La vida del Dr. Biología (un cuento que se hará realidad, de alguna forma, probablemente)

La humanidad es un avión cayendo en picado.

¿Es la humanidad como un avión cayendo?

—¿Doctor Biología? —pregunté con evidente tono de duda acercándome por su espalda.

Él estaba sentado con las piernas cruzadas y pareció no escucharme, por lo que tuve que repetir la pregunta poniéndome a su lado, mientras me arreglaba el pelo:

—¿Es usted ese que llaman Doctor Biología?

Silencio. Pensé que estaba sordo o que me ignoraba absolutamente. El silencio era total, salvo un lejano rumor del pequeño río que discurría ante nosotros. Me senté a su lado y al mirarle a la cara y ver sus ojos cerrados comprendí que tal vez estaba meditando. Me sentí ridícula por haberle molestado, aunque él ni se inmutó. Dí un par de pasos hacia atrás y me senté mirándole.

Tenía la cara arrugada y morena, pelo y barba desaliñados con bastantes canas, gris en la distancia. De sus grandes orejas me llamaron la atención los largos pelos que tenía. Pensé que era raro que nadie se lo hubiera dicho. Pero rápido me dije que era absurdo mi pensamiento. La barba le colgaba por debajo de su media sonrisa hasta cerca de su ombligo desnudo. Su cuerpo y brazos eran delgados, pero no esqueléticos. Sólo vestía un turbante, y una especie de sábana que le cubría cintura y piernas. Me recordó a Gandhi, pero con barba y turbante.

Estaba mirándole sus pies sucios, agrietados y encallecidos, con una herida claramente mal curada, cuando súbitamente se giró y me asustó. Al verme tan cerca y por mi sobresalto, él también se asustó y se echó hacia atrás abriendo mucho sus ojos. Después, sonrió y me dijo algo que no entendí, me incorporé y sólo me salió decir:

—¡Qué susto!
—¡Ah! ¡Hablas mi idioma!  —dijo con evidente tono de sorpresa—. Perdona por el susto. Es bueno saber que aún puedo asustar a alguien… je, je… Buenas tardes.

Me quedé pensando en lo que me había dicho, pero no entendí a qué se refería. Mientras, él ya se había levantado y se alejaba. Reaccioné de repente y medio grité:

—¿Es usted el Doctor Biología?

Se detuvo, se giró lentamente y mirándome con sus ojos claros dijo:

—Algunos me llaman así. Otros me llaman sólo Doctor, pero no saben lo que significa. Y la mayoría no me llaman de ninguna forma. Buenas tardes.

Siguió andando, lo que me obligó a levantarme rápidamente, coger mi enorme mochila, y salir a su encuentro:

—He venido para conocerle… y me ha costado mucho encontrarle. Quiero que me cuente su historia.
—No hay mucho que contar… más bien nada… mejor nada –contestó con seguridad, pero sin cambiar su tono calmado, ni su ritmo al caminar.
—¿Por qué le llaman así?
—Si ha venido hasta aquí, creo que sabrá la respuesta.
—Bueno… —titubeé— sé que estudió biología y se doctoró.

Se quedó unos momentos pensando, como dudando si contestar, pero al final accedió:

—Cuando vine aquí nadie me conocía, pero alguien se enteró que era doctor en biología y se corrió la voz. La mayoría no saben lo que significa, y creen que ese es mi nombre. Aquí, biología se dice jeevavigyaan, o usan el término en inglés cuya pronunciación es bastante diferente al nuestro, y no lo asocian… ¿Qué más cosas cree que sabe de mí?
—Sé que estuvo años investigando distintas especies, desde hongos y virus hasta el Cerambyx cerdo, que no sé qué tipo de cerdo es, y algunos pequeños mamíferos… publicó sus trabajos en revistas importantes… aquí traigo algunos que he intentado leer…

Súbitamente, una serpiente se cruzó en el camino y del susto casi se me caen las gafas.

