Bioindicadores: escuchando de nuevo a la Naturaleza (1/2)

Muchos hidróbidos son endemismos exclusivos de sólo unas pocas fuentes

Cuando defendemos la conservación de las especies muchas veces asumimos una postura totalmente antropocéntrica (y para nada biocéntrica) por la cual afirmamos que la supervivencia del ser humano depende de la conservación de la Naturaleza, además de la visión utilitaria de la misma como fuente de recursos y potenciadora de la economía. Cuando defendemos la conservación de las especies, por lo tanto, muchas veces nos olvidamos del derecho que tiene la Vida a seguir existiendo, de la obligatoriedad de no interferir en la Naturaleza por derecho propio, por derecho vital. Muchas veces justificamos la conservación de las especies olvidando estos derechos naturales inherentes a la Vida, o los ignoramos porque quienes no sienten la Naturaleza como algo necesario no son capaces de comprenderlos. Muchas veces justificamos la conservación de las especies basándonos fundamentalmente en el papel vital que desempeñan para el correcto funcionamiento de los ecosistemas, constituyendo un engranaje tan equilibrado que, sin el cual, todo dejaría de existir. Pero ¿no es cierto que muchos de nuestros ecosistemas están funcionando correctamente sin especies como el lince? ¿Qué puede suponer para el funcionamiento de los ecosistemas la desaparición de una pequeña especie de caracol endémica de una fuente? Evidentemente, los ecosistemas pueden continuar existiendo sin muchas de las especies que hoy conocemos, aunque su funcionamiento no fuera el deseable, van a seguir existiendo. Pero si hay algo innegable a todas las especies que habitan nuestro planeta es, sin duda, su papel bioindicador.

Las especies bioindicadoras son aquellas que nos proporcionan información acerca del ecosistema en el que aparecen. Pero todas las especies son bioindicadoras, en mayor o menor grado, puesto que en la mayor parte del Universo la Vida no existe. Es por ello que el hallar formas de vida extraterrestre nos aportaría una información extraordinaria no sólo del lugar en el que apareciese sino de la Vida en todo su conjunto. Todas las especies viven asociadas a un hábitat con unas determinadas características ecológicas y, además, establecen relaciones más o menos estrechas con otros seres vivos. Comprender estas relaciones establecidas con el hábitat o con otras especies es fundamental para entender la función de la vida como bioindicadora. A esto hay que añadir la historia evolutiva de las especies que las sitúa en un lugar concreto de la geografía planetaria y no en otro lugar, aunque tenga las mismas características ecológicas. Así, a modo de ejemplo, si contemplamos un oso polar podemos afirmar que nos encontramos en alguna parte del Círculo Polar Ártico. Sin embargo, si lo que observamos es un pingüino, no nos quepa duda de que nos encontramos en alguna zona del Círculo Polar Antártico. Pero la información que podemos obtener de las especies a veces no es tan evidente como en los ejemplos anteriores: si nos encontramos un matorral en el que abunda el espliego Lavandula lanata, podemos afirmar que nos encontramos en algún lugar de las Sierras Béticas (principalmente Andalucía) y la roca de la zona con gran probabilidad estará compuesta por carbonato doble cálcico magnésico (CaMg(CO3)2), es decir, dolomía o mármol dolomítico.

Orobanche haenseleri es un parásito exclusivo de Helleborus foetidus

Cuanto más estrictas sean las características del hábitat en el que vive una especie, y/o más estrechas las relaciones con otra u otras especies de seres vivos de los que depende, más precisa será esta especie como bioindicadora. Muchas especies de hidróbidos (una familia de pequeños caracoles acuáticos) viven en aguas frías, muy calcáreas, bien oxigenadas y nada contaminadas, por lo que muchas especies son endémicas de una o de unas pocas fuentes, manantiales o surgencias. Basta con que uno de los requerimientos de una especie sea bastante estricto como para que esa especie presente unas necesidades ecológicas también estrictas, aunque sea muy tolerante en el resto de sus necesidades. Es el caso de muchas mariposas en los que el adulto puede vivir en cualquier ambiente y alimentarse del néctar de una gran diversidad de plantas pero su larva sólo puede alimentarse de una o de unas pocas especies de plantas. Un caso extremo es el de la mariposa endémica de Sierra Nevada Agriades zullichi que vive por encima de los 2400 m de altitud porque sus larvas se alimentan exclusivamente de la planta también endémica de Sierra Nevada Androsace vitaliana subsp. nevadensis.

Helleborus foetidus habita zonas calcáreas por encima de los 1000 m

¿Cuándo cobran una especial importancia las especies indicadoras? Es posible que la mejor utilidad que podemos darles a las especies indicadoras sea la de la evaluación del estado de conservación en el que se encuentran nuestros ecosistemas. Lo que se pretende con esto es, en definitiva, evaluar nuestras propias acciones sobre la Naturaleza, lo cual es muy importante desde un punto de vista humano porque no es posible la salud en un medio ambiente enfermo.

