Reinventar el Mundo

por Sergio Prados (Invierno de 1998), Fincadona.

Dios ha muerto. Friedrich Nietzsche defendió durante toda su obra ésta máxima sin darse cuenta que él mismo ya la había refutado. Quizá en sus últimos días de lucidez, mientras trataba de parir eso que el mismo llamó Ecce Homo, notó como otro de sus pilares fundamentales se derrumbaba al confesar su pasión por aquella frase de Stendhal: ‘La única justificación de Dios es que no existe’. Y es que lo que no existe tampoco puede dejar de hacerlo.

Me pregunto que diría él al respecto. Aunque parece mucho más razonable “matar” un concepto universalmente extendido que negarlo de plano, sobre todo si lo que a uno le interesa es lo que se tiene que debatir a partir de ese punto.

El modelo de civilización humana ha muerto. Sin embargo aún encontraremos quien dude que haya existido alguna vez. Otros preguntaran cual de ellos, incapaces de comprender que las transformaciones forman parte de las cosas vivas hasta el instante mismo en que dejan de estarlo.

Todos los procedimientos son juzgados por sus resultados. Veamos ahora con lupa al humano después de milenios de evolución: ‘ambición desbocada’, ‘mínimo esfuerzo’, ‘voluntad de poder’, ‘magna desidia’, ‘ignorancia voluntaria’, ‘despreciable insolidaridad’, ‘odio endémico’, son sólo algunas de nuestras grandes virtudes actuales. Y no nos engañemos, muy pocos escapamos a alguna de ellas. Bien, no quiero ahondar en lo que denomino cobardía humana.

Me refiero sin duda a lo que se entiende por mundo civilizado. No siento ningún reparo al llamar cobardes a miles de millones de hombres. Lo son por acción u omisión, por no asumir sus responsabilidades como seres humanos para consigo mismos, para con las demás especies y para con el medio que a todos nos sustenta. No voy tampoco a continuar por aquí, todos sabemos a que me refiero.

Tampoco intentaré ahora delimitar responsabilidades individuales, tan solo me interesa el resultado global, la gran casa sin barrer por culpa de esta inmunda cobardía.

Frente a ella, la valentía. Un mirar decidido al frente, hacia un futuro ahora incierto y desolador que se desea deje de serlo.

Para ello, qué mejor que promover debates sobre nuevos caminos, dibujados por la mano firme del hombre valiente, capaz de contrastar la experiencia histórica con la nueva visión científica del mundo y de acuerdo con los nuevos valores humanistas que emergen del fondo de las tinieblas gracias a un puñado de hombres buenos.

Todo hasta hoy es la consecuencia de un precioso sueño imperfecto que ha llegado hasta nosotros en forma de parche inmenso, espectacular remiendo que ha terminado por engullir lo remendado. Dejemos de reparar lo irreparable, no ocupemos nuestro tiempo ya nunca más en arreglar lo mil veces ya arreglado, concentremos todo nuestro esfuerzo en algo que sólo el hombre valiente puede realizar: crear un nuevo mundo.

Podemos y debemos crear una nueva humanidad. Disponemos de los medios necesarios. Lo único que nos impide crear el Cielo sobre la Tierra es nuestra cobardía, esa miserable cobardía que nos empuja lenta pero inexorablemente hacia una vida y una muerte también miserables. Y es que de justicia es tener lo que se merece.

Todavía es posible. La fortaleza del Planeta y su capacidad de regeneración nos deberían enseñar algo más que a portarnos de un modo cobarde y miserable. No olvidemos que nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, forman parte de nosotros y a la vez de nuestros padres, y de los padres de nuestros padres, de forma que todos somos una sola cosa. No creo en Dioses, pero quiero vivir y morir tan limpio y puro como nací.

Aún recuerdo el día que lloré cuando el profesor rompió la hoja de mi dictado al comprobar que había cometido un gran número de faltas. Al rehacerlo puse tal empeño y dedicación que resultó un trabajo impecable.

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