Mekfoula Mint Brahim: una mujer contra la discriminación en Mauritania

Mekfoula Mint Brahim es otra de las mujeres que debemos seguir de cerca y visibilizar. Esta ecofeminista mauritana estudió biología molecular, trabaja en el Centro Nacional de Oncología y preside la organización Por una Mauritania Verde y Democrática, una ONG que trabaja para promover los derechos humanos, el ecologismo y el feminismo.

Ha recibido numerosas amenazas de muerte por su postura contra el extremismo religioso. Por eso ha sido detenida en diversas ocasiones y ha recibido la atención de Amnistía Internacional. En 2014 se emitió una fatwa (edicto religioso) contra ella y contra el activista Aminetou Mint El-Moctar porque ambos pidieron que se anulara la pena de muerte contra el bloguero Mohamed Mkhaïtir, por criticar a quienes usan la religión para discriminar a las minorías.

Esta mujer ha recibido premios internacionales por su defensa de los derechos humanos y contra la discriminación. Su objetivo para empoderar a las mujeres le llevó a denunciar la mutilación genital femenina y el matrimonio forzado de niñas que aún persiste en su país, Mauritania.

Sorprende la poca información que hay en Internet sobre ella y sobre sus actividades (tanto en español, como en inglés y en francés). Al hacer que esta mujer sea más conocida, estamos apoyando su causa y dándole más fuerza.

Otras mujeres que merecen ser visibilizadas son, por ejemplo: Rachel Carson, Wangari Maathai, Lynn Margulis, Vandana Shiva, Marta Tafalla, Laurel Braitman, Naomi Klein, Elinor Ostrom

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El ecofeminismo es la unión de muchos caminos de futuro, y no puede ser especista

En una charla memorable, el natuperiodista Joaquín Araújo ironizaba —y provocaba— diciendo: «Somos demasiados y demasiado ignorantes (…). En este mundo sobramos la mitad, pero en caso de ser hombres sobramos casi todos». Y apuntalaba: «La generalizada destrucción de la naturaleza es el machismo más radical».

Es también «supremacismo», el sentimiento de ser superiores. Se ejerce la fuerza y la acumulación solo por tener poder para hacerlo (no derecho). Comportarse de forma supremacista (machista, especista…) no es convivir; es colonizar, conquistar, arrebatar, imponer… y en no pocos casos también torturar.

Ni el planeta, ni las mujeres, ni los animales son territorios que hay que conquistar y dominar; verbos que hay que cambiar por comprender y respetar. Esa debe ser la esencia del ecofeminismo y, por eso, el animalismo no es un camino muy diferente de respeto y justicia. ¿Se puede pedir el fin de la opresión para unos mientras otros siguen oprimidos?

El fin de toda opresión sistemática

Leonardo da Vinci no comía carne y pensaba que matar animales era un asesinato que debería castigarseEl ecofeminismo es un movimiento que conecta la opresión del planeta con la opresión de las mujeres. Aunque duela, hay que aceptar que el patriarcado ha desembocado en una sociedad peligrosamente insostenible e injusta, que tenemos la obligación de cambiar. El ecofeminismo no sostiene que las mujeres van a salvar el planeta sino que aspira a visibilizar las enormes injusticias que se cometen. Es un movimiento que resalta el paralelismo entre la explotación de los recursos naturales y la explotación de las mujeres. En la base de esas injusticias está la creencia firme en una jerarquía artificial por la que los seres superiores pueden oprimir a los demás.

Los animales no pueden quedar fuera de esta lucha por la justicia. Primero porque los animales y sus ecosistemas son parte de la naturaleza que se pretende respetar y, segundo, porque son seres sintientes, sienten emociones como el placer y el dolor. Igual que no tendría sentido un feminismo racista, también es incoherente un feminismo especista.

En su libro Ecoanimal, Marta Tafalla explicaba que el ecofeminismo ha sido muy explícito al comparar las distintas formas de dominio. La explotación de las mujeres, de la naturaleza y de los animales tienen muchas similitudes. La idea básica del supremacismo subyacente es que hay una jerarquía y que lo superior puede someter a lo inferior. Por tanto, la naturaleza existe para servir a nuestra especie, y «un caballo debe renunciar a su propia vida para convertirse en el sistema de transporte de un ser humano» (o cosas peores). Por el mismo motivo supremacista, una mujer debe renunciar a sus proyectos para servir a los de un hombre. «El problema es un orden metafísico jerárquico que justifica relaciones de poder y opresión».

Allí donde los animales son vistos como objetos, se abusa de ellos: las macrogranjas contaminan la Tierra, la caza y la pesca son raramente sostenibles e inevitablemente sin ética ni respeto, etc. Allí donde las mujeres son cosificadas, son vistas como medios productivos y mano de obra barata y, en paralelo, tampoco la Tierra será respetada. Conectando con la cita de Araújo del inicio, Tafalla decía que «el arma fundamental para lograr reducir nuestra superpoblación sería, sencillamente, que todas las niñas y mujeres del planeta tuvieran acceso a una educación pública y gratuita de calidad». Eso aún no ha ocurrido para demasiadas niñas y mujeres.

El cambio climático en femenino: la crisis climática

Ante el cambio climático, las mujeres están más amenazadas y se sienten más afectadas. A la vez, las mujeres han sido, en general, educadas para estar más comprometidas con las tareas de cuidados y, por tanto, practican más la cooperación, la empatía (hacia humanos y no humanos) y son más respetuosas y activistas por el planeta. Son ellas las que usan más las caricias, la ternura, la compasión… y también el transporte público; reciclan más y sin duda cumplen mejor con la Cadena Verde. También, a veces, son las mujeres las que más usan la bicicleta, a pesar de la discriminación que sufren en este medio. Son ellas las que más se benefician de una ciudad amigable para la bicicleta, porque este medio de transporte aumenta la seguridad para ellas, como demuestra un reciente estudio.

Por otra parte, en nuestra sociedad, la competición, el dominio, el uso de la fuerza, el abuso, son esencialmente características masculinas. En España, casi el 51% de la población son mujeres pero el 92,4% de las personas encarceladas son hombres y también aquí las mujeres son discriminadas: reciben condenas más duras que los hombres (tal vez porque se supone que ellas deben ser buenas), se les da peor trato sanitario, se piensa menos en su reinserción… y hasta los talleres de formación en las cárceles son concebidos por el machismo. Y eso sin tener en cuenta que en muchos casos las mujeres que llegan a la cárcel son también víctimas de una sociedad machista y discriminatoria que les lleva a delinquir.

Multiplicar lo femenino, dividir lo masculino

La película libanesa ¿Y ahora adónde vamos? (Nadine Labaki, 2011) es una comedia dramática que muestra un país destrozado por la guerra entre musulmanes y cristianos. En ese contexto sobrevive un pueblo manteniendo en inestable equilibrio las relaciones entre ambos grupos religiosos. Pero como ocurre casi siempre, son los hombres los que pretenden resolver las tensiones con violencia, mientras las mujeres usan otras estrategias, algunas esperpénticas, pero colaborando entre ellas y olvidando sus intereses particulares. Para ellas todo vale para proteger la paz en el pueblo. Es como si las mujeres nacieran sabiendo que en una pelea el ganador también acaba perdiendo. Se gana más colaborando que compitiendo.

Reclamamos estas palabras de Araújo como ecofeminismo destilado: «Vivir acariciando a la vida; no dominándola; no apropiándonos de la vida». En el fondo, la palabra ecofeminismo es la unión de muchos caminos por los que debemos caminar, aunque sea a distinto ritmo: ecologismo, feminismo, animalismo, veganismo, igualitarismo, minimalismo, pacifismo…

No pretendemos ser radicales. Tenemos que entender que en algunos asuntos cada uno tenga su opinión o su grado de evolución, pero estas reflexiones son necesarias. El debate hay que ponerlo sobre la mesa. Puesto queda.

Para terminar, nos gustaría destacar a unas mujeres por sus aportaciones a la humanidad: Rachel Carson, Wangari Maathai, Lynn Margulis, Vandana Shiva, Marta Tafalla, Laurel Braitman, Naomi Klein, Elinor Ostrom, Mekfoula Mint Brahim

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🚢Europa consume gran parte de la producción mundial: lo que nos llega por el canal de Suez

Un buque encallado en el canal de Suez amenazó la cadena de suministro de buena parte de los países ricos. El incidente duró poco, pero las pérdidas dicen que son cuantiosas: 10.000 millones de dólares por una semana. Cuando se abrió de nuevo el canal estaban esperando casi 400 buques: petroleros, graneleros, buques de contenedores… El corte de esta vía marítima afecta directamente al empleo de muchos transportistas, así como al precio de productos como el café y los combustibles. Y si sube la gasolina, todo sube. Esto demuestra la enorme dependencia de nuestro sistema de vida: dependencia energética, pero también del transporte internacional y de sus vías.

