Nada hay más ecológico que aceptar la muerte

La negación de la muerte es una obra de Ernest Becker. Publicada curiosamente meses antes de su muerte, en 1973, mezcla filosofía y psicología para varear las conciencias de los que se dejen.

Becker sostiene que el hombre vive la realidad de la muerte con ansiedad. El ser humano tiene una naturaleza dual —un cuerpo físico y un yo simbólico—. La parte física sabemos que morirá inevitablemente. Entonces, el humano es capaz de trascender el dilema de la mortalidad a través del heroísmo. Becker llama “proyecto de inmortalidad” a vivir pensando que somos parte de algo eterno o que estamos construyendo algo eterno, y que así somos heroicos, porque viviremos tras la muerte. Esto da al hombre la sensación de que su vida tiene sentido; un propósito. Para Viktor Frankl, ese propósito está entre las cosas más importantes de la vida: “El hombre no necesita realmente vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena” (lea otras citas de este y otros autores).

Para Becker, cuando se cae en enfermedades mentales, como la ansiedad, es porque falla ese proyecto de inmortalidad. Aunque la religión tradicional facilita esa inmortalidad, actualmente sus planteamientos no son convincentes para muchas personas, que se agarran a otros proyectos heroicos como la ciencia, el consumismo, o la acumulación material. Es el mito de Adán y Eva: lo tenían todo pero querían más. Se busca un consuelo, pero como no se va al fondo, lo que se encuentra no alcanza para dar un sentido vital. Para él no hay solución perfecta y espera que podamos conseguir un mundo mejor conociendo las motivaciones innatas de los humanos, sin autoengaños.

Si nos observamos a nosotros mismos, posiblemente descubriremos que muchas de las cosas las hacemos para sentirnos eternos (escribir un libro, mantener un blog, tener hijos, construir algo, hacer fotos…). Incluso hay cosas cotidianas que las hacemos porque nos permiten continuar nuestro proyecto de inmortalidad (comer, trabajar…). Nuestro miedo a la muerte nos hace buscar evasión y consuelo, donde sea posible. ¿Aceptaríamos un funeral ecológico aunque impidiese ser recordados, o preferiríamos tener una pirámide para nuestro cuerpo embalsamado?

Tal vez es por eso por lo que nos cuesta aceptar el cambio climático y la crisis ambiental. Nos enfrentamos a una crisis monumental, de la que no sabemos si saldremos “heroicos“. Los cambios que los científicos vaticinan nos enfrentan a nuestro terror existencial, destruyen nuestro proyecto de vida. Y esto es difícil de aceptar. Algunos se agarran a la tecnología como tabla de salvación, cuando precisamente es la tecnología la que ha generado el problema (y los problemas aumentarán mientras lo permitamos). Otros sufren ecoansiedad, trastorno que afecta también (con más motivo) a los científicos que estudian el medioambiente. Una opción es agarrarse al optimismo y tener la sensación de estar haciendo algo bien, aunque sea sacar agua con un dedal mientras el barco se hunde bajo la mirada impasible de los que podrían reflotarlo moviendo un dedo (o suicidándose…).

También están los que se agarran al placer o a comprar cosas innecesarias (lo cual tiene una base científica evolutiva). Tener mucha ropa, por ejemplo, crea la falsa sensación de que vivirás lo suficiente para disfrutar de todo, pero solo tienes una vida y un cuerpo. Cada vez que compramos algo, estamos reservando esos recursos para nosotros y eso implica que no están disponibles para otros.

Quizás podamos encontrar en el cuidado de la Tierra, en su restauración, un nuevo proyecto de inmortalidad que nos una como humanidad. La evolución del ser humano podría ir en ese sentido (como sugiere Javier Pérez en su libro sobre la evolución humana). Sin embargo, tal vez haya que pasar antes por un colapso más o menos dramático, porque el ser humano escucha a la ciencia como los adolescentes a sus padres (unas veces sí y otras no).

En todo caso, aceptar la muerte y que estamos aquí solo de paso es una actitud sana y natural que deberíamos practicar. Esto mismo recomendaba el estoicismo, por ejemplo. Tal vez, si nos relajamos y entendemos que nuestro proyecto de inmortalidad es —más o menos— inútil, podamos concentrar esfuerzos en temas más fáciles, como en una vida simple. Al menos sabemos que dentro de unos 5.000 millones de años el sol morirá y con él toda la vida sobre la Tierra.

♥ Agradecimientos: A Carolina Flynn de Climaterra, por sus interesantes sugerencias.

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Acerca de Pepe Galindo

Estamos en el mundo para aprender y ayudar y, si es posible, disfrutar. Es autor de libros como "Salvemos Nuestro Planeta", "El buscador de lo inefable" y "Relatos Ecoanimalistas"; ademas de publicar regularmente en dos blogs: 1) blogsostenible.wordpress.com y 2) historiasincontables.wordpress.com
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