Humanidad Erisictónica: Mitología ecológica

Erisicton, un curioso personaje del poeta latino Ovidio, personifica, por desgracia, el rumbo de la Humanidad en su conjunto. El desprecio a la diosa Deméter (o Ceres) le llevó a un castigo aterrador. Recordemos que esta diosa es la diosa de la agricultura, encargada de dar alimento a los humanos. Su historia, difícil de olvidar, debe ser recordada.

El gran poeta latino Ovidio, a partir del año 1 ó 2 d.C. compuso el poema mitológico “Las Metamorfosis”. En sus 15 libros se cuentan unas 250 fábulas centradas en las transformaciones de personajes mitológicos en plantas, animales o minerales. Gran fuente de la mitología clásica, Ovidio crea historias de personajes que se han convertido en símbolos y palabras tradicionales, personajes como Licaón (de cuya capacidad para transformarse en lobo procede la palabra licántropo), Dafne (convertida en laurel para evitar el amor del dios Apolo), Hermafrodito (hijo de Hermes y Afrodita, de donde procede su nombre, y que la ninfa Sálmacis no pudo conquistar por lo que pidió a los dioses unirse a él en un único ser de doble sexo), Europa (raptada por Júpiter transformado en toro blanco), Acteón (convertido en ciervo por Diana por verla desnuda mientras se bañaba),
Eco (condenada por Hera a repetir las últimas palabras que oyera), Narciso (tan enamorado de su propia imagen que murió sin poder apartarse del agua donde se reflejaba y donde se encontró la flor que lleva su nombre), Tiresias (ciego y adivino por distintos dioses), Andrómeda (que debía de ser sacrificada a un monstruo marino de Poseidón, pero Perseo la salvó matando al monstruo), Aracné (que tejía mejor que la diosa Atenea por lo que fue condenada a ser una araña), Atlas (convertido en montaña), Ariadna (hija del rey Minos, cuyo hilo sirve a Teseo para salir del laberinto cretense del minotauro, el cual era hijo de un toro y de Pasífae, esposa del rey Minos), Ícaro (de donde procede el nombre de la isla Icaria, hijo de Dédalo, que cayó por volar muy cerca del sol con sus alas de cera por no obedecer a su padre)… y otras curiosas invenciones (como la trágica muerte de los amantes Píramo y Tisbe que da color a las moras maduras, o la muerte de Meleagro por su propia madre).

En el libro VIII, Ovidio cuenta la leyenda del rico Erisicton, príncipe de Tesalia y biznieto de Argos (guardián de 100 ojos que nunca dormía con todos sus ojos a la vez, hasta que Mercurio lo durmió y… bueno, esa es otra historia). Decíamos que cuenta Ovidio que la diosa Deméter (diosa griega de los cereales, las cosechas y de la agricultura, equivalente a la diosa romana Ceres) tenía un bosque sagrado en el que resaltaba una vetusta encina donde vivía la ninfa Hamadríade. Un día Erisicton decidió cortar ese maravilloso árbol a pesar de las advertencias de dicha ninfa. Uno de sus hombres intentó detenerle pero le cortó la cabeza con el hacha. Tras muchos hachazos, Erisicton consigue que la encina caiga y que la ninfa muera.

Deméter, enfadada, quería que Erisicton pasara un hambre atroz, pero no podía porque su trabajo era dar alimentos a los hombres. Por eso, le pidió el favor al Hambre, y esta horrenda diosa visitó a Erisicton mientras dormía y cumplió el deseo de Deméter. En ese momento, Erisicton despertó de hambre y empezó a comer todo lo que podía. Sin poder dejar de comer, Erisicton gastó toda su fortuna y vendió todos sus bienes, incluyendo a su hija Mnestra, que consigue escapar e intenta, en vano, ayudar a su padre que no para de comer, ya hasta las basuras que encuentra. Finalmente, el hambre hizo a Erisicton devorar sus miembros y comerse a sí mismo.