El gran capricornio (Cerambyx cerdo), también conocido como capricornio mayor y capricornio de las encinas es una especie de coleóptero crisomeloideo .

El gran capricornio (Cerambyx cerdo), también conocido como capricornio mayor y capricornio de las encinas, es una especie de coleóptero.

—Es sólo un escarabajo —dijo parándose y poniéndome bien las gafas que se me habían quedado torcidas.
—¿Un escarabajo? ¡Eso era una serpiente de metro y medio, por lo menos!
—El Cerambyx cerdo. Es un coleóptero crisomeloideo. Un escarabajo, que era muy común alrededor del Mediterráneo… Ya estará extinguido… también —dijo con un gesto de tristeza en la última palabra.
— ¡Ah! Vaya… ¿Entonces no es un cerdo el Cerambyx ese? Pensaba que… —conseguí pronunciar con tono de disculpa mientras me acercaba las gafas a los ojos, pues se habían quedado en la mitad de mi nariz.

El calor de la tarde nos hacía sudar a los dos, pero yo llevaba una enorme mochila y llevaba ya varias horas andando ese día, sin contar que llevaba más de una semana andando por aquél caluroso país de mosquitos.

—¿Siempre hace calor aquí? —pregunté limpiándome la cara con mi camiseta.
—En invierno hace frío… el Himalaya no está lejos… son aquellas montañas de allí.

Por un momento, levanté la vista del sendero y me quedé maravillada por lo que estaba viendo. Era un paisaje espectacular, verde, frondoso, y unas lejanas montañas nevadas brillando con el sol de la tarde con pegotes de piedra. Cuando me quise dar cuenta, él estaba bastante lejos y casi lo pierdo entre la vegetación. Apreté el paso y cuando lo alcancé, creo que oyó mi resuello y dijo:

—Yo voy a bañarme. ¿Te gustaría venir?
—Pues sí, aunque no tengo bañador… Me lo dejé en el albergue en el que estuve hace dos días… Puede que me lo robaran.
—Yo tampoco tengo bañador, pero para bañarse sólo necesitamos agua. Y agua habrá, te lo garantizo.

Por el camino quise hacerle varias preguntas, pero no podía articular palabra entre el peso de la mochila, el calor y el acelerado paso. Afortunadamente, llegamos a un sitio y el Doctor Biología se detuvo.

—Hemos llegado… —dijo dándose la vuelta.

Llevándose las manos a la cabeza de asombro, añadió algo que no olvidaré:

— ¡Uf! ¡Vaya mochilón gordinflón! No me había dado cuenta. Si no, la hubiera ayudado… ¿Cómo vas por estos caminos con esa mochila?
—Pues mal, voy mal… —alcancé a decir quitándome la mochila.
—Bueno, este es un buen sitio para bañarse: aguas claras, sin mosquitos…

Él se acercó a la orilla, dejó caer la sábana de su cintura y se metió en el agua. Yo, por mi parte, rebusqué en mi mochila la ropa interior menos sexy que pude encontrar, me metí detrás de unos arbustos junto al río, me cambié, y de ahí fui directamente al agua, que estaba fría pero muy agradable dado el calor y el cansancio que tenía. Me acerqué nadando hasta donde él estaba y le dije:

—Tengo una pensión reservada en el pueblo, justo en dirección opuesta a la que hemos tomado desde que le encontré. Tengo que llegar allí antes de que anochezca.
—No creo que puedas. El pueblo está a más de una hora desde donde me encontraste, y con esa mochila… se te hará de noche antes de llegar a la mitad del camino. Y podrías perderte si no lo conoces bien.
—Pues no. No se bien el camino. Nunca he estado por aquí.

