¿A dónde nos lleva la oración?, ¿es posible orar sin humildad?

Como prometí en respuesta a uno de los comentarios del anterior artículo que publiqué en este blog, voy a ir analizando uno a uno los cuatro digamos síntomas de la verdadera oración. Comenzaré por la humildad.

El que reza es o acaba siendo humilde” decía Pepe Galindo, “reconociendo su limitación”. ¿No es posible, entonces, la oración sin humildad? ¿Acaso no tenemos una imagen bien distinta de las personas que rezan? ¿Qué entendemos por humildad? No es la falsa humildad de aquellos que pretenden dar imagen de piadosos y que, sin embargo, se consideran -precisamente por eso- mejores que los demás.

Tampoco es la prudencia de quien se sabe en manos de la autoridad competente, como puede sucederle, por ejemplo, a quien está recibiendo un rapapolvo por parte de un guardia de tráfico que le ha pillado in fraganti circulando por dirección prohibida. Ya sé que hay gente para todo, pero no está en sus cabales quien se pone chulo en semejantes circunstancias.

Ni es el servilismo de quien se humilla ante el poderoso. Y no nace de un complejo de inferioridad,  que sería en realidad una forma de ingratitud y de enmendarle la plana a Dios diciéndole, aunque sea de forma implícita, conmigo has hecho una chapuza.

Y, aunque esa humildad lleve de suyo al reconocimiento de que nunca podrá pagar la deuda que tiene con Dios, la verdadera oración nunca lleva a un sentimiento de culpabilidad. Porque el sentimiento de culpabilidad nace de la ingratitud. Quien se siente culpable no es humilde. La culpabilidad nace de la frustración que sentimos cuando no alcanzamos los objetivos que nosotros mismos -al margen de Dios- nos marcamos.

¿A qué nos referimos entonces al hablar de humildad? Pues justamente a lo que aludía Galindo en su comentario. Al reconocimiento de nuestra limitación. El singular tiene su importancia. Quien reconoce sus limitaciones puede tener esperanza de superarlas. Quien se sabe limitado sabe que, por mucho que pueda superarse a sí mismo, nunca dejará de ser limitado.

La oración que no parta de ahí no es verdadera oración. La verdadera oración -con independencia de la forma que tome- no es otra cosa que ponerse en las manos de Dios. Saberse en las manos de Dios. Y eso nace del reconocimiento de nuestra limitación. Y ese reconocimiento nace del conocimiento de la verdad de lo que somos.

Ahora bien, una vez reconocida la verdad de nuestra limitación, la oración no se queda ahí. La oración supone dar el paso a la confianza. Quien no se reconoce limitado, se cree ilusamente autosuficiente. Pero quien se siente limitado puede caer en el desánimo. Oración es vivir esta limitación con la alegría esperanzada de quien se sabe totalmente en las manos de Dios. Eso nos permite sentirnos bien con nosotros mismos y con los demás, no desde la negación de nuestra miseria, sino desde la seguridad de sentirnos amados tal y como somos.

Con la tranquilidad que da el no tenernos que preocupar de dar una buena imagen, porque Dios nos ve por dentro. Esto hace totalmente inútil la falsa humildad.

Sin humillarnos ante la “gente importante”, porque quien tiene a Dios consigo no tiene miedo de nada ni de nadie.

Con el reconocimiento agradecido de lo mucho que hemos recibido, lo cual no es compatible con ningún tipo de complejo.

Y con el reconocimiento también de lo pequeño e insuficiente que es nuestro amor. Amor a Dios, a los demás, al resto de los seres vivos, a la Creación entera.

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Acerca de María Ángeles Navarro Girón

Cuando alguien te indique el camino, mírale las botas. Esto quiere decir que: En la vida espiritual, no te fíes de quien te indica el camino con el dedo y sin despeinarse. Sigue más bien al que está dispuesto a caminar delante de ti, al que viene sudoroso y con las botas destrozadas del camino.
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2 respuestas a ¿A dónde nos lleva la oración?, ¿es posible orar sin humildad?

  1. Pingback: ¿A dónde nos lleva la oración?, ¿es posible orar sin humildad? | ubiesdomine

  2. María Ángeles Navarro Girón dijo:

    Reblogueó esto en ubiesdomine.

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