Libro Hay alguien en mi plato, de Barbara J. King (@plazayvaldes)

La escritora y científica estadounidense Barbara J. King nos invita a comer con conciencia en este libro (2021, de su edición en español). En primera persona, nos narra sus vivencias personales e investigando el comportamiento animal. También es autora del libro Cómo viven el duelo los animales.

Nuestra sociedad está acostumbrada a comer animales y establece un muro entre un chuletón (al punto) y el animal del que procede. Se acepta que el animal tenga sentimientos, pero cuando está en nuestro plato solo es comida. Plaza y Valdés donará todos los beneficios de este libro a la ONG Igualdad Animal.

King trabajó como científica en Nairobi. Allí fue a restaurantes donde servían carne de animales exóticos. Se sorprendió a sí misma por cómo era capaz de devorar los mismos animales que disfrutaba observándolos en libertad. Reconoce que ese recuerdo le incomoda y que hay conexiones que nos unen a los animales. Tenemos muchos parecidos entre nosotros y ellos: sintiencia, capacidad de aprender, pensamiento y personalidad. La autora advierte de que «un marco de referencia antropocéntrico es demasiado limitado, precisamente porque detecta y recompensa preferiblemente aquello que los humanos consideramos inteligente». Es obvio que nos estamos perdiendo muchas cosas por falta de investigación y por nuestro punto de vista sesgado.

La ONU recomienda consumir menos proteínas animales y aumentar los alimentos vegetales (hay consistentes motivos para ello). El ganado consume «más de la mitad de todas las cosechas del mundo y precisan una cantidad de agua asombrosa». El libro estudia algunos de los animales que se consideran comida:

1. Insectos y arácnidos

Es una comida extraña en países occidentales, pero la autora nos informa que la crema de cacahuete puede llevar hasta 30 fragmentos de insecto por cada 100 grs. y el chocolate, el doble.

Algunos piensan que los insectos son casi como robots que se basan en su instinto, pero no es así. Estudios recientes demuestran que los insectos pueden aprender, recordar, pensar y comunicarse de formas complejas: algunas avispas reconocen el rostro de sus congéneres, las moscas de la fruta toman decisiones pensando, y la danza de las abejas es un sistema de comunicación extraordinario. Un estudio ha demostrado que las experiencias de juventud pueden alterar la personalidad de los grillos. El problema es que evaluamos a los animales bajo la lupa de nuestros conocimientos de humanos y su personalidad puede tener otros factores distintos a las paridades humanas: valiente/cobarde, agresivo/pacífico, introvertido/extrovertido, etc.

No es fácil demostrar si los insectos sienten placer o dolor. Sin embargo, ambos aspectos son básicos en la evolución y ayudan a llevar una vida más duradera, por lo que es difícil imaginar que estos animales no sientan ni placer ni dolor. En EE.UU. hay una granja de grillos para consumo humano y están tan convencidos de que sufren que, para sacrificarlos, bajan la temperatura hasta su letargo. Es posible que no sientan cuando son sacrificados, pero morir por frío no parece que sea muy agradable.

Comer insectos es ambientalmente mejor que comer mamíferos o aves, porque son más eficientes, emiten menos gases, requieren menos tierra y menos agua y hay un menor riesgo de transmitir infecciones zoonóticas (como la COVID-19).

2. Pulpos

Son los invertebrados más inteligentes del planeta (que se sepa y evaluando bajo el punto de vista del humano). Las más recientes investigaciones demuestran que «los pulpos piensan, trazan estrategias, evalúan lo que los rodea y expresan su estado anímico en función de esa evaluación de un modo tan visible e impactante que incluso los vertebrados terrestres podemos entenderlos». Los pulpos pueden usar herramientas, «resuelven problemas estratégicamente» y cuando están en un laboratorio reconocen con claridad a los investigadores.

En muchas culturas son vistos solo como comida, incluso para comerselos vivos (a pesar de que hay personas que han muerto de asfixia por ello). Los brazos del pulpo tienen gran capacidad de recopilar datos. Es como si incorporaran parte del cerebro. El pulpo tiene tres corazones y asombrosas capacidades. Por ejemplo, puede estrujar su cuerpo para pasar por aperturas considerablemente pequeñas, puede cambiar de color para camuflarse y para comunicarse y puede aprender de sus congéneres. También se han encontrado pulpos diferentes en cuanto a su personalidad. Respecto a las capacidades cognitivas los científicos afirman que no hay diferencia con algunos de los cefalópodos, primos del pulpo: la sepia (o jibia) y el calamar (los nautilus no se citan).