Miré hacia arriba y vi que el sol había ya descendido bastante. Comprendí que no llegaría a mi pensión con su ducha y su servicio y se me saltaron las lágrimas al sentirme perdida. Él continuó hablando:

—No hay ningún pueblo cerca… Puedes dormir aquí —dijo con su voz suave, mientras me ponía su mano fría en mi hombro, pues era evidente que yo estaba preocupada.
—¿Me puedo quedar en su casa? —cuestioné con entusiasmo.
—Yo no tengo casa… vivo en una choza mal construida. Es todo lo que puedo ofrecerte.
—Con que tenga ducha y servicio sería suficiente para mí… No soy exigente.
—No exactamente… Si tuviera ducha y servicio no sería una choza. Para mí sería un palacio. Mi ducha es este arroyo y mi servicio es este bosque… no creo que hayas visto un servicio más grande —bromeó, pero yo no tenía ganas de bromas.

Me salí del agua. Estaba enfadada. Busqué mi toalla en la mochila y me sequé. Luego me fui tras mis arbustos para vestirme y cuando volví, él ya estaba con su sábana liada, sentado en un tronco. Me senté a su lado.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Siento que no llegues a tu pensión por mi culpa. Te puedo acompañar si quieres, pero serán varias horas caminando.
—No. No lo sienta usted. Es culpa mía, por no organizarme, pero llevo más de una semana buscándole a usted, ¿sabe?, y ahora no tengo ducha, ni cepillo para el pelo… Me lo debí olvidar en otra pensión.
—Ni ducha, ni cepillo… —repitió él como comprendiendo la situación.
—Pero le he encontrado, que era lo que quería, así que estoy bien. Contenta. Contenta y enfadada, pero así es la vida…
—La vida es agridulce, hasta que le quitas el “agri”… ¿Y dices que vienes buscándome a mí? No lo entiendo.
—Me enteré de que un científico había abandonado el mundo y decidí investigarlo. Soy periodista… o eso intento.
—¿Abandonado el mundo? Suena como si hubiera muerto ese científico.
—No, disculpe, me refiero a abandonar “su” mundo anterior: su familia, su casa, su trabajo, sus investigaciones… Sé que mucha gente a lo largo de la Historia ha abandonado todo, pero su caso me resultó curioso, porque supongo que tenía una vida cómoda, prestigio, y sé que usted estaba claramente volcado en sus investigaciones… Pero si llego a saber antes por lo que iba a pasar, posiblemente no hubiera venido. No ha sido fácil llegar hasta aquí.
—Para mí tampoco… —dijo bajando el tono de voz.
—Pues eso es lo que quiero saber. Mi jefa estará encantada de publicarlo, pues ella también pensó que la historia de un científico así sería interesante y original.
—No tan original. Maria Gaetana Agnesi, nació en una familia rica, era muy inteligente (a los 11 años hablaba 7 idiomas), y fue la primera mujer catedrática de matemáticas de la Historia. Dedicó casi 50 años a cuidar a los pobres, viviendo en la pobreza y muriendo junto a ellos. Eso sí es interesante.
—Usted cuénteme su historia, y yo decidiré si es interesante —dije sin pensar que parecía un poco prepotente.
—Te llevaré a mi choza, pero no te contaré mi vida, y menos si piensas publicarla —afirmó mientras se levantaba.
—¡No puede usted hacerme esto! —exclamé alzando la voz de espanto mientras me levantaba de un brinco.

Él cogió la mochila, lo cual le agradecí infinito, porque no podía con mi alma, pero en vez de darle las gracias seguí con mis gritos:

—Vengo desde el otro lado del mundo, me pongo a patear caminos preguntando por un extranjero que nadie conoce, desaparece mi cepillo del pelo y mi bañador, ahora tengo unos pelos de loca, no se dónde voy a dormir y no tengo ni ducha, ni servicio, me han picado mil mosquitos… ¿Y encima no quiere hablar conmigo?
—Entiendo que te sientas mal, pero debes entenderme —me dijo con tono de disculpa, casi en voz baja.
—¡Pero al mundo le gustará saber qué pasó por su cabeza, si es feliz ahora, y cómo vive! —exclamé en un intento de convencerle.
—Lo que pasó por mi cabeza está en mis publicaciones. Ahora soy feliz… más o menos. Al menos más feliz que antes. Y vivo en aquella choza de allí, de lo que la vida me ofrece, sin pedir mucho. Algunos dirían que soy un parásito de la sociedad, yo me veo más bien como un microorganismo no patógeno oportunista… Con eso, ya sabes todo lo que querías saber, y, como ves, no hay nada interesante.
—Pero… ¿Cómo se le ocurrió venir precisamente aquí? ¿Por qué tomó esa decisión? Usted no es aún un viejo del todo y podría continuar con… —dije con ímpetu dándome cuenta a posteriori de que podría haberle molestado lo de “viejo”.
—¿Tienes hambre? —me contestó como si no hubiera oído nada—. Tengo algo de fruta, suficiente para ambos si no comes mucho.