Estos 193 kilómetros de canal navegable conectan el mar Rojo con el mar Mediterráneo y por ellos fluye más del 10% del comercio mundial, unos 8.150 millones de euros diarios, 340 millones a la hora. Dar la vuelta a África supone unos 10 días más de viaje, lo que aumenta también los costes. Cada día pasan por el canal unos 50 enormes buques, como el encallado, el cual puede transportar 18.000 contenedores (los TEU, del tamaño de un camión grande).

Este incidente puede ayudarnos a ver la magnitud de los desastres ambientales que estamos provocando «los ricos». Aparentemente, en los países industrializados crece la conciencia ambiental. Por ejemplo, la población es consciente de problemas como la crisis climática o el plástico y se desarrollan leyes ambientales (aunque sean superficiales y nos lleven a pensar que se hacen más por imagen que por ecologismo). Sin embargo, los países ricos siguen importando millones de toneladas de materiales de todo tipo que tienen, en conjunto, un ingente impacto ambiental. Desde todos los rincones del mundo llegan a los países ricos todo tipo de productos: alimento para el ganado, productos químicos y electrónicos, minerales, maquinaria… Y gran parte de esos productos no son de comercio justo y se convierten en basura en pocos años. Y decimos que se convierten en “basura” porque ni siquiera se intentan reciclar. Entre los productos que se transportan también hay animales vivos, que son transportados en condiciones deplorables. Por eso, Igualdad Animal está recogiendo firmas para prohibir este tipo de maltrato animal.

Si ocho de cada diez bienes que consumimos en el mundo viajan por mar, ¿dónde queda el consumo local, básico en una sociedad sostenible? ¿En qué queda entonces esa conciencia ambiental que “creemos” que está aumentando entre los ciudadanos más cultos y ricos? Sospechamos que la sensibilidad ambiental es solo un fino barniz verdoso. A las empresas multinacionales no les interesa que nada cambie. Y los gobiernos no van a cambiar nada mientras haya una venda voluntaria que cubra las conciencias de buena parte de la sociedad.

El canal de Suez ahorra mucho dinero en transporte de mercancías, pero lo que circula por el canal tiene un alto coste ambiental. De hecho, el propio canal es un atentado ambiental por la cantidad de especies invasoras que cruzan del mar Rojo al Mediterráneo y viceversa. Para acrecentar este impacto, la presa de Asuán en el Nilo reduce el flujo de agua dulce y de nutrientes vertidos por este río en el Mediterráneo, lo que ha provocado un descenso de la pesca y un incremento de la salinidad que, a su vez, ha facilitado que las especies del mar Rojo se puedan adaptar al Mediterráneo (un mar históricamente bastante menos salino). Es otro ejemplo de los daños ambientales de embalsar el agua de un río.

Por si fuera poco, la contaminación de los barcos es inmensa: si fuera un país sería el sexto más contaminante del planeta. Reducir solo un 10% la velocidad de los barcos, conllevaría un ahorro considerable en contaminación y en accidentes con cetáceos. El combustible de los barcos emite muchos más contaminantes que el de los coches. También se debe obligar a usar velas, aunque sea parcialmente y en largos recorridos.

El planeta es suficientemente fuerte para aguantar muchos de nuestros impactos ambientales, pero no los aguantará gratuita e indefinidamente. Si no frenamos nuestra maquinaria de producción, transporte, consumo y deyección, el colapso estará más cerca de lo que piensan la mayoría de los consumidores.

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📗Libro Relatos Ecoanimalistas, de J. Galindo (reseña)

«La humanidad debe aprender a respetar más a la naturaleza y a todas sus criaturas. Dado que la ciencia está fallando en este objetivo tan urgente, tal vez el cambio necesario pueda venir de la literatura».

Libro Relatos Ecoanimalistas, portada y resumen

El libro tiene imágenes a color muy evocadoras. De venta AQUÍ.

Ese texto extraído de la contraportada deja claro uno de sus deseos. Relatos Ecoanimalistas (Europa Ediciones, 2021) es una colección de historias y microrrelatos, donde el objetivo principal no es aleccionar o instruir, sino entretener. A la vez, en cada relato hay una pincelada de conciencia ecologista, animalista o simplemente humanista. En algunos relatos, esa pincelada cuesta verse y en otros es más bien un brochazo que pretende decorar de verde el planeta azul. Este libro no está dirigido principalmente a activistas ecoanimalistas , sino a gente corriente. Todos pueden divertirse (o no) con las historias, pero también sorprenderse, aprender y, tal vez, mover su punto de vista.

Sus relatos son cortos y variados y surgen del blog Historias Incontables del autor. Podemos encontrar historias cotidianas, relatos futuristas, amores posibles y fábulas imposibles. Dos de estas historias están basadas en hechos reales, pero el lector tendrá que intuir cuáles son.

Sin pretender hacer un mapa del libro, el primer relato nos hace vivir la frustración de un consultor trabajando para una empresa cárnica sin futuro, que encuentra la solución en el subsuelo de la compañía.

Hay dos relatos distópicos, que plantean dos futuros muy diferentes. En uno el ser humano aparece esclavizado por sus propios avances tecnocientíficos, mientras en otro encara su propia extinción en el escenario del dolmen de Menga de Antequera (Málaga). La relación entre nieto y abuelo brota en otros dos relatos, con final feliz en uno y agridulce en otro.

Tres relatos más son protagonizados por un misterioso viajero. Mientras en uno viajaremos a las profundidades amazónicas y conoceremos tribus apasionantes, en otro pasearemos por el África más perdida y, en el tercero, no hará falta que viajes mucho. La naturaleza salvaje que tengas más cerca de tu casa, puede enseñarte mucho, valorándola con lo que llama “Estrellas verdes”.

Dos relatos más van dedicados a la amistad femenina. Son diálogos que nos asoman (o lo intentan) a la riqueza sentimental humana, planteando dilemas éticos entre uno mismo y lo externo: tu trabajo, tu más preciada amistad, tu pareja…

En el apartado de microrrelatos hay cuatro sabores, cuatro armas de reflexión masiva. Uno de ellos es solo una frase de quince palabras que podría modificar la trayectoria del transporte aéreo.

Unos fenómenos paranormales con mensajes del más allá aparecen también por alguna página, además de la tragicomedia de Idiotilandia (desgraciadamente inspirada, aunque no basada, en hechos reales) y de dos fábulas. Nos gustaría avisar al lector que intente descubrir quién cuenta el relato titulado ¿Dónde están los viejos?

Entresacamos algunas frases del libro, para que la reflexión que suscita no se detenga:

  • «La fabricación de los metales es lo que ha generado estilos de vida insostenibles».
  • «Nadie me ha garantizado una vida larga ni una buena muerte».
  • «Se me parte el alma cuando veo cómo sufren los animalitos, pero luego se me pasa».
  • «No podemos estar todo el día mirando las etiquetas… pero vamos, que yo sí las miro y si lleva aceite de palma no lo compro ni loca».
  • «El día que las personas aprendamos a entender las miradas de los animales, ese día el ser humano dejará de maltratarlos».
  • «Para dormir no se necesita cama, ni hotel, ni gastar un céntimo».
  • «Andar es el medio de transporte natural del ser humano».
  • «Intenta disfrutar siempre, hasta del dolor».
  • «La persona generosa no espera nada a cambio».
  • «Ser coherente contigo misma a veces cuesta, pero es la única forma de ser feliz».
  • «No imaginas la felicidad que recibes cuando compartes».
  • «¿Cómo van los científicos a saber más que los gobernantes elegidos democráticamente?».

De lo mejor del libro son las ilustraciones a color de la artista @patriciagalindo.art. Con prólogo de Julio Barea, de Greenpeace, el libro recomienda diez películas que inspiran a cuidar del medioambiente, para disfrutar también con el séptimo arte. Mover el punto de vista de la sociedad es muy complejo. Más fácil es entretener y tampoco es tan sencillo como pudiera parecer. Aceptamos comentarios y críticas.

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El coche eléctrico, el reciclaje y otras estafas ambientales —o #GreenWashing—

Desgraciadamente, el coche eléctrico y el reciclaje son más estafas ambientales que soluciones reales. Son parches que nos impiden aplicar soluciones efectivas.

Vivimos en una sociedad cada vez más consciente de los gravísimos impactos que generamos los humanos. El abuso contra el medioambiente es tan evidente que hay que tomar medidas urgentes. Pero nadie quiere cambiar las comodidades de su estilo de vida. ¿Solución? Inventar cosas que parezcan ecológicas aunque prácticamente no sirvan para nada. Las empresas más vanguardistas están llevando a cabo caras campañas de greenwashing. El greenwashing está de moda, porque el desastre ambiental no se puede ocultar.

Aprendamos a base de «bofetadas verdes»

Imagina que alguien va a pegarte dos bofetadas y que, repentinamente, se arrepiente y dice: “Tranquilo, solo voy a pegarte una bofetada. Debes darme las gracias”.

¿Debes estar agradecido por no haber recibido dos tortazos? Obviamente no. Muchas de las ideas “ecológicas” se basan en el mismo concepto de «bofetada verde»: es posible que ocasionen menos daño, pero lo importante es preguntarse si el daño que hacen es tolerable.