La autora recuerda un tierno vídeo viral de un niño brasileño que se mostraba incrédulo con solo pensar que la comida que le servía su madre era un animal muerto, un pulpo troceado. Al final, el niño convence a la madre para comerse solo las patatas.

«La Unión Europea declaró que los cefalópodos deben recibir un trato humano cuando se utilicen para una investigación científica, convirtiéndolos en los únicos invertebrados que reciben esta protección». En Estados Unidos, un grupo de biólogos sometieron a cinco pulpos a lesiones de aplastamiento de los tentáculos, llegando incluso a la amputación. Científicamente, no se puede concluir que los pulpos sintieron dolor, pero se documentó que los pulpos contrajeron la zona lesionada y la mantuvieron cerca del cuerpo, envolviendo incluso el miembro dañado con los tentáculos adyacentes. ¿No es un claro signo de sufrimiento?

En otro experimento compararon el comportamiento de pulpos en acuarios pequeños y aburridos y en acuarios grandes enriquecidos con entretenimientos. «Los observadores detectaron un gran estrés en el acuario empobrecido: en él, los pulpos se comían sus propios brazos«. El estrés también se ha documentado en otros animales, como los cetáceos encerrados en acuarios.

También se ha demostrado que los pulpos simpatizan con humanos, llegando a acariciarse mutuamente. ¿No es una prueba de que sienten placer ante las caricias y el contacto amigable? La naturalista Sy Montgomery, autora del libro El alma de un pulpo, reconoce problemas éticos inherentes a capturar pulpos en sus hogares naturales para confinarlos y exhibirlos con el fin de entretenernos y educarnos.

3. Peces

Los peces son inteligentes, aprenden, tienen distintas personalidades (valientes, prudentes, juguetones…) y saben comunicarse. El 50% de las especies emiten algún sonido para comunicarse, y suben el volumen si hay ruido ambiental.

El libro nos cuenta cómo los meros hacen gestos a las morenas y a los peces Napoleón para indicarles dónde hay presas ocultas de forma que uno de ellos aumente sus posibilidades de comer. Y lo mismo hacen algunas truchas para cazar con sus amigos pulpos. Estos gestos referenciales (sin tocar) se creía que era algo exclusivo de primates y de cuervos.

Los peces limpiadores eliminan parásitos a otros peces y distinguen entre sus clientes habituales y los ocasionales. Atienden antes a los que están en tránsito porque los residentes creen que volverán, aunque podrían irse a otros peces limpiadores (a la competencia). A veces muerden a sus clientes y estos se quejan con movimientos bruscos, pero ellos les intentan tranquilizar acariciando su aleta dorsal para intentar que no se vayan. Curiosamente, distinguen entre peces depredadores y los que no lo son, mordiendo con mayor frecuencia a los no depredadores.

También hay peces que usan herramientas. Por ejemplo, se vio a un pez lábrido payaso usar piedras como yunque para abrir almejas. No somos tan diferentes de los peces. Las articulaciones de nuestra mano aparecieron por primera vez en las aletas de peces como Tiktaalik.

Peces, moluscos y crustáceos suponen el 6,5% de las proteínas consumidas por los humanos, por lo que no parece complicado prescindir de este tipo de alimentos. Por otra parte, los mares están muy contaminados. Por ejemplo, se han encontrado niveles alarmantes de mercurio en atunes, pez espada y lubinas entre otros (el mercurio se acumula en los peces carnívoros).

Peor suerte viven los peces de piscifactorias, como son casi todos los salmones que se venden. A la enorme contaminación de esas industrias, se une el maltrato animal por hacinar peces en tanques muy pequeños, donde se rozan, se hacen heridas y se infectan de parásitos. Por si fuera poco, las dos últimas semanas antes de la matanza, los salmones dejan de ser alimentados para que sus estómagos estén vacíos cuando los sacrifican. Además, el sistema de aturdimiento deja de usarse cuando falla. Las piscifactorías no fabrican pescado sostenible, porque son carnívoros y para que ellos vivan hay que matar a muchos peces salvajes de otras especies, como las anchoas, por ejemplo, cuyas poblaciones están bajando alarmantemente.