Llegamos a su choza, pero yo a eso no le llamaría choza. Aquello eran dos tablones en forma de L que simulaban ser dos paredes, unas grandes hojas de palmera hacían de techo, y el suelo era el suelo del bosque, limpio de hojas, al menos.

Él descolgó una manta llena de hojas secas rotas, la sacudió fuera de la choza, y luego la puso dentro, doblada, para que nos sentáramos ambos. Levantó una pequeña tabla en el suelo de la esquina, entre las dos paredes, y sacó una bolsa:

—¡Siéntate chiquilla! —me dijo haciendo un gesto con la mano—. Vamos a comer y luego hablamos… La fruta me la dio ayer un frutero del pueblo. No iba a vender tanta fruta, y alguna está ya demasiado madura.

Me senté, pero yo seguía rumiando mi enfado, aunque intenté que no se me notara. Saqué medio bocadillo de mortadela que me había sobrado de la comida, lo partí y se lo pasé a él:

—Gracias, pero no como carne, salvo que vaya a tirarse —me contestó extendiendo su mano con la palma hacia abajo.

Mientras comíamos me contó que algunos pájaros y otros animales venían a visitarle para que les diera algo de comida, pero que hoy no venían, tal vez por mi presencia. Me contó que al principio, él se sentía como los elefantes rogue, los cuales en vez de vivir con la manada, viven de forma solitaria, aunque él no era violento como algunos rogues. Sin embargo, en la India lo consideran un sadhu, un yogui que ha renunciado a lo material, y que él se identificaba bien con los sadhus y se llevaba bien con ellos.

Me dijo que en la India hay entre 4 y 5 millones de sadhus y que son bien vistos por la comunidad, porque no dañan a la sociedad, ni al planeta, y, supuestamente “queman el mal karma de la comunidad”. Me contó anécdotas de antiguos ascetas que le habían inspirado, como Diógenes el Cínico, Porfirio, Epicuro o el sirio San Simeón Estilita que vivió encima de una columna cerca de Alepo durante casi 40 años.

Me dijo que el objetivo de Epicuro fue la ataraxia, la ausencia de pasión y deseos, «la tranquilidad de un espíritu con buena salud», y que ese era ahora su trabajo de investigación. Me explicó que había dejado el laboratorio, para dedicarse a investigar la mente, su mente, y que se había dado cuenta lo poco que necesitamos para vivir, y menos aún para ser felices o, como él decía, para ser “razonablemente felices”.

Yo también le conté parte de mi ajetreada vida intentando hacerme un hueco en el periodismo de investigación, una profesión muy digna que algunos contaminan con intereses empresariales o políticos. No pareció extrañarle mucho mi crítica a la profesión, pero sí se interesó por mis anécdotas profesionales.

Acabamos riéndonos un buen rato antes de que yo empezara a bostezar. Por su parte, él no parecía tener sueño. Me dijo que me tumbara sobre la manta mientras él iba a dar un paseo nocturno, a ver si veía a sus amigos, los animales, y meditaba un rato con ellos.