Movilidad de alto impacto

El coche eléctrico privado no puede ser jamás sostenible. Hay unas condiciones necesarias para que el coche sea sostenible y entre ellas están que use solo energía renovable y que sea un coche compartido (no privado). Si queremos una movilidad sostenible, debemos restringir la posesión de coches a personas particulares. En un futuro cercano —si queremos sostenibilidad— los ciudadanos debemos usar el transporte colectivo (autobús, metro…), o bien compartir coches alquilándolos. No aseguramos que eso sea sostenible, ni que sea cómodo, sino que cualquier otra aproximación tiene un impacto ambiental excesivo en un planeta superpoblado de ricos y de supercomodones.

Otros medios de transporte eléctricos (como bicicletas o patinetes) hay que mirarlos con precaución (especialmente los patinetes de alquiler). Aunque su impacto en CO2 pueda ser menor que un coche diésel, tiene efectos secundarios preocupantes: eliminan viajeros de transporte público y hacen que la gente camine menos, pues llegan hasta la puerta de su destino. Además, en el caso de patinetes de alquiler, al final del día, furgonetas contaminantes recorren las calles para recogerlos, recargar sus baterías y volver a repartirlos por la ciudad. Pocos transportes son tan “eco” como la bicicleta tradicional.

Reciclaje de alto impacto

Cuando era joven recuerdo que escribí al ayuntamiento de Granada para pedir que se pusieran contenedores de reciclaje. Desde mi inocencia, pensaba que el reciclaje era la solución al problema de los plásticos, que ya se dejaba ver hace más de 30 años. Me engañaron. Nos engañaron.

Nos engañaron diciéndonos que podíamos consumir cosas en plástico, lata o tetrabrick porque todo se reciclaba sin impacto ambiental, pero es mentira. Ningún país del mundo recicla todos sus envases. El problema no está en la mala gestión, sino en los procesos de reciclaje en sí mismos. El consumo de energía y recursos (como agua…) de esos procesos es tan alto que hacen que reciclar no sea sostenible, como denunció Greenpeace. No te creas los bonitos anuncios de Ecoembes, porque Ecoembes miente. Por supuesto, reciclar es mejor que no hacerlo (y una bofetada es mejor que dos).

El reciclaje se debe dejar exclusivamente para objetos que se rompan tras un uso intensivo, pero no para objetos de usar y tirar, los cuales deben ser eliminados del mercado.

¿Por qué nos engañan?

Las empresas nos engañan porque quieren seguir ganando mucho dinero aunque destrocen el medioambiente, y aunque se estén comiendo el futuro de las siguientes generaciones.

Los grupos ecologistas no se cansan de dar tres soluciones que se realimentan entre sí, pero no se consiguen resultados destacables porque no se aplican:

  1. Acciones individuales: Los ciudadanos que sean conscientes del problema deben actuar desde su posición. Puede parecer que no se puede actuar de forma decisiva pero cada acto cuenta, por pequeño que parezca. Además, cada acto ecológico tiene el poder de educar a los que nos rodean. ¿Cuáles son los actos individuales más ecológicos? Contestamos a esa pregunta en otra entrada de este blog, pero una de las acciones más simples y decisivas es hacerse vegano o flexitariano.
  2. Gobiernos sensatos: Los gobiernos a todos los niveles (de Estados, regiones, ciudades, empresas…) tienen más poder y, por tanto, más responsabilidad. Pero también tienen las manos atadas porque están, en muchos casos, dirigidos por intereses de todo tipo y la ciudadanía lo consiente. Si salen gobiernos sin conciencia ambiental es porque los votantes votan sin conciencia ambiental.
  3. Educación ambiental: Es una herramienta esencial. Los gobiernos que nos dirigen no van a implantar una educación ambiental adecuada y suficiente mientras la sociedad no lo demande.

Conclusión

Para que no nos engañen, tenemos que estar atentos. Hay muchas estafas: carnelimpiadores ecológicos, pescado o inversiones responsables, coches sostenibles, cervezas verdes, leche sin maltrato animal, comida para mascotas ecofriendly, todo tipo de productos biodegradables… y hasta vuelos en avión eficientes.

Entre lo que nos engañan los demás y lo que nos engañamos nosotros mismos, lo cierto es que el futuro es bastante negro, especialmente para las siguientes generaciones. Debemos divulgar esta información para que se sepa, para que frenemos el desastre al que nos dirigimos y para que los jóvenes sepan lo que se les viene encima y puedan tomar mejores decisiones. Por ejemplo, aprender a cultivar un pequeño huerto, incluso en un balcón, puede ser más útil que aprender a usar Instagram.

Nota final: Nos gustaría aclarar que reciclar es un proceso adecuado solo cuando se han satisfecho las dos primeras erres (reducir al máximo y reutilizar todo lo posible). Mientras eso no se cumpla, reciclar no puede ser considerado como algo ecológico.

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Libro El planeta inhóspito, de David Wallace-Wells (resumen)

Mientras lees estas líneas está ocurriendo la sexta gran extinción de especies de la Historia de la Vida. Las cinco anteriores ocurrieron hace entre 70 y 450 millones de años y  en cada una de ellas se extinguieron entre el 75 y el 96% de las especies. Sin embargo, durante esas cinco debacles precedentes no había humanos en el planeta, por lo que no les afectó en absoluto. Ahora sí estamos aquí y no queremos sufrir penalidades. La ciencia dice que necesitamos la biodiversidad (es una de las cuatro leyes de la sostenibilidad). Wallace-Wells aclara en este libro (ed. Debate, 2019) que no es ecologista, pero nos cuenta lo que se sabe de la crisis climática a nivel práctico y científico. La mayoría de las cosas nos gustaría que fueran falsas, pero solo un necio niega las evidencias y prefiere vivir como si la realidad fuera lo que no es.

Si datamos en 1992 cuando la humanidad establece el consenso científico sobre el cambio climático, sus causas y sus consecuencias, Wallace-Wells afirma que “ya hemos generado tanta devastación a sabiendas como durante nuestra ignorancia”. Al principio de la Revolución Industrial la humanidad no sabía dónde se estaba metiendo, pero ahora lo sabemos y cuando vengan las graves consecuencias, no deberíamos quejarnos.

Más aún, hay empresas que lo sabían desde mucho antes y se lucraron en silencio. Por ejemplo, “Exxon, una compañía que ahora es objeto de un gran número de demandas”. El autor tiene claro que “si el planeta se llevó al borde de la catástrofe climática en el transcurso de una sola generación, la responsabilidad de evitarla recae también sobre una única generación. Y todos sabemos qué generación es esa: la nuestra”.

Wallace-Wells es sincero: “Yo no voy a matar una vaca con mis manos para comer una hamburguesa, pero tampoco voy a hacerme vegano”. Si descargas tu culpa en otros, tu carga es más liviana, pero tu culpa sigue siendo la misma. Un matadero provoca distintos problemas de salud, éticos y ambientales, pero los culpables no son solo sus trabajadores.

El autor se dedicó a recopilar historias sobre el cambio climático durante años. Por ejemplo, la guerra civil en Siria ha sido agravada por el cambio climático y ha generado millones de refugiados. La ONU estima que en 2050 habrá 200 millones de refugiados climáticos, pero podrían ser hasta 1.000 millones. El abanico es tan grande en esto, como en todas las previsiones sobre la crisis climática, porque hay dos capas de incertidumbre: qué harán los humanos y cómo responderá el clima. El cambio climático es un hiperobjeto (según Timothy Morton), un hecho enorme y complejo que, como Internet, no se puede llegar a entender adecuadamente.

El Acuerdo de París (2016) pretendió que no se superen los 2 grados de calentamiento, pero en 2017 las emisiones de carbono aumentaron. Los resultados son “desalentadoramente sombríos”. Más grave es si tenemos en cuenta que si actuamos sobre las emisiones pronto, cumpliendo ese acuerdo, alcanzaremos los 3,2 grados de calentamiento, “unas tres veces más que todo el que ha experimentado el planeta desde los inicios de la industrialización” (que ya es de +1,3ºC). Pero ningún país está cumpliendo ese acuerdo. Esto nos deja en manos del colapso: escasez de agua, grandes ciudades inhabitables, olas de calor, incendios forestales, crisis alimentaria, crisis sanitaria (más enfermedades y pandemias: dengue, malaria, coronavirus…), inundaciones, guerras, muerte forestal, reducción de insectos… Tormentas cuya probabilidad de producirse es una cada 500 años están ocurriendo tres veces en 5 años. Además, son procesos que se alimentan mutuamente en muchos casos: menos árboles es más CO2, más calor, más incendios y menos árboles. Algunos procesos funcionan a la inversa, moderando el cambio climático, pero son muchos más los que tienden a acelerarlo y se desconoce cómo interactúarán, lo que hace que haya una enorme incertidumbre en las previsiones precisas sobre el cambio climático. Un ejemplo de efecto de insospechadas consecuencias es la hibridación entre especies que el cambio climático ha juntado, cuando la evolución las separó durante millones de años.