Los casos más terribles de sufrimiento y daños al medio ambiente no son las prácticas tradicionales sino la pesca comercial a gran escala (como denunció De Jouvenel). La pesca de arrastre destaca por su enorme poder destructivo. Se ha prohibido en muy pocas zonas y se sigue usando a gran escala.

La autora se pregunta qué sentirán los peces cuando se encuentran con depredadores (humanos o no), y sugiere investigar el comportamiento de los supervivientes, para descubrir, por ejemplo, sus aprendizajes. Se han visto casos que inducen a pensar que los peces sienten empatía. Por ejemplo, peces de acuario que se ayudan entre ellos, incluso siendo de especies distintas.

Se ha demostrado que los peces sienten dolor. Sin embargo, muchos siguen pensando que como no son mamíferos ni aves, no es tan relevante si sufren o no. Lo curioso es que en mamíferos y aves sigue sin ser relevante el hecho de que sepamos fehacientemente que sufren por culpa de los humanos que los ingieren. El consejo de Michael Pollan es comer poco y vegetales en su mayor parte.

4. Pollos

Una conclusión inesperada es que «la supuesta diferencia existente entre la capacidad para razonar de los mamíferos y las aves es ilusoria».

«Los pollos distinguen entre más de un centenar de caras de otros animales de su especie, y reconocen a individuos tras meses de separación». Además, razonan para decidir la mejor opción entre varias posibles, se comunican entre ellos (por ejemplo, la madre llama a sus pollitos) y se ayudan. Se han visto casos de gallos que cubren con las alas a su pareja cuando llueve, o gallinas que ayudan a una compañera ciega. También se comunican con los humanos. En cierta ocasión unas gallinas dieron la voz de alarma a un humano, cuando una de ellas cayó accidentalmente a la piscina. Se puede concluir que los pollos pueden «percibir la perspectiva que otro ser tiene del mundo».

Las gallinas pueden hacer varias cosas a la vez gracias al cerebro lateralizado de las aves (igual que el nuestro). Por ejemplo, pueden buscar comida y permanecer alerta ante posibles depredadores.

Hace años notaron que las gallinas no podían encerrarse, porque la falta de luz solar y de vitamina D, les provocaba debilidad en las patas. La solución fue fortalecer el pienso con vitamina D, algo que facilitó las macrogranjas actuales, las cuales pueden llegar a albergar diez millones de aves. Tras esas cárceles, «el animal se transforma en un objeto y el sabor adquiere una importancia capital». En Estados Unidos, el día de la Superbowl se consumen 1.250 millones de alitas de pollo, a pesar de que «la carne de pollo ha perdido su tradicional reputación», debido a que son una «fuente colosal de gérmenes», tanto en los gallineros, como en la carne que se vende. Se han encontrado muchas bacterias perjudiciales (como campylobacter). Por otra parte, en los mataderos se han documentado multitud de irregularidades en el cumplimiento de las leyes para reducir el sufrimiento. Por ejemplo, se sabe que es frecuente encontrar pollos que son «escaldados vivos».

También son recurrentes los escándalos en las granjas de gallinas ponedoras, por ejemplo cuando se habla de cómo se deshacen de los pollitos macho. Estados Unidos sacrifica 272 millones de pollitos cada año. Uno de los métodos es triturarlos vivos con cuchillas giratorias. Luego, se usan para alimentar mascotas, haciendo que tener mascota genere maltrato a otros animales. También se concluye que comer huevos sí produce maltrato animal. Por todo esto, se instauró el 4 de mayo como Día Internacional por el Respeto a los Pollos.

5. Cabras

Las mascotas son animales vivos que algunos los ven como «modas». En Estados Unidos se ha generalizado tener cabras enanas nigerianas. Sin duda, peor es lo que hacen en Afganistán: destripan una cabra, le cortan la cabeza, cosen sus restos y se usa en un extraño deporte llamado buzkashi. Si te parece maltrato animal en el deporte, te recordamos que muchos balones (de fútbol, béisbol…) están hechos de cuero de vaca y que los deportes con caballos siempre los maltratan (especialmente en los entrenamientos).