Al despertar seguía sola en la choza. Iba a buscar mi cepillo del pelo, cuando recordé que no lo tenía. Salí con mi pelo alborotado y vi a este hombre, que otrora fuera un gran científico, convertido ahora en un niño jugando con una mariposa. Al verme, me saludó:

—Buenos días. ¿Has dormido bien?
—Pues sí. Estaba muy cansada. ¿Usted no ha dormido?
—¡Claro que he dormido! Duermo poco, pero duermo bien… ¡aunque a veces me duele la espalda! Pero eso es por la edad…
—¿Pudo meditar anoche con los animales?
—No los encontré, pero no importa —dijo tirándome una manzana que pude coger al vuelo.
—¡Gracias! ¿Medita todas las noches?
—Todas las noches, todas las mañanas… cuando me apetece.
—Meditar es como rezar… ¿no? —pregunté justo antes de morder la manzana.
—No, en absoluto. Mira lo que dice alguna Upanishad: “Cuando alguien venera una deidad pensando «ella es uno y yo soy otro», no ha entendido nada”.
—¿Alguna qué? —pregunté extrañada.
—¿Las Upanishads? Son textos muy antiguos, escritos varios siglos antes de Jesucristo, y que tienen verdades eternas, reveladas a todos los que trabajan su mente interiormente, a través de la meditación y esas cosas.
—¿Dónde aprendió todo eso?
—Se nota que eres periodista… —dijo con tono de resignación—. Vine aquí buscando algo que no sabía si existía, algo como los Sabios de Sivana, del libro “El monje que vendió su Ferrari“. No los encontré, pero encontré algo parecido. Me acogieron en un áshram y allí me enseñaron muchas cosas. Estuve varios años allí, viviendo como en un monasterio hindú, enseñando matemáticas y ciencias naturales a los niños del pueblo. Allí me enseñaron las Upanishads, y más cosas del hinduismo: el Bhagavad Gîtâ, el yoga de Patañjali y el tantrismo de Cachemira.
—¿Se cansó de sus investigaciones en biología?
—No exactamente.
—¿Entonces?

Suspiró profundamente, como el que le cuesta respirar, y prosiguió con evidente emoción en la voz:

—Es cierto que me cansé de los métodos que se emplean en la investigación. Se usan ratones, monos y otros animales. No solo se les priva de libertad, sino que les inoculan todo tipo de virus, bacterias y supuestos medicamentos, o les provocan lesiones medulares… En realidad es exacto hablar de tortura. ¿Y todo para qué? Casi siempre, el único objetivo es publicar un artículo en alguna revista que parezca importante. El objetivo ya no era aprender o curar, sino publicar. Torturan a veinte monos, sacan conclusiones y lo publican. Era muy fácil, pero no era muy ético. Y más si sabes que realmente lo publicado no es realmente útil a nadie. En mis últimos trabajos ya no usaba animales, y algunos de mis colegas me criticaron duramente. Creo que se sentían mal, y su argumento era que todo el mundo trabajaba con animales. Cuando les demostré que no todo el mundo es así, no lo soportaron.

Hubo un amplio silencio, que yo aproveché para tomar algunas notas en mi cuaderno. Luego, siguió hablando:

—Pero no fue eso lo que me trajo aquí… y… ¿sabes una cosa?… ¡Tengo hambre!… ¿Vamos al pueblo? ¿Vale? Te llevo la mochila.
—¡Espera! ¿No tiene más fruta?
—No, pero no te preocupes. Ahora en el pueblo comeré algo. Mi amigo el frutero seguro que tiene algo de sobra y, si no, conozco un sitio donde los turistas suelen tirar mucha comida —dijo con entusiasmo, con cara sonriente y brillantes ojos.
—En serio, siento haberme comido su manzana de desayuno… pero le invito a comer en el pueblo, ¿vale?
—Esa manzana creció para ti, pero acepto la invitación. Te aviso que yo como poco… Hoy habrá más sobras para los sadhus… —dijo cogiendo mi mochilón.
—¡Espera! —le dije levantando una mano—. Hay un favor que me gustaría pedirle… ¿Puedo quedarme otra noche más aquí? Puedo dejar la mochila, y así no hay que llevarla.
—Esto… —dijo sorprendido—. Por mi parte… no hay problema. No creo que nadie te quite la mochila si la dejamos en la choza, bajo la manta, pero sigo sin tener ducha, ni servicio…
—Tiene usted el servicio más grande que he visto… —dije riéndome.