El autor llama “sistema climático de castas” o apartheid medioambiental” al hecho de que los pobres vivan en las zonas más vulnerables, incluso dentro de los países ricos, en los que es frecuente, por ejemplo, que los pobres vivan en marismas o terrenos fácilmente inundables y con las infraestructuras más penosas. Con la excepción de Australia, “aquellos países con menor PIB serán los que más se calienten”. Es “una de las muchas ironías históricas del cambio climático que haríamos mejor en llamar crueldades históricas”. Ante todo este problema, el autor llama a la cooperación internacional y critica los nacionalismos, por romper alianzas y abdicar de la responsabilidad colectiva. Si el 10% de las personas más ricas del mundo tuviesen que ceñirse al consumo o huella de carbono de un europeo, las emisiones mundiales totales disminuirían en una tercera parte.

Drew Shindell trató de cuantificar el sufrimiento que se evitaría si el calentamiento solo alcanzase los 1,5 grados, en lugar de los 2 grados. Ese medio grado extra matará solo por contaminación del aire a 150 millones de personas. Para el IPCC de la ONU, ese medio grado supone jugar con la vida de cientos de millones de vidas humanas. Los datos actuales son ya escalofriantes: 7 millones de muertes al año son debidas solo a la contaminación del aire.

“Cada uno de nosotros impone algo de sufrimiento sobre nuestro yo futuro cada vez que pulsamos un interruptor de luz, compramos un billete de avión o nos abstenemos en unas elecciones”. El dato es aún más estremecedor si tenemos en cuenta toda la energía que se despilfarra (dos tercios en EE.UU.) y que estamos subvencionando el negocio de los combustibles fósiles con más de 5 billones de dólares anuales, según el FMI. Por ejemplo, en Arabia Saudí “en verano se consumen 700.000 barriles de petróleo al día, principalmente para alimentar los sistemas de aire acondicionado”. Pero el gasto es también excesivo en cualquier país europeo. Más aún, las llamadas nuevas entidades pueden tener efectos muy graves, tales como la contaminación por bitcoins o vídeos en streaming, nanotecnologías, agricultura celular…

Las decisiones individuales ecológicas sobre el estilo de vida son importantes, pero “no suponen una gran diferencia para el todo, a menos que vengan amplificadas por la política”. Según él, “disponemos de todas las herramientas necesarias para evitar un cambio climático catastrófico (…), pero la voluntad política no es un ingrediente cualquiera. (…) También tenemos las herramientas para solucionar la pobreza global, las epidemias y el abuso contra las mujeres”.

Aún no hemos empezado a plantearnos lo que implica vivir en las condiciones que nos esperan, pero los gobiernos tienen un gran poder que no están ejerciendo, porque los ciudadanos no se lo están demandando. “Cada planeta inhabitable es un recordatorio de lo excepcional del conjunto de circunstancias necesarias para que se dé un equilibrio climático que haga posible la vida”.

Hambruna

“Relatos Ecoanimalistas” —Colección de relatos ecologistas y animalistas.

—Libro de relatos ecologistas y animalistas, con imágenes a color muy evocadoras.

Por cada grado de calentamiento, el rendimiento del cultivo de cereales disminuye un 10%, pero conforme aumenta la temperatura los rendimientos caen aún más rápido. Para las proteínas animales es peor: se necesitan 8 kilos de cereal para producir 1 kilo de carne de vaca, y la ganadería que emite mucho metano, un GEI (Gas de Efecto Invernadero) mucho peor que el CO2. Aunque el exceso de CO2 puede hacer que los vegetales crezcan más, se ha demostrado que esas plantas son menos nutritivas, porque los carbohidratos diluyen los nutrientes, el hierro, el zinc y las vitaminas.

Los mejores terrenos para agricultura ya se están usando y el cambio climático no facilitará que se cultive más lejos del ecuador. Se está perdiendo tierra cultivable y se está desertificando gran parte del planeta. La «revolución verde» aumentó los rendimientos en las cosechas a mediados del siglo XX, lo cual más que negar las predicciones de Malthus y Ehrlich por la superpoblación, tal vez solo las retrasa.

En 2050 se espera que China triplique su consumo de leche, por la influencia occidental. Solo ese incremento hará aumentar en torno a un 35% las emisiones de GEI por la ganadería lechera. Greenpeace ha alertado que el mundo debe reducir a la mitad su consumo de carne y lácteos para evitar un cambio climático peligroso. En unos años el sur de Europa vivirá en una sequía extrema permanente. Pero ya hoy, hay entre 800 y 1.000 millones de personas malnutridas.

“La semiignorancia y semiindiferencia es una enfermedad climática mucho más extendida que la verdadera negación”. William Vollmann dijo «Nuestras vidas giraban en torno al dinero, y nuestras muertes también» (Carbon Ideologies).

El mar podría subir 2 metros en el año 2100

Esto supone un cambio importante en los mapas de muchos países y en sus sistemas socioeconómicos. Por ejemplo, las playas actuales desaparecerán y los refugiados climáticos se multiplicarán. “Casi dos tercios de las ciudades más pobladas del mundo están situadas en la costa —por no hablar de las centrales eléctricas, puertos, bases navales, terrenos agrícolas, caladeros, deltas fluviales, marismas y arrozales—, e incluso los situados por encima de los tres metros sobre el nivel del mar se anegarán con mucha mayor facilidad y frecuencia”. Pero ojo: “estos efectos se harán realidad incluso si se produce una reducción radical de las emisiones”. No actuar será aún peor.

Un estadounidense medio es responsable (o irresponsable) de emitir tanto CO2 como para fundir 10.000 toneladas de hielo antártico al año. Cada minuto, cada estadounidense añade casi 20 litros de agua dulce al mar. Ya hemos subido la temperatura del planeta 1,3 grados (el libro dice 1,1) y llegar a 3 grados supone que el nivel del mar subirá al menos 50 metros según científicos como David Archer. El Servicio Geológico estadounidense sitúa esta cifra en los 80 metros. Recuerde que 600 millones de personas viven a menos de 9 metros sobre el nivel del mar.

Todo eso está implicando también la liberación de metano atrapado en el permafrost. Además, al haber menos hielo, el planeta refleja menos la luz solar, por lo que la tierra absorbe más luz y se calienta más.

Incendios, huracanes y sequías

Los Ángeles es una ciudad de ensueño construida sobre un desierto. ¿Alguien piensa que algo así es sostenible? Pero los incendios forestales no asolan solo California, sino que están por todo el planeta: Rusia, Finlandia, Brasil, Indonesia… e incluso por gran parte de África. Se estima que solo el humo de esos incendios mata a entre 260.000 y 600.000 personas cada año. Pero los efectos son mucho peores: cada kilómetro cuadrado de deforestación provoca 27 casos de malaria. Los incendios son de los efectos más perversos porque además de liberar CO2, se pierden bosques que son los grandes limpiadores de CO2.

Los huracanes serán tan intensos que habrá que inventar nuevas categorías para describirlos. El granizo cuadriplicará su tamaño. Tal vez, hasta habrá que cambiar el nombre de las cosas: en el Parque Nacional de los Glaciares (EE.UU.) solo quedan 26 de los 150 glaciares que había en 1850.

El estado de Luisiana se estima que pierde cada hora una superficie del tamaño de un campo de fútbol. En Florida han tenido que elevar las carreteras. Los más pobres, tienen menos opciones y, en muchos casos, solo les queda emigrar.

Donde el cambio climático se está haciendo más evidente y grave es en la falta de agua. Entre el 70 y el 80% del agua dulce se usa para producir alimentos y muchos de ellos se despilfarran. La producción de alimentos animales (carne, lácteos y huevos) consumen aún más agua que los vegetales. Aunque el consumo por ciudadano no es tan elevado, muchas ciudades pierden más agua en fugas que la que llega a los hogares.

Los mayores lagos del planeta se están secando, como el conocido caso del mar Aral, que ha perdido más del 90% de su agua. No es solo por evaporación por el cambio climático, sino también por una gestión egoísta y descontrolada. Muchos ciudadanos ignoran el enorme esfuerzo para llevar agua a lavabos, duchas o retretes. ¿En serio es buena idea tirar 5 litros de agua cada vez que vamos al váter?

Sudáfrica y su capital se enfrentan ya a la sequía permanentemente. Pero ya desde antes había 9 millones de personas sin nada de agua para consumo personal. Ese problema podría resolverse solo con un tercio de la cantidad de agua que el país destina a fabricar vino. ¿Es más importante producir vino o tener agua para las personas? Debemos responder, para prepararnos ante las “megasequías que vendrán”.

Océanos y atmósfera

Las poblaciones de peces han migrado cientos de kilómetros buscando aguas más frías. Solo el 13% del océano está intacto, salvo por la acidificación que afecta a todas las masas de agua. Los corales están muriendo (proceso conocido como blanqueamiento o decoloración del coral), lo cual es una muy mala noticia teniendo en cuenta que “los arrecifes sustentan hasta una cuarta parte de toda la vida marina, y son fuente de alimentos e ingresos para 500 millones de personas”. También nos protegen de inundaciones por marejadas, lo cual supone que ahorran millones de dólares.

