Tristes Navidades

En el mundo industrializado se ha incrementado año a año la visión de la Navidad como una época en la que el objetivo es consumir, comprar, gastar… como si ello fuera condición indispensable para alcanzar la felicidad que históricamente fue propia de esa época, marcada como fiesta antes de la era cristiana. El derroche material es sinónimo inseparable del daño medioambiental.

En la Navidad se conmemora el nacimiento de Jesús de Nazareth, aunque realmente no se sabe con exactitud cuando nació. Se decidió elegir esa fecha por la que era la festividad del Sol, que coincidía con la del nacimiento del dios pagano Mitra. Desde entonces ambas conmemoraciones coincidían. Lo sorprendente es que los países cristianos celebren la Navidad con tanto derroche sabiendo que ello contradice el mensaje principal de este Jesús de Nazareth, que tanto ensalzó y ayudó a los pobres y criticó la codicia convertida hoy en consumismo: Él dijo: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc. 12, 15). Pero Jesús dijo más cosas sobre la pobreza y la codicia (Mt. 5, 3; Mt. 5, 38-42; Mt. 10, 9-10; Mt. 19, 24; Mt. 22, 39; Mt. 23, 27-28; Lc. 6, 37-38; Lc. 14, 33; Hch. 20, 35).

Hay mercantiles intereses que parecen querer que cada año esta festividad llegue antes de lo esperado. Es lógico que los centros comerciales se empeñen en hacernos creer que ya es Navidad cuando faltan aún varias semanas. Porque para ellos, Navidad es sinónimo de consumo desmedido, aunque para ellos sus ingresos nunca sean desmedidos. Nos quedaremos con las ganas de que algún centro comercial utilice el “consumo responsable” en su publicidad: “Compre aquí sólo lo que necesite, sin derrochar“, o bien “Aquí NO vendemos a los que tienen demasiado“.

Sin embargo, más difícil de entender es el porqué los ayuntamientos se suman al
reclamo publicitario de una Navidad cuando todavía no ha llegado, encendiendo las luces
callejeras antes de tiempo. No importa lo endeudados que estén los ayuntamientos.
Lo importante es, parece ser, derrochar optimismo y vatios de energía. Al menos, habría
que pedir a los ayuntamientos que utilicen sólo bombillas de bajo consumo y que el horario de encendido sea reducido o, al menos, que no se enciendan cuando aún es de día… aunque aún no es raro ver farolas encendidas de día en muchas ciudades. Parte de ese dineral podría emplearse en sustituir la iluminación callejera que no cumpla las normas para evitar tanta contaminación lumínica. La ciudad de mediterránea de Málaga, por ejemplo, emite tanta luz hacia arriba que provoca molestias a los astrónomos que utilizan el telescopio de Sierra Nevada (situado a unos 100 km. en línea recta sobre el mapa).

Quizás eso del despilfarro consistorial sea el reflejo de lo que pasa en tantas empresas y domicilios particulares donde no se minimiza el consumo de electricidad (¿son los gobernantes reflejo del pueblo que los elige?). La cuestión no es si se puede o no costear el consumo, sino si el beneficio obtenido justifica el daño que la Naturaleza recibe al producir tal cantidad de electricidad. El consumo es tan abusivo y tan creciente que resulta evidente que en el futuro se producirán cortes en el suministro de electricidad, o bien, será necesario construir más centrales… pero ni las energías renovables podrán suministrar un consumo tan creciente. La pregunta no es si uno puede permitirse estar en manga corta en su casa mientras hiela en el exterior o estar pasando fresquito en casa mientras en el exterior hace calor. La pregunta no es si nos podemos permitir eso, sino si eso podemos permitírnoslo todos.

Debemos entender que cada objeto que compramos o consumimos ha requerido una serie de materiales y energía para producirse y transportarse. Examinemos estos dos elementos:

    • Respecto a los materiales, todos proceden de explotar la Naturaleza. El economista francés De Jouvenel decía que es un error ver nuestra sociedad fundada en los intercambios entre los hombres regulados por el dinero, porque lo cierto es que “está fundada en la explotación de los bienes naturales“. En los países industrializados se vive mejor porque se exprimen más los recursos naturales (propios o ajenos). La riqueza no viene del dinero, sino de la Naturaleza.
    • Respecto a la energía, aunque toda la energía consumida fuera ecológica, no sería lógico su despilfarro. Más aún cuando, desgraciadamente, la producción de energía limpia es aún menor de la deseable en España, el país con mejor radiación solar de Europa. Las cifras son peores si las globalizamos. No olvidemos el inmenso gasto energético del sector del transporte: muchos productos consumen más energía en su transporte que en su fabricación.

Lo más sorprendente es que es fácil descubrir, para el que lo quiera hacer, que ese consumo no revierte en la felicidad esperada (y no hay necesidad de ello). Suele ocurrir que el consumo desmedido es causa de unas “falsas necesidades” creadas por la publicidad, la envidia o la falta de personalidad, tal y como denunciaba Enrique Rojas, quien afirmaba también, en consonancia con las enseñanzas del místico antirreligioso Osho, que: “En este final de siglo, la enfermedad de Occidente es la de la abundancia: Tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual“. Ese componente espiritual no tiene porqué ser religioso, sino que puede ser también científico, filosófico o incluso ecológico, pero alejado, en todo caso de la vanidad, de la que con tanto acierto y gracia nos habla el Eclesiastés. La triste realidad es que ese consumo excesivo es el que hace crecer la economía, el que hace crecer el PIB (o PNB, Producto Interior/Nacional Bruto). Este PIB es el índice de ese “desarrollo” del que hablan nuestros políticos. El consumo (aunque sea despilfarro) hace crecer el PIB, y la contaminación no influye a la baja, porque así no lo pensaron los que definieron el PIB y parece que ahora no hay interés en usar otras medidas disponibles, como el IPG.

Sobre el PIB también habló De Jouvenel y los científicos Nebel y Wrigth en su didáctica obra sobre las ciencias ambientales (consúltense las referencias al final). Con esta situación, la Navidad se plantea como una forma excelente de que suba nuestro “desarrollo”… a la vez que nuestro peso corporal, a costa de la Naturaleza y de nuestra salud. Ni siquiera es ya admisible el rito navideño de meter en casa un árbol y adornarlo, porque mientras estos miles de árboles mueren en nuestras casas, los campos se mueren sin árboles. Con lo fácil que es plantar árboles se podría aprovechar la Navidad para hacerlo pues es una época excelente para ello. En Navidad podemos pedir a los Reyes Magos (que seguramente no existieron realmente, y que, en tal caso ni fueron tres, ni fueron reyes, ni fueron magos) que traigan sólo juguetes, SIN PILAS, uno para cada niño del mundo y que ningún niño se lleve el de otro, que no nos traigan ropa que no necesitamos y que estos Reyes no despilfarren tanto por los países ricos y se vayan con su generosidad a donde se les necesite más. ¡Feliz Navidad a todos!… cuando llegue.

Referencias bibliográficas/electrónicas, y otros EcoArtículos.

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