El camino al pueblo fue de más de dos horas, y luego teníamos que volver. Yo no sabía si había hecho bien quedándome en la choza, o hubiera sido más sensato irme a dormir al pueblo. Lo cierto es que había venido hasta aquí para conocer la historia de este hombre, y poco a poco, me estaba contando cosas de su vida. Su compañía era agradable y a su lado me sentía tranquila.

—¿Ha alcanzado la iluminación? —pregunté de forma inocente mientras caminábamos.

Eso le hizo gracia y empezó a reírse. Luego, se puso serio y dijo:

—No sé lo que es eso exactamente, por lo que la respuesta es, no. Intento vivir de forma humilde, porque es algo que es bueno para mi y para todos. Ya he hecho bastante daño en mi vida, y un biólogo debe defender la vida… todo tipo de vida. Precisamente, es lo vivo lo que nos hace ser biólogos.
—Todos hacemos bastante daño en nuestra vida… comiendo carne, por ejemplo.
—No pretendo que te sientas mal, por supuesto, pero efectivamente, la costumbre de comer tanta carne diariamente no es buena para la salud, y genera mucho sufrimiento además de severos daños ambientales.
—No es fácil ser vegetariana… pero voy a intentarlo, al menos en este viaje.
—La vida entera es “este viaje” —repuso sonriendo.
—Es verdad… y durante “este viaje” estamos arrasando el planeta con toda la magnífica vida que contiene. Y ni siquiera somos felices… y a veces ni estamos agradecidos.
—En este país, y más concretamente entre los más pobres, he encontrado más felicidad que en los países ricos. Stephen Hawking dijo que el cambio climático, la superpoblación y las epidemias complicarán la supervivencia en la Tierra, y muchos otros científicos, como Carl Sagan, ya habían avisado antes de lo mismo.
—¿Hizo usted algún descubrimiento en esa línea?
—Sí, todo está en mis publicaciones, pero a nadie le importó. No escucharon a Hawking, ni a Sagan, aún menos me iban a escuchar a mí.
—¿Qué descubrió exactamente? —pregunté con avidez.
—Te lo contaré si quieres. ¿Conoces la teoría de que la biodiversidad es como los remaches de un avión?
—No, ni idea.
—Es una metáfora utilizada ampliamente entre ecologistas y biólogos, difundida, por ejemplo, por los científicos Nebel y Wrigth. En esta metáfora se compara la pérdida de biodiversidad, es decir, la pérdida de especies, con la pérdida de los remaches de un avión en pleno vuelo. ¿Cuántos remaches podemos quitar sin que caiga el avión? Cada especie es como un remache, y si quitamos muchos remaches, el avión se desarma y cae. Se estima que se pierden miles de especies cada año por distintos motivos: pérdida de hábitats por construcciones humanas y por la ganadería y agricultura industriales, cambio climático, acidificación del océano, alteración de los ciclos del nitrógeno y del fósforo, especies exóticas invasoras, tráfico ilegal de vida silvestre… Si no recuerdo mal, se perdían unas 150 especies cada día… y puede que ahora sean más.

En ningún momento perdió su aire tranquilo, pero la tristeza iba invadiendo su semblante. Tras una pausa, continuó:

—No nos damos cuenta de que nuestra vida depende de esa biodiversidad. Dependemos de bacterias que ni siquiera la ciencia ha dado nombre aún, y según mis investigaciones, llegué a la conclusión de que el avión se cae, pues ya hemos quitado demasiados remaches.

—–  FIN  —–


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Acerca de Pepe Galindo

Estamos en el mundo para aprender y ayudar y, si es posible, disfrutar. Es autor del libro "Salvemos Nuestro Planeta" (del que hay un resumen en www.resumelibros.tk).
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