“El océano se está asfixiando”, sentenció un científico. Es el mismo proceso que pasó en el mar Menor (España), pero a gran escala: el mar se contamina, pierde su oxígeno y los peces mueren.

Además, el cambio climático ha reducido la velocidad de la corriente del Golfo hasta en un 15%, con consecuencias impredecibles sobre el clima. Ya se le culpa de que la subida del nivel del mar en la costa Este de EE.UU. sea mayor que en otros lugares del mundo.

La concentración de CO2 en la atmósfera está aumentando y eso no solo tiene consecuencias climáticas. Se sabe que “cuando la concentración de CO2 alcanza las 930 partes por millón (más del doble de la actual), la capacidad cognitiva disminuye un 21%”. En las aulas de los colegios se ha medido un promedio de 1.000, llegando incluso a las 3.000 partes por millón.

“Nuestra actividad industrial está envenenando el planeta”. “Ya hoy mueren a diario más de 10.000 personas debido a la contaminación atmosférica”. En muchas ciudades la contaminación principal procede del tráfico y de las quemas agrícolas, como el caso de Murcia.

No podemos simplificar la contaminación solo por CO2, sino que hay otros tóxicos y partículas, y el cambio climático aumentará las tormentas de polvo. Todo ello es un cóctel que está demostrado que genera: discapacidad intelectual, enfermedades mentales y demencia, partos prematuros, bebés de bajo peso, accidentes cardiovasculares, enfermedades cardíacas y respiratorias (asma…), cánceres de todo tipo, deterioro de la memoria, la atención y el vocabulario, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, trastornos del espectro autista, perjudica el desarrollo de las neuronas… incluso se ha demostrado que una central de carbón puede deformar nuestro ADN.

El libro también habla del problema de los micro y nanoplásticos, procedentes de todo tipo de plásticos. Un solo ciclo de lavadora puede liberar hasta 700.000 partículas por tejidos no vegetales como el nylon. Hay microplásticos en toda nuestra comida, especialmente en peces y mariscos de agua salada o dulce, y hasta en el agua (mineral o de grifo). Las aves marinas están disminuyendo sus poblaciones más rápidamente que cualquier otro grupo de aves, y el plástico del mar está detrás de ello. Cuando los plásticos se degradan liberan gases tóxicos, como el metano (un potente GEI). Hay nanoplásticos hasta en el aire que respiramos (además de otros aerosoles, que son partículas suspendidas en la atmósfera). Los aerosoles nos enferman, pero también contribuyen a que el planeta no se caliente más rápido aún, ya que reflejan la luz solar. Esto ha llevado a algunos a proponer soluciones para llenar la atmósfera de más aerosoles y el autor advierte de los peligros de todas las soluciones dentro de la llamada geoingeniería.

Plagas

La desaparición del hielo polar libera organismos que han estado allí congelados desde antes de que existiera el Homo sapiens, pero también hay patógenos de enfermedades recientes (como el de la gripe de 1918). La peste negra acabó en Europa con el 60% de la población. Imaginemos cuáles habrían sido sus efectos si hubieran existido los viajes en avión. En un mundo globalizado, las enfermedades también se globalizan y el cambio climático está cambiando el mapa de las enfermedades. Enfermedades como la fiebre amarilla, el zika, la malaria o la enfermedad de Lyme (por picaduras de garrapata) ya preocupan en zonas donde no había riesgo. Si no aprendemos las lecciones de la pantemia de COVID-19, vendrán más pandemias.

El cambio climático también podría afectar a las bacterias que viven dentro de nosotros (de las cuales desconocemos el 99%) y de las que dependemos para cosas tan importantes como la digestión o los niveles de ansiedad. Algo desastroso ocurrió a los saigas en 2015 (unos antílopes de Asia). Al parecer, una ola de calor hizo que una bacteria de su interior ocasionara la muerte a dos terceras partes de los individuos.

Colapso económico, violencia y salud psicológica

“Hay una probabilidad del 51% de que el cambio climático reduzca la producción mundial en más del 20% en 2100”. El PIB podría contraerse un 50% (fue solo del 11% en 2020, por la pandemia). Esto supone una “devastación económica” que es algo más que una crisis, es la gran crisis.

Algunos países podrían salir beneficiados, los que estén cerca de los polos, pero los que estén entre los trópicos o cerca de ellos, perderán mucha capacidad productiva (EE.UU. y China, entre ellos). Cerca del Ecuador las pérdidas pueden ser del 100%. Se sabe que “unas temperaturas más elevadas reducen la productividad laboral”.

Los desastres naturales y las crisis sanitarias serán enormes, aunque algunos no piensen en que el cambio climático esté detrás. Los daños podrían ser de 551 billones de dólares si el planeta se calienta 3,7ºC, lo cual es el doble de la riqueza actual de todo el mundo. Y nos encaminamos a un calentamiento aún mayor. “Será muchísimo más caro no actuar sobre el clima que adoptar hoy incluso las medidas más agresivas”.

Las guerras no son consecuencia del cambio climático, pero sí que serán más probables (un ejemplo es la guerra de Siria). “Por cada medio grado de calentamiento, la probabilidad de que estalle un conflicto armado en una sociedad aumenta entre un 10 y un 20%”. Es por esto por lo que “el ejército estadounidense está obsesionado con el cambio climático”, y no solo porque se inundarán muchas de sus bases militares, incluyendo las islas Marshall (el mayor almacén de residuos nucleares del mundo).

Preferimos pensar que los conflictos son por motivos políticos y económicos, pero el medioambiente es la base de todo eso. Hemos vivido unos años de prosperidad (menos guerras, menos mortalidad infantil…), pero esa riqueza dependía de los combustibles fósiles. Hay estudios que revelan que aumentar el calor hace que aumenten los crímenes violentos y hasta los insultos en redes sociales. La violencia genera migraciones forzadas, muchas veces a lugares que no quieren acoger a los migrantes.

El libro recuerda la medida individual más importante según los científicos para luchar contra el cambio climático: tener menos hijos. Tras esa medida, las siguientes son: vivir sin coche y sin mascotas, dejar de volar en avión, comprar energía renovable y tener una dieta principalmente vegana.

«No conozco a un solo científico que no esté teniendo alguna reacción emocional ante todo lo que se está perdiendo en el planeta», dijo Camille Parmesan (Premio Nobel de la Paz 2007, junto con Al Gore). La salud psicológica de todo el planeta está así amenazada. En los hospitales psiquiátricos ya saben que se disparan las hospitalizaciones con el calor y que los síntomas son más graves. También están aumentando, en todas las edades, los episodios de violencia, suicidios y, tras algún desastre natural, los casos de TEPT (trastorno por estrés postraumático).

El arte para no hacer nada

El autor repasa algunas películas medioambientales, y reflexiona que pronto no tendrán cabida porque nadie querrá ver en ellas los desastres que ven por la ventana. También hay videojuegos y literatura con influencia climática, género que Amitav Ghosh denominó «misterio medioambiental» y otros «clima ficción». Un problema es que la responsabilidad se distribuye —aunque no homogéneamente—, pero no es como un apocalipsis nuclear que tiene unos cuantos culpables concretos. Wallace-Wells nos recuerda que “el 10% de los más acomodados generan la mitad de todas las emisiones”, por lo que la responsabilidad de los ricos es bastante mayor que la del resto. Otros villanos de esta historia son, obviamente, las compañías petroleras y su codicia corporativa que, ya sabemos, han pagado campañas de desinformación y negacionismo climático (véanse películas como Marea negra o Aguas oscuras). El autor resalta que ese negacionismo solo ha sido defendido (de forma importante) por un único partido en un único país: el Partido Republicano de Estados Unidos (del que Trump es el más puro representante), lo cual no es del todo cierto (véase el caso del PP en España).

El libro acusa a los indolentes de sentirse cómodos en una “actitud aprendida de impotencia” ante este y otros desastres del llamado Antropoceno (muerte de abejas, contaminación por plástico y otras novedades…). Pensemos que “en peso, el 96% de los mamíferos del planeta son ahora humanos y su ganado; solo el 4% son animales salvajes”, expulsados de su hábitat o directamente masacrados. La ganadería no solo es una fábrica de cambio climático y de sufrimiento animal. También está en la base de nuevas enfermedades y de la destrucción global.

El autor resalta que a pesar de las múltiples conferencias, advertencias y artículos científicos, las emisiones “siguen aumentando”. Los climatólogos han pasado de tener miedo de ser acusados de “alarmistas” a hablar claramente de la alarma climática (por ejemplo en el informe del IPCC de 2018). Pero la vida sigue y nadie les hace caso.

Capitalismo en crisis

El clima, la crisis ecológica, amenaza la existencia del capitalismo. Naomi Klein explicó en La doctrina del shock lo que podemos esperar de la élite financiera en estos casos. Wallace-Wells ve dos tendencias claras: estancamiento económico global y endurecimiento de la vida para los más pobres (aumento de la desigualdad, con todas sus consecuencias). Tenemos que asumir que la macroeconomía es incapaz de describir el funcionamiento de la economía real (como dijo el Nobel de Economía, Paul Romer, premio que compartió con William Nordhaus, pionero en el estudio del impacto económico del cambio climático). En esa misma línea ha habido otros brillantes economistas, como Georgescu-Roegen y De Jouvenel.

