárselo».

Entonces, pienso: «otro perro abandonado en verano». Luego, intentando evitar el desastre, contesto:

—Lo primero que le diría es que haga un esfuerzo por quedárselo. El perro va a sufrir mucho y en esta época los refugios están saturados, porque mucha gente abandona a sus mascotas.

Y tras eso, añado que si la separación es inevitable, puede contactar con un par de refugios (de los que le mando el contacto). Por si no hubiera problema económico, agrego:

—Estaría bien que se encargara económicamente del mantenimiento, pagando al refugio lo que sea pertinente. Por supuesto, suponiendo que tengan espacio para él, pues es fácil que directamente no tengan sitio para un nuevo inquilino.

—No puede llevárselo —me contesta de forma tajante.

A mí, que dudo tanto del verbo «poder» como de las palabras «nunca» y «siempre», se me desliza un comentario sutil:

—¿Qué haría si fuera su hijo?

—Es como su hijo —me contesta—. Pero no puede.

Nótese en el efecto difuminador de la palabra «como». Nunca sabremos el sentimiento real de cada dueño hacia sus mascotas. Sin embargo, es bastante obvio que a muchas mascotas se las ama hasta que empiezan a estorbar. En no pocos casos, no se las trata como uno más de la familia, sino como un objeto que resulta útil (acompaña, defiende, juega…) y cuando los inconvenientes superan las ventajas, lo que menos importa es el sentimiento del animal. A veces, lo importante es cumplir la ley, y la ley permite deshacerse fácilmente del animal. Si las mascotas fueran como hijos, la ley no sería tan permisiva.

En aquel momento, pensé que mi pregunta anterior podría haber sido molesta —aunque no fuera mi intención—, y entonces terminé la conversación aclarando:

—No pretendo juzgar, sino intentar que busque alternativas al abandono.

La respuesta me dejó pensativo y me impulsó a escribir todo esto:

—Has juzgado aun sin querer.

Por una parte, yo sentí que era yo el juzgado, y fui condenado por supuestamente juzgar. Pero más allá de esa intrascendencia, me pregunto qué se puede hacer para que reflexionen los que abandonan a sus mascotas sin que parezca que los estamos juzgando. Poco o nada, supongo. Me crean o no, yo no pretendí juzgar a una persona de la que desconozco todas sus motivaciones para abandonar a su mastín. Sin duda, puede haber razones más que suficientes. Sé que puede haberlas; tanto como sé que rara vez las hay.

Contra el abandono (y la donación) de todo tipo de mascotas... porque no son objetos.Ojalá todas las mascotas abandonadas encuentren un hogar mejor que el anterior. Ojalá los que realmente no puedan ocuparse de esa mascota intenten mantener el contacto con su nuevo hogar y paguen, con creces, todos los costos que ocasionen. Eso sería ser responsables. Y me da igual que me digan que estoy juzgando.

Antes de terminar, permitidme una reflexión. Los animales que acogemos en nuestras casas son como niños pequeños. Ellos no han escogido dónde vivir y dependen de sus dueños para su bienestar. Tenemos que educar para una tenencia responsable de mascotas y evitar tener animales para nuestro disfrute. No se trata del enorme impacto ambiental de las mascotas, sino de algo más simple: no son como objetos.

♥ Nota: Si tienes interés en adoptar a este adorable mastín, llama urgentemente al 675 XXX XXX.

♥ Más sobre mascotas:

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