En este sentido juegan un gran papel como bioindicadores los grandes carnívoros, las especies que se encuentran ubicadas en el vértice de la cadena alimentaria, puesto que su presencia es indicativa de la existencia suficiente de presas y, por lo tanto, del buen funcionamiento de los ecosistemas. De este modo, la noticia de la extinción del alimoche en la provincia de Málaga no sólo es trágica por la pérdida de biodiversidad que ello supone, sino también por la información que nos aporta acerca del medioambiente de esta provincia. Otra peculiaridad de los grandes carnívoros es su sensibilidad a la bioacumulación, puesto que la concentración de determinadas sustancias tóxicas aumenta a medida que ascendemos en la cadena trófica. Éste es el caso de la nutria, que estuvo amenazada de extinción en otro tiempo por el uso indiscriminado de determinadas sustancias químicas como el DDT o PCBs.

Potomida littoralis

También juegan un gran papel como bioindicadores todas las especies amenazadas, además de los grandes carnívoros. Éste es el caso, por ejemplo, de las náyades, los grandes bivalvos de agua dulce (familias uniónidos y margaritiféridos). Estos organismos viven en ríos de aguas remansadas, no muy contaminadas, que no sufren grandes oscilaciones de caudal, sobre fondos blandos, con vegetación de ribera bien desarrollada que impide que el agua alcance temperaturas elevadas. Tienen, además, ciclos biológicos largos puesto que la longevidad de los individuos es elevada (hay casos constatados en los que casi se alcanza el siglo de vida, véase Unio crassus), lo que las sitúa entre las especies especialistas (K-estrategas), y presentan una fase larvaria que es parásita de los peces, puesto que se instala en sus agallas, de modo que es necesaria la presencia de una buena población de determinadas especies de peces. Con semejantes requerimientos ecológicos y peculiaridades biológicas no es extraño pensar que todas las especies de náyades se encuentran gravemente amenazadas, y sólo aparecen de forma abundante en aquellos lugares en los que los ecosistemas fluviales, tanto a nivel local como global, se encuentran bien conservados.

Cabría pensar que las especies amenazadas por persecución directa no son especies indicadoras, lo cual es cierto en lo que se refiere al hábitat, pero estas especies también nos aportan mucha información acerca del respeto que muestra la población local hacia otras formas de vida y hacia el cumplimiento de las leyes.

Además de las especies amenazadas también hay que hablar de los líquenes que son muy utilizados como bioindicadores de la calidad del aire. Estos organismos simbióticos obtienen la mayor parte de sus nutrientes de la atmósfera por lo que son muy sensibles a la contaminación atmosférica, y su biodiversidad se muestra influenciada en gran medida por la calidad del aire.

Los invertebrados aparecen en casi todos los rincones del planeta

Pero son los invertebrados los más utilizados como bioindicadores por la gran diversidad que existe, la facilidad de su estudio (en lo que a localización se refiere) y a los altos requerimientos ecológicos y/o ciclos biológicos complejos que presentan algunas especies.

(continuación)

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Acerca de Andarríos

mendigo, pedigüeño, vagabundo, pordiosero...
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10 respuestas a Bioindicadores: escuchando de nuevo a la Naturaleza (1/2)

  1. Pepe Galindo dijo:

    Es verdad que se tiende a valorar cada especie en cuanto a la utilidad para el humano, y eso hace que mucha gente no entienda el interés en conservar cierto caracol, o los escorpiones, por ejemplo, de los que dicen que sólo hacen daño.

    En el estupendo libro de Nebel y Wrigth, se dice que “algunos ecologistas comparan la mengua de la biodiversidad con un vuelo en un avión al que le quitamos continuamente los remaches. ¿Cuántos remaches podemos quitar?.” Está claro que lo mejor es NO comprobar con cuantas especies como mínimo podemos vivir bien.

    ¿Qué valor tiene una especie para que merezca ser conservada? Básicamente, hay dos tipos de valores: Valor utilitario, por el beneficio que aporta esa especie (alimentación, compañía, medicinas, ocio…) y valor intrínseco, que es un valor menos antropocéntrico y quizás por eso más difícil de justificar, pero tal vez es que no hay que justificarlo.

    Los orientales tienen una sensibilidad especial incrustada en sus filosofías y religiones ancestrales y que, creo que tienen mucho que enseñarnos.

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  6. jesuli dijo:

    Y cual es el bioindicador de la amistad?

  7. Andarríos dijo:

    Para mí lo es la confianza. ¿Cuál es para ti?

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