Hay un claro efecto de injusticia climática y los culpables se centran en tres grupos, de los cuales solo los dos primeros tienen, por ahora, demandas en los tribunales:

  1. Compañías petroleras.
  2. Gobiernos (que fueran elegidos democráticamente no les quita culpabilidad, aunque sí reparte la culpa también en sus votantes).
  3. Países ricos (que son los que más se han beneficiado de quemar combustibles fósiles).

El coste será enorme, pero al menos podemos empezar por dejar de subvencionar los combustibles fósiles (reciben 5 billones de dólares al año). Si calculamos el coste de retirar el carbono de la atmósfera, para la mayoría de los sectores es mucho más barato evitar liberarlo. Sectores como la aviación son inherentemente insostenibles y capturar carbono solo podría servir para ganar un poco de tiempo, cuando lo más sensato es suprimir la inmensa mayoría de vuelos (cosa que parecía imposible, hasta que llegó el coronavirus).

Colapso y tecno-optimismo

Nick Bostrom, filósofo de la IA, definió veintitrés «riesgos existenciales» por los que podría acabar la vida inteligente o se reduciría drásticamente su potencial. Entre ellos están el cambio climático y la destrucción ecológica (agotamiento de recursos). Bostrom considera posible llegar a un transhumanismo (poshumanidad), algo que ahora es parte de la ciencia ficción y que podríamos resumir como avances tecnológicos que permitan un nuevo estado del ser, rompiendo la línea evolutiva de nuestra especie (nanorobots en la sangre que nos cuidan u otras ideas inquietantes).

Ante el colapso, algunos imaginan la humanidad colonizando otros planetas, pero Wallace-Wells advierte que “un medioambiente espantosamente degradado aquí seguirá ofreciendo algo mucho más cercano a la habitabilidad que cualquier cosa que podamos apañar” en otros planetas. Aunque una pequeña colonia cerrada fuera factible, los costes serían muchísimo más elevados que los de crear el mismo sistema aquí, en la Tierra. Sorprendentemente, algunos ya asumen que habrá que vivir en naves espaciales.

Los avances tecnológicos son evidentes, pero tener fe ciega en ellos es absurdo y el autor añade que “apenas aportan alguna mejora tangible según cualquier método tradicional de medida del bienestar económico”. Robert Solow (Premio Nobel) comentó que la informática puede verse en todas partes, «salvo en las estadísticas de productividad». ¿Qué está pasando? ¿Las empresas absorben y diluyen los beneficios de la tecnología? ¿Vivían mejor nuestros antepasados antes de inventar la agricultura, como sugiere Harari? ¿Nos atrae la tecnología porque nos aleja de la realidad? Decía Kate Tempest: «Con la mirada fija en la pantalla para no tener que ver cómo muere el planeta».

Los avances ecológicos pueden ser una trampa (efecto rebote o efecto Jevons) porque el mercado no tiene interés en el medioambiente. Por ejemplo, ante los avances en energías renovables, lo sensato hubiera sido sustituir energías sucias por limpias. Sin embargo, lo que se ha hecho es seguir usando las sucias y añadir el potencial de las limpias (que no son tan limpias). Como vemos, hay soluciones pero no se aplican por diversos motivos, entre los que están la falta de voluntad política, a pesar de que el IPCC advirtió que solo teníamos 12 años para reducir las emisiones a la mitad (y ya han pasado unos años desde que se publicó el libro en 2019).

El autor resalta que necesitamos involucrar a los gobiernos, porque las decisiones individuales son insuficientes. Dice: “comer alimentos ecológicos es bueno, pero si nuestro objetivo es salvar el clima, el voto es mucho más importante”. Y remarca que “cuanto más rica sea una persona, mayor será su huella de carbono”, por lo que las medidas más importantes deben ir enfocadas a los millonarios, porque son ellos los más culpables. Por supuesto, no pretende despreciar las acciones individuales y aclara que “uno puede hacer el bien en el mundo tan solo comprando correctamente“.

También se critica el neoliberalismo, pero para esto recomendamos leer La doctrina del shock, donde Klein explica magistralmente bien los conflictos de esta ideología. Superada la creencia en un crecimiento económico infinito, solo nos queda un decrecimiento ordenado o un colapso. En el primero encontraríamos medidas como supeditar el comercio a la reducción de emisiones, o sanciones a los contaminadores proporcionales a sus daños, entre otras ideas. Porque los efectos del cambio climático no se van a repartir justamente entre los culpables. India será el país más afectado del mundo, pero su culpa es cuatro veces menor a los efectos negativos que recibirá. A China le ocurre lo contrario: su culpa es cuatro veces mayor que su carga. Estados Unidos está equilibrado, lo que significa que recibirá un durísimo castigo climático (será el segundo más afectado).

Necesitamos un clima estable para sobrevivir o prosperar, pero lo estamos echando a perder. Y lo peor pueden ser consecuencias como las «Guerras climáticas» que predice Harald Welzer. A nivel local ya lo estamos viviendo en las guerras civiles de Dafur, Siria y Yemen, o en zonas de Somalia, Irak o Sudán del Sur, donde el autor compara la situación con la distopía de la película Mad Max. A nivel global, pronostica que habrá estados ganadores que no colapsen políticamente y podrán mantenerse por tener grandes ejércitos y políticas de vigilancia y sometimiento. La idea de un orden global (dirigido por la ONU, por ejemplo) siempre ha sido algo utópico y la humanidad ha caminado hacia esa dirección durante muchos años (tropezando con muchos inconvenientes), pero el autor subraya que el rumbo se está invirtiendo (desgraciadamente).

Wallace-Wells quiere desmontar el mito de que la humanidad progresa. Para ello cita las conclusiones del “desenmascarador de mitos”, Yuval Noah Harari, en su obra Sapiens, en la que sostiene que fueron las plantas cultivables las que domesticaron al Homo sapiens, y no al revés, lo cual nos llevó a trabajar para ellas creyendo que lo hacíamos para vivir mejor. Su conclusión es clara: “La revolución agrícola fue el mayor fraude de la historia”. Te recomendamos leer su libro completo, o este resumen. Sintetizando, los antiguos humanos pensaron que la agricultura les permitiría tener una vida mejor, pero no pensaron que el número de hijos aumentaría, lo que significaba que el trigo tendría que repartirse más. Y tampoco calcularon que tendrían que hacer frente a ladrones, lo que les obligaría a construir muros, vigilar y guerrear. Tras varias generaciones “nadie recordaba que habían vivido de forma diferente” y el tamaño de la población impediría de hecho volver atrás, a la vida de nuestros ancestros cazadores-recolectores que era una vida más plena y más respetuosa con el planeta, pues lo conservaron bien durante toda la prehistoria, lo cual es el 95% del tiempo que el Homo sapiens ha habitado la Tierra.

James C. Scott añade que el cultivo del trigo es responsable de la aparición de la opresión y la desigualdad, mientras que Jared Diamond también afirma que la agricultura ha sido «el peor error en la historia de la raza humana». Adelantándose unos años, nuestro autor afirma que “la era que se inicia con el calentamiento no tendrá, en absoluto, nada de ordenado”, sino que será caótica y dramática, para miles de millones de seres humanos.

¿Pesimismo o realismo?

También hay quién habla de «extinción humana a corto plazo», que algunos cifran en unos 10 años, aunque el autor piensa que la humanidad es bastante resiliente (lo cual no significa negar que muchos sufrirán y morirán sin remedio). Algunos aconsejan retirarse o construir refugios. «Retirarse» es visto como una postura moral para dejar de contribuir a la máquina de la destrucción, «porque la acción no siempre es más efectiva que la inacción» (Paul Kingsnorth). Ese retiro no sería algo novedoso: ha sido adoptado por multitud de ascetas a lo largo de la historia y también hoy en día.

Ansiedad y desesperanza son otras respuestas posibles ante el desastre ambiental. Sabemos que los horrores climáticos vendrán antes de 2050 si no hacemos nada y muchos se sienten impotentes y adoptan distintas posturas (econihilismo, apatía climática…).

A pesar de la cantidad ingente de procesos que aún no comprendemos, David Wallace-Wells plantea en su último capítulo la pregunta clave: “¿cuánto vamos a hacer para detener el desastre y con qué rapidez?”. A la evidencia de que no hay suficiente gente que asuma su responsabilidad, responde con la paradoja de Fermi, según la cual es raro que no encontremos vida inteligente en el universo a pesar de ser tan grande. Una respuesta posible podría ser el clima. Las civilizaciones nacen y mueren demasiado rápido como para que se encuentren entre sí. Es decir, la muerte de las civilizaciones (su insostenibilidad) podría ser algo inherente a todas ellas. Incluso podría haber habido civilizaciones industriales en nuestro planeta en épocas tan remotas que no hallamos podido encontrar restos.