La historia de Erisicton tiene muchos puntos en común con el mundo actual, con la humanidad en general, y por eso esta humanidad se hace merecedora del adjetivo de “erisictónica”, acuñado para esta exclusiva ocasión. Para empezar, aún no nos hemos dado cuenta, como Erisicton, de que los árboles son sagrados y que no podemos perderlos sin buenas razones. En casi todos los países del mundo, los bosques están menguando por culpa de la mano del hombre: incendios provocados, construcción de urbanizaciones y de grandes autopistas que cortan literalmente el bosque, lluvia ácida, contaminación, escasez de agua que se saca de su ciclo para fines netamente humanos y, sobre todo, tala indiscriminada de árboles para conseguir su madera. En muchos hogares se observa un exceso de muebles y productos de madera cuyo origen ignoramos. Podemos encontrar madera de grandes árboles tropicales en nuestros muebles, pero también en servilletas de papel, en lápices, palillos de dientes o papel higiénico, en palillos para comida china y en multitud de otros productos de “usar, tirar y no pensar“. También esta humanidad se parece a Erisicton en el caso (omiso) que hace de las múltiples advertencias que hace la propia Naturaleza, los científicos o la lógica más elemental.

El hambre de madera y el desprecio a los árboles son características propias del llamado progreso o desarrollo, características propias de esos países desarrollados que los demás quieren, con razón, imitar.

La humanidad, como castigada por Deméter, parece sufrir un hambre atroz. Existe un “hambre de pobres”, que es el hambre de los que mueren de hambre, más de 20.000 personas mueren así CADA DÍA, según el programa de las Naciones Unidas para la alimentación mundial (http://www.wfp.org). A otros, su “hambre de ricos” les lleva a comer en exceso, a engordar y a sufrir sus insalubres consecuencias, a embarcarse en interminables dietas y quejas, y hasta someterse a caras operaciones de liposucción que salvarían la vida de muchos si se invirtieran en pan para ellos. El menú de los que padecen “hambre de ricos” incluye comer carne o pescado todos los días, como ignorando el poco pescado que queda en el mar y lo caro que resulta comer carne diariamente para la humanidad, para el planeta y para su propia salud. Tal vez resulta más kafkiano aún que en los países en desarrollo también crecen los problemas de obesidad, ya que se tiende a copiar un estilo de vida y una dieta rica en grasas animales, ignorando quizás que estar gordo no implica estar bien alimentado.

Es urgente abrir un debate público y global sobre los costos reales de mantener tanta ganadería. Las granjas industriales generan tanto estiércol que no puede ser asumido como abono por los campos cercanos y en muchos sitios hay contaminación de agua y suelo por nitratos. Cada cerdo o cada vaca no sólo gasta el agua que bebe a lo largo de su vida y el agua de riego de toda su comida, sino el relativo a la limpieza de la granja. Estos problemas hacen que muchas empresas se lleven la producción de carne a países donde las leyes les permitan contaminar sin problemas. Las granjas intensivas de cerdos desaparecen de Holanda y Dinamarca y aparecen en países como Polonia, Hungría o España. Eso implica un gasto extra en el transporte de la carne. Algunos se defienden diciendo que el ser humano come carne por naturaleza, pero lo que no es natural comer así, a diario. Y, desde luego, tampoco parece muy humano que mientras unos pasan hambre el ganado de su país viaje a Europa o Estados Unidos, o que mientras nos quedamos sin ballenas y sin atunes, los japoneses se coman estos animales sin reparos.

El “hambre de comida” esquilma los mares, a veces para alimentar a peces de piscifactoría (que algo tienen que comer), pero también provoca una contaminación excesiva que nadie duda. El “hambre de objetos” nos lleva a comprar, acumular y tirar demasiados objetos que realmente no necesitamos. Las tiendas de los países desarrollados se llenan y también se llenan los basureros, llenos de energía desaprovechada, o mal aprovechada. La gula, criticada desde antaño, puede tener hoy más razones contra ella y éstas ser más científicas. Quizás la Divina Comedia de Dante debería releerse o reescribirse con otros ojos. Allí, Dante ensalza al Daniel del Antiguo Testamento que rechazó los manjares que el rey Nabucodonosor le ofrecía, para comer verduras, “de comer legumbres y de beber agua” (Daniel 1, 12), encontrándose así Daniel y otros judíos mejor alimentados y con “mejor aspecto”. Tal vez, la propuesta de Daniel sea la primera con voluntad vegetariana de la Historia, pero hoy, el vegetarianismo (estricto o no) crece a un ritmo demasiado lento, mientras los imitadores de Erisicton, personaje que también Dante nos recuerda, crecen a un ritmo que parece alarmante.

En resumen, comer los cereales y vegetales que Deméter nos ofrece es una muy buena forma de ahorrar agua y energía, de evitar la contaminación y de luchar por un mundo más justo, sin hambre y sin sobrepeso. Pero la pregunta final es si, como Erisicton, la humanidad está o no abocada a comerse a sí misma, a autodestruirse.

Referencias bibliográficas/electrónicas, y otros EcoArtículos.

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