Se ha constatado que las cabras pueden comunicarse con animales que no son de su misma especie y que mantienen relaciones de amistad (con burros, llamas…). También son atentas entre ellas, aunque a veces no aprenden de sus semejantes, tal vez porque, como los perros, aprenden más de los seres humanos que de animales de su especie.

Las cabras «sobresalen en tareas que requieren un pensamiento avanzado y memoria a largo plazo, y muestran claras respuestas emocionales al modo en que se las trata». Y concluye: «las cabras son inteligentes y expresan lo que sienten acerca de lo que les ocurre».

6. Vacas

Muchas de nuestras sociedades adoran el sabor de estos animales y de los lácteos (leche, queso, helado, yogur…). En la industria bovina, «ningún bebé se queda con su madre» y el ciclo es constante: inseminación, embarazo, parto y separación del bebé. Se ha demostrado que esa separación les causa a ambos mucho dolor y problemas cognitivos. Se llaman mutuamente con mugidos intentando reencontrarse. El dolor emocional afecta a los terneros en la misma medida que el dolor físico (por ejemplo, cuando les cortan los cuernos).

El libro analiza una granja de leche ecológica y el proceso es, en todo lo dicho, idéntico. En esta granja, las vacas viven 8 o 9 años, cuando en Inglaterra la media es de 6. Ahora bien, una vaca puede llegar a vivir más de 20 años. Es decir, en las granjas ecológicas la vida de las vacas se reduce a menos de la mitad y los terneros macho se sacrifican a los dos años y medio, porque no dan leche.

Para los que conocen a las vacas es fácil percibir que ellas «sienten alegría y tristeza en distintos momentos de sus vidas» y que cada una tiene su propia personalidad. Ellas reconocen a los humanos como seres individuales y diferentes. En el libro Farmageddon: The true cost of cheap meat, Philip Lymbery dice que las vaquerías industriales son «fábricas lácteas en las cuales los animales no son más que máquinas que enseguida se rompen y se sustituyen». En el proceso, también enferman los humanos. Los desechos fecales contaminan el aire y el agua. En el entorno de las granjas los niños tienen asma tres veces más que la media y la esperanza de vida en adultos es una década menos (datos de EE.UU.).

Las vacas son alimentadas con productos que no son lo que comerían de forma natural: maíz, soja, harinas de pescado… siendo la producción de ese alimento una de las mayores causas de contaminación, deforestación y pérdida de biodiversidad terrestre y marina.

La autora sostiene que «comer carne fue esencial para la trayectoria evolutiva del ser humano», pero eso no implica que no existan alternativas mejores en las sociedades actuales. Tal vez podamos cambiar nuestra visión de estos animales si tenemos en cuenta la enorme huella ambiental que producimos en la ganadería, además de que las vacas son seres curiosos que quieren vivir sus vidas.

7. Cerdos

Son tan inteligentes que se les compara con niños de tres años y están siempre en las listas de los diez animales más listos. King dice que es erróneo comparar especies diferentes. Sin embargo, se sabe que los cerdos tienen unas habilidades cognitivas especiales, mejor que las de perros y que las de niños de tres años. Dependiendo de su crianza y educación, se han encontrado cerdos calificados de encantadores, inteligentes, juguetones, astutos, amables, alegres, sociables, cariñosos… No todos tienen que ser iguales, obviamente.

La lista de horrores sufridos por los animales antes de llegar a los refugios es excesivamente larga. Una cuidadora de un refugio, al recibir a una cerda maltratada dijo: «Parecía la superviviente de un bombardeo». Con tiempo, la cerda se repuso y pasó a ser más sociable. En otro caso, dos cerdas venían de acuarios, donde además de esclavizar cetáceos para divertir al público, también las tenían, hasta que ellas dejaron de colaborar. En el refugio eran inseparables. Cuando una de ellas murió, la otra «lloró muchísimo su ausencia».

En otra de las historias que nos cuenta, una pareja convivió unas semanas con una cerda y bastó esa convivencia para cuestionarse sus hábitos alimenticios. Se dieron cuenta que no podían cocinar más beicon ni nada de cerdo.