Aunque es una explicación posible, el autor alega que no hay ninguna ley del universo por la que las civilizaciones sean kamikazes. En nuestro caso, “colectivamente, estamos hoy eligiendo destrozar el planeta”. No es una ley. Es una elección. “Hoy en día disponemos de todas las herramientas que necesitamos para evitarlo”, y sugiere: impuestos al carbono, acabar con la energía sucia, agricultura sostenible, eliminar carne y lácteos de la dieta global… De vital importancia es reducir el consumo sin trampas y acabar con la riqueza exagerada (no hace falta ser ascetas, pero no es sostenible tener un armario de ropa por persona, por poner un ejemplo). No podemos escoger el planeta en el que vivir, pero podemos “entrar en acción”.

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🐮Comprar cuero es maltratar animales

Nuestra sociedad (en general) se indigna cuando surgen noticias de maltrato animal (especialmente hacia perros, gatos o caballos). Sin embargo, convivimos con el maltrato animal a diario y la sociedad no lo ve, tal vez porque no quiere verlo. Un ejemplo es el uso generalizado de cuero. El cuero es piel de un animal que vivió —casi con seguridad— en condiciones indeseables: sufrió durante su vida y durante su muerte.

En un bolso, unos zapatos o un cinturón de cuero, también podemos ver los ojos de un animal pidiendo que no mercadeemos con su piel. Estamos éticamente obligados a preguntar por los componentes de cada objeto antes de comprarlo.

El cuero suele ser piel de vaca, pero también lo hay procedente de otros animales (cerdos, ovejas, cabras, caballos, avestruces, reptiles… incluso perros y gatos en China para productos baratos que se venden por todo el mundo). Una vez arrancada la piel del animal, se pierde la pista de su origen. Antes de venderla hay que curtirla para evitar su putrefacción. En todo el proceso hay, al menos, tres graves problemas:

  1. Impacto ambiental: Aquí tenemos que incluir dos aspectos inseparables.
    1. Impacto de la ganadería en su conjunto (cría, transporte y sacrificio): Esta es una de las industrias más conflictivas del planeta, provocando deforestación, contaminación de tierras, consumo excesivo de agua, grandes emisiones de gases contaminantes (especialmente metano), contaminación de acuíferos, de ríos y de mares, pérdida de hábitats, extinción de especies, etc. Reduciendo la ganadería se reduciría la contaminación y tendríamos tierras y agua para alimentar y vestir a muchas más personas (lo dice la ciencia). Se estima que la ganadería:
      • Es la responsable del 18% de las emisiones contaminantes de GEI.
      • Ocupa más del 30% de las tierras cultivables del planeta.
      • Consume más del 50% del agua que usan los humanos.
    2. Impacto del curtido: Se usan productos químicos muy contaminantes, como cromo, arsénico o cianuro, además de grandes cantidades de agua, lo que eleva la huella hídrica de los productos de marroquinería.
  1. Condiciones de los trabajadores: Entre los trabajadores del curtido hay mucha incidencia de cánceres (especialmente cáncer de páncreas), problemas respiratorios y cutáneos. Los salarios y las condiciones laborales suelen ser malas, incluso permiten el trabajo de menores (en Pakistán, por ejemplo, uno de los grandes exportadores de cuero). El trabajo en mataderos es, obviamente, indeseable para la mayoría de las personas. Suelen trabajar allí los que no tienen otras alternativas.
  1. Maltrato animal: Hasta usar lana es una forma de esclavizar animales y en su cría se les provoca mucho dolor y sufrimiento invisibilizado (como el desconocido proceso de mulesing). Por tanto, con más motivo el cuero es algo éticamente rechazable. Es imposible producir cuero de forma ética para los animales.

La industria del cuero no es ajena a sus problemas y por eso aplica técnicas de greenwashing para confundir a los consumidores. Cuatro de estas estrategias son:

  1. Algunos presumen de ser “libres de cromo” (chrom-free), pero evitan mencionar que usan otros productos químicos y, por supuesto, no hacen nada respecto a los demás problemas mencionados.
  2. Otros alegan sellos de “bienestar animal” diciendo que sus animales se han criado en “semilibertad y ecológicamente”. Aunque unos animales pueden vivir mejor que otros, se están usando de forma egoísta, simplemente por el beneficio para los humanos y, por supuesto, al final todos los animales son sacrificados (incluso los de granjas supuestamente ecológicas).
  3. Otro argumento es que la humanidad lleva usando pieles desde la prehistoria. Un argumento absurdo que no justifica hoy todos los problemas que hemos expuesto, más aún cuando tenemos muchas alternativas disponibles. En todo caso, el consumo en la prehistoria no amenazaba la estabilidad planetaria. En la prehistoria no había macrogranjas, ni se producía soja deforestando el Amazonas para alimentar ganado a miles de kilómetros.
  4. Los defensores del cuero alegan que es un subproducto de la industria de la carne. El argumento no sirve porque la industria ganadera también gana dinero vendiendo la piel y podría alegarse que la carne es un subproducto de la industria del cuero. Lo mismo se puede decir con los huesos de los animales con los que se fabrican cosméticos, gelatinas y golosinas, por ejemplo. Tanto si compras carne como si compras gelatina, golosinas o cuero estás dando dinero a esa industria, la cual te agradece tu contribución y tu apoyo directo.

Es imposible descubrir el origen del cuero de un producto: nunca lo pone en la etiqueta. Tampoco se indica nunca la especie del animal del que procede esa piel. Si es algo barato, muy posiblemente es piel de perro. Muchas veces el cuero viene de lejanos países donde las leyes sobre bienestar animal son laxas o inexistentes. Un curioso caso es el de India: dado que allí la vaca es un animal sagrado está prohibido matarlo en casi todos los estados. Lo que hacen es matarlas clandestinamente o transportarlas a países o estados donde es legal su sacrificio. Hasta las vacas sagradas mueren para alimentar el comercio internacional.

Moda vegana en el centro de Málaga

Moda vegana y ecológica en el centro de Málaga

Lo mejor de todo es que hay alternativas vegetales y no son caras. El nailon es una alternativa plástica, pero no es recomendable porque produce micro y nanoplásticos que contaminan el planeta. Solo tenemos que buscar esas alternativas vegetales y elegir con conciencia planetaria. A veces es imposible saber si un producto tiene elementos de origen animal porque ni siquiera lo saben los vendedores. En ese caso, para estar seguros debemos acudir a marcas y tiendas que garanticen ser veganas.

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En vez de comprar cosas para usarlas poco, es mejor COMPARTIR o ALQUILAR

Comparte, Alquila, Presta y Gana dineroPodemos llamarlo efecto taladro (en Málaga sería efecto guarrito). Es frecuente comprar un taladro para instalar cosas en nuestra casa (cuadros, perchas, lámparas…), pero afortunadamente lo normal es que ese taladro quede sin usarse durante años. Millones de taladros podrían estar aburridos en millones de hogares, y algunos seguro están cerca de donde tú vives.

¿Tiene sentido comprar algo que vamos a usar poco cuando nuestro vecino nos lo puede prestar (o alquilar a buen precio)?

La respuesta es obvia. Cualquier ecologista sabe que comprar es lo que mueve la maquinaria de la destrucción ambiental, por lo que cuanto menos compremos, mejor. Pero además, cualquiera sabe que ahorramos dinero alquilando algo que no vayamos a usar intensivamente. Por tanto, por economía y por ecología, tenemos claro lo que hacer. El problema suele ser la dificultad en encontrar quien nos preste lo que necesitamos, pero las nuevas tecnologías nos lo ponen fácil.

La plataforma web Comparte y gana ofrece a los usuarios la posibilidad de alquilar o prestar aquellos bienes que solo se usan un corto periodo de tiempo. Se puede concertar un préstamo por unas horas o varios días. Se pueden publicar ofertas de lo que tienes; y demandas de lo que necesitas. Veamos unos ejemplos de algunas de las secciones que hay:

  • Espacios: Puedes alquilar una cochera los días (y horas) que quieras, tu pista de pádel, una habitación…
  • Movilidad: bicicletas para adultos o para niños, coches, patinetes, furgonetas…
  • Hogar: barbacoas, robots de cocina, aspiradoras…
  • Ocio: tiendas de campaña, instrumentos musicales, un día de tu abono al fútbol…
  • Deporte: material de escalada, de buceo, de esquí…
  • Bricolaje: herramientas, escaleras, una cortadora de césped, una sopladora de hojas (aunque lo mejor sería jubilar estas máquinas en un punto limpio)…

Normalmente todo se consigue a un precio mucho más reducido que el del mercado. Esa es una de las ventajas de la llamada economía colaborativa. Todo entre particulares y fácil de usar. Pregúntate: ¿Qué puedes ofrecer? ¿Qué necesitas?

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Bienestar animal: ¿A qué esperan los supermercados SPAR?

Una sociedad que aspira a perpetuarse debe tratar con cuidado y respeto a los animales que forman parte de su entorno. Este concepto incluye desde los que forman parte de nuestras familias, hasta aquellos que integran nuestra cadena alimentaria. Si la mayoría de la gente decente se indigna frente al maltrato de perros y gatos, ¿por qué no existe la misma conciencia con respecto a los animales que nos comemos?