«El furor de los productos derivados del cerdo es, sin ninguna duda, la mayor obsesión alimenticia global». En Estados Unidos, el 97% de los cerdos viven en granjas de cría intensiva (macrogranjas) y tienen inmensas lagunas en las que almacenar las aguas residuales con estiércol. Algo similar pasa en España, China…

8. Chimpancés

Los chimpancés y los bonobos son los animales más cercanos a los humanos. Son animales sociales, con tradiciones, muestran compasión y cooperación (también agresividad) y utilizan herramientas (hasta 26 herramientas diferentes en algunas culturas). Los chimpancés no solo aprenden unos de otros, sino que los mayores enseñan a los jóvenes, por lo que la muerte de un adulto es una pérdida para su sociedad.

En algunas culturas los chimpancés se comen, lo cual «no se aleja demasiado del canibalismo». Al enterarse de la muerte a manos de los furtivos de un chimpancé , un biólogo se refirió a ella como una absurda y criminal manera de acabar con una vida «para una sola comida». En Costa de Marfil se prohibió la caza y el comercio de carne salvaje, pero las leyes no siempre se cumplen. La pobreza y la desigualdad impulsan la caza furtiva, para comidas de ricos o por supuestas propiedades mágicas. El libro denuncia que hasta en Europa hay tráfico de carne de chimpancé. Todo este comercio amenaza la cultura de los chimpancés y sus redes de aprendizaje social intergeneracional.

Solo en la cuenca del río Congo se captan al año 5 millones de toneladas de animales salvajes (antílopes, pangolines, murciélagos…). En África hay 13 refugios que albergan 800 chimpancés. La mayoría llegan allí tras quedarse huérfanos por el comercio de carne salvaje o de mascotas exóticas. En los países ricos aún se ven chimpancés en laboratorios, circos, zoológicos o en la industria cinematográfica o publicitaria. No se deben utilizar animales para intereses humanos (ni siquiera los caballos, por muy acostumbrados que estemos). El libro describe los horrores que sufrió Tom, un chimpancé torturado por un laboratorio para investigación. Hoy se sabe que los resultados de investigar con animales no son extrapolables a los humanos.

¿Debemos comer animales?

Cada uno tiene que responderse a sí mismo, pero la autora nos pide que usemos nuestra inteligencia para reconocer la de los animales y tomar conciencia de su sintiencia. Ella no propone el veganismo como única opción. Alaba el flexitarianismo (dieta reducetariana) y a todos los que dan pasos hacia una dieta basada en vegetales. Los beneficios de esa dieta son numerosos, y el único déficit es el de la vitamina B12 que es lo único esencial que se encuentra en carne, lácteos y huevos. Pero tengamos en cuenta que la B12 la producen bacterias y hay pastillas fáciles de conseguir en farmacias. Al ganado industrial le dan las pastillas, para evitar que tengan carencias nutricionales, debido a su vida nada natural.

Hoy día ya se sabe que los animales sienten dolor. El dolor es dolor, aunque no podamos saber si sienten dolor como nosotros los humanos. Sabemos que no todos los humanos sienten el dolor de la misma forma.

En unas culturas se comen a los perros, mientras que en otras están protegidos: «hemos entrenado nuestro cerebro para prestar una atención especial a algunos animales y no a otros». Una investigación concluyó que los animales que vemos inteligentes son más difíciles de elegir como alimento. Por eso, algunos no quieren saber que los animales que se comen son realmente inteligentes. Es paradójico que haya tantas personas que consideran que no se debe herir a esos animales, pero aún así, se comen sus músculos solo por el sabor, aunque sería fácil de sustituir.

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Acerca de Pepe Galindo

Estamos en el mundo para aprender y ayudar y, si es posible, disfrutar. Es autor de libros como "Salvemos Nuestro Planeta", "El buscador de lo inefable" y "Relatos Ecoanimalistas"; ademas de publicar regularmente en dos blogs: 1) blogsostenible.wordpress.com y 2) historiasincontables.wordpress.com
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5 respuestas a Libro Hay alguien en mi plato, de Barbara J. King (@plazayvaldes)

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