Equalia surgió para abogar por el bienestar de los animales destinados al consumo, que en España ascienden a la friolera de 925 millones de animales terrestres sacrificados al año, de los cuales 817 millones son aves. A esta cifra astronómica hay que sumar los 175 millones de peces producidos en condiciones intensivas por la industria de acuicultura española cada año. España es el primer productor por volumen de peces de acuicultura de la UE. Teniendo en mente este escenario, las campañas de Equalia redundan en las condiciones de vida de cientos de millones de animales. Con respecto a las aves, la ONG está promoviendo una reconversión de la industria con gallinas enjauladas hacia un sistema libre de jaulas.

La tendencia es esperanzadora: un 63% del mercado minorista se ha comprometido a dejar de vender huevos de gallinas enjauladas de aquí al 2025. Varias cadenas de supermercados se han sumado a una corriente que viene de lejos en Europa. En Austria, Suiza o Luxemburgo están prohibidos los sistemas de jaulas para las gallinas, y otros países, como Alemania o República Checa, los prohibirán en 2025 y 2027, respectivamente.

Estos cambios legislativos en países de nuestro entorno ponen de relieve la creciente preocupación de la ciudadanía por el bienestar animal y la sostenibilidad. Crece el deseo de consumir alimentos que sean respetuosos con las necesidades físicas y etológicas de los animales, con el mínimo impacto ambiental.

Esta inquietud se traduce en sus carros de la compra. Según un estudio realizado por Inprovo, un 54,3% de las personas encuestadas estarían dispuestas a pagar al menos un incremento de un 10 a un 30% si se les garantizara un mayor bienestar de las gallinas.

Por estos motivos, Equalia lleva meses animando a la cadena de supermercados SPAR a que se comprometa a dejar de vender huevos de gallinas enjauladas de aquí al 2025. Actualmente, es el único gran minorista en España (dejando aparte a supermercados regionales) que sigue sin comprometerse con la sostenibilidad y el bienestar de las aves.

SPAR es la cadena de supermercados minoristas independientes más grande del mundo, con más de 13.000 tiendas en 48 países, de las cuales tiene 1.200 en España. Desde Equalia, se ha calculado que si las tiendas de SPAR en España se comprometiesen a dejar de vender huevos de gallinas enjauladas, aproximadamente un millón de aves dejarían de vivir hacinadas en pésimas condiciones.

La negativa de SPAR en España contrasta con la política libre de jaulas que SPAR ya aplica en otros países, como Inglaterra, Dinamarca, Austria, Eslovenia, Croacia y el noreste de Italia. Esta negativa explica, en parte, el hecho de que en España el 77% de las gallinas ponedoras sigan hacinadas en jaulas, lo que equivale a 35 millones de aves. Si nos comparamos con la media europea, donde el 50% de las aves viven libres de jaulas, España no sale bien parada.

Las instituciones europeas llevan años promoviendo la sostenibilidad y el bienestar animal a través de distintas estrategias incluidas dentro del Pacto Verde, como De la Granja a la Mesa. Asimismo, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas también apuntan en la misma dirección. Según un análisis de sostenibilidad solicitado por el Parlamento Europeo en 2020, los sistemas sin jaulas para gallinas ponedoras son económica, ambiental y socialmente similares a los sistemas de jaulas enriquecidas, con la ventaja de potenciar el bienestar animal.

Esta alineación estelar entre los impulsos europeos y las preferencias de la ciudadanía  conduce inexorablemente hacia un nuevo paradigma empresarial, en el que empieza a vislumbrarse una incipiente combinación entre seguridad alimentaria, sostenibilidad económica y bienestar animal. Esperemos que SPAR se sume pronto a esta conciencia colectiva.

Blanca Ponce Siljeström
Responsable de Relaciones Empresariales e Institucionales en Equalia

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¿Estamos esperando a que otros actúen para detener la crisis ambiental? — El caso de Málaga

En un experimento psicológico de la Universidad de Columbia, les dijeron a los estudiantes que tenían que rellenar unos cuestionarios. Mientras unos hacían la tarea solos en una habitación, otros la hicieron en grupos de tres. Rellenando el cuestionario ocurría una emergencia: empezaba a entrar humo en la habitación por una rejilla. En los casos en los que el estudiante estaba solo, hubo un 75% de posibilidades de que fuera a pedir ayuda. Sin embargo, cuando un estudiante estaba con otros, solo el 38% de ellos fueron a pedir ayuda, es decir, el 62% de los estudiantes se quedaron sentados tragando humo. Como había otras personas, estaban esperando a que alguien hiciera algo, aunque nadie hiciera nada.

Una de las conclusiones de ese experimento es que el contexto nos influye más de lo que podríamos imaginar. Y así es. Está demostrado que la gente cambia muy fácilmente si el contexto favorece el cambio. Es decir, para cambiar no es tan importante la fuerza de voluntad como el contexto.

Estas conclusiones son aplicables a la crisis ambiental (o climática, que viene a ser lo mismo) a dos niveles:

  • A nivel macropolítico, los países (regiones autónomas…) parecen estar esperando a que los demás hagan algo para empezar ellos mismos a actuar. Es como si hubiera miedo a ser el primero, por si los demás al final no hacen nada. Es obvio que la acción aislada de un único país no tendrá un efecto significativo, pero el no hacer nada sí tendrá graves consecuencias.
  • A nivel individual, las personas tampoco están actuando de forma decisiva posiblemente porque no ven que sus conciudadanos actúen y porque confían en sus gobernantes, elegidos precisamente para encargarse de los problemas.

Se aplica el viejo refrán de “uno por otro, la casa sin barrer”. Tal vez hay un puñado de excepciones a nivel municipal. Cada ciudad, con sus características únicas, no tiene que compararse con las demás para mejorar la vida de sus habitantes. Así, hay ciudades que están haciendo las cosas mejor que otras. Ciudades como Huesca, Vitoria o Pontevedra están tomando decisiones sostenibles: expulsar a los coches del centro, plantar árboles, compostar basuras, cuidar el agua… En cambio, otras ciudades están caminando en sentido opuesto, como es el caso de Málaga: construcción de rascacielos insostenibles, desprecio del arbolado urbano, farolas absurdas, un plan del clima inútil, negación de zonas verdes, destrucción de zonas naturales, incomprensibles carriles bici, mantener su cementera tóxica, su apoyo a la movilidad insostenible, su plan para tapar el río Guadalmedina y encauzar el río Campanillas (nada de renaturalizar ríos), hacer túneles para aumentar el tráfico, energía municipal sucia, una EDAR destructiva

Ciudades como Málaga están esperando a que otros resuelvan los problemas ambientales evitando asumir su responsabilidad, con el objetivo (quizás) de maximizar beneficios económicos a corto plazo (para unos pocos), aunque sea a costa de hipotecar a las generaciones venideras.

Tenemos más poder del que imaginamos

Cada vez hay más personas conscientes de su poder individual, personas que saben lo que tienen que hacer para influir en todo. Esta influencia es directa (con sus acciones ecológicas) e indirecta (por el efecto contagio al dar ejemplo en su comunidad). Por ejemplo, cuando uno va en bicicleta, genera bajas emisiones, sano ejercicio… y un efecto multiplicador en toda la ciudad.

Sin embargo, el cambio aún no es suficiente para evitar el colapso. Algunos dicen —por error— que se requiere mucha fuerza de voluntad para acciones ecológicas como reducir el uso del coche, tender hacia el veganismo, evitar los envases de usar y tirar, usar energías renovables en tu casa, banca ética, plantar un pequeño huerto en tu balcón, etc. Pero no es así. Como vimos en el experimento anterior, cambiar es muy fácil si el contexto acompaña. Lo vemos en las ciudades en las que no se puede ir en coche a cualquier sitio, la gente usa alternativas y ven esas alternativas como buenas y razonables. En esas ciudades se usa menos el coche y no es porque sus ciudadanos tenga más fuerza de voluntad o sean más ecologistas. Sencillamente, los gobernantes han adoptado los preceptos de la movilidad sostenible.

Dejemos de ser irracionales e inmaduros

Nos influyen demasiado la opinión y los comportamientos de nuestros semejantes. Mucho más a quién se dedica a la política. Por ejemplo: los científicos aconsejaban en España detener la caza del lobo, de la tórtola y de la codorniz. En vez de seguir el dictamen de la ciencia —que sería lo racional— el gobierno lo sometió a votación entre políticos de las comunidades autónomas. Entre todos decidieron proteger solo al lobo. ¿Por qué solo al lobo? Porque el lobo ibérico goza de buena imagen social y es una especie emblemática, mientras que la tórtola o la codorniz son especies que al populacho no le importan y, por tanto, lo que diga la ciencia carece de interés.

Dos conclusiones más

Primero, que deberíamos madurar como personas y abandonar nuestra actitud adolescente esperando a que vengan otros a resolver los problemas. Y segundo, que el poder de los gobernantes es mayor del que nos gustaría y que, por tanto, lo que votamos en cualquier urna influye en todo el